Albahaca.

La albahaca vino a traerle recuerdos de infancia y olores de adolescencia. Mientras capturaba la imagen, entre flores y arbustos, de quien le había devuelto las ganas de vivir en tan sólo unos meses, pudo reconocerse como una mujer nueva y fresca que sentía como propias las aventuras de quien la miraba sonriendo. El día había sido duro, cruento incluso, pero con inusitado despiste y naturalidad, quien la amaba le hizo olvidar el qué y el quiénes. Apenas bastaban tres sonrisas y dos besos insinuados, en ocasiones. No se había sentido sola en ningún momento. Nunca pensó que estaba equivocada mientras recogía aparatosamente su casa y se lanzaba a la llamada de lo místico.

En unos meses, aun sintiendo la morriña de la tierra, había construido su hogar en unas manos apenas conocidas. Y ya no concebía más mundo que ése. Tampoco quería hacerlo. Sólo una vez se sabe. Y sólo una vez llega. Se sabe, se siente y se confirma.

Salir de su trabajo para ver el coche aparcado. Y sonreír. Cuando abría la puerta siempre encontraba unos ojos brillantes que la miraban como nunca nadie lo había hecho. Se mortificaba después pensando si aquellos ojos verían lo mismo en sus pupilas. Después, sentir una mano tranquila que acariciaba su cara y procuraba un beso infantil, inocente, cargado de sentimiento. Ver el gesto firme en el volante y las palabras que le dirigía, llenas de ternura. Nunca podría decirle que no, a nada. Y era perfectamente consciente de que su arbitrio estaba rendido a la voluntad de quien, ahora, ocupada el margen más inexacto y alto de sus aspiraciones. Y todavía no podía saber a ciencia cierta si la llama que le prendía la razón era la misma en aquella mano que, de madrugada, en sueños, procuraba un acercamiento de su pecho hacia su espalda. Cómo le temblaba el cuerpo, cómo le tiritaba el alma…

Muchas mañanas, cuando distancia y tarea ocupaban su cabeza en oficios necesarios para la salud mental, se encontraba releyendo la historia. Una historia que comenzó de manera poco convencional y en marcos espaciales que indicaban un futuro incierto. Fue la fe quien salvó marco y tiempo. Ella, en su manifiesta ensoñación de lo atípico, estaba convencidísima de que algo tan grande y manifiestamente sobrehumano sólo se podía conseguir con el esfuerzo de las dos partes. Y estaba segura de que el camino estaba sellado para siempre. Tanta diferencia en caracteres convertida en complementariedad no podía significar otra cosa: el amor.

Alguna noche de insomnio pudo contemplar su cuerpo inane sobre la cama. Ríos de ternura era el fluir de la sangre por sus venas. Tanta emoción contenida pudo transformarse en algún verso simplón, de metáfora escondida, algún fin de semana, en soledad y con añoranza extrema. A veces se sorprendió conteniendo las palabras. Más se sorprendía cuando no encontraba léxico que pudiera dar forma a sus emociones. Sencillamente no podía. Porque no había verbo que contuviera en sí mismo toda la semántica de su sentimiento.

– ¿Éste te gusta?

– Mi vida, me gustan todas.

Quizá gritar que todas le gustaban si eran para esa casa hubiera sido insuficiente. ¿Cómo hacerle entender que daba igual qué hiciera, qué dijera o qué pensara? El pacto estaba hecho. Trazado el argumento contra el abúlico y resignado camino, todo le parecía una maravilla de la vida si era a su lado. Poco importaba si la convulsión del alma era distinta: ella la sentía y ya era suficiente.

Una rúbrica a perpetuidad. Remover un corazón es gesta eterna.

– Me ha encantado comprar flores contigo. Me pareció tierno.

– A mí también.

Presa de los miedos del pasado, aún le costaba decirle que nunca sus ojos se apartaron de su pelo, que, mientras se separaban entre rosas, orquídeas y narcisos, en ningún momento pudo dejar de pensar que esa fragancia estaba siendo respiraba por quien le robaba el juicio.·”Verte feliz es toda mi ambición” – hubiera que rido decirle. Pero no lo dijo nunca. Descubrir el alma era peligro manifiesto.

Al salir, entre albahaca y tomillo, sólo vió una enorme sonrisa, sólo percibió una mano que apresaba sus dedos. Las macetas pudieron pesarle en los brazos, quizá el cansancio estaba doblando sus rodillas, tal vez la morriña y el anhelo de su tierra, a veces, la llevaba a paisajes muy lejanos. Y sin embargo, al doblar el paso de peatones, se sentía la mujer más libre del mundo. Sin pesos y sin ataduras. Con un único destino, de nombre y apellidos ya conocidos que, hoy, le apresaba la mano y hacía de un rumbo ajeno, su camino.

