A Dalton, nacido en San Salvador en 1935,  
lo conocí prematuramente para poder entenderlo 
desde una perspectiva objetiva y antropomórfica. 
Mi primera obra de él, "Los testimonios", 
me reveló un sarcasmo mayúsculo 
y una concepción del lenguaje más allá de su campo semántico. 
Años después descubrí un significado totalmente distinto.

A Dalton hay que abordarlo 
con los ojos muy cerrados 
y el alma muy abierta. 

Solamente así, 
entenderemos la profundidad y complejidad 
de un ser humano atormentado y alegre, 
irónico y gentil, 
pobre de bolsillo y rico de espíritu.

Espero que esta pequeña selección 
(algunos de mis poemas preferidos), 
les guste, -y les llene-, 
tanto, o más, que a mí.

Disfruten, sientan, identifíquense. 
Rían y lloren, 
asocien algún recuerdo, olor o persona.

Recorran cada verso 
como el pirata bordea el círculo imperfecto 
de una moneda perteneciente 
a un tesoro de incalculable valor.

Les dejo con él, 
con el misterioso, 
enigmático 
y magnético Roque Dalton.
 
Un grande entre grandes.
Uno de mis grandes. 
Mi primer loco.

VVRR

Roque Dalton: el lobo que rinde pleitesía al indefenso

LOS LOCOS

A los locos no nos quedan bien los nombres.

Los demás seres
llevan sus nombres como vestidos nuevos,
los balbucean al fundar amigos,
los hacen imprimir en tarjetitas blancas
que luego van de mano en mano
con la alegría de las cosas simples.

Y qué alegría muestran los Alfredos, los Antonios,
los pobres Juanes y los taciturnos Sergios,
los Alejandros con olor a mar!

Todos extienden, desde la misma garganta con que cantan
sus nombres envidiables como banderas bélicas,
tus nombres que se quedan en la tierra sonando
aunque ellos con sus huesos se vayan a la sombra.

Pero los locos, ay señor, los locos
que de tanto olvidar nos asfixiamos,
los pobres locos que hasta la risa confundimos
y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas,
cómo vamos a andar con los nombres a rastras,
cuidándolos,
puliéndolos como mínimos animales de plata,
viendo con estos ojos que ni el sueño somete
que no se pierdan entre el polvo que nos halaga y odia?

Los locos no podemos anhelar que nos nombren
pero también lo olvidaremos…

 

MI DOLOR

Conozco perfectamente mi dolor:
viene conmigo disfrazado en la sangre
y se ha construido una risa especial
para que no pregunten por su sombra.

Mi dolor, ah, queridos,
mi dolor, ah, querida,
mi dolor, es capaz de inventaros un pájaro,
un cubo de madera
de esos donde los niños
le adivinan un alma musical al alfabeto,
un rincón entrañable
y tibio como la geografía del vino
o como la piel que me dejó las manos
sin pronunciar el himno de tu ancha desnudez de mar

Mi dolor tiene cara de rosa,
de primavera personal que ha venido cantando.
Tras ella esconde su violento cuchillo,
su desatado tigre que me rompió las venas desde antes de nacer
y que trazó los días
de lluvia y de ceniza que mantengo.

Amo profundamente mi dolor,
como a un hijo malo.

 

NO TE PONGAS BRAVO, POETA…

La vida paga sus cuentas con tu sangre
y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.
Cógele el cuello de una vez, desnúdala,
túmbala y haz en ella tu pelea de fuego,
rellénale la tripa majestuosa, préñala,
ponla a parir cien años por el corazón.
Pero con lindo modo, hermano,
con un gesto
propicio para la melancolía.

Anuncios

Porque sí

21 mayo, 2017

Ni me oyes cuando el detalle se me adhiere

al pecho zaherido y confuso,

pero canto oraciones para ti,

porque sí,

porque los errores no entran en equipaje alguno

cuando una vida tiembla y se aferra a,- quién sabe-, qué imágenes.

 

Ni me verás

porque se han cerrado tus ojos,

porque, cansaditos de observar,

se han rendido al silencio de la ceguera.

Porque sí,

porque no hay culpa ni rencor,

ni juez se atreva a opinar de lo que se desconoce.

