De la soplapollez extrema y otras afecciones hereditarias.

6 diciembre, 2013

 

Lo fantástico de los días festivos es la habilidad que procuran al humano de dejarse llevar por pensamientos y deducciones que los días laborables no permiten. Hoy, en mis fluctuaciones personales, he llegado a la conclusión de que, además de heredar una docena de alergias, alimenticias y ambientales, un asma intrínseca y unos anodinos ojos verdes, se me legó una soplapollez extrema, a todos ojos, escandalosa.

Creo que este rasgo, como la mayor parte de los psicológicos mendelianos, procede de la vía materna. Nunca supe si mi madre parecía lela, lo era o se lo hacía. Lo de aguantar embistes se le daba particularmente bien. Las ostias le venían, de diestro y siniestro, continuamente. Yo le dí un par de las gordas, de esas que sólo una madre sabe perdonar aunque yo misma no sea capaz de hacerlo. Fíjense si era buena que hasta supieron torearla cuando más justicia quiso aplicar. Yo, como buena heredera de esa soplapollez evidente, decidí confiar, como hacía ella, con paciencia y diciendo que sí a todo.

Esta soplapollez me hace obrar de manera inocente y, casi certeramente, estúpida. Si me entero de que alguien está enfermo, preocupado o harto de problemas, intento ayudar. Siempre, en detrimento mío. Eso sí, a ojos ajenos. En cierto modo esa almohada de la conciencia tranquila es un modo egoísta de colmar mis necesidades más vitales. Si puedo llevar una sopita, la llevo. Si puedo visitar, visito. Si puedo llamar para preguntar, llamo.

Siempre le pregunto a quienes quiero cómo están ellos, cómo están sus allegados, sus mascotas y sus quehaceres diarios. Lo hago de corazón, me gusta saber que todos están bien.

Hace una semana aproximadamente temí por la vida de mi perra. Parece tontería pero ese “bicho que deja pelos por todos lados” está enfermo. Me conmueve que me pregunten por ella personas que apenas conozco, personas que me vieron con ella en brazos corriendo de urgencia al veterinario… Me apena que no me pregunten por su estado quienes han tenido de mí mucho más que estos “amigos desconocidos” de los que ignoro, incluso, el nombre. Es más, tengo a la media naranja con fiebre desde hace dos días. Quiero suponer que es un gripazo de narices, de esos que te hacen adelgazar como la Dieta Dukan en su fase agresiva…

He tenido ayuda estos días, sí. Pero no la que esperaba.

Nos planteamos muchos dilemas cuando nos ocurren estos episodios, cuando nos sentimos decepcionados o traicionados …

¿Es ético mantener la lealtad?, ¿es justificable el orgullo?, ¿se debe hacer la vista gorda en todo caso y bajo toda circunstancia?, ¿es perdonable el agravio cuando se repite o cuando no se subsana?

Soplapollas o no, no pienso cambiar.

Prefiero hacer las cosas como las hacía mi madre aunque se pasen mi voluntad por el culo  después de muerta.

Al menos, creo que cuando me llegue el momento, podré mirarla de frente, pedirle perdón y decirle que no pasó día en que yo no respetara lo que me dejó dicho.

—–

aaaaaaaaa

 

 

VVRR

 

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