Y al llegar a aquella casa no sintió más que la recompensa inequívoca de saberse meta y conocer que ya toda vereda estaba obstruida porque, al fin, entre flores, pudo dar nombre a esa brasa que la consumía: Su fin.

Lejos de asustarse, sonrío para sí. “Ya mi sangre tiene vena. ¿Qué existe sino su paso?”.

Se arrimó a su cuerpo. Se dejó abrazar. Y la noche vino a cubrir aquellos dos cuerpos que, solos, acaparaban en un dormitorio la magnitud infinita de un espacio no conocido. Ella rezó, como cada noche. Y dejó que la Muerte, sibilina y dulce, viniera a decirle, de madrugada y a traición, que nunca dejó de borrar su nombre de la lista. Y, al sentir ese miedo, tan palpable como la sábana que la cubría, pudo ver, en aquella albahaca, que acababa de rubricar con dolor el pergamino donde se había escrito lo más sagrado, en forma y fondo, de su vida.

– Dejaré de fumar.

Y con un beso a una medalla, que rondaba su tórax desde hacía veinte años, selló su nueva promesa.

“Nunca permitiré que le hagan daño”. Un beso en los labios y una oración fueron suficientes para procurarse el sueño reparador, que tanto la esquivaba.

“Traeré más plantas y flores”.

A fin de cuentas, ver aquellos labios sonreír era el oxígeno que le hacía levantarse cada mañana. Y aquél cuerpo que dormía a su lado era la única imagen que ella quería conservar en su memoria. Para siempre.

Verónica Victoria Romero Reyes.

“Ella”- Derechos registrados. 

2010.

ALBAHACA

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Cada 21 días: Me iré.

1 julio, 2016

Me iré

cuando él tenga camino.

Me iré

cuando ella porte escudo.

 

Me iré sonriendo,

contando una historia que nunca fue

pero yo recuerdo con la nitidez más exquisita

que tiene quien niega desgracias.

 

Me iré tranquila, en paz,

sabiendo que di más de lo que pude,

y en mis confines solitarios,

sólo supe ver el rostro de mi madre,

de mi padre los sabios labios,

diciendo que yo era el ser especial

que el mundo no quiso tener en cuenta.

 

Queden ahí los pobres poemas

que dieron voz al alma de quien ya nació muerta.

 

Si fuiste mi paz, sólo tú lo sabes.

 

Me iré

a regañadientes.

Me iré

a mordiscos.

 

Me iré en un cascarón,

bebiendo de una cálida savia

que yo he sabido libar en los genes

de quien, hoy, es mi perfecta Tizona.

 

Me iré cabreada, pero en paz,

sabiendo que recogí más Amor del que cabe en un Alma,

y en mis días de abrupto viaje a lo presumible,

sólo pude oler la generosidad de tantísimas manos,

de las piernas, la fuerza para seguir caminando,

asegurando que yo sería ese ser especial

que el cáncer no tuvo cojones de amedrentar.

 

Queden ahí los ricos versos

que dieron voz a la garganta que sólo quiere agradecer.

 

Si fuiste mi paz, sólo tú lo sabes.

 

Pero ni dudes.

Lo fuiste.

 

 

VVRR.

Cada 21 días.

Derechos registrados.

 

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Cada 21 días: Ali

14 octubre, 2015

La conocí en mi segunda quimioterapia, a finales de mayo de 2014. Era fácil distinguirla y darse cuenta de que estaba hecha de esa pasta especial que diferencia a los grandes de los comunes, como yo. En el anfiteatro de las máscaras tristonas y abatidas, brillaba su sonrisa que impregnaba todo a su paso. A su lado, como un ángel de la guarda, los brillantes y orgullosos ojos de una madre que lucha la peor de las batallas al lado de quien más ama: su hija.

No recuerdo quién habló primero. Pero sé que a los tres minutos de conversación yo ya sentí que era alguien muy diferente, capaz de hacer salir el sol en los días más tormentosos.

Teníamos muchas cosas en común: la treintena, la calvicie provocada por el fármaco coloradito, unos perros despeluchados que, a nuestros ojos, son los más hermosos del mundo, una profesión que amamos (el periodismo) y, por supuesto, esa enfermedad tan puta, de nombre idéntico pero apellidos distintos, que entra en las vidas de algunos para ponerlas patas arriba y demostrarnos que vivimos entre convencionalismos y excusas, compulsiones y quejas que nada tienen que ver con vivir, sentir y exprimir la Vida.

