Cada 21 días: Ali

14 octubre, 2015

La conocí en mi segunda quimioterapia, a finales de mayo de 2014. Era fácil distinguirla y darse cuenta de que estaba hecha de esa pasta especial que diferencia a los grandes de los comunes, como yo. En el anfiteatro de las máscaras tristonas y abatidas, brillaba su sonrisa que impregnaba todo a su paso. A su lado, como un ángel de la guarda, los brillantes y orgullosos ojos de una madre que lucha la peor de las batallas al lado de quien más ama: su hija.

No recuerdo quién habló primero. Pero sé que a los tres minutos de conversación yo ya sentí que era alguien muy diferente, capaz de hacer salir el sol en los días más tormentosos.

Teníamos muchas cosas en común: la treintena, la calvicie provocada por el fármaco coloradito, unos perros despeluchados que, a nuestros ojos, son los más hermosos del mundo, una profesión que amamos (el periodismo) y, por supuesto, esa enfermedad tan puta, de nombre idéntico pero apellidos distintos, que entra en las vidas de algunos para ponerlas patas arriba y demostrarnos que vivimos entre convencionalismos y excusas, compulsiones y quejas que nada tienen que ver con vivir, sentir y exprimir la Vida.

Su HER2 y mi estrogénico no han conseguido vencernos.

Sé que las mujeres no tenemos cojones pero dudo mucho de lo que tiene ella, Ali, entre las piernas. Porque, si lo suyo no son cojones y ganas de vivir, nada lo es.

Las quimios la dejaron físicamente como una raspita de sardina. Lo que no pudo el bicho asqueroso fue modificarle, en lo más mínimo, ni la generosidad ni la nobleza de su alegría y su optimismo.

Sus quimios, sus radios, sus efectos secundarios… No había dolor para Ali, no existía la pena en su vocabulario. Jamás la he oído quejarse en este año y medio. Nunca.

Parecía que todo había salido bien. Le hicieron su mastectomía radical y siguieron con el protocolo que se aplica tras quimio y cirugía. Tuvo complicaciones tras la operación pero nada ni nadie podían quitarle la sonrisa de la cara. Cuando parecía que todo estaba bien, ¡zasca!

Le descubren un tumor en la mama. Pero no, no es una recidiva. Es el tumor primario: no lo han extirpado bien. Entra en quirófano en septiembre de este año. Creo que me anduve cagando en un par de facultativos un par de días… Pero ella está tan por encima de esas cosas que te convence de que no merecen la pena. Y sí, es cierto. No la merece.

Ali siempre contenta, siempre feliz, siempre sintiéndose la persona más afortunada y privilegiada de este mundo…

Hace apenas dos horas recibo un mensaje de “guasap” que me hiela la sangre y me hace maldecir todo lo que, jamás, he querido maldecir.

Hace quince días, con un fuerte dolor de cabeza, mareos y vómitos, fue al hospital y le encontraron dos tumores en la cabeza. Y yo, “me-estoy-cagando-en-todo-lo-que-se-menea”, sólo tengo en la mente su sonrisa, sus palabras de aliento, las charlas que compartimos, los churros que nos comimos saltándonos la dieta alcalina con Susana, los ojos orgullosos de una madre que sabe que su hija va a ganar. Y lo va a hacer porque este mundo necesita muchas más “Alis”.

Mañana entra en quirófano a las ocho de la mañana. Lo sabe desde hace quince días y no ha querido decirme nada porque no quería preocuparme. Me coge el teléfono como siempre: – ¡Hola niña, ¿cómo estás?!

Y, para colmo, me dice que ha estado feliz estos días en el hospital porque sabía que yo estaba bien, que estaba en un camping por primera vez… ¿Ustedes han visto alguna vez seres así? ¿Los tienen cerca? Afánense en no perderlos, por favor. Este tipo de regalos no son frecuentes.

Yo me planteo muchas cuestiones cuando la Vida me da este tipo de lecciones. Hablaba conmigo por teléfono y, fíjense, se sentía plena por poder estar paseando por un bosque de pinos. Ali no es sólo una persona, no es sólo esa compañera ni esa amiga que sabe y conoce el dolor del cáncer de primera mano. Ali es mucho más.

