De cómo infligirse castigos inoportunos.

8 diciembre, 2011

De todas las estupideces que hacemos los seres humanos, goza de un palco especial la autocompasión y las sandeces que provoca.

Cuando alguien se siente menospreciado, infravalorado o, simplemente, despreciado para según qué cosas, aparece por arte de magia el sentimiento de la dignidad propia. Ese maravilloso estado de ánimo que nos recuerda que somos “exactamente lo mismo” que aquel otro que siente compasión (o pena), vergüenza o aversión por nuestra persona. Ni más, ni menos: sólo iguales.

Cuando la propia dignidad se antepone a los demás principios que podamos tener, la razón empieza a comprimir teorías y experiencias para dar con el estímulo acertado que haga ver a la otra parte la herida que se ha abierto en nosotros. Generalmente este estímulo pretende una respuesta (un feedback) favorable. Pero muchas veces terminamos, cómo decirlo, ¿cagándola?

Es difícil que ustedes me comprendan en el marco de la más absoluta teoría. Sería mucho más fácil si les dijera qué ha pasado y por qué. Les voy a ilustrar toda esta parafernalia reflexiva con un ejemplo de lo más común a fin de poder recabar opiniones sobre lo que ha pasado.

Pedro y Miguel son pareja. Desde hace casi dos años. Viven juntos desde el inicio de su noviazgo y se les ve felices. Pedro se ha hecho mejor persona con Miguel. Miguel se ha hecho mejor persona con Pedro. Todos pueden verlos y todos son felices (pero no comen perdices porque no conocen a nadie que les gusten).

La familia de Pedro adora a Miguel. Familia entendida a gran escala, es decir, padres, hermanos, tíos, primos, abuelos, sobrinos, vecinos y amigos. Toda la familia de Pedro conoce a Miguel siendo éste un nieto, un primo, un sobrino, un vecino y un amigo más.

Pedro conoce a los padres de Miguel. De puertas hacia dentro. La madre de Miguel no quiere que nadie sepa que Miguel y Pedro se quieren.

Al principio a Pedro esto no le importaba porque comprendía que cada uno tiene una personalidad y una manera propia de entender la vida.

El año pasado se celebró una reunión familiar de la estirpe de Miguel a la que Pedro no acudió por expreso deseo de la madre de Miguel poco antes de Navidad.

Pedro asistió en Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo a la casa de sus “suegros” por invitación. Lógicamente desconocía que días antes había sido vetado a la reunión familiar. Disfrutó mucho siendo sinceros. Él mismo puede reconocerlo cuando se le pregunta.

Este año Miguel le confesó la negativa de su madre a llevarlo a eventos familiares y le aseguró que todo cambiaría estas Navidades. Pero no ha sido así. A pesar de que la relación con sus suegros parecía que era cada vez más cercana y cariñosa, la madre de Miguel se opuso de nuevo a la presencia de Pedro en ésta nueva reunión. Miguel fue taxativo: “Si no va Pedro, no voy yo”. Pedro quedó altamente sorprendido con esta respuesta.

Pedro sigue dolido y su respuesta al estímulo ha sido lanzar otro estímulo: “Si no soy lo suficientemente bueno en todas las ocasiones, no lo seré sólo en las de puertas cerradas”. Aquí es donde ha aparecido esa autocompasión y esa dignidad manifiesta que tiene todo ser humano.

Pedro se niega a asistir a las reuniones familiares a puerta cerrada a partir de hoy porque siente que la madre de Miguel se avergüenza de él. Y, aún hoy, no sabe por qué. Su argumento es tan defendible como discutible: “Son épocas de Navidad y no quiero ser molestia para nadie, no me siento en Nochebuena con alguien que se avergüenza de mí, para que estén dos incómodos mejor ninguno…”.

Se ha lanzado el estímulo (mediante notificación a la madre de Miguel de esta decisión) sin respuesta aparente. Bueno no, miento. La respuesta ha sido una manifiesta tristeza por parte de la madre de Miguel, una preocupación más para Pedro y ratos de lágrimas para Miguel.

Ahora Pedro acude a mí pidiéndome un consejo que le aleje del “si quieres a Miguel te aguantas y le pides perdón a su madre” y del “has hecho lo correcto dejando claro que te ha hecho daño”.

Yo no sé qué decirle.

Hace algunos años, algunos y lejanos, yo fui un Miguel más. Lo pasé tan mal que decidí no pensar. Alargué tanto esa situación que nada, y todo, me llegaba a doler.

Cuando decidí que no podía conciliar todo ese contexto tuve una fantástica clarividencia.

Pensé que podía contársela a Pedro pero algo me hizo cambiar de opinión. Las circunstancias no son las mismas. Pedro y Miguel tienen un proyecto de futuro juntos donde hay una casa con jardín, un día de boda con toda su familia reunida y un par de niños que lo alboroten todo. Yo no tenía más que un día para alargar otro más. Sin ilusiones ni alianzas ni césped que se vería crecer.

Por tanto, mi consejo no será válido para Pedro. Ni para Miguel. Ni para la madre de éste último.

Lo único que he podido decirle a Pedro es que esperaré a tener más opiniones y más datos a fin de darle el mejor de los consejos. Pero, para eso, los necesito a ustedes. Por experiencia sé que estos temas tan peliagudos terminan mal para una de las partes.

Y sé que Pedro no aguantará saber que pudo quedarse callado, ocultando su dolor,  manteniendo toda su vida en equilibrio y optó por plantar unos “huevos” que jamás tuvo ni quiso tener.

 

VR.

 

 

 

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2 comentarios to “De cómo infligirse castigos inoportunos.”

  1. José Says:

    Yo siempre tengo muy claro que al único que tengo que rendir cuentas de mi vida es a DIOS…Dios entendido cómo La Fuente, el Arquitecto del Universo o lo que ustedes quieran…pero al final se trata de rendir cuentas ante tu íntimo tribunal de la conciencia y a nadie más…y esa es en el fondo la verdadera familia y lo demás es un hecho biológico, con sus prejuicios, sus neuras y sus paranoias…Yo también la he cagado por no hacer daño a mi familia, seguir su propia conciencia y no la mía, su propio Dios y no el mío…Vaya por delante que no soy homosexual, no hace falta serlo para sufrir algún tipo de incomprensión…SolucióN: HACER LO QUE A UNO LE DIGA EL CORAZÓN, echarle huevos y aplicar la política de que si te molesta…pues tira de ésta…

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