Su HER2 y mi estrogénico no han conseguido vencernos.

Sé que las mujeres no tenemos cojones pero dudo mucho de lo que tiene ella, Ali, entre las piernas. Porque, si lo suyo no son cojones y ganas de vivir, nada lo es.

Las quimios la dejaron físicamente como una raspita de sardina. Lo que no pudo el bicho asqueroso fue modificarle, en lo más mínimo, ni la generosidad ni la nobleza de su alegría y su optimismo.

Sus quimios, sus radios, sus efectos secundarios… No había dolor para Ali, no existía la pena en su vocabulario. Jamás la he oído quejarse en este año y medio. Nunca.

Parecía que todo había salido bien. Le hicieron su mastectomía radical y siguieron con el protocolo que se aplica tras quimio y cirugía. Tuvo complicaciones tras la operación pero nada ni nadie podían quitarle la sonrisa de la cara. Cuando parecía que todo estaba bien, ¡zasca!

Le descubren un tumor en la mama. Pero no, no es una recidiva. Es el tumor primario: no lo han extirpado bien. Entra en quirófano en septiembre de este año. Creo que me anduve cagando en un par de facultativos un par de días… Pero ella está tan por encima de esas cosas que te convence de que no merecen la pena. Y sí, es cierto. No la merece.

Ali siempre contenta, siempre feliz, siempre sintiéndose la persona más afortunada y privilegiada de este mundo…

Hace apenas dos horas recibo un mensaje de “guasap” que me hiela la sangre y me hace maldecir todo lo que, jamás, he querido maldecir.

Hace quince días, con un fuerte dolor de cabeza, mareos y vómitos, fue al hospital y le encontraron dos tumores en la cabeza. Y yo, “me-estoy-cagando-en-todo-lo-que-se-menea”, sólo tengo en la mente su sonrisa, sus palabras de aliento, las charlas que compartimos, los churros que nos comimos saltándonos la dieta alcalina con Susana, los ojos orgullosos de una madre que sabe que su hija va a ganar. Y lo va a hacer porque este mundo necesita muchas más “Alis”.

Mañana entra en quirófano a las ocho de la mañana. Lo sabe desde hace quince días y no ha querido decirme nada porque no quería preocuparme. Me coge el teléfono como siempre: – ¡Hola niña, ¿cómo estás?!

Y, para colmo, me dice que ha estado feliz estos días en el hospital porque sabía que yo estaba bien, que estaba en un camping por primera vez… ¿Ustedes han visto alguna vez seres así? ¿Los tienen cerca? Afánense en no perderlos, por favor. Este tipo de regalos no son frecuentes.

Yo me planteo muchas cuestiones cuando la Vida me da este tipo de lecciones. Hablaba conmigo por teléfono y, fíjense, se sentía plena por poder estar paseando por un bosque de pinos. Ali no es sólo una persona, no es sólo esa compañera ni esa amiga que sabe y conoce el dolor del cáncer de primera mano. Ali es mucho más.

Ali es el ejemplo y el referente, un paradigma nuevo y un latido que va más allá de lo que se conoce.

Ni ella, ni nadie por supuesto, deberían de sufrir los vaivenes de esta enfermedad.

Al oírla se me planteaban mil dilemas a la vez. ¿Por qué nos afanamos en hacer lo fácil, complicado? ¿Por qué peleamos, nos disgustamos¿ ¿Por qué nos quejamos? ¿Por qué nos preocupamos de tanto, y todos los días, que llegamos a olvidarnos de lo verdaderamente esencial? ¿Por qué olvidamos pararnos un segundo en nuestra rutina para disfrutar de un simple rayo de sol que toca nuestro brazo y dar gracias por estar vivos?

¿Por qué perdemos el tiempo con gente equivocada, en horas equivocadas, en sitios equivocados?

¿Por qué no decimos más “te quiero”?

Mañana Ali estará en un quirófano demostrándonos, de nuevo, que sí es cierto que los ángeles, a veces, se caen del Cielo y pasean entre nosotros, los simples mortales.

Amiga, quizá me leas dentro de un par de días o una semana. Me admiras, me maravillas y me haces creer. Yo apuesto por ti, por el realengo de tu fe y tus manos siempre abiertas. Yo apuesto por quien te rodea y tu estirpe guerrera. Y ante todo, apuesto por tu sonrisa.

Y te quiero… raspita.

VVRR.

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Cada 21 días: El día se ha ido

18 septiembre, 2015

Donde puse el corazón, arraigué el profundo amor

de quien cree que ha encontrado la patria en unos ojos.