Ali es el ejemplo y el referente, un paradigma nuevo y un latido que va más allá de lo que se conoce.

Ni ella, ni nadie por supuesto, deberían de sufrir los vaivenes de esta enfermedad.

Al oírla se me planteaban mil dilemas a la vez. ¿Por qué nos afanamos en hacer lo fácil, complicado? ¿Por qué peleamos, nos disgustamos¿ ¿Por qué nos quejamos? ¿Por qué nos preocupamos de tanto, y todos los días, que llegamos a olvidarnos de lo verdaderamente esencial? ¿Por qué olvidamos pararnos un segundo en nuestra rutina para disfrutar de un simple rayo de sol que toca nuestro brazo y dar gracias por estar vivos?

¿Por qué perdemos el tiempo con gente equivocada, en horas equivocadas, en sitios equivocados?

¿Por qué no decimos más “te quiero”?

Mañana Ali estará en un quirófano demostrándonos, de nuevo, que sí es cierto que los ángeles, a veces, se caen del Cielo y pasean entre nosotros, los simples mortales.

Amiga, quizá me leas dentro de un par de días o una semana. Me admiras, me maravillas y me haces creer. Yo apuesto por ti, por el realengo de tu fe y tus manos siempre abiertas. Yo apuesto por quien te rodea y tu estirpe guerrera. Y ante todo, apuesto por tu sonrisa.

Y te quiero… raspita.

VVRR.

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El sofá, extremadamente grande, es hoy un paraje donde no me siento bien.

Mi señora ha sufrido una gran decepción y mi perrita está enferma.

Mi señora rehúsa la cena que le preparo con amor, dedicación y esmero, mi perrita no come, no bebe y defeca heces líquidas con sangre. El veterinario dice que todo anda bien. Mis amigos dicen que a mi señora se le pasará.

Mi pene tampoco funciona. Por ende, mi privilegiado cerebro. Privilegiado por extraño, no por excepcional.

Mi trabajo es aburrido, tedioso para todos, mal pagado incluso,  pero me hace feliz.  No logro quitarme de la cabeza a esa hija que tuve y nunca fue mía aunque mía la siento.

La tele es basura pero me reconforta saber que Mario Vaquerizo es subnormal o, al menos, lo parece. Estupenda estrategia para vender libros. La aplaudo.

El tabaco me está matando, el vapeo me da risa, tos y arcadas  y voy detrás de un Xperia Z1. La proximidad de las Navidades me da pavor. Echar de menos a quien no conozco me da miedo. Ver las horas pasar sin sentir sueño me causa una cierta sensación de poder. Dispongo de más horas al día para flagelarme.

Mi casa es fantástica, mi familia perfecta, mis amigos, -pocos-, estupendos.

Los vecinos son pesados, la frutera me da tomates pasados y los de Jazztel llaman veinte veces al día para ofrecerme lo mismo que tengo contratado, con un cambio de nombre.

Mi señora duerme arropando a mi perra enferma. Quizá se dan ese amor que yo ya ni puedo darles. Una está enferma de vida y la otra “caga” sangre. Un presagio, cuanto menos, perturbante.

Yo me preocupo por este pene inerte que me hace sentir poco hombre.

La crisis devora, la gente, ociosa, inventa.  Los que tienen, ostentan. Los que no, ni piden. La vergüenza es un límite inquebrantable. Algunos venden oro, enseres o reliquias familiares.

Señores, España empieza a perfilarse como una especie de Tercer Mundo del que todo el mundo tiene compasión y al que nadie le interesa atender. ¿Por qué?

En mi casa no falta porque soy más listo que el hambre que se prevee. Mi pene no lo nota, sigue inerte.  Es una pena que no vea el jamón ibérico y el Vega Sicilia en la cocina. Igual se animaría… Están ahí por puro azar del Destino, no porque lo merezca.

Cada día más amigos me dicen que se han quedado en paro. Empiezo a ver que salen menos.

