“Pero existes,  con una vida extraordinariamente asombrosa,
no eres una sombra.
De verdad, te quiero.
De verdad, lloraré por tus lágrimas, para que sean menos”.
(La tita postiza, la tita Sol y más real que la sangre que me aviva la vena).

 

Y qué menos que llorar por quién me llora,

qué menos que levantarme mañana por quien espera que me levante mañana,

qué menos que esperar un café en una cafetería cualquiera

con alguien que me dirige unas palabras cuando no tiene que hacerlo,

qué menos que dedicarle un canto a quien no me conoce y siente un dolor

que no siendo propio, le lacera la arteria vibrante.

 

Qué menos que dedicarte mis versillos cuando me estás leyendo

un día cualquiera, una noche cualquiera,

sólo porque has tecleado en “google” cáncer y te ha salido este blog,

qué menos que decirte que sigue asustando pero aquí estoy,

veintiocho meses después, cuando mi pronóstico no era halagüeño.

 

Qué menos que explicarte que ya no duelen las vías ni las punciones,

ni las resonancias, ni los pets, ni los tacs, ni los contrastes,

ni tanto químico que te va resecando las venas pero la esperanza nunca.

Qué menos que decirte que nunca estarás solo o sola,

aunque tu esposa o marido esté a mil quilómetros de ti,

una semana no, una semana sí,

pero, a fin de cuentas, la mitad de lo que te queda de vida.

 

Qué menos que explicarte que una parálisis facial

sólo tiene una explicación y esa explicación es el cerebro,

-qué susto-, -qué mal rato-, qué pena no darme cuenta yo

de que mi rostro no estaba en su sitio

y oír esa llave desesperada de mi hermano y mi cuñada,

esos ladridos de advertencia de mi perra

y ese: “ Pero, tata, ¿Qué coño te pasa en la cara?

 

Qué pena pensar y creer que eran las nueve de la mañana

siendo las tres de la tarde de un sábado cualquiera

donde, como muchos, en una cama de matrimonio,

dormíamos tres: una leal perrita, un cuerpo mío

y un cáncer hijo de puta que quiere que me vaya.

 

Qué menos que querer salir huyendo cuando quieren ingresarte,

qué menos querer arrancarte la vía después de nueve horas,

qué menos convencer a un médico de la diferencia

entre morirte en un hospital o en tu hogar,

rodeada de los tuyos y pensando en los que faltan

porque no quieren estar, porque no están o tienen excusa.

 

Qué de coces da la vida a quienes menos golpes damos.

Qué sinsabores para gente buena y noble que se ofrece.

Qué triste quebrar una promesa o faltarse al honor.

Qué mierda de poema sin métrica ni rima

pero sí con valentía y mucho, pero mucho corazón.

 

Qué menos que sonreír cada día, o tarde, a todos,

cuando cada uno tiene su amargura y te sonríe,

de modo sincero, porque sí existe esa humanidad

que nos hace diferentes, fuertes y extraordinarios,

capaces de decir que estamos “bien” en lugar de “jodidos”.

 

Qué de ilusiones y sueños me quedan en los bolsillos,

cuántos besos por dar a mi familia, cuántos abrazos,

cuántos cumpleaños, aniversarios, bodas o comuniones.

Qué tristeza pensar en esa esterilidad que me provocaron

para poder seguir viviendo un poco, un mucho con suerte, más.

 

Qué latigazos me provoca  ese pensamiento

cada noche, al acostarme y pensar en ese yo sin cáncer,

en ese yo madre, en ese yo esposa, en ese yo hermana…

Coño, con un poco de magia, en ese yo aún hija.

 

Qué de paradojas en la Vida que nos mueve o nos paraliza

pero es la que tenemos, la que nos toca, la que se nos da

para exprimirla, besarla, dominarla o hacerle frente.

Qué tiempo bueno o qué tiempo malo,

qué ostia me ha dado mi prima sin venir a cuento

pero que abrazo tan grande el del Pimiento.

 

Qué olor a romero tan suave y sanador

envuelve mi casa, mis mil visitas al hospital,

mis días, mis noches, mis desvelos y mis silencios.

Qué fácil es comprenderme y saberme

cuando, de verdad, y profundamente,

se me quiere.

 

Qué afortunada soy, – y me siento-,

porque respiro, sonrío

y estoy entre vosotros.

 

VVRR
Cada 21 días
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Cada 21 días: Me iré.

1 julio, 2016

Me iré

cuando él tenga camino.

Me iré

cuando ella porte escudo.

 

Me iré sonriendo,

contando una historia que nunca fue

pero yo recuerdo con la nitidez más exquisita

que tiene quien niega desgracias.

 

Me iré tranquila, en paz,

sabiendo que di más de lo que pude,

y en mis confines solitarios,

sólo supe ver el rostro de mi madre,

de mi padre los sabios labios,

diciendo que yo era el ser especial

que el mundo no quiso tener en cuenta.

 

Queden ahí los pobres poemas

que dieron voz al alma de quien ya nació muerta.

 

Si fuiste mi paz, sólo tú lo sabes.

 

Me iré

a regañadientes.

Me iré

a mordiscos.

 

Me iré en un cascarón,

bebiendo de una cálida savia

que yo he sabido libar en los genes

de quien, hoy, es mi perfecta Tizona.

