No recuerdo cuánto hace que no vomito “Cada 21 días”.

Quizá no hacerlo le ha dado una especie de licencia al inmundo y asqueroso bicho para encontrar el camino a lugares más calentitos. Me supongo, – en mi imaginación llena de realidad-, que el interior de los huesos no era hogar suficiente para alimentarse, matar a inquilinos celulares “buenos”, provocarme dolores físicos que han llegado a una cojera muy rítmica y desatarme huracanes de rumiaciones en la psique.

Como no sé dónde me quedé, comienzo por las Navidades pasadas. A primeros de diciembre nos dijeron que el cáncer óseo avanzaba con rapidez por las palas ilíacas, lumbares y cervicales. La cadera era, y es, un tiovivo. Decidió mi oncóloga-amiga-salvaguarda mantener los antiestrogénicos, subir la pauta analgésica (ya con un arsenal de estupefacientes bastante amplio) y rastrear con PET’s, resonancias, TAC’s con contraste y demás imágenes. Por supuesto, de una nueva pauta de quimio, no me libraba nadie. Ésta vez semanal. Toma, tomate, tómalo, ia-ia-ó. Plof.

Entre tanto, quiso la Suerte que a finales de septiembre, el instinto de alma fraternal llevara a mi hermano a las puertas de mi casa un sábado por la mañana. Se encontró la puerta abierta, a Polilla llorando y a su hermana, entre babas, dando tumbos incomprensibles en la cama. Inmediatamente tocó el botón rojo de Teleasistencia y, ante la demora, llamó una ambulancia. El médico que llegó me desencadenó, según narra el informe, una crisis comicial con estado de ausencia. En palabras de mi hermano yo era la niña del exorcista y mis miembros superiores e inferiores iban a su aire en un estado no programado. Me giran y me meten algo en el culo. Pero yo, que no sé qué cojones le pasa a mi cuerpo, pienso que me he cagado.

Es de lógica. Si tú tienes tu culito seco y, en segundos, está húmedo y te agarran los cachetes… ¿qué deduces?

Me atan a una camilla, me meten en la ambulancia y, estando allí,- hospital- mientras mi hermano me cuenta que parecía Beyoncé en la cama y que él sólo temía por las posibles fracturas de huesos por los tumores, me da otro, esta vez fortísimo, y me meten a todo correr algo en la boca mientras enfilan como Flash, la camilla al Box de Críticos.

Ahí anida mi primer recuerdo claro de ese día. Seis enfermeras sobre mí, desnudándome, poniendo pegatinas, cogiendo pulso, pillando una vía en un brazo donde no queda ni una vena viable… Y una vocecita que dice: “Cómo suda la muchacha… Pobrecita…” Y me va secando con dulzura y mucha empatía… La miré y sonreí.

Y sí, pensé que me moría.

En segundos veía a mi padre, a mi madre, a mi mujer, a mi hermano, a mi Charly, a mi Nata masajeando a mi padre, a mi Fernan que tiene la madrina más inútil del mundo, a mis Ester y Raque, a mi Noe con su sonrisa cada vez que pasamos solamente para darle un beso… A mi tío Nacho, a mi tia Ascen, mis niñas del cole, mi grupo de guasap donde recargo las pilas… A todos.
Después, en Paliativos, ya venían otros recuerdos a mi mente. Los de todos aquellos que nunca dieron un duro por mí.

El médico le dijo a mi hermano que llamara a mi madre pues, en las crisis, la llamaba. Mi hermano dijo que podía llamarla pero iba a ser complicado que viniera.

Quiso la mala suerte que Mabel tuviera el móvil roto, estando en Barcelona y no llamara ese día. Para cuando se enteró ya era domingo por la noche y yo seguía ingresada. Vino a todo correr y no le habían contado ni la media.