Aquella hija que nunca tuvo mis apellidos debe haber olvidado que yo la quise, la quiero y la querré. La perrita igual se muere y mi señora pillará una profunda depresión. Dos o tres días nos bastarán para saber que tenemos que seguir aguantando los tomates pasados de la frutera, las soplapolleces de Vaquerizo y las insistentes llamadas de Jazztel.

Da igual, amigos, enemigos o espectadores accidentales de estas paridas nocturnas.

Hoy te das cuenta de todo y mañana perteneces al mismo circo que criticas.

Al final, tendrás que levantarte y asumir, aun sabiendo que es todo una pantomima, que eres el títere principal del argumento de tu casa.

Por el que te acompaña, sabes hacerte marioneta.

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VVRR

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Yo apenas te conocía el nombre..

 

VVRR. Atramentum. Derechos registrados.

Tengan a bien ilustrarme.

26 octubre, 2012

Existen los tontos poemas
de una errada algarabía,
los versillos de cabalgada
en una noche de potro desbocado
y los magnánimos sonetos
de un lucero en compañía.

También esos otros, con magia,
que se arrastran a los pies
de una perseguida musa,
sea hombre sin escudo,
eclipse sin luna
o tristeza de mujer…

Tiene una lágrima ese Manrique
que se me fue,
que se me fue…

Algunos, de hora, de recuerdo,
se escupen con un nosequé de alma
que jamás se puede recuperar
por no ser de la Vida el débito
que se ha, un día, de cobrar.

Tiene una quimera esa Mistral
que se me va,
que se me va…

Gime la rima,

golpea la métrica,

destroza la sinalefa
y solloza la anáfora…

Corazón que llora,
boca que ríe,
lengua que degusta
una sola verdad:

vida es copla de renuncia
y desdén a la lealtad.

Confieso un amplio desvío
de poemas de diversa llama.

Vagabunda que soy,
no encuentro en ningún corsé
el vestuario de una dama.

Tengo pecho de leona,
y manos de labriego
pero aún no he sabido darle
alma propia a mi poema.

Tengan a bien ilustrarme
los generosos de lluvia,
los payasos de campo
y los marginados de idea.

No tengo yo cuerpo ni alma
para lo razonado en única vida.

 

VVRR.
Atraméntum.
Derechos registrados.

Contra todo pronóstico.

26 octubre, 2012

 

A Mateo le diagnosticaron la enfermedad prontamente. Apenas contaba seis o siete años.

 

El examen físico dio resultados poco confiables. El psicológico vino a decir que todos los síntomas, de manera extraordinaria, se dotaban de razón en el mermado cuerpo del paciente.

Un caos de enfermedad, lo improbable en una saciedad probada de incógnitas demostrables.

Mateo ni atendía argumentos ni consideraba que el azote lo rondaba.

Se mostraba risueño la mayor parte del tiempo, huraño cuando estaba a solas, hostil en un cuarto de baño cerrado que le ofrecía su imagen en un espejo.

 

A todos ojos Mateo era un ser normal. Un hombre común que saludaba, comía, bebía, dormía y compraba aceitunas cuando quería un aperitivo sencillo.

Mateo no tenía problemas con nadie.

Crecía y se comunicaba. Como todos. Haciendo las cosas que hacemos todos. Que todos hacemos porque “es normal”.

 

Una mañana, arrastrando Mateo ya más de treinta inviernos en su cuerpo, la Vida le vino a demostrar que el corazón de todas las personas no es igual, que no todos respetan un duelo, que no todos saben cocinar con poco para cien, que no todos confían en el latido limpio y el camino sin trampas. Su enfermedad comenzaba a tomar posiciones, a enarbolarse como eje del mecanismo, a implorar el sitio que se le daba cada día, en cada trueque, a cada segundo.

Mateo decidió medicarse con el único remedio capaz de combatirla: saber decir “no”.

Y obró en consecuencia. No más miedo. No más ultrajes. No más faltas de respeto.

——-

Mateo, hoy, ha superado miedos, temores y yugos. Aunque llora en silencio, se sabe digno, entero y honorable.

Suele ponerse nervioso en reuniones grandes, con personas desconocidas o en entrevistas de trabajo. Balbucea cuando le pregunta. Pero balbucea verdades.

Duerme bien.

