No recuerdo cuánto hace que no vomito “Cada 21 días”.

Quizá no hacerlo le ha dado una especie de licencia al inmundo y asqueroso bicho para encontrar el camino a lugares más calentitos. Me supongo, – en mi imaginación llena de realidad-, que el interior de los huesos no era hogar suficiente para alimentarse, matar a inquilinos celulares “buenos”, provocarme dolores físicos que han llegado a una cojera muy rítmica y desatarme huracanes de rumiaciones en la psique.

Como no sé dónde me quedé, comienzo por las Navidades pasadas. A primeros de diciembre nos dijeron que el cáncer óseo avanzaba con rapidez por las palas ilíacas, lumbares y cervicales. La cadera era, y es, un tiovivo. Decidió mi oncóloga-amiga-salvaguarda mantener los antiestrogénicos, subir la pauta analgésica (ya con un arsenal de estupefacientes bastante amplio) y rastrear con PET’s, resonancias, TAC’s con contraste y demás imágenes. Por supuesto, de una nueva pauta de quimio, no me libraba nadie. Ésta vez semanal. Toma, tomate, tómalo, ia-ia-ó. Plof.

Entre tanto, quiso la Suerte que a finales de septiembre, el instinto de alma fraternal llevara a mi hermano a las puertas de mi casa un sábado por la mañana. Se encontró la puerta abierta, a Polilla llorando y a su hermana, entre babas, dando tumbos incomprensibles en la cama. Inmediatamente tocó el botón rojo de Teleasistencia y, ante la demora, llamó una ambulancia. El médico que llegó me desencadenó, según narra el informe, una crisis comicial con estado de ausencia. En palabras de mi hermano yo era la niña del exorcista y mis miembros superiores e inferiores iban a su aire en un estado no programado. Me giran y me meten algo en el culo. Pero yo, que no sé qué cojones le pasa a mi cuerpo, pienso que me he cagado.

Es de lógica. Si tú tienes tu culito seco y, en segundos, está húmedo y te agarran los cachetes… ¿qué deduces?

Me atan a una camilla, me meten en la ambulancia y, estando allí,- hospital- mientras mi hermano me cuenta que parecía Beyoncé en la cama y que él sólo temía por las posibles fracturas de huesos por los tumores, me da otro, esta vez fortísimo, y me meten a todo correr algo en la boca mientras enfilan como Flash, la camilla al Box de Críticos.

Ahí anida mi primer recuerdo claro de ese día. Seis enfermeras sobre mí, desnudándome, poniendo pegatinas, cogiendo pulso, pillando una vía en un brazo donde no queda ni una vena viable… Y una vocecita que dice: “Cómo suda la muchacha… Pobrecita…” Y me va secando con dulzura y mucha empatía… La miré y sonreí.

Y sí, pensé que me moría.

En segundos veía a mi padre, a mi madre, a mi mujer, a mi hermano, a mi Charly, a mi Nata masajeando a mi padre, a mi Fernan que tiene la madrina más inútil del mundo, a mis Ester y Raque, a mi Noe con su sonrisa cada vez que pasamos solamente para darle un beso… A mi tío Nacho, a mi tia Ascen, mis niñas del cole, mi grupo de guasap donde recargo las pilas… A todos.
Después, en Paliativos, ya venían otros recuerdos a mi mente. Los de todos aquellos que nunca dieron un duro por mí.

El médico le dijo a mi hermano que llamara a mi madre pues, en las crisis, la llamaba. Mi hermano dijo que podía llamarla pero iba a ser complicado que viniera.

Quiso la mala suerte que Mabel tuviera el móvil roto, estando en Barcelona y no llamara ese día. Para cuando se enteró ya era domingo por la noche y yo seguía ingresada. Vino a todo correr y no le habían contado ni la media.