¿Las pruebas? Empezaron a multiplicarse a una velocidad vertiginosa. Lo más importante era descartar metástasis cerebral. La resonancia craneal es una cruz. A la claustrofobia del nicho de por sí de la máquina, hay que añadirle una reja en la cabeza… Ya me la habían hecho antes pero ésta era opresiva a más no poder. Me hicieron muchas pruebas. Al final se descartó la metástasis pero se encontraron daños posiblemente debidos a la neurotoxicidad de las dos tandas de quimioterapia de 2014 y 2016-2017. El informe es largo y, para quienes entendemos poco, es mejor no reproducirlo. Baste decir que sí había lesiones. Ni hemorragias ni tumores. Sí algo en el nervio cigomático… Pero no quise leer nada ni buscar ni escuchar ni saber.

En estos meses he tenido algunas crisis. Lo peor de esto es que no sabes cuándo ni dónde. Eso es lo peor. Y luego, abrir los ojos y ver que estás en el suelo, o en un sofá, o en la cama, lateral, con una persona que te quiere y te agarra la cabeza.

Las revisiones mensuales iban poco a poco, parecía que el Bicho permanecía en sus huesos. De pronto, el mes pasado se levantan los marcadores de manera brutal. En una semana PET, reso, mamo, eco… De todo.

Y hoy, el gran ostión.

El inquilino que no paga, el monstruo de garras mezquinas, el mago sin chistera ni báculo, ha decidido posar su culo en mi hígado.

La misma oncóloga ha llamado a cuatro extensiones para encontrar a su objetiva: la jefa de Radiodiagnóstico Intervencionista.

Mi onco es ejemplar. Es mi heroína. Lucha no por nosotros, sino con nosotros.  Me ha explicado las tres maneras de combatir: quimio dura, quimioembolización (una quimio directa a la arteria más cercana de la “manchita” del hígado”, mediante una aguja de tricotar por la que se perfunde la quimio) y, tercera opción, extirpación si fuera abordable.

“Si fuera abordable”. ¿Y si no?

Ya le han advertido por teléfono que la zona está llena de arterias. No acabo de entender esta advertencia pero no me ha sonado al “Poropompón, poropompón”…

 

Hace año y poco comencé a darle los buenos días a todas las personas importantes de mi vida. Esta semana alguien de la familia materna dijo que algunos estaban molestos y una prima dijo textualmente que ESTABA HASTA EL MOÑO. Me limité a dar las disculpas y dejar de mandar mis Buenos días. Me hizo gracia que gran parte de mis contactos de ese grupo, me mandaran en privado un mensaje diciendo que les gustaba. De hecho, uno de ellos, al que adoro, dijo en público que le encantaba que le diera los buenos días, que le alegraba las mañanas.

Quizá algunos de ustedes se pregunten por qué cada día busco una imagen y la mando a quienes quiero. Es tan fácil la respuesta que ya están ustedes mismos respondiéndola.

Porque los quiero.

Porque es importante para mí saber que ellos saben que dedico esa media hora para ellos.

Porque quiero que se sientan importantes.

Porque son importantes. Son especiales.

 

Voy a seguir luchando, Bicho. Don Bicho, perdone usted.

Voy a pelear porque tengo tanto motivos como estrellas en el Cielo, como sonrisas al dar un paseo y abrazos que se dan con el alma. Porto escudo, armadura y lanza y no son materiales pesados ni forjados por herrero. Son lágrimas de ilusión, besicos que huelen a fe en mí y deseos que se lanzan al aire por mi salud.

Vamos a luchar dignamente y, si acaso me llevaras, no tocarás nuestros recuerdos. El único patrimonio que perdurará siempre más que tú.

 

 

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A Dalton, nacido en San Salvador en 1935,  
lo conocí prematuramente para poder entenderlo 
desde una perspectiva objetiva y antropomórfica. 
Mi primera obra de él, "Los testimonios", 
me reveló un sarcasmo mayúsculo 
y una concepción del lenguaje más allá de su campo semántico. 
Años después descubrí un significado totalmente distinto.

A Dalton hay que abordarlo 
con los ojos muy cerrados 
y el alma muy abierta. 

Solamente así, 
entenderemos la profundidad y complejidad 
de un ser humano atormentado y alegre, 
irónico y gentil, 
pobre de bolsillo y rico de espíritu.