 

Yo, seguro la menos indicada,

me quedo con esa conversación pendiente

que tendremos, tarde o temprano,

en algún jardín ideado solamente

para ti… y para mí.

 

Puedes ir con calma, puedes ir tranquila.

Aquello que nos diste suple cualquier “pero”,

todos los “porqués” y la duda más abrasadora.

 

Quedarán, para mí, de tu mano y de tu amor,

ese Naranjo y ese Laurel, herederos de un aroma

y testigos sin testar de una silenciosa vida rota,

hermosos y fuertes, nobles, con el suave rubor

de quien sabe que la lluvia a todos nos toca

y, -aun mojando-, limpia, madura y hace crecer.

 

Me quedo guardado un paseo para ti.

Porque sí.

Porque lo ganaste en un concurso de pala y cubo

aquel día que me miraste, por vez primera,

y fuiste de las pocas personas que me dio más de lo que tuvo.

 

Yo te vi observando ese Laurel.

Yo he sabido del amor por tu Naranjo.

 

Y no me queda duda alguna cuando sus sombras

mitigan el fortísimo calor que me viene dañando:

A ti no te espera juicio alguno

cuando tus dolores trajeron al mundo

esas dos alas que me vienen acompañando…

 

VR. Derechos registrados.

 

Recuerdo este poemario como uno de los que más me hizo llorar.
Ninguno de los poemas que lo componen es de Amor, aunque puede parecerlo. O sí, perdonen, sí habla de Amor, pero no de amor romántico, sino del Amor que sólo saben darte quienes te regalan la Vida, quienes te enseñan dónde está la diferencia entre rectitud e incoherencia y quienes no dudan en dar su último aliento por ti.

Como siempre, espero que les guste, les haga sentir, recordar, pensar en alguien o algo o, incluso, correr a marcar ese número de teléfono…

 

X. LA LLAGA DEL RECUERDO (IX en poemario)

Aún se me nublan, desérticas, las pupilas
al eclipsar el zafiro de tu raza
con la nostalgia que tu ausencia me destila.

Aún orillo la saliva de tus besos en mi mordaza
y libo en el recuerdo de tus labios mi derrota,
océano eviterno de mis pústulas y tu melaza.

Aún te alegorizo verso a verso, nota a nota,
en epigramas, apneas, llantos y canciones
por distraer el titubeo de mi alma rota.

¿Cómo el requiebro de los ciclones
despertó huestes robustas?
¿Cuándo ígneos los tifones
tronaron marejadas justas?

Aún extraño la sima sacra de tu rosa,
la hoguera entre rubores de tu piel
y el ornato recio de tu esencia victoriosa.

Y no me rindo, no me bastan pluma y miel
para zafarme de este cataclismo.
¡Ay infortunio, dolor macilento
que te torna invisible espejismo!

Yo que profané cosmos y firmamento
por consagrarte el alma y su abismo,
viví en tu latido y muero en su viento.
© “Llagas”. 2000
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR

mayo-2010-curri-031-2

Albahaca.

La albahaca vino a traerle recuerdos de infancia y olores de adolescencia. Mientras capturaba la imagen, entre flores y arbustos, de quien le había devuelto las ganas de vivir en tan sólo unos meses, pudo reconocerse como una mujer nueva y fresca que sentía como propias las aventuras de quien la miraba sonriendo. El día había sido duro, cruento incluso, pero con inusitado despiste y naturalidad, quien la amaba le hizo olvidar el qué y el quiénes. Apenas bastaban tres sonrisas y dos besos insinuados, en ocasiones. No se había sentido sola en ningún momento. Nunca pensó que estaba equivocada mientras recogía aparatosamente su casa y se lanzaba a la llamada de lo místico.

En unos meses, aun sintiendo la morriña de la tierra, había construido su hogar en unas manos apenas conocidas. Y ya no concebía más mundo que ése. Tampoco quería hacerlo. Sólo una vez se sabe. Y sólo una vez llega. Se sabe, se siente y se confirma.