¿Las pruebas? Empezaron a multiplicarse a una velocidad vertiginosa. Lo más importante era descartar metástasis cerebral. La resonancia craneal es una cruz. A la claustrofobia del nicho de por sí de la máquina, hay que añadirle una reja en la cabeza… Ya me la habían hecho antes pero ésta era opresiva a más no poder. Me hicieron muchas pruebas. Al final se descartó la metástasis pero se encontraron daños posiblemente debidos a la neurotoxicidad de las dos tandas de quimioterapia de 2014 y 2016-2017. El informe es largo y, para quienes entendemos poco, es mejor no reproducirlo. Baste decir que sí había lesiones. Ni hemorragias ni tumores. Sí algo en el nervio cigomático… Pero no quise leer nada ni buscar ni escuchar ni saber.

En estos meses he tenido algunas crisis. Lo peor de esto es que no sabes cuándo ni dónde. Eso es lo peor. Y luego, abrir los ojos y ver que estás en el suelo, o en un sofá, o en la cama, lateral, con una persona que te quiere y te agarra la cabeza.

Las revisiones mensuales iban poco a poco, parecía que el Bicho permanecía en sus huesos. De pronto, el mes pasado se levantan los marcadores de manera brutal. En una semana PET, reso, mamo, eco… De todo.

Y hoy, el gran ostión.

El inquilino que no paga, el monstruo de garras mezquinas, el mago sin chistera ni báculo, ha decidido posar su culo en mi hígado.

La misma oncóloga ha llamado a cuatro extensiones para encontrar a su objetiva: la jefa de Radiodiagnóstico Intervencionista.

Mi onco es ejemplar. Es mi heroína. Lucha no por nosotros, sino con nosotros.  Me ha explicado las tres maneras de combatir: quimio dura, quimioembolización (una quimio directa a la arteria más cercana de la “manchita” del hígado”, mediante una aguja de tricotar por la que se perfunde la quimio) y, tercera opción, extirpación si fuera abordable.

“Si fuera abordable”. ¿Y si no?

Ya le han advertido por teléfono que la zona está llena de arterias. No acabo de entender esta advertencia pero no me ha sonado al “Poropompón, poropompón”…

 

Hace año y poco comencé a darle los buenos días a todas las personas importantes de mi vida. Esta semana alguien de la familia materna dijo que algunos estaban molestos y una prima dijo textualmente que ESTABA HASTA EL MOÑO. Me limité a dar las disculpas y dejar de mandar mis Buenos días. Me hizo gracia que gran parte de mis contactos de ese grupo, me mandaran en privado un mensaje diciendo que les gustaba. De hecho, uno de ellos, al que adoro, dijo en público que le encantaba que le diera los buenos días, que le alegraba las mañanas.

Quizá algunos de ustedes se pregunten por qué cada día busco una imagen y la mando a quienes quiero. Es tan fácil la respuesta que ya están ustedes mismos respondiéndola.

Porque los quiero.

Porque es importante para mí saber que ellos saben que dedico esa media hora para ellos.

Porque quiero que se sientan importantes.

Porque son importantes. Son especiales.

 

Voy a seguir luchando, Bicho. Don Bicho, perdone usted.

Voy a pelear porque tengo tanto motivos como estrellas en el Cielo, como sonrisas al dar un paseo y abrazos que se dan con el alma. Porto escudo, armadura y lanza y no son materiales pesados ni forjados por herrero. Son lágrimas de ilusión, besicos que huelen a fe en mí y deseos que se lanzan al aire por mi salud.

Vamos a luchar dignamente y, si acaso me llevaras, no tocarás nuestros recuerdos. El único patrimonio que perdurará siempre más que tú.

 

 

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A Dalton, nacido en San Salvador en 1935,  
lo conocí prematuramente para poder entenderlo 
desde una perspectiva objetiva y antropomórfica. 
Mi primera obra de él, "Los testimonios", 
me reveló un sarcasmo mayúsculo 
y una concepción del lenguaje más allá de su campo semántico. 
Años después descubrí un significado totalmente distinto.