Espero que esta pequeña selección 
(algunos de mis poemas preferidos), 
les guste, -y les llene-, 
tanto, o más, que a mí.

Disfruten, sientan, identifíquense. 
Rían y lloren, 
asocien algún recuerdo, olor o persona.

Recorran cada verso 
como el pirata bordea el círculo imperfecto 
de una moneda perteneciente 
a un tesoro de incalculable valor.

Les dejo con él, 
con el misterioso, 
enigmático 
y magnético Roque Dalton.
 
Un grande entre grandes.
Uno de mis grandes. 
Mi primer loco.

VVRR

Roque Dalton: el lobo que rinde pleitesía al indefenso

LOS LOCOS

A los locos no nos quedan bien los nombres.

Los demás seres
llevan sus nombres como vestidos nuevos,
los balbucean al fundar amigos,
los hacen imprimir en tarjetitas blancas
que luego van de mano en mano
con la alegría de las cosas simples.

Y qué alegría muestran los Alfredos, los Antonios,
los pobres Juanes y los taciturnos Sergios,
los Alejandros con olor a mar!

Todos extienden, desde la misma garganta con que cantan
sus nombres envidiables como banderas bélicas,
tus nombres que se quedan en la tierra sonando
aunque ellos con sus huesos se vayan a la sombra.

Pero los locos, ay señor, los locos
que de tanto olvidar nos asfixiamos,
los pobres locos que hasta la risa confundimos
y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas,
cómo vamos a andar con los nombres a rastras,
cuidándolos,
puliéndolos como mínimos animales de plata,
viendo con estos ojos que ni el sueño somete
que no se pierdan entre el polvo que nos halaga y odia?

Los locos no podemos anhelar que nos nombren
pero también lo olvidaremos…

 

MI DOLOR

Conozco perfectamente mi dolor:
viene conmigo disfrazado en la sangre
y se ha construido una risa especial
para que no pregunten por su sombra.

Mi dolor, ah, queridos,
mi dolor, ah, querida,
mi dolor, es capaz de inventaros un pájaro,
un cubo de madera
de esos donde los niños
le adivinan un alma musical al alfabeto,
un rincón entrañable
y tibio como la geografía del vino
o como la piel que me dejó las manos
sin pronunciar el himno de tu ancha desnudez de mar

Mi dolor tiene cara de rosa,
de primavera personal que ha venido cantando.
Tras ella esconde su violento cuchillo,
su desatado tigre que me rompió las venas desde antes de nacer
y que trazó los días
de lluvia y de ceniza que mantengo.

Amo profundamente mi dolor,
como a un hijo malo.

 

NO TE PONGAS BRAVO, POETA…

La vida paga sus cuentas con tu sangre
y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.
Cógele el cuello de una vez, desnúdala,
túmbala y haz en ella tu pelea de fuego,
rellénale la tripa majestuosa, préñala,
ponla a parir cien años por el corazón.
Pero con lindo modo, hermano,
con un gesto
propicio para la melancolía.

Este amor es poesía

19 julio, 2016

Yo canto y verás que este amor
esta noche se vuelve poesía,
y mi voz llegará
como un canto de melancolía.
No te esperaré mas,
porque esto es la despedida,
sé que es justo que hagas tu voluntad.
Yo te amo y lo quiero gritar,
pero la voz del alma
solo sabe cantar.
Yo te amo y lo quiero gritar,
y esta noche no puedo ni hablarte aunque quiera…
porque lloraré.
Yo canto la tristeza que en mí,
esta noche será melodía,
porque aun lloro por ti,
aunque se que èsta es causa perdida,
no pregunto por qué no eres tú tan solo mía,
sè que es justo que hagas tu voluntad.
Yo te amo y lo quiero gritar,
pero la voz del alma
solo sabe cantar.
Yo te amo y lo quiero gritar,
y esta noche no puedo ni hablarte aunque quiera…porque lloraré.
Yo te amo…
Yo te amo…
Yo te amo…
(https://www.youtube.com/watch?v=OM0-ajWa16c)

No tardes, Muerte, que muero;
ven, porque viva contigo;
quiéreme, pues que te quiero,
que con tu venida espero
no tener guerra conmigo.