 

Contra todo pronóstico se salvó de una enfermedad fatal: no saber decir que no.

 

VR.

“Re-ratos”

2012. Derechos registrados.

 

 

 

 

Cosas de casa.

4 septiembre, 2012

25 Junio 2011.

Corroborando…

Cosas de casa..

 

VVRR.

En oscuridad.

23 agosto, 2012

En oscuridad todo es posible.

Que tú me rezas, que me quieres como yo te quise a ti ese día, te quiero y te amaré.  Que no hay recortes ni embarazadas en patera, que mi amiga no se queda con medio sueldo, no existe la violencia machista y no extraño a esa murciana que me decía las cosas tan claras. En esta oscuridad, esa canción tan ñoña a ojos ajenos que me dedicaste parece la única verdad catégorica, lo inexistente de la existencia, lo eterno en lo efímero y lo original en un chiste que todos conocen…

Con el silencio todo es posible: yo soy rescatada de los dragones de la nefasta vida por esa espada que tú alzas en defensa de mi cabeza, para ajusticiar lo impropio y poco lúcido de cada retorno a la consciencia.

Pero mañana, ese Sol que a todos nos hace iguales, me vuelve a decir que sí sucedió eso que abrió grieta en mis cimientos, que sí perdura, a escasas penas,  la esperanza de lo que nunca fue un todo y sí soy un puñadito de huesos y “algo más” que se niega a admitir que unos sienten y otros, “solamente”, lo padecen, por puro compromiso… – Qué vergüenza, oh, Dios mío, Virgencita del Carmen, Ángel Custodio…

Yo maldigo, y bendigo por lo grande de tu condición sincera, -al fin-,  el día de verdad, la tarde de dudas y la noche de confesiones. Y no me arrepiento de mandar al carajo, a la mierda y a tomar por culo, tanto desasosiego en tu nombre, tanta luna de sollozo que tú no viste y tanto café a hora impropia para machacar mis riñones. Pude, al fin, convertirme, en una sombra de tu “yo” cuando decidiste ser fiel a la bandera que proclámabamos como cierta.

Nunca hubo más verdad que tus pies buscando mi abrigo en las noches frías y mis manos inexpertas escrutando el poder de tu palpitar sereno…

Me hastía tanto la evidencia que he dejado a un lado los principios para poder hacer frente a lo increíble. Ni en sueños, y suelo ser, en extremo, fantasiosa en los límites, te creí el verdugo portador de la daga.

Para mi enajenación, postergada, abstraída y escéptica,  ya habías proferido la estocada mucho antes de yo dejarte el pecho abierto…

Con todo, y aún a riesgo de parecer mercenaria de mis propios duelos, me congratula saber que tu existencia es plácida. Yo nunca quise robarle el fulgor a una estrella hasta que conocí de tus encantos.

En horas mustias me miro y sé de la esencia misma que me hizo andar. Un ente inquieto, inconformista quizá, que no quiso en su vocabulario ni en su lírica eso que tantos como Garcilaso acertaron a llamar “amor”.

Qué palabra tan magnánima para algo que sólo implica una parte, un alma, un sentido y sentimiento… Uys, qué pedante. Me retracto. Bueno, no , sí, lo que me pidas…

Mis venas no alcanzaron jamás el escoplo que cincelaba tu figura en esta vida. Aún así, conocedora de la heráldica de derrota que tú incrustarías en mi piel,  me afané en aplanarte mesetas y cordilleras para que tu paso no sintiera pendiente alguna. Qué ridiculez de emoción por mí nacida, qué infantilismo creer en cuentos de hadas, en príncipes valientes, princesas enamoradas, enanos bufones que son más grandes que lo que su altura proclama…

Qué penita, qué desgana, qué desgaste en las pestañas…

O no.

Algo, -alguien-, un cómo, un cuándo y un  por qué, son la hueste que me guarda. Cinco meses, ¿cinco?, y yo ya sé de mi baluarte. Tres de duda y de quebranto, dos de hueco y desangro.

¿Y me pides que escriba?

¿A qué? ¿Por qué?

No queda nada. Y tú lo sabes.

No me pidas imposibles.

Hoy no.

Mañana.

VR.