A Dalton hay que abordarlo 
con los ojos muy cerrados 
y el alma muy abierta. 

Solamente así, 
entenderemos la profundidad y complejidad 
de un ser humano atormentado y alegre, 
irónico y gentil, 
pobre de bolsillo y rico de espíritu.

Espero que esta pequeña selección 
(algunos de mis poemas preferidos), 
les guste, -y les llene-, 
tanto, o más, que a mí.

Disfruten, sientan, identifíquense. 
Rían y lloren, 
asocien algún recuerdo, olor o persona.

Recorran cada verso 
como el pirata bordea el círculo imperfecto 
de una moneda perteneciente 
a un tesoro de incalculable valor.

Les dejo con él, 
con el misterioso, 
enigmático 
y magnético Roque Dalton.
 
Un grande entre grandes.
Uno de mis grandes. 
Mi primer loco.

VVRR

Roque Dalton: el lobo que rinde pleitesía al indefenso

LOS LOCOS

A los locos no nos quedan bien los nombres.

Los demás seres
llevan sus nombres como vestidos nuevos,
los balbucean al fundar amigos,
los hacen imprimir en tarjetitas blancas
que luego van de mano en mano
con la alegría de las cosas simples.

Y qué alegría muestran los Alfredos, los Antonios,
los pobres Juanes y los taciturnos Sergios,
los Alejandros con olor a mar!

Todos extienden, desde la misma garganta con que cantan
sus nombres envidiables como banderas bélicas,
tus nombres que se quedan en la tierra sonando
aunque ellos con sus huesos se vayan a la sombra.

Pero los locos, ay señor, los locos
que de tanto olvidar nos asfixiamos,
los pobres locos que hasta la risa confundimos
y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas,
cómo vamos a andar con los nombres a rastras,
cuidándolos,
puliéndolos como mínimos animales de plata,
viendo con estos ojos que ni el sueño somete
que no se pierdan entre el polvo que nos halaga y odia?

Los locos no podemos anhelar que nos nombren
pero también lo olvidaremos…

 

MI DOLOR

Conozco perfectamente mi dolor:
viene conmigo disfrazado en la sangre
y se ha construido una risa especial
para que no pregunten por su sombra.

Mi dolor, ah, queridos,
mi dolor, ah, querida,
mi dolor, es capaz de inventaros un pájaro,
un cubo de madera
de esos donde los niños
le adivinan un alma musical al alfabeto,
un rincón entrañable
y tibio como la geografía del vino
o como la piel que me dejó las manos
sin pronunciar el himno de tu ancha desnudez de mar

Mi dolor tiene cara de rosa,
de primavera personal que ha venido cantando.
Tras ella esconde su violento cuchillo,
su desatado tigre que me rompió las venas desde antes de nacer
y que trazó los días
de lluvia y de ceniza que mantengo.

Amo profundamente mi dolor,
como a un hijo malo.

 

NO TE PONGAS BRAVO, POETA…

La vida paga sus cuentas con tu sangre
y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.
Cógele el cuello de una vez, desnúdala,
túmbala y haz en ella tu pelea de fuego,
rellénale la tripa majestuosa, préñala,
ponla a parir cien años por el corazón.
Pero con lindo modo, hermano,
con un gesto
propicio para la melancolía.

Porque sí

21 mayo, 2017

Ni me oyes cuando el detalle se me adhiere

al pecho zaherido y confuso,

pero canto oraciones para ti,

porque sí,

porque los errores no entran en equipaje alguno

cuando una vida tiembla y se aferra a,- quién sabe-, qué imágenes.

 

Ni me verás

porque se han cerrado tus ojos,

porque, cansaditos de observar,

se han rendido al silencio de la ceguera.

Porque sí,

porque no hay culpa ni rencor,

ni juez se atreva a opinar de lo que se desconoce.

 

Yo, seguro la menos indicada,

me quedo con esa conversación pendiente

que tendremos, tarde o temprano,

en algún jardín ideado solamente

para ti… y para mí.