Remedio de alegre vida
no lo hay por ningún medio,
porque mi grave herida
es de tal parte venida
qu’eres tú sola remedio.

Ven aquí, pues, ya que muero;
búscame, pues que te sigo;
quiéreme, pues que te quiero,
y con tu venida espero
no tener vida conmigo.

(Jorge Manrique, Jaén. 1440-1479)

 


Nos dijimos adiós.
La tarde estaba
llorando nuestra despedida.
Nos dijimos adiós tan simplemente
que pasó nuestra pena inadvertida.

No hubo angustia en tus ojos
ni en mis ojos.
No hubo un gesto en tu boca
ni en la mía.
Y, no obstante, en el cruce de las manos
calladamente te dejé la vida.

Fuiste valiente con tu indiferencia
y fui valiente con mi hipocresía,
nos separamos como dos extraños
cuando toda la sangre nos unía.

Pero tuvo que ser
y fue mi llanto,
sin una escena ni una cobardía.
Tú te fuiste pensando en el olvido
y yo pensando en la melancolía.

Hoy sólo resta de esa vieja tarde
un recuerdo,
una fecha
y una rima.
Así, sencillamente nos jugamos
el corazón en una despedida…

(Jorge Robledo Ortiz, Santa Fe de Antioquía. 1917-1990)

 


Te esperé con la sangre detenida
sobre el silencio en ascuas de tu ausencia.
Te esperé soportando la existencia
como un lebrel al pie de tu partida.

Te esperé casi al borde de la herida
y a dos pasos no más de la demencia.
Te esperé en la angustiosa transparencia
de aquella noche en el reloj vencida.

Pero qué inútil la mortal espera:
Sin pensarlo cité la primavera
cuando el invierno helaba mis rosales.

Y hoy que casi olvidaba tu presencia,
me estoy enamorando de tu ausencia
a través de mis propios madrigales.

 


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Albahaca.

La albahaca vino a traerle recuerdos de infancia y olores de adolescencia. Mientras capturaba la imagen, entre flores y arbustos, de quien le había devuelto las ganas de vivir en tan sólo unos meses, pudo reconocerse como una mujer nueva y fresca que sentía como propias las aventuras de quien la miraba sonriendo. El día había sido duro, cruento incluso, pero con inusitado despiste y naturalidad, quien la amaba le hizo olvidar el qué y el quiénes. Apenas bastaban tres sonrisas y dos besos insinuados, en ocasiones. No se había sentido sola en ningún momento. Nunca pensó que estaba equivocada mientras recogía aparatosamente su casa y se lanzaba a la llamada de lo místico.

En unos meses, aun sintiendo la morriña de la tierra, había construido su hogar en unas manos apenas conocidas. Y ya no concebía más mundo que ése. Tampoco quería hacerlo. Sólo una vez se sabe. Y sólo una vez llega. Se sabe, se siente y se confirma.

Salir de su trabajo para ver el coche aparcado. Y sonreír. Cuando abría la puerta siempre encontraba unos ojos brillantes que la miraban como nunca nadie lo había hecho. Se mortificaba después pensando si aquellos ojos verían lo mismo en sus pupilas. Después, sentir una mano tranquila que acariciaba su cara y procuraba un beso infantil, inocente, cargado de sentimiento. Ver el gesto firme en el volante y las palabras que le dirigía, llenas de ternura. Nunca podría decirle que no, a nada. Y era perfectamente consciente de que su arbitrio estaba rendido a la voluntad de quien, ahora, ocupada el margen más inexacto y alto de sus aspiraciones. Y todavía no podía saber a ciencia cierta si la llama que le prendía la razón era la misma en aquella mano que, de madrugada, en sueños, procuraba un acercamiento de su pecho hacia su espalda. Cómo le temblaba el cuerpo, cómo le tiritaba el alma…