Salir de su trabajo para ver el coche aparcado. Y sonreír. Cuando abría la puerta siempre encontraba unos ojos brillantes que la miraban como nunca nadie lo había hecho. Se mortificaba después pensando si aquellos ojos verían lo mismo en sus pupilas. Después, sentir una mano tranquila que acariciaba su cara y procuraba un beso infantil, inocente, cargado de sentimiento. Ver el gesto firme en el volante y las palabras que le dirigía, llenas de ternura. Nunca podría decirle que no, a nada. Y era perfectamente consciente de que su arbitrio estaba rendido a la voluntad de quien, ahora, ocupada el margen más inexacto y alto de sus aspiraciones. Y todavía no podía saber a ciencia cierta si la llama que le prendía la razón era la misma en aquella mano que, de madrugada, en sueños, procuraba un acercamiento de su pecho hacia su espalda. Cómo le temblaba el cuerpo, cómo le tiritaba el alma…

Muchas mañanas, cuando distancia y tarea ocupaban su cabeza en oficios necesarios para la salud mental, se encontraba releyendo la historia. Una historia que comenzó de manera poco convencional y en marcos espaciales que indicaban un futuro incierto. Fue la fe quien salvó marco y tiempo. Ella, en su manifiesta ensoñación de lo atípico, estaba convencidísima de que algo tan grande y manifiestamente sobrehumano sólo se podía conseguir con el esfuerzo de las dos partes. Y estaba segura de que el camino estaba sellado para siempre. Tanta diferencia en caracteres convertida en complementariedad no podía significar otra cosa: el amor.

Alguna noche de insomnio pudo contemplar su cuerpo inane sobre la cama. Ríos de ternura era el fluir de la sangre por sus venas. Tanta emoción contenida pudo transformarse en algún verso simplón, de metáfora escondida, algún fin de semana, en soledad y con añoranza extrema. A veces se sorprendió conteniendo las palabras. Más se sorprendía cuando no encontraba léxico que pudiera dar forma a sus emociones. Sencillamente no podía. Porque no había verbo que contuviera en sí mismo toda la semántica de su sentimiento.

– ¿Éste te gusta?

– Mi vida, me gustan todas.

Quizá gritar que todas le gustaban si eran para esa casa hubiera sido insuficiente. ¿Cómo hacerle entender que daba igual qué hiciera, qué dijera o qué pensara? El pacto estaba hecho. Trazado el argumento contra el abúlico y resignado camino, todo le parecía una maravilla de la vida si era a su lado. Poco importaba si la convulsión del alma era distinta: ella la sentía y ya era suficiente.

Una rúbrica a perpetuidad. Remover un corazón es gesta eterna.

– Me ha encantado comprar flores contigo. Me pareció tierno.

– A mí también.

Presa de los miedos del pasado, aún le costaba decirle que nunca sus ojos se apartaron de su pelo, que, mientras se separaban entre rosas, orquídeas y narcisos, en ningún momento pudo dejar de pensar que esa fragancia estaba siendo respiraba por quien le robaba el juicio.·”Verte feliz es toda mi ambición” – hubiera que rido decirle. Pero no lo dijo nunca. Descubrir el alma era peligro manifiesto.

Al salir, entre albahaca y tomillo, sólo vió una enorme sonrisa, sólo percibió una mano que apresaba sus dedos. Las macetas pudieron pesarle en los brazos, quizá el cansancio estaba doblando sus rodillas, tal vez la morriña y el anhelo de su tierra, a veces, la llevaba a paisajes muy lejanos. Y sin embargo, al doblar el paso de peatones, se sentía la mujer más libre del mundo. Sin pesos y sin ataduras. Con un único destino, de nombre y apellidos ya conocidos que, hoy, le apresaba la mano y hacía de un rumbo ajeno, su camino.

Y al llegar a aquella casa no sintió más que la recompensa inequívoca de saberse meta y conocer que ya toda vereda estaba obstruida porque, al fin, entre flores, pudo dar nombre a esa brasa que la consumía: Su fin.

Lejos de asustarse, sonrío para sí. “Ya mi sangre tiene vena. ¿Qué existe sino su paso?”.

Se arrimó a su cuerpo. Se dejó abrazar. Y la noche vino a cubrir aquellos dos cuerpos que, solos, acaparaban en un dormitorio la magnitud infinita de un espacio no conocido. Ella rezó, como cada noche. Y dejó que la Muerte, sibilina y dulce, viniera a decirle, de madrugada y a traición, que nunca dejó de borrar su nombre de la lista. Y, al sentir ese miedo, tan palpable como la sábana que la cubría, pudo ver, en aquella albahaca, que acababa de rubricar con dolor el pergamino donde se había escrito lo más sagrado, en forma y fondo, de su vida.