 

Puedes ir con calma, puedes ir tranquila.

Aquello que nos diste suple cualquier “pero”,

todos los “porqués” y la duda más abrasadora.

 

Quedarán, para mí, de tu mano y de tu amor,

ese Naranjo y ese Laurel, herederos de un aroma

y testigos sin testar de una silenciosa vida rota,

hermosos y fuertes, nobles, con el suave rubor

de quien sabe que la lluvia a todos nos toca

y, -aun mojando-, limpia, madura y hace crecer.

 

Me quedo guardado un paseo para ti.

Porque sí.

Porque lo ganaste en un concurso de pala y cubo

aquel día que me miraste, por vez primera,

y fuiste de las pocas personas que me dio más de lo que tuvo.

 

Yo te vi observando ese Laurel.

Yo he sabido del amor por tu Naranjo.

 

Y no me queda duda alguna cuando sus sombras

mitigan el fortísimo calor que me viene dañando:

A ti no te espera juicio alguno

cuando tus dolores trajeron al mundo

esas dos alas que me vienen acompañando…

 

VR. Derechos registrados.

 

Recuerdo este poemario como uno de los que más me hizo llorar.
Ninguno de los poemas que lo componen es de Amor, aunque puede parecerlo. O sí, perdonen, sí habla de Amor, pero no de amor romántico, sino del Amor que sólo saben darte quienes te regalan la Vida, quienes te enseñan dónde está la diferencia entre rectitud e incoherencia y quienes no dudan en dar su último aliento por ti.

Como siempre, espero que les guste, les haga sentir, recordar, pensar en alguien o algo o, incluso, correr a marcar ese número de teléfono…

 

X. LA LLAGA DEL RECUERDO (IX en poemario)

Aún se me nublan, desérticas, las pupilas
al eclipsar el zafiro de tu raza
con la nostalgia que tu ausencia me destila.

Aún orillo la saliva de tus besos en mi mordaza
y libo en el recuerdo de tus labios mi derrota,
océano eviterno de mis pústulas y tu melaza.

Aún te alegorizo verso a verso, nota a nota,
en epigramas, apneas, llantos y canciones
por distraer el titubeo de mi alma rota.

¿Cómo el requiebro de los ciclones
despertó huestes robustas?
¿Cuándo ígneos los tifones
tronaron marejadas justas?

Aún extraño la sima sacra de tu rosa,
la hoguera entre rubores de tu piel
y el ornato recio de tu esencia victoriosa.

Y no me rindo, no me bastan pluma y miel
para zafarme de este cataclismo.
¡Ay infortunio, dolor macilento
que te torna invisible espejismo!

Yo que profané cosmos y firmamento
por consagrarte el alma y su abismo,
viví en tu latido y muero en su viento.
© “Llagas”. 2000
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

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Víctimas

1 febrero, 2017

Rebuscando entre mis primeros poemarios, allá en la adolescencia,  me encuentro una “perlilla” que quiero, -necesito-, compartir con vosotros. Os aseguro que la última estrofa no os dejará indiferentes. Está feo que lo diga yo pero es preciosa.

Almu, no te he visto nunca la cara, ni sé de tus gestos ni conozco tus arruguillas cuando ríes ni tus modos de mover las manos cuando el enojo te enjaula. Pero va para ti. Porque me pediste que siguiera escribiendo hace unos días y me hiciste ver lo importante que es la métrica, la sinestesia, la metonimia y todos esos recursos estilísticos en mi modo de exteriorizar mis sentires. Te lo mando junto a una promesa: escribir uno nuevo. Gracias.

III VÍCTIMAS

Víctimas en el abismo
saltan entre los insultos
intolerantes. ¡Es mismo
nicho ya de santos cultos
donde alma, muerta, ensimismo!

Y me rendiré yo pronto,
llanto no consentiré.
Al sollozo me remonto,
excusa yo esgrimiré.