Muchas mañanas, cuando distancia y tarea ocupaban su cabeza en oficios necesarios para la salud mental, se encontraba releyendo la historia. Una historia que comenzó de manera poco convencional y en marcos espaciales que indicaban un futuro incierto. Fue la fe quien salvó marco y tiempo. Ella, en su manifiesta ensoñación de lo atípico, estaba convencidísima de que algo tan grande y manifiestamente sobrehumano sólo se podía conseguir con el esfuerzo de las dos partes. Y estaba segura de que el camino estaba sellado para siempre. Tanta diferencia en caracteres convertida en complementariedad no podía significar otra cosa: el amor.

Alguna noche de insomnio pudo contemplar su cuerpo inane sobre la cama. Ríos de ternura era el fluir de la sangre por sus venas. Tanta emoción contenida pudo transformarse en algún verso simplón, de metáfora escondida, algún fin de semana, en soledad y con añoranza extrema. A veces se sorprendió conteniendo las palabras. Más se sorprendía cuando no encontraba léxico que pudiera dar forma a sus emociones. Sencillamente no podía. Porque no había verbo que contuviera en sí mismo toda la semántica de su sentimiento.

– ¿Éste te gusta?

– Mi vida, me gustan todas.

Quizá gritar que todas le gustaban si eran para esa casa hubiera sido insuficiente. ¿Cómo hacerle entender que daba igual qué hiciera, qué dijera o qué pensara? El pacto estaba hecho. Trazado el argumento contra el abúlico y resignado camino, todo le parecía una maravilla de la vida si era a su lado. Poco importaba si la convulsión del alma era distinta: ella la sentía y ya era suficiente.

Una rúbrica a perpetuidad. Remover un corazón es gesta eterna.

– Me ha encantado comprar flores contigo. Me pareció tierno.

– A mí también.

Presa de los miedos del pasado, aún le costaba decirle que nunca sus ojos se apartaron de su pelo, que, mientras se separaban entre rosas, orquídeas y narcisos, en ningún momento pudo dejar de pensar que esa fragancia estaba siendo respiraba por quien le robaba el juicio.·”Verte feliz es toda mi ambición” – hubiera que rido decirle. Pero no lo dijo nunca. Descubrir el alma era peligro manifiesto.

Al salir, entre albahaca y tomillo, sólo vió una enorme sonrisa, sólo percibió una mano que apresaba sus dedos. Las macetas pudieron pesarle en los brazos, quizá el cansancio estaba doblando sus rodillas, tal vez la morriña y el anhelo de su tierra, a veces, la llevaba a paisajes muy lejanos. Y sin embargo, al doblar el paso de peatones, se sentía la mujer más libre del mundo. Sin pesos y sin ataduras. Con un único destino, de nombre y apellidos ya conocidos que, hoy, le apresaba la mano y hacía de un rumbo ajeno, su camino.

Y al llegar a aquella casa no sintió más que la recompensa inequívoca de saberse meta y conocer que ya toda vereda estaba obstruida porque, al fin, entre flores, pudo dar nombre a esa brasa que la consumía: Su fin.

Lejos de asustarse, sonrío para sí. “Ya mi sangre tiene vena. ¿Qué existe sino su paso?”.

Se arrimó a su cuerpo. Se dejó abrazar. Y la noche vino a cubrir aquellos dos cuerpos que, solos, acaparaban en un dormitorio la magnitud infinita de un espacio no conocido. Ella rezó, como cada noche. Y dejó que la Muerte, sibilina y dulce, viniera a decirle, de madrugada y a traición, que nunca dejó de borrar su nombre de la lista. Y, al sentir ese miedo, tan palpable como la sábana que la cubría, pudo ver, en aquella albahaca, que acababa de rubricar con dolor el pergamino donde se había escrito lo más sagrado, en forma y fondo, de su vida.

– Dejaré de fumar.

Y con un beso a una medalla, que rondaba su tórax desde hacía veinte años, selló su nueva promesa.

“Nunca permitiré que le hagan daño”. Un beso en los labios y una oración fueron suficientes para procurarse el sueño reparador, que tanto la esquivaba.