– Dejaré de fumar.

Y con un beso a una medalla, que rondaba su tórax desde hacía veinte años, selló su nueva promesa.

“Nunca permitiré que le hagan daño”. Un beso en los labios y una oración fueron suficientes para procurarse el sueño reparador, que tanto la esquivaba.

“Traeré más plantas y flores”.

A fin de cuentas, ver aquellos labios sonreír era el oxígeno que le hacía levantarse cada mañana. Y aquél cuerpo que dormía a su lado era la única imagen que ella quería conservar en su memoria. Para siempre.

Verónica Victoria Romero Reyes.

“Ella”- Derechos registrados. 

2010.

ALBAHACA

Vengo a decir

5 julio, 2016

Seis años, seis, -que se dice pronto-, y sigo pensando, sintiendo, mirando, respirando y ¿soñando? de la misma manera…
Ilusa o no, qué más da… Tú cambiaste.
Pero yo no.
He ahí el dilema: reconvertirme en algo que no he sido jamás

 

Vengo a decir.

Vengo a decir que me encontraba
buscándote
o esperándote.
Sólo por conocer a quién amaba.

No recuerdo la canción.
Y sí la llantera.

No recuerdo la noche.
Y sí su tiritera.

Vengo a decir que fue difícil espuela
tu añoranza,
tu evocación.
Sólo por dar hiato a quien, hoy, me cela.

No recuerdo la cabalgada.
Y sí la montura.

No recuerdo la carrera.
Y sí su hendidura.

Vengo a decir que fue distante sino
anhelarte,
presentirte.
Sólo mistificar de tu enjuague mi destino.

No recuerdo la brújula.
Y sí el camino.

No recuerdo el horizonte.
Y sí un norte confundido.

Vengo a decir que fue intuición
tu talle erguido,
o tu postura.
Sólo ser letra de mi ambición.

No recuerdo el poema.
Y sí la cadencia.

No recuerdo la estrofa.
Y sí tu ausencia.

Y vengo a decirte, aún a riesgo
de descubrir mi talón tan protegido,
que eres cisma y sempiterno sesgo
donde cayó, frágil, el futuro invertido.

Y, loca de ternura, en tal manera,
vengo a decir que, siendo mansedumbre,
eres la bestia y eres la fiera
donde calmo mi tosca raidumbre.

Si descubrir afanes
es mi propia traición,
vengo a decirte,
tranquilamente,
que eres acento,
hiato y sinéresis
en mi preclara pretensión.

No hay mal que tú no sanes
ni estribillo que no acompases.
Sin ti todo fue mera ficción
y sentires fueron ademanes.

Y ya que quemé una treintena
recreándome en tu hallazgo,
déjame ser la lágrima en tu pena
y la obra de arte en tu mecenazgo.

Como yo, poco labio te habló
de alma, de vida o de sus teoremas.
Ningún espíritu mi amor halló
en poco o mucho que tú no temas.

Y ahora, despojada de armadura,
vengo a decirte,
quizá arcaicamente,
que lista o tonta,
alegre o triste,
no soy más reflejo
que aquello
que ya tú viste…

Si poco, lo siento.
Si justo, me alegro.
Si mucho, mi ego resiento.

¿Cuándo coloreaste de blanco un océano negro?

Vengo a decir que no recuerdo el dónde.
Y sí el momento.

Vengo a decir que no recuerdo el cómo.
Y sí su sentimiento.

Y vengo a decirte que tu beso
en mi labio enhebrado
no fue bálsamo y sí el bautizo
de una infiel de eterno amor confeso.
¡Enajenado!

Porque sin ti las cicatrices nunca llegaron
y las heridas, en mi dermis, fueron siempre
salva de sangre que mi luna jamás aclamaron.

Y ahora, que eres sagrario de mi vena,
no hay ni un sollozo, ni una tristeza
y no me rinde ninguna estrella,
en relojes de nocturnidad,
al abismo de lágrima o de pena.

Vengo a decirte, con claro descaro,
que acaparas minutos y horas,
que descubre el enigma raro
el navío que en mis peñascos escoras,
que eres la savia y no el alimento
donde almibaro el salitre de mi lamento.