Que Dios perdone la falta
que consciente yo cometo
y que prepare el camino
ante los pasos que doy,
que ya ni el Cielo me guarda
ni el hado triste me vela
y ya sólo, pobre, en el alma,
el respirar fúnebre de mi pena.

© De “Magma”
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR. 1999.

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16, 23 y 30…

Esos han sido los números mágicos para destronar el Retorno del Usurpador. Qué navidades tan completas. Me cuentan que la semana de Nochebuena me quedaba dormida sentada, de pie, comiendo, haciendo pis… Increíble. Yo no recuerdo nada desde la primera quimio.

El día 6 se salta este nuevo protocolo de quimio cada 7 días porque es festivo. Para compensarlo me lo ponen el día 13, día de mi cumpleaños.

Tampoco me preocupa mucho pasar cinco horas enchufada a la máquina en día tan señalado. Voy a estar viva, y es lo único que me importa. Lo malo es que estas nuevas quimios te borran la memoria. Y no quiero olvidar a mi gente esa tarde viéndome soplar esas velas.

Ya sé los nombres de los nuevos tóxicos pero hoy no es día. Los dejo para el próximo post.

Hoy sólo quiero compartir con ustedes un poema que me ha dedicado mi gran amigo Heberto de Sysmo (su seudónimo). Hace ya ocho años que nos conocemos y aún no ha tenido desaire ni desdén ni desatino conmigo. Está siempre, silencioso y amable y nunca deja su mano de apretar la tuya cuando la necesitas.

Gracias José Antonio. Sabes sacar brillo a la plata gastada.

Un verso por día

A Verónica Victoria Romero Reyes

¿Son cien, o veinte días de silencio?
La tirana cesura de tu luz hemistiquia.
Debiera serme fácil hablar sin tu amargura,
y sin embargo, cuesta, porque la siento mía.

No te permitas culpa, que ya cargas bastante,
doler por quien amamos es tarea asumible.
Ya no cuentas las horas, pero jamás el tiempo
ha tenido sentido, sufrir por ti, lo tiene.

Si toda realidad es reversible,
cambia cada rutina, inventa un modo,
y si el propio lenguaje modela el pensamiento…
no hables jamás o crea un alfabeto.

Si algo tiene sentido es luchar por la vida,
una vida de amor, donde el sueño y el arte,
donde vivir o arder consagra la ceniza;
mas si la vida es lucha, ya es un ejemplo mismo.

Si para el perdedor, cualquier batalla,
convierte en su derrota, no lo seas.

Si para el ganador, cualquier derrota,
nunca es definitiva; espera y gana.

 Poesia Heberto de Sysmo

pluma-flats-rosa

Que sí, que lo dijeron. Que sí, que no sería fácil. Aquel abril de 2014 está estancado en cada reloj de nuestra casa, en cada macetero desportillado, en cada golpe en el meñique de madrugada, en cada sonrisa de miedo y en cada escalofrío de esperanza.

Se paró la Vida, se estancó, se oscureció. Se me paró y he ido viendo, poco a poco, cómo paraba todas las manillas de todos los relojes de todos los pulsos de aquellos que me quieren, me aman, me aprecian o me tienen cariño.

No recuerdo ya los ciclos de radioterapia. Era tanto el volumen de las lesiones tumorales y tanto el desparcimiento que llegó un momento en el que me olvidé de contar. Dejé de escanear cada papel, dejé de buscar en Internet, en libros de botánica, en cuadernos de profesionales, en artículos científicos.

Se quedó dormido. Lo han mantenido a raya pero es cabrón, es mala sangre y es un oportunista, un auténtico hijo de puta que va segando cualquier brizna nueva de aire, de fe y de ilusión.