“Traeré más plantas y flores”.

A fin de cuentas, ver aquellos labios sonreír era el oxígeno que le hacía levantarse cada mañana. Y aquél cuerpo que dormía a su lado era la única imagen que ella quería conservar en su memoria. Para siempre.

Verónica Victoria Romero Reyes.

“Ella”- Derechos registrados. 

2010.

ALBAHACA

Vengo a decir

5 julio, 2016

Seis años, seis, -que se dice pronto-, y sigo pensando, sintiendo, mirando, respirando y ¿soñando? de la misma manera…
Ilusa o no, qué más da… Tú cambiaste.
Pero yo no.
He ahí el dilema: reconvertirme en algo que no he sido jamás

 

Vengo a decir.

Vengo a decir que me encontraba
buscándote
o esperándote.
Sólo por conocer a quién amaba.

No recuerdo la canción.
Y sí la llantera.

No recuerdo la noche.
Y sí su tiritera.

Vengo a decir que fue difícil espuela
tu añoranza,
tu evocación.
Sólo por dar hiato a quien, hoy, me cela.

No recuerdo la cabalgada.
Y sí la montura.

No recuerdo la carrera.
Y sí su hendidura.

Vengo a decir que fue distante sino
anhelarte,
presentirte.
Sólo mistificar de tu enjuague mi destino.

No recuerdo la brújula.
Y sí el camino.

No recuerdo el horizonte.
Y sí un norte confundido.

Vengo a decir que fue intuición
tu talle erguido,
o tu postura.
Sólo ser letra de mi ambición.

No recuerdo el poema.
Y sí la cadencia.

No recuerdo la estrofa.
Y sí tu ausencia.

Y vengo a decirte, aún a riesgo
de descubrir mi talón tan protegido,
que eres cisma y sempiterno sesgo
donde cayó, frágil, el futuro invertido.

Y, loca de ternura, en tal manera,
vengo a decir que, siendo mansedumbre,
eres la bestia y eres la fiera
donde calmo mi tosca raidumbre.

Si descubrir afanes
es mi propia traición,
vengo a decirte,
tranquilamente,
que eres acento,
hiato y sinéresis
en mi preclara pretensión.

No hay mal que tú no sanes
ni estribillo que no acompases.
Sin ti todo fue mera ficción
y sentires fueron ademanes.

Y ya que quemé una treintena
recreándome en tu hallazgo,
déjame ser la lágrima en tu pena
y la obra de arte en tu mecenazgo.

Como yo, poco labio te habló
de alma, de vida o de sus teoremas.
Ningún espíritu mi amor halló
en poco o mucho que tú no temas.

Y ahora, despojada de armadura,
vengo a decirte,
quizá arcaicamente,
que lista o tonta,
alegre o triste,
no soy más reflejo
que aquello
que ya tú viste…

Si poco, lo siento.
Si justo, me alegro.
Si mucho, mi ego resiento.

¿Cuándo coloreaste de blanco un océano negro?

Vengo a decir que no recuerdo el dónde.
Y sí el momento.

Vengo a decir que no recuerdo el cómo.
Y sí su sentimiento.

Y vengo a decirte que tu beso
en mi labio enhebrado
no fue bálsamo y sí el bautizo
de una infiel de eterno amor confeso.
¡Enajenado!

Porque sin ti las cicatrices nunca llegaron
y las heridas, en mi dermis, fueron siempre
salva de sangre que mi luna jamás aclamaron.

Y ahora, que eres sagrario de mi vena,
no hay ni un sollozo, ni una tristeza
y no me rinde ninguna estrella,
en relojes de nocturnidad,
al abismo de lágrima o de pena.

Vengo a decirte, con claro descaro,
que acaparas minutos y horas,
que descubre el enigma raro
el navío que en mis peñascos escoras,
que eres la savia y no el alimento
donde almibaro el salitre de mi lamento.

Vengo a decirte, el alma en vilo,
que eres el aire que yo respiro.