Sí, el día se ha ido, pero sabemos respirar la noche.

Donde construí el nido, aventé el sueño

de los hijos futuros y la paz de un hogar.

Sí, el jardín está seco, pero sabemos imaginar las flores.

¿Querrás tú respirar nuestra noche e imaginar nuestras flores?

Y sí, el día se ha ido.

Mírame ahora, – pero mírame bien-,

yerma,

cansada

y enferma.

Y sí, bien lo sabes, amando. Amándote a ti.

Ofreciéndote las únicas ramas sanas de mí para darte cobijo,

para darte la sombra los días calurosos y el resguardo en la lluvia.

Me arrepiento del Sol que te encendí en las noches más oscuras

y de las tentaciones improcedentes que tuve a bien permitirte.

Me arrepiento de haberme dejado el “yo” guardado en los cajones

de cerrojo más apretado y llave que nunca ha existido en mi bolsillo.

¿Sabes, amor?

Yo perdí perdonando.

No perdones tú.

Que ya pasó, que sí duele, -incluso más que ayer-,

que de manos asidas hemos pasado a ojos que se evitan,

que volverá, tan tozuda, esa memoria de aquellas rosas,

de aquellas auroras, de aquellas estrellas fugaces…

Que tendremos que impregnarnos del perfume de la nostalgia

y decidir si el alma rota de un poeta es suficiente

para amarrarnos toda una vida, -con sus sorpresas y amarguras-,

cuando ya nos han robado todas las cuerdas que tejimos.

Sí, mi amor, sí.

El día se ha ido.

¿O lo dejamos ir?

¿Cómo un diamante de única arista puede fragmentarse en mil pedazos

cuando está escondido en una caja fuerte cuya combinación conocen dos?

¿Qué viento o tiritera, tormenta o maremoto

ha sido capaz de arrancarnos las raíces compartidas?

¿Dónde y por qué? ¿Cuándo, amor, cuándo?

Sí.

La que suscribe, tan derrotada,

tiene ya sólo una palabra que decir:

únicamente la que tú quieras escuchar.

VVRR

Cada 21 días. Derechos registrados.

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Previo navideño

14 diciembre, 2013

 

Quizá a todos nos pase en el previo navideño. O quizá no.

El pasado vuelve, el presente es incierto y el futuro se vuelve un mojón de cuidado.

La circunstancia vital de muchos de nosotros no es especialmente halagüeña y somos muchos quienes deseamos que estas fechas pasen con especial rapidez.  Conozco algunos que disfrutan de la Navidad, algunos otros que hacen de tripas corazón y otros pocos que, como los Gremlins, mutan en algo parecido a un ser grotesco al que todo disgusta. Algunos nos creemos con excusa para amargar el entorno, otros, radicales y demagogos, alegan a la pantomima de la sociedad de consumo y otros pocos, privilegiados ellos, se lo toman con la filosofía racional de saber que son un par de días en los que imperan “teatritos” y “guiñolitos” varios.

Yo pertenezco a la clase tres. La Navidad saca de mí todo eso que callo durante los once meses previos.

Es brutal el cambio… El ser paciente y comprensivo se transforma en un ente airado, escéptico e hipócrita.

Con el “Feliz Navidad” me pasa algo parecido que con el “Es ley de vida”.  La primera (frase cordial esperada en esta época) me parece una prematura presunción, un deseo masticado, un imperativo amable y una gentileza ya sobada. La segunda (aseveración en momentos luctuosos), una mierda como un piano de grande. La ley de vida no existe porque la misma vida transcurre sin leyes. De ser cierta esa frase que he escuchado mil veces, hoy estarían enterrados (incinerados, cremados o vaporizados)  los que me dicen, -con un júbilo desmedido-, ese fantástico, ruin y mezquino “Feliz Navidad”…

Sí, sí, ustedes se ríen pero saben que es bien cierto…

Todos sabemos que la Navidad es un verdadero suplicio emocional para muchos, un calvario económico para los millones de parados de este país, un tormento de ausencia para quienes no tienen a quién sentar en la mesa, una cárcel para quienes trabajan en días festivos y un alivio para El Corte Inglés, el pequeño comerciante y el indigente que pasa la mano a la salida de centros comerciales, iglesias o zonas de bares de tapeo.

Y ya está.

Gastamos lo que no tenemos, echamos de menos a quien no tenemos, cantamos lo que no sabemos y deseamos lo que no tenemos ni tendremos. ¿Se puede ser más gilipollas?

Conozco seres que gozan la Navidad, algunos que la toleran y otros que la detestan.