Vengo a decirte, el alma en vilo,
que eres el aire que yo respiro.

En conclusión,
vengo a decirte y decirme
que no conozco más vida
que la de, en tu vida, yo, morirme…

 

Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice. 2010.
Derechos registrados

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

 

Cada 21 días: Me iré.

1 julio, 2016

Me iré

cuando él tenga camino.

Me iré

cuando ella porte escudo.

 

Me iré sonriendo,

contando una historia que nunca fue

pero yo recuerdo con la nitidez más exquisita

que tiene quien niega desgracias.

 

Me iré tranquila, en paz,

sabiendo que di más de lo que pude,

y en mis confines solitarios,

sólo supe ver el rostro de mi madre,

de mi padre los sabios labios,

diciendo que yo era el ser especial

que el mundo no quiso tener en cuenta.

 

Queden ahí los pobres poemas

que dieron voz al alma de quien ya nació muerta.

 

Si fuiste mi paz, sólo tú lo sabes.

 

Me iré

a regañadientes.

Me iré

a mordiscos.

 

Me iré en un cascarón,

bebiendo de una cálida savia

que yo he sabido libar en los genes

de quien, hoy, es mi perfecta Tizona.

 

Me iré cabreada, pero en paz,

sabiendo que recogí más Amor del que cabe en un Alma,

y en mis días de abrupto viaje a lo presumible,

sólo pude oler la generosidad de tantísimas manos,

de las piernas, la fuerza para seguir caminando,

asegurando que yo sería ese ser especial

que el cáncer no tuvo cojones de amedrentar.

 

Queden ahí los ricos versos

que dieron voz a la garganta que sólo quiere agradecer.

 

Si fuiste mi paz, sólo tú lo sabes.

 

Pero ni dudes.

Lo fuiste.

 

 

VVRR.

Cada 21 días.

Derechos registrados.

 

pin

Traducción: “Si no puedo persuadir a los dioses del Cielo, moveré a los de los Infiernos.”

Eneida, 7, 312.

Tres heridas porto con pudor y algo de vergüenza. La primera lleva el nombre de mi madre y ese asqueroso regusto a culpa que no he podido quitarme del paladar desde esa devastadora mañana en la que vi un nicho con su nombre grabado. La segunda es un ruido intermitente en mis oídos que me habla del amor de mi vida, de la traición y la mentira y esa congoja de saber que mi alma desnuda recibió el varapalo más cruel cuando el “cuento Disney” era más que perfecto. La tercera es la sangre. Esa sangre mía que navega las venas y arterias de otro cuerpo que está entregando alma, ambiciones y salud por procurarme a mí el sosiego más plácido. Además de heridas, porto los escozores. El de esa hermana, de otra madre, que está ahí, incondicional, comiendo mierda y mierda y más mierda y es feliz con un desayuno, el de ese cuñado que aún es incapaz de aceptar que me puedo ir algún día y sigue creyendo que yo voy a ser la excepción, el de esa amiga, que en la distancia física está más cerca que ninguna y el de todos mis compañeros, primos y tíos que me envían emoticonos de caras con besitos por “guasap” para decirme que están ahí, para mí.

Quizá ellos ni lo saben. Pero me guardo cada imagen, cada frase y cada sonrisa como el tesoro que es.

El día que mi Cielo se partió, cayeron de imprevisto esos ángeles que hoy me prestan las alas. Tras quimios, radios en mama, ovario y hombro, menopausia, cirugía, castración, tribunales de minusvalía, pastillas y dolores están todos ellos, los que siguen apostando por mí cuando ya soy el tipo de interés más bajo, la inversión más arriesgada y la espera del milagro.