En conclusión,
vengo a decirte y decirme
que no conozco más vida
que la de, en tu vida, yo, morirme…

 

Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice. 2010.
Derechos registrados

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Cada 21 días: Ali

14 octubre, 2015

La conocí en mi segunda quimioterapia, a finales de mayo de 2014. Era fácil distinguirla y darse cuenta de que estaba hecha de esa pasta especial que diferencia a los grandes de los comunes, como yo. En el anfiteatro de las máscaras tristonas y abatidas, brillaba su sonrisa que impregnaba todo a su paso. A su lado, como un ángel de la guarda, los brillantes y orgullosos ojos de una madre que lucha la peor de las batallas al lado de quien más ama: su hija.

No recuerdo quién habló primero. Pero sé que a los tres minutos de conversación yo ya sentí que era alguien muy diferente, capaz de hacer salir el sol en los días más tormentosos.

Teníamos muchas cosas en común: la treintena, la calvicie provocada por el fármaco coloradito, unos perros despeluchados que, a nuestros ojos, son los más hermosos del mundo, una profesión que amamos (el periodismo) y, por supuesto, esa enfermedad tan puta, de nombre idéntico pero apellidos distintos, que entra en las vidas de algunos para ponerlas patas arriba y demostrarnos que vivimos entre convencionalismos y excusas, compulsiones y quejas que nada tienen que ver con vivir, sentir y exprimir la Vida.

Su HER2 y mi estrogénico no han conseguido vencernos.

Sé que las mujeres no tenemos cojones pero dudo mucho de lo que tiene ella, Ali, entre las piernas. Porque, si lo suyo no son cojones y ganas de vivir, nada lo es.

Las quimios la dejaron físicamente como una raspita de sardina. Lo que no pudo el bicho asqueroso fue modificarle, en lo más mínimo, ni la generosidad ni la nobleza de su alegría y su optimismo.

Sus quimios, sus radios, sus efectos secundarios… No había dolor para Ali, no existía la pena en su vocabulario. Jamás la he oído quejarse en este año y medio. Nunca.

Parecía que todo había salido bien. Le hicieron su mastectomía radical y siguieron con el protocolo que se aplica tras quimio y cirugía. Tuvo complicaciones tras la operación pero nada ni nadie podían quitarle la sonrisa de la cara. Cuando parecía que todo estaba bien, ¡zasca!

Le descubren un tumor en la mama. Pero no, no es una recidiva. Es el tumor primario: no lo han extirpado bien. Entra en quirófano en septiembre de este año. Creo que me anduve cagando en un par de facultativos un par de días… Pero ella está tan por encima de esas cosas que te convence de que no merecen la pena. Y sí, es cierto. No la merece.

Ali siempre contenta, siempre feliz, siempre sintiéndose la persona más afortunada y privilegiada de este mundo…

Hace apenas dos horas recibo un mensaje de “guasap” que me hiela la sangre y me hace maldecir todo lo que, jamás, he querido maldecir.

Hace quince días, con un fuerte dolor de cabeza, mareos y vómitos, fue al hospital y le encontraron dos tumores en la cabeza. Y yo, “me-estoy-cagando-en-todo-lo-que-se-menea”, sólo tengo en la mente su sonrisa, sus palabras de aliento, las charlas que compartimos, los churros que nos comimos saltándonos la dieta alcalina con Susana, los ojos orgullosos de una madre que sabe que su hija va a ganar. Y lo va a hacer porque este mundo necesita muchas más “Alis”.

Mañana entra en quirófano a las ocho de la mañana. Lo sabe desde hace quince días y no ha querido decirme nada porque no quería preocuparme. Me coge el teléfono como siempre: – ¡Hola niña, ¿cómo estás?!

Y, para colmo, me dice que ha estado feliz estos días en el hospital porque sabía que yo estaba bien, que estaba en un camping por primera vez… ¿Ustedes han visto alguna vez seres así? ¿Los tienen cerca? Afánense en no perderlos, por favor. Este tipo de regalos no son frecuentes.