Los primeros me argumentan que celebran el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, el reencuentro con los seres queridos y la armonía que parece reinar entre el común de los mortales. Mi respuesta es: “Oh, sí, tienes razón”. En realidad pienso que se contradicen. Jesús nació en un pesebre, con medidas higiénicas dudosas (basta saber que nació entre animales) y allí no comieron ni centollos ni langostas ni pavos ni canapés de “untables” varios… Ni tenían vajillas ni copas ni cava catalán ni champán francés. Aquello era un desastre: un niño parido entre paja, sin comadrona, sin asistencia y con dos padres que no tenían ni para pagarse una pensión. ¿Celebras ese nacimiento? ¡Pues hazlo como ellos! ¿A qué vienen los percebes, el turrón Suchard de Oreo y el abeto importado con mil perolitos del Ikea?

Los segundos, los que toleran estas fiestas, me maravillan. Son capaces de sobreponerse a sus sobresaltos internos e intentar que el otro se sienta bien. Claro, no los vemos llorar.  Ellos no amargarán una Navidad  a nadie, jamás, bajo ningún concepto. Pero lo hacen. Lloran. No tienen nada que celebrar pero se sienten afortunados porque, el/la de al lado, sí. Ves su sonrisa llena de tristeza, sus bolsillos generosos cansados de dar y su buen humor cargado de tumulto y pesar, de vejez prematura, de escarnio anticipado, de desgana… Los miras y llegas a creer en ese vértice divino que se les presupone a los ángeles, a los mártires, a los que saben entregarse cuando queda un mínimo moribundo de ellos. Los admiro, profundamente.

Los terceros, quienes detestan la Navidad, se dividen en dos grandes grupos: los que lo exteriorizan y los que no.

Los peligrosos son los que callan. Con los otros todo es más fácil, es cuestión de emborracharlos el día 24 de diciembre y prolongarles el coma hasta el 7 de Enero. Es fácil convencerlos de que comerán y beberán como los peces en el río… En esta categoría se encuentra alguien que tú conoces. Seguro.  Sin excepción.

En el otro también pero aún, quizá, ni te has dado cuenta. Escrutando miradas, los encuentras.

 

Resumiendo…

Si te gusta y la disfrutas, te deseo felicidad, amor y una estupenda pedrea, un gordo o una cesta del ultramarinos habitual.

Si la toleras, olé por ti, tienes todos mis respetos.

Si la detestas, lo siento, ha tocado, como cada año.

 

A fin de cuentas es tiempo, como todo. Lo que viene para no volver, lo que nunca se paga como es debido ni se cobra sin la firma de lo que la Vida te resta. Haz lo que sientas para no arrepentirte. Sigue esperando esa llamada que no llegará, sigue pensando en ese empleo que te espera, en esa madre que prepara la cena, en ese amigo que te trae un turrón o en ese móvil que falla para arreglarte un día.

Mañana, a lo mejor, ese milagro de Navidad, el que esperan los que la adoran, los que la toleran o los que la detestan, te ocurra a ti, a los tuyos, a los que amas.

De hecho, el milagro de esta Navidad es para ti.

¿Puedes creerlo?

 

VVRR.

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Siete

14 junio, 2013

 
Te hubiera gustado saber 
que, aunque ya en todos 
el olvido haya sentado su culo,
no hay día que mi entraña no arda.
 
Tu ausencia es copla viva en mis días.
Tu ausencia es la muerte que me tarda.
 
Te hubiera gustado saber,
también, acaso o quizá,
que ya podemos andar
sin las muletas del afán,
sin el remedio de farmacia
o la llantera de medianoche.
 
Tu ausencia, cuanto más larga,
más consciente del reencuentro.
 
Es posible que te hubiera gustado saber
que tus dos niños se hicieron adultos
supliendo tu falta con mazazos de cariño.
 
Es posible que nos mires, desde allá,
que nos guardes, nos protejas,
nos arropes y nos arrulles el sueño.
 
Es posible que la imagen que de ti veo
sea sólo el espejismo de mi empeño.
 
Te hubiera gustado saber, madre,
que siendo siete los sin ti,
supimos hacer de los espinos
el más libre de nuestros caminos.
 
Y por ti, donde estés, 
que siempre es en nosotros,
libraremos, como tú, a brazo partido,
el más aplaudido de nuestros destinos:
 
Tú, en tu nombre, para ti.
 
VVRR.
La Victoria de los ángeles.
Derechos registrados.
 
CURRIFRAGUEL DIC2011 JUL 2012 1311
 
 

 

 

Yo apenas te conocía el nombre..

 

VVRR. Atramentum. Derechos registrados.