Cosas de casa III.

10 diciembre, 2011

De un tiempo a esta parte mi existencia se ve altamente condicionada por las cosas que ocurren dentro de mi casa. De ahí, supongo, esa necesidad que me azota de contar de mi vida perfecta llena de imperfecciones para que sepan, algunos, los que quieran, que se puede ser feliz con lo poco que te hace dormir bien.

Antes, hace algunos años, yo era parecida a un ogro. No a un ogro como Shrek. No he vivido nunca en una ciénaga ni he llegado a hablar con burros. Pero lo cierto es que rebuznaba continuamente, porque sí. Todo era poco a mis ojos y nunca llegué a ver lo que tenía delante. Los rebuznos eran la manera más cordial que encontraba para acercarme a los otros. O para alejarme, nunca he llegado a comprenderme en todas mis vertientes.

Una mañana, espléndida a mis ojos, la cosa cambió. De repente me entusiasmaba hablar con las personas y conocer qué querían decir a los demás. Pero conocer crea empatías, las empatías generan afectos y los afectos acarrean dependencias. ¡Oh, oh! Craso error.

Así que los fines de semana me convierto en un duendecito burlón que disfruta de la compañía de dos perritas, un hilo musical repetitivo con las mismas canciones y tareas domésticas que, en la actualidad, me parecen de lo más satisfactorio (cuando están hechas, claro está). Si suena el teléfono no me molesto en cogerlo. A veces, sencillamente, no lo oigo. Otras veces estoy inventando un look punky para el flequillo de Polilla, buscando una receta de magdalenas sin harina o quitando el polvo a los marcos de los cuadros. Los fines de semana sigo rebuznando a nivel interno.

Sábado y domingo se convierten en los días perfectos para recabar reflexiones sobre todo lo acontecido en una semana. Algunos festivos mi existencia de lunes a viernes ha sido tan placentera que no saco punta a nada. Otros se me llenan de rumiaciones y condiciones a seguir. De un tiempo a esta parte lo que me obligaba a rebuznar me da la tranquilidad del equilibrio. Paradojas, paradojas.

Me levanto y siempre tengo algún pis prófugo por limpiar. Cuando han sido prudentes, lo han hecho en la terraza. Otros días son mis pies los que me advierten del peligro de balizamiento a la altura del salón. Para ese momento en el que pido a gritos café y tabaco, ambas están haciendo fiesta sobre el sofá para pedirme juego, caricias o paseo. Si el flequillo me deja ver la puerta de la cocina huyo corriendo haciendo ver que estoy sorda.

Me siguen alegremente moviendo la colita.

Mientras preparo la cafetera les lanzo un par de chuches. No es un regalo, es la única manera de entretenerlas para que no me hagan caer mientras busco agua y café. Salgo a la terraza y busco retazos de su historia nocturna. Compruebo que han comido y bebido y ya empiezo a oler ese aroma tan gratificante desde la cocina.

Cuando vuelvo al salón a fregar ese pis anónimo, compruebo que han jugado con un cojín y le han sacado todo el relleno dejando algodones por los sofás, el suelo y la mesa. Como si fueran a entenderme les pregunto:

– A ver… ¿Quién ha sido?

Las dos bajan los hocicos, ladean las orejitas y ponen cara de buena. Generalmente me hace mucha gracia, les hago una carantoña y limpio el pis, los algodones y la tela de cojín.

Y ya empieza el pastoreo. Si me muevo, se mueven. Si las intento evitar, me persiguen. Si limpio el polvo, menean el rabo para dejarme pelitos por todas las estanterías.

Es muy divertido tropezarse con ocho patas y dos rabos cuando estás intentando ducharte. Constatar, después, que están jugando con tus calcetines y bragas es aún más gracioso.

Pasearlas es una odisea. Polilla sigue en su aventura de ahuyentar perros y crearse fama de follonera en el barrio. Aixa es una perra de caza que tiene más fuerza que yo. Una correa en la mano izquierda y otra en la derecha. Y las dos, como si fueran conscientes de que es la forma más difícil, cruzándose continuamente para desmembrarme a la altura de los hombros. Los vecinos que me cruzo en estos paseos se suelen reir. Yo también me reiría al ver a una persona de mi talla arrastrada por dos canes que van moviendo la colita.

He probado a sacarlas de una en una para que mis brazos no sufran y fue peor el remedio que la enfermedad. La que se queda en casa, abandonada, ahúlla hasta amedrentar.

Ahora están dormidas, en su sofá. Son perras señoritas, eso sí. Tienen un sofá para ellas solitas. Todo está muy recogido, no hay pises en ningún sitio, han comido, salido y jugado.

El teléfono sonó hoy cuatro veces. Cogí dos.

Una llamada no atendida surgió cuando Polilla salió despavorida porque había encendido la aspiradora. La otra cuando Aixa trataba de esconder el cojín roto detrás de una maceta.

De veras que disfruto de mis perras. A ellas no les rebuzno porque me hacen sentir afortunada.

VR.

 

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Una respuesta to “Cosas de casa III.”

  1. Ericka Volkova Says:

    Ringgggg, Ringgggggggg… o debiere ser un “guau…, guau”, venga, ello no importa, en cualquier forma siempre disfruto el leeos, atendáis al teléfono o a los ladridos.
    Abrazo.

    Me gusta


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