Enamorarse.

12 noviembre, 2011

Enamorarse es un ejercicio introspectivo de amor propio en toda regla y en todo marco ético.

¿Politicamente correcto? ¿Incorrectamente anímico?

Implica aceptarse en forma y fondo, en apariencia y esencia,  enjuciarse con ojos fiscalizadores y atreverse a dar al otro lo que se sabe muy profundo y escondido, la intimidad celada de una mirada exigente. Aun consciente de que mostrarse tal cual evidencia, saca a la luz,  la esencia misma y última. En ese renuncio descuidado, propiciado y voluntario, el trasquilón más peligroso es  desenmascarar el talón de Aquiles. El propio.

El que celas desde que lo conoces.

Enamorarse es consentir el fallo en quien amas y considerarlo una virtud, sin más. Porque ese defecto deja de ser un fallo inexacto o poco grato para convertirse en “esa peculiaridad” que, a tus ojos, es la diferencia, el detalle hermoso que da luz a una tiniebla, a más de una o a más de cientos. Miles incluso. ¿Quién de nosotros no soporta la oscuridad de una nube oscura cada atardecer?

Distinto es callarlo, es de buen hermano, no compartir una pena…

Un guijarro de años que se convierte, Dios sabe por qué, en un motivo de sonrisa, en un pensamiento de gratitud y en una sonrisa constante en la comisura de los labios.  Hacer de la mañana algo nuevo y lleno de tonalidades distintas. Despertar para ver el rostro amado y dar a gracias a Dios por aquello que yace en tu cama – el agnóstico o escéptico agradece a la Vida, al hado o al Destino, a la grama o al césped que acoge su pasos-.

La hermosura más grande del ser humano es agradecer lo más mínimo.

Yo me enamoré una noche de frío tardío, entraba ya marzo por mi terraza y apenas creí que mi corazón temblaba por esa circunstancia.  A destajo entró por el ventanal y no supe poner freno al caudal de sensaciones ni a la flema que me consumía. Pude verlo entrar, sin reparos, y juro que puse todo mi empeño en evitar la invasión. Quité la alfombrilla de la entrada, por no ver cómo limpiaba sus pies, pero entró sin excusas y fue a sentarse en la entraña más vacía y destartalada de mi alma. Y supo, no me pregunten cómo porque ignoro tal causa, cauterizarme la herida y limpiarme la esquela de vida que portaba. Hizo de mi obituario un reportaje de gran titular. Cuatro columnas, señores, como las grandes crónicas.

¡Intromisión! ¿Deshaucio espiritual?

Mis sentidos, atrofiados hacia meses, se despertaron a nuevas sensaciones y entonces entendí que nunca me había sentido amada. Amé, sí, pero sólo yo. Quizá entendí que nunca me sentí querida de esa manera, de ese modo, o con esa magnitud. Y con distancia, señores, que no se puede obviar lo evidente. Lo palpable. Y con distancia creció en mí un ardor poco común, desconocido hasta la fecha – no crean,  contaba ya treinta y un años recién cumplidos-  pero, heme aquí, tan fuerte en apariencia, tan ajena a sentimientos humanos, tan distante y reacia a abrazos que no fueran hermanos y hermanados, y con todo, fui incapaz de frenar el cauce del río que desbordaba rodas las riberas a su paso.

Me despertaba pensando en su nombre, trabajaba deseando que llegara la hora del cigarro para buscar ansiosa el correo electrónico que me diera la calma y rebuscaba en mi cabeza octosílabos imposibles que nunca hubieran sido escritos. Los alejandrinos, verso en demasía excelso, se me hacía impensable. Todo, en esa ausencia, era un máscara inútil de maquillajes demasiado superfluos. Demasiado inútiles para dar forma dentro de un alma. Demasiado futiles para encuadrarlos en una soleá altiva de cortes clásicos. Demasiado efímeros para sonetos ilustres y cadenciosos.

Poco a poco, con desmanes poco usuales, a puntillazos de ternura y detallismo extremo, el alma se deshizo en mil retales que llevaban puntadas de sus apellidos y aromas que desconocía pero pude intuir desde un primer momento. Tan rápido y sesgado como una hoja presa del viento. Y caí, presa de una sinrazón sin precedentes y sin carne, sin avisos ni horarios ni convicciones, ajena a mejillas sonrosadas de rubores estandarizados en una noche de cortejo preavisado…

Y así nació el amor. Sin testigos ni confesiones al oído amigo. Callado y tenue, firme y alimentado. No hubo dimes, no hubo diretes. Nadie supo de mi entrega más que yo y mis noches en vela. Quizá algún papel cuadriculado intentó dar forma equívoca a la llama nacarada que nacía en mí e inflamaba mi llanto solitario. Nadie supo de la noche suya más que la almohada que recogía su cansancio de vida.

Sin intermediarios, sin copas ni prendidas gentiles de cigarro, sin tonteos ni guiños, sin besos robados, sin insinuaciones, sin miradas consternadas, sin provocaciones ni barras tontas ni amigos consejeros.

Así, sin más, con amor.

Y hoy, que miro su sueño en mi brazo, sé que soy la  mujer más afortunada de este mundo.

Y no quiero nada más que su vida, en la mía, sellada.

Verónica V. R. Reyes.

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8 comentarios to “Enamorarse.”


  1. Precioso, Vero. Ha entrado tu alma a través de mis ojos. Muchas gracias por compartir este post, por compartirte 🙂

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  2. VVRR Says:

    Tu alma está siempre presente en mí. Y es una de las pocas que han dejado ese poso que siempre está presente. Siempre, en lo bueno, en lo no tan bueno, has tenido una palabra, un abrazo o una mirada. Y yo no me olvido de mi gente. Y tú eres mi gente. Sé que estuviste, se que me ayudaste y sé que me dijiste que la vida seguía. Y, cómo no, acertaste. En parte, el sabor de victoria y felicidad lleva tu nombre. Un enorme beso. Porque confiaste en mi cuando ni yo misma podía hacerlo. Gracias.

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  3. lourdes rodríguez Says:

    Me encanta Vero, todo lo que escribes me gusta, y me siento identificada con tantas frases, eres increíble, me alegro que estés enamorada y que puedas sentir tantos sentimientos, te mereces eso y mas. un besazo enorme.

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  4. VVRR Says:

    Lourdes gracias. Por leerme, por comentar mis posts y por estar ahí, cerca. La memoria es un lastre, en ocasiones. Pero en tu caso, sólo recuerdo una mano que se tendía, un café que se ofrecía y un cachondeo descomunal. Las personas aparecen en un momento determinado por alguna razón concreta. Y nos encontramos. Por algo. Gracias.

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  5. mueremata Says:

    Es un sentimiento muy bello con el que casi todos nos identificamos. Han sido unos minutos de regocijo leerte, porque allí está puesta tu esencia… En horabuena. Saludos

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  6. Bella manera de describir y escribir el amor; pasionalmente racional, para finalmente reconocer que el amor es tan irracional como la pasión por describidle.
    Os felicito sinceramente, tanto por éste texto como por el hecho mismo de que encontrareis el amor. Creo que finalmente podréis dormir plácida, encontrando ese sueño que tantas noches os robaba el descanso, pues ahora los desvelos, segura de ello estoy, gratos os serán.
    Regresando de mi letargo, os dejo un beso para vos y vuestro amor.

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