Un año y tres meses y empiezan a caer máscaras y disfraces. Algunos ya me dieron por muerta cuando los mismos médicos no sabían qué hacer con mi caso. Total, “la niña esta ya está sentenciada”… Yo lo comprendo, de veras que sí. Es costoso aguantar un teatro, pero más aún cuando sabes que, quizá, algún día, no se levante el telón. Me embriagó la pena, profunda, enorme, inmensísima… Pero yo no puedo persuadir a los dioses del Cielo para que convenzan a nadie de que mi lucha lleva las espadas y los escudos de quienes, aun hoy, elevan sus rezos a las estrellas por mí, por mi alma y mi salud. He llorado demasiado por esas personas a las que, no lo niego, aun quiero, pero no necesito en esta vida de cáncer. Hasta anoche lo hice. Y lo confieso sin reparos. Pero ya no puedo por muchas razones. La más importante es que defraudo a quienes de verdad están aquí, saben vencer distancias físicas y obstáculos de tiempo y consiguen darme razones para no “ventilarme” las tabletas enteras de Lormetazepan con un par de litros de cerveza. Ni cien vidas me permitirían devolver el Amor que yo he cosechado de sus parcelas durantes este año y tres meses. Ahora me quiero dedicar a estos ángeles, a nadie más.

En breve van a radiarme los tumores de la cadera y sigo con unas quimios mensuales que, gracias a Dios, no son el veneno que me dieron el año pasado.  Duelen pero no me dejan hecha el guiñapo que no podía ni miccionar solita. No pienso que la Vida sea injusta conmigo ni me pregunto por qué. Si me ha tocado es por algo. Hay que descubrir por qué.

Hoy, en cambio, todo me parecía muy distinto. He amanecido sola, -auguro muchos días así-, y casi he notado que algo muy vivo se revolvía en mi interior. Ahora no sé si son gases, estreñimiento o la emoción de ver que me puedo enfrentar a mis miedos sin tener que llorarlos a escondidas. Dentro de un rato lo analizaré. Ahora no procede.

Lo que sí es cierto es que he caído en la cuenta de que cada uno, llegado el momento, se limita a “lamerse su capullo”. Me da pena pensar que he perdido años por mi listón ético, muy alto y estricto. Pero siempre es bueno comprobar que quien es tu prioridad no te tiene a ti por prioridad.

Yo personalmente soy de esas de “no tengo para la lista de la compra pero estoy contigo” antes de “tengo de sobra pero estás a diez horas”. Me complace saber que no soy la única que valora más el coste humano que el coste económico. Yo sería feliz debajo de un puente teniendo lleno el corazón y vacío el bolsillo. Sin embargo sería una desgraciada con una cartera repleta y un hogar en el que no me espera nadie.

Todo son escalas de valores y preferencias, claro está. Ni enjuicio ni sentencio. Lo que sí tengo claro, clarinete, – que rima con ojete-, es que, bajo ningún concepto, me habría ido a ningún sitio dejando a mi pareja sola. Menos aún con una enfermedad que te arrebata el aliento de la noche a la mañana.

Si a esto añadimos el tema de “mi espacio” la cuestión se ennegrece como el tizón de las ascuas invernales. Quien quiera “espacio” que se plantee el hecho de formar una pareja o una familia. Es mejor ir de “polvito en polvito” y dejar a las enamoradas o románticas en su marco de amor eterno, de cuento, de quereres que son capaces de aguantar hasta la muerte. Pero, sinceridad, por favor. La honestidad por delante, siempre.

Yo soy bastante gilipollas a este respecto pero soy así. No me voy a disculpar por ello. No me hace falta comer mierda para saber que no me gusta y no me hace falta sufrir la ausencia de quien quiero para saber que amo.

En fin, ustedes se preguntarán a qué tanta diatriba y tribulación. Pues es fácil. Amanezco sola pero entera, analizando mi nueva situación, dando gracias por el día de hoy y las vendas que deja caer.

¿Saben? Yo sólo quería casarme, tener hijos, escribir, tener un trabajo digno, salir a comer los fines de semana, tomarme unos días de vacaciones, mimar a mis sobrinos, cuidar a mis amistades, regar plantas, oír música… De veras, yo quería una vida anodina, común y sencilla. No quería nada más.

Me viene a la memoria eso de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. (Nunca mejor dicho). ¡Ché! Aún respiro… Pluma y espada ajustan con verso y fusta.

El Cielo se partió y no pude persuadir a los dioses del Cielo.

Ahora me gustaría escribir esa historia que tengo por contar, esas incógnitas que guardo en cajones oscuros y cerrados, esas afrentas que no merecí y me han dejado las cicatrices más angostas.

No sé si me dará tiempo.

Pero tengo esos ángeles que la escribirán.

Toca mover a los dioses del Infierno.

VVRR

espada