Previo navideño

14 diciembre, 2013

 

Quizá a todos nos pase en el previo navideño. O quizá no.

El pasado vuelve, el presente es incierto y el futuro se vuelve un mojón de cuidado.

La circunstancia vital de muchos de nosotros no es especialmente halagüeña y somos muchos quienes deseamos que estas fechas pasen con especial rapidez.  Conozco algunos que disfrutan de la Navidad, algunos otros que hacen de tripas corazón y otros pocos que, como los Gremlins, mutan en algo parecido a un ser grotesco al que todo disgusta. Algunos nos creemos con excusa para amargar el entorno, otros, radicales y demagogos, alegan a la pantomima de la sociedad de consumo y otros pocos, privilegiados ellos, se lo toman con la filosofía racional de saber que son un par de días en los que imperan “teatritos” y “guiñolitos” varios.

Yo pertenezco a la clase tres. La Navidad saca de mí todo eso que callo durante los once meses previos.

Es brutal el cambio… El ser paciente y comprensivo se transforma en un ente airado, escéptico e hipócrita.

Con el “Feliz Navidad” me pasa algo parecido que con el “Es ley de vida”.  La primera (frase cordial esperada en esta época) me parece una prematura presunción, un deseo masticado, un imperativo amable y una gentileza ya sobada. La segunda (aseveración en momentos luctuosos), una mierda como un piano de grande. La ley de vida no existe porque la misma vida transcurre sin leyes. De ser cierta esa frase que he escuchado mil veces, hoy estarían enterrados (incinerados, cremados o vaporizados)  los que me dicen, -con un júbilo desmedido-, ese fantástico, ruin y mezquino “Feliz Navidad”…

Sí, sí, ustedes se ríen pero saben que es bien cierto…

Todos sabemos que la Navidad es un verdadero suplicio emocional para muchos, un calvario económico para los millones de parados de este país, un tormento de ausencia para quienes no tienen a quién sentar en la mesa, una cárcel para quienes trabajan en días festivos y un alivio para El Corte Inglés, el pequeño comerciante y el indigente que pasa la mano a la salida de centros comerciales, iglesias o zonas de bares de tapeo.

Y ya está.

Gastamos lo que no tenemos, echamos de menos a quien no tenemos, cantamos lo que no sabemos y deseamos lo que no tenemos ni tendremos. ¿Se puede ser más gilipollas?

Conozco seres que gozan la Navidad, algunos que la toleran y otros que la detestan.

Los primeros me argumentan que celebran el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, el reencuentro con los seres queridos y la armonía que parece reinar entre el común de los mortales. Mi respuesta es: “Oh, sí, tienes razón”. En realidad pienso que se contradicen. Jesús nació en un pesebre, con medidas higiénicas dudosas (basta saber que nació entre animales) y allí no comieron ni centollos ni langostas ni pavos ni canapés de “untables” varios… Ni tenían vajillas ni copas ni cava catalán ni champán francés. Aquello era un desastre: un niño parido entre paja, sin comadrona, sin asistencia y con dos padres que no tenían ni para pagarse una pensión. ¿Celebras ese nacimiento? ¡Pues hazlo como ellos! ¿A qué vienen los percebes, el turrón Suchard de Oreo y el abeto importado con mil perolitos del Ikea?

Los segundos, los que toleran estas fiestas, me maravillan. Son capaces de sobreponerse a sus sobresaltos internos e intentar que el otro se sienta bien. Claro, no los vemos llorar.  Ellos no amargarán una Navidad  a nadie, jamás, bajo ningún concepto. Pero lo hacen. Lloran. No tienen nada que celebrar pero se sienten afortunados porque, el/la de al lado, sí. Ves su sonrisa llena de tristeza, sus bolsillos generosos cansados de dar y su buen humor cargado de tumulto y pesar, de vejez prematura, de escarnio anticipado, de desgana… Los miras y llegas a creer en ese vértice divino que se les presupone a los ángeles, a los mártires, a los que saben entregarse cuando queda un mínimo moribundo de ellos. Los admiro, profundamente.

Los terceros, quienes detestan la Navidad, se dividen en dos grandes grupos: los que lo exteriorizan y los que no.

Los peligrosos son los que callan. Con los otros todo es más fácil, es cuestión de emborracharlos el día 24 de diciembre y prolongarles el coma hasta el 7 de Enero. Es fácil convencerlos de que comerán y beberán como los peces en el río… En esta categoría se encuentra alguien que tú conoces. Seguro.  Sin excepción.

En el otro también pero aún, quizá, ni te has dado cuenta. Escrutando miradas, los encuentras.

 

Resumiendo…

Si te gusta y la disfrutas, te deseo felicidad, amor y una estupenda pedrea, un gordo o una cesta del ultramarinos habitual.

Si la toleras, olé por ti, tienes todos mis respetos.

Si la detestas, lo siento, ha tocado, como cada año.

 

A fin de cuentas es tiempo, como todo. Lo que viene para no volver, lo que nunca se paga como es debido ni se cobra sin la firma de lo que la Vida te resta. Haz lo que sientas para no arrepentirte. Sigue esperando esa llamada que no llegará, sigue pensando en ese empleo que te espera, en esa madre que prepara la cena, en ese amigo que te trae un turrón o en ese móvil que falla para arreglarte un día.

Mañana, a lo mejor, ese milagro de Navidad, el que esperan los que la adoran, los que la toleran o los que la detestan, te ocurra a ti, a los tuyos, a los que amas.

De hecho, el milagro de esta Navidad es para ti.

¿Puedes creerlo?

 

VVRR.

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