Tantos tratamientos, tantos ensayos… Linfedemas, hemorragias, vómitos, encías, articulaciones, quemaduras… La primera vez, aquellos ocho ciclos de quimioterapia, protocolo TAC, fueron extenuantes. Y vino la recompensa. Estaba dormido. Se mantuvo en duermevela con terapia hormonal, la cambiaron por los efectos secundarios, la volvieron a cambiar mientras alternaban inyecciones con pastillas nuevas  para el tema de la masa ósea. Pero los PETS’s salían bien. Si bien no remitía, al menos, no aumentaba.

He perdido tanto que ya no quiero contar más. No quiero contar ni días, ni horas ni minutos. En cuanto perdí mi capacidad de ser madre, perdí demasiado más que el sueño de toda mi vida: perdí toda bendición y la capacidad de seguir creyendo en que yo podría ser una excepción.

En octubre la noticia fue una ostia de dos palmas abiertas. Sí, activo y devorando. En columna, cadera y húmero izquierdo. No voy a decir que no lo esperaba. Los dolores eran inaguantables. Ni opiáceos, ni neuropáticos, ni los veintidós “lacasitos” diarios. También les seré franca: sé que algunos días no me las tomo todas. Ni lo recuerdo. Se me olvida todo, en todo momento, suelo decir incoherencias, me hablan de algo y pregunto tres o cuatro veces lo mismo. Noto la desesperación en la cara de mi interlocutor. Algunos lo entienden, otros no. Algunos me miran con ternura, otros con “pena, penita, pena” y algunos otros con un profundo respeto. Cambiaron de tratamiento, otra vez. Desde septiembre ya estaba en Paliativos para los dolores. El Everolimus y el Exemestano, quimioterapia de administración oral, no es menor sólo por suministrarse en “pastillicas”. Al contrario. No había pasado un mes cuando las llagas y las quemaduras en pies y manos eran ulceraciones que hoy, ha confirmado mi oncóloga,  podían haberse convertido en una necrosis de padre y muy señor mío.

En fin, a lo que íbamos. Hoy ha vuelto a llegar lo inevitable.

Están creciendo, han subido los marcadores tumorales. No han dejado desde octubre. El último PET que los veía dormidos es de junio 2016. Y ya en octubre el PET constataba cuatro focos hipermetabólicos activos. ¡Ay!

Y sí, ¿quién dijo fácil? Van a volver con la quimio en suero, con los venenos de horas y horas allí metida, oliendo esa mescolanza incomestible que se mueve entre hambre de salud, inquietud, miedo a resultados, sonrisas a los nuevos, temor a preguntar por quienes ya no ves…

El tratamiento de quimioterapia, que empezaré el próximo 16-12-16, es un combinado. Como tantos, muchos, todos… (Qué curioso… me casé el 16-03-16). Quiero creer que este pequeño detalle me va a dar esa suerte que necesitamos los que poca suerte hemos tenido. Creo que sí, de hecho, que lo tomaré como otra pequeña pleitesía que el Universo desea rendirme para decirme que sigue contando con mi presencia en este plano.

Por supuesto no me libro del Taxol pero hay cambios. Ni ciclofosfamida ni amiadricina. El “protocol TAC” que tan buen resultado dio, va a incluir, además del taxano, un “tiririzumab” (casi todos los medicamentos para el tratamiento del cáncer acaban en “-zumab” y un antiangiogenésico (¿?).

Es probable que no lo esté escribiendo bien pero los profesionales de la salud, al menos en el campo que nos preocupa ahora, tienden a decirlo rápido y no entrar en detalles para evitar la intoxicación informativa y el apabullamiento, tan confuso, que la Red propicia. Por supuesto el día 16 ya comprobaré el nombre de todos, las dosis, y procederé a la búsqueda de información. O no. Tampoco lo tengo claro.

Hoy también he firmado el consentimiento para otro estudio-ensayo-experimento y, como es habitual, he tirado de esa capa, -cada vez más raída y roída-, de fortaleza delante de mi oncóloga, mi hermano y mi mujer. No hace falta nunca ver sus rostros. Les noto el frío, masco su agotamiento y oigo esos sollozos que, por tan interiores, resultan tan estruendosos y cortantes.