 

Me iré cabreada, pero en paz,

sabiendo que recogí más Amor del que cabe en un Alma,

y en mis días de abrupto viaje a lo presumible,

sólo pude oler la generosidad de tantísimas manos,

de las piernas, la fuerza para seguir caminando,

asegurando que yo sería ese ser especial

que el cáncer no tuvo cojones de amedrentar.

 

Queden ahí los ricos versos

que dieron voz a la garganta que sólo quiere agradecer.

 

Si fuiste mi paz, sólo tú lo sabes.

 

Pero ni dudes.

Lo fuiste.

 

 

VVRR.

Cada 21 días.

Derechos registrados.

 

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Lo dejamos en Noviembre, cuando un PET revelaba que no había actividad en mi cuerpo. Ganglios, huesos y mama parecían estar, de nuevo, limpios de polvo y paja. Qué ilusa de mí.

Lo cierto es que el 30 de diciembre me estaban metiendo en quirófano, cosa impensable hacía nueve meses, por mi estado clínico. Linfadenectomía y tumorectomía como consecuencia de una neoplasia maligma de mama. Términos médicos, claro. El resultado es una cicatriz en la axila izquierda, otra en la mama izquierda y unas tiranteces extremas. Al parecer se abre por la axila y se tira de la cadena de ganglios como si fuera una raspa de boquerón. De antebrazo hacia arriba no siento nada. Me dieron el alta el mismo día 31 por la insistencia que yo mostraba. Me vine a casa con el drenaje, por supuesto. Yo me lo medía y controlaba. Al menos, estaba en casa para Año Nuevo.

Del lado derecho no puedo dormir por la metástasis tanto en el hombro como en el fémur. Y en el izquierdo no puedo cargar peso… Un dislate, pues. Dormir como Drácula no es mi estilo así que llevo poco menos de un mes acomodándome como puedo e intentando caer extenuada en la cama para no tener que pensar cómo me voy a colocar para entregarme a Morfeo.

En las revisiones de Cirugía me dijeron que aquello estaba de “escándalo”. Se ve que cicatrizo bien o, por lo menos, mejor de lo que se esperaban.

La semana pasada, por fin, me vio la oncóloga. Yo ya sabía, por filtraciones personales, que la biopsia de lo extraído delataba malignidad. Estoy “malica” pero tonta no soy.

La oncóloga me dice que cierto es que mi PET no revelaba hallazgos pero que la prueba en sí no mide los tumores sino el grado de actividad de los mismos. Así que, siendo claros, el cáncer está en mí y lo estará siempre mientras viva. Ahora puede cronificarse, hacerse una especie de diabetes que tienes que controlar cada día de tu vida.

Como mi cáncer es positivo es estrógenos y negativo en HER2, comencé a tomar el tamoxifeno el mismo viernes. Es una pastilla antiestrógenos, que induce una premenopausia para que las células cancerosas no puedan alimentarse de los estrógenos. El problema de esta pastillita es que puede provocar engrosamiento del endometrio y éste, a su vez, puede degenerar en cáncer de endometrio. La oncóloga, bellísima persona, por cierto, me dijo a este respecto que no me preocupara, que nunca había tenido ese caso porque las revisiones ginecológicas van a ser más que frecuentes en mi caso. De hecho ya tengo la primera para mediados de febrero.  Quedaba pendiente el tema de la castración ovárica y la radioterapia de la mama.

Pues bien, tanto rápidos como eficientes, el lunes día 2 ya tengo preparada la castración. “Guau, guau”, – me siento perro…

En un primer momento la doctora quería hacerla a la manera tradicional, con las inyecciones en la barriga que van induciéndote la menopausia de manera paulatina. Me he ido informando, tanto a nivel médico como personal de mujeres que se han sometido a ese tratamiento y los efectos secundarios no me agradaban lo más mínimo. No soy persona que le tema al dolor físico pero algunas de las contraindicaciones me parecían extremas. Y para colofón saber que el tratamiento dura un año en el que apenas puedes moverte de la cama… Quita, quita…

Al final le dije que aprovechara que sólo tenía un ovario y ya que me iba a quedar yerma (estéril) que lo hiciera del tirón. Había dos opciones: extirpar o castrar con radioterapia.

La oncóloga en sesión clínica ha decidido que la mejor opción para mí es achicharrarlo como una verruguilla.

Esto va rápido. Después de este paso, decidirán si dan sesiones de radioterapia en la mama o no lo hacen. A mi, sinceramente, me da lo mismo. Tengo claro que tengo cáncer en más de doce huesos y en multitud de ganglios del cuerpo. Cuando diga de pararse, se parará. Y chimpún.

Mientras tanto intento volver a mi vida de la manera en que mejor puedo. Pero han quedado secuelas, muchas. Tanto físicas como emocionales. Sé que siempre dependeré de alguien para rascarme la espalda, sé que nunca podré ser madre, sé que he aprendido a distinguir a los sanos de los tóxicos, sé que viviré condicionada y amedrentada por un inquilino que entró sin avisar…

La vida es corta y sorprendente. En estos meses el miedo se ha ido disipando gracias a toda la felicidad que ha entrado en mi camino. No sé si duraré muchos años, pocos o los justos para hacer lo que tenga que hacer. Me queda la inmensa pena de saber que no podré engendrar nunca, la tristeza de pensar que lo retrasé por no hacer daño y la alegría de saber que sigo respirando. Tarada como un membrillo, eso sí, pero sigo respirando.

Que, a fin de cuentas, es lo que importa.

VVRR

2015-01-17 2015-01-17 001 013