Porque sí

21 mayo, 2017

Ni me oyes cuando el detalle se me adhiere

al pecho zaherido y confuso,

pero canto oraciones para ti,

porque sí,

porque los errores no entran en equipaje alguno

cuando una vida tiembla y se aferra a,- quién sabe-, qué imágenes.

 

Ni me verás

porque se han cerrado tus ojos,

porque, cansaditos de observar,

se han rendido al silencio de la ceguera.

Porque sí,

porque no hay culpa ni rencor,

ni juez se atreva a opinar de lo que se desconoce.

 

Yo, seguro la menos indicada,

me quedo con esa conversación pendiente

que tendremos, tarde o temprano,

en algún jardín ideado solamente

para ti… y para mí.

 

Puedes ir con calma, puedes ir tranquila.

Aquello que nos diste suple cualquier “pero”,

todos los “porqués” y la duda más abrasadora.

 

Quedarán, para mí, de tu mano y de tu amor,

ese Naranjo y ese Laurel, herederos de un aroma

y testigos sin testar de una silenciosa vida rota,

hermosos y fuertes, nobles, con el suave rubor

de quien sabe que la lluvia a todos nos toca

y, -aun mojando-, limpia, madura y hace crecer.

 

Me quedo guardado un paseo para ti.

Porque sí.

Porque lo ganaste en un concurso de pala y cubo

aquel día que me miraste, por vez primera,

y fuiste de las pocas personas que me dio más de lo que tuvo.

 

Yo te vi observando ese Laurel.

Yo he sabido del amor por tu Naranjo.

 

Y no me queda duda alguna cuando sus sombras

mitigan el fortísimo calor que me viene dañando:

A ti no te espera juicio alguno

cuando tus dolores trajeron al mundo

esas dos alas que me vienen acompañando…

 

VR. Derechos registrados.

 

Porque.

21 enero, 2012

Tan cansado estaba de escuchar que la noche es oscura “porque sí” y el día luminoso “porque así es la Vida” que decidió no cuestionarse nada. De nada y en ninguna ocasión.

Su mujer usaba servilletas de papel “porque se pueden tirar y no hay que lavarlas”, su hijo suspendía todas las asignaturas “porque los profesores le tenían manía” y su madre odiaba su matrimonio “porque ella era una arpía”. Él pasaba doce horas al día en su oficina. Un reducto mínimo donde los papeles eran su monarca y la calculadora su ejército particular de pequeños arqueros. Comía “porque hay que comer”, orinaba “porque la vejiga me lo pide” y respiraba “¿por pura inercia?”.

Al final todo le daba igual. No había decisión que tomara que no tuviera en cuenta ningún “porque” de algún iluminado de su rutina diaria. Iba los fines de semana a casa de su suegra “porque su mujer se lo reclamaba”, veía partidos de baloncestos en la televisión “porque su hijo quería ser un nuevo Pau Gasol” y arreglaba los números de la empresa “porque su jefe confiaba en él”.

No recordaba qué fue lo último que hizo por gusto propio. No recordaba la última vez que pidió algo especial para comer. No recordaba si el color de la última corbata que compró la eligió él. No recordaba cuándo se fue a dormir porque el sueño lo vencía. No recordaba nada de sí. Su nombre era el grabado de presentación. Poco más.

Los “porques” terminaron por devorar toda intención.

Cuando murió, se dijeron preciosas palabras de él.

“Era generoso con todo el mundo”, “nunca se quejaba”, “amadísimo esposo y padre de familia”, “ejemplar trabajador con dedicación absoluta”…

Dudaron sobre el futuro de su cuerpo.

Al final lo incineraron. Porque estaba de moda.

VR.