Lo primero que nos dice es la pérdida de pelo. Como comprenderán ustedes que me siguen, a mí me importa más bien poco. Pero sí, afecta porque te recuerda que está ahí. El primer pis de la mañana ya te lo anuncia mientras te miras al espejo intentando agarrarte al mejor recuerdo que tengas para levantar el día.

Estos seis ciclos programados difieren bastante en múltiples aspectos con respecto a aquella primera quimioterapia del protocolo globalizado. A todos los efectos de aquellos nueve meses, se añaden  hemorragias y sangrados (supongo que ha especificado la diferencia pero tampoco la recuerdo porque ya mi cabeza estaba agendando la semana, los ojos buscaban los guantes que me protegen las llagas de las palmas y el corazón sólo quería escuchar esos dos corazones que buscaban encontrar, precisamente, lo mismo que yo).

A lo ya sabido se añaden posibles perforaciones estomacales, miastenia, calambres, convulsiones… Un aburrimiento que no va a languidecer por contarlo.

Lógicamente con la máscara todo es más fácil. Siempre le digo lo mismo: que ataje, que eche, que mate, que me reviente, lo que quiera. Pero que lo pare como pueda, como guste, aunque sea a hachazos. Intento sacarme de la manga una esporilla de ingenio, algún chistecillo valiente… Lo que necesite para intentar demostrarle que no estoy amedrentada.

Siendo franca, que lo soy por defecto, les diré que el miedo no es a morir. Es el camino lo que paraliza. Es esa estantería de la memoria que ha vuelto a volcarse y que, al levantar, ha dejado en el suelo tres o cuatro títulos que son como las marcas a fuego en el ganado.

El primero era ingente a la vista, un volumen que lleva por título “Esos siete minutos”. La contraportada es bastante descriptiva: “Ella no puede levantarse del inodoro. Y siempre es el cuerpo menudo quien la alza, contraviniendo todas las leyes de la gravedad, el peso y la masa. Y aún con las braguitas por las rodillas, se abrazan, llorando, en silencio, sin apenas respirar, fuerte, fortísimo, barbilla al hombro, hombro a la barbilla. Un perfecto engranaje donde el piñón sigue siendo un sueño y la corona,  el más puro amor”.

Justo al lado, un libro sencillo en apariencia, como el Principito de mi admirado Saint Exupèry, de una grandeza interior poco ordinaria y con gasto por el tiempo y las releídas de pasajes, por los subrayados, las notas al margen y los dibujos, casi infantiles pero complejos, repletos de matices, de luces y de aturdimientos impresionistas. Se titula “Renuncio a mi vida”. Argumento precioso, protagonista hermoso y paisajes que sólo el amor fraternal es capaz de construir. Esa capacidad de renuncia a uno mismo, continua y sin descanso, por ver un esbozo de sonrisa en el otro.

Queda toda la estantería por ordenar de nuevo. Habrá que hacer hueco para nuevos títulos y volver a buscar esas páginas que deseo arrancar, esas otras que quiero conservar en mi mesita de noche y las que dejaré que el tiempo y el deterioro de mi cuerpo casi olviden.

Se me hace muy complicado escribir. También hablar.

Se me hace complicado por mi familia, mis amigos, mis compañeros, mis vecinos. Todo se me cae porque los veo. Yo no quería esto para quienes son mi alma.

Siento enormemente haceros pasar por esto, de nuevo. Nunca entendáis mis ausencias por olvidos ni mi silencio por falta de amor o falta de interés. Me doléis demasiado, todos, y no miento.

La duda sí me corroe. ¿Hacer lo correcto y desamarrar?, ¿seguir luchando sabiendo que queréis ser mis brazos, mis piernas, mis ojos, mis manos?

Prometí escribir y lo haré.

Gracias por escucharme.

 

VR.