Yo me planteo muchas cuestiones cuando la Vida me da este tipo de lecciones. Hablaba conmigo por teléfono y, fíjense, se sentía plena por poder estar paseando por un bosque de pinos. Ali no es sólo una persona, no es sólo esa compañera ni esa amiga que sabe y conoce el dolor del cáncer de primera mano. Ali es mucho más.

Ali es el ejemplo y el referente, un paradigma nuevo y un latido que va más allá de lo que se conoce.

Ni ella, ni nadie por supuesto, deberían de sufrir los vaivenes de esta enfermedad.

Al oírla se me planteaban mil dilemas a la vez. ¿Por qué nos afanamos en hacer lo fácil, complicado? ¿Por qué peleamos, nos disgustamos¿ ¿Por qué nos quejamos? ¿Por qué nos preocupamos de tanto, y todos los días, que llegamos a olvidarnos de lo verdaderamente esencial? ¿Por qué olvidamos pararnos un segundo en nuestra rutina para disfrutar de un simple rayo de sol que toca nuestro brazo y dar gracias por estar vivos?

¿Por qué perdemos el tiempo con gente equivocada, en horas equivocadas, en sitios equivocados?

¿Por qué no decimos más “te quiero”?

Mañana Ali estará en un quirófano demostrándonos, de nuevo, que sí es cierto que los ángeles, a veces, se caen del Cielo y pasean entre nosotros, los simples mortales.

Amiga, quizá me leas dentro de un par de días o una semana. Me admiras, me maravillas y me haces creer. Yo apuesto por ti, por el realengo de tu fe y tus manos siempre abiertas. Yo apuesto por quien te rodea y tu estirpe guerrera. Y ante todo, apuesto por tu sonrisa.

Y te quiero… raspita.

VVRR.

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Cada 21 días: El día se ha ido

18 septiembre, 2015

Donde puse el corazón, arraigué el profundo amor

de quien cree que ha encontrado la patria en unos ojos.

Sí, el día se ha ido, pero sabemos respirar la noche.

Donde construí el nido, aventé el sueño

de los hijos futuros y la paz de un hogar.

Sí, el jardín está seco, pero sabemos imaginar las flores.

¿Querrás tú respirar nuestra noche e imaginar nuestras flores?

Y sí, el día se ha ido.

Mírame ahora, – pero mírame bien-,

yerma,

cansada

y enferma.

Y sí, bien lo sabes, amando. Amándote a ti.

Ofreciéndote las únicas ramas sanas de mí para darte cobijo,

para darte la sombra los días calurosos y el resguardo en la lluvia.

Me arrepiento del Sol que te encendí en las noches más oscuras

y de las tentaciones improcedentes que tuve a bien permitirte.

Me arrepiento de haberme dejado el “yo” guardado en los cajones

de cerrojo más apretado y llave que nunca ha existido en mi bolsillo.

¿Sabes, amor?

Yo perdí perdonando.

No perdones tú.

Que ya pasó, que sí duele, -incluso más que ayer-,

que de manos asidas hemos pasado a ojos que se evitan,

que volverá, tan tozuda, esa memoria de aquellas rosas,

de aquellas auroras, de aquellas estrellas fugaces…

Que tendremos que impregnarnos del perfume de la nostalgia

y decidir si el alma rota de un poeta es suficiente

para amarrarnos toda una vida, -con sus sorpresas y amarguras-,

cuando ya nos han robado todas las cuerdas que tejimos.

Sí, mi amor, sí.

El día se ha ido.

¿O lo dejamos ir?

¿Cómo un diamante de única arista puede fragmentarse en mil pedazos

cuando está escondido en una caja fuerte cuya combinación conocen dos?

¿Qué viento o tiritera, tormenta o maremoto

ha sido capaz de arrancarnos las raíces compartidas?

¿Dónde y por qué? ¿Cuándo, amor, cuándo?

Sí.

La que suscribe, tan derrotada,

tiene ya sólo una palabra que decir:

únicamente la que tú quieras escuchar.

VVRR

Cada 21 días. Derechos registrados.

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