Maxirrelato. El tiempo perdido.

19 febrero, 2011

Señores, señoras, niños, niñas, perros cultos alfabetizados y curiosos que moverán el mundo: he aquí la que se apea.

“Apearse” es un verbo harto gracioso. Concurren en él muchos significados distintos. Cada uno tome el que le satisfaga.

Creo que ya hice de todo. Me faltó montar en globo y parir.

En globo no pienso montar porque sufro de vértigo. Y parir lo dejo para quien está vinculada en matrimonio. Traer bastardos al mundo no me agrada lo más mínimo. Soy muy clásica en según qué cositas que afectan a los compromisos de las personas. Y es un acto muy irresponsable concebir una vida cuando no se sabe si podrá garantizarse su pervivencia.

Ahora tengo sueño. Ese sopor de salón vacío de espacio y tiempo que viene a decirte que miles de congéneres necesitan algo y no cumplen su expectativa. Tengo algún problema de peso y otros que no lo son tanto.  Parece que los fines de semana me llego a percatar de todo lo que traigo en la mochila. (Y de lo que traes tú, cómo no).

Y se me hace muy largo el tiempo que paso conmigo, a solas.

Esta semana escribí sobre moda. Nunca he escrito nada tan frívolo y neutral. Me he pasado horas viendo catálogos de moda, destacando características de tejidos y valorando si el tacón o la cuña realzaban con mejor o peor elegancia la curva natural del pie femenino. Me dolía la espalda mientras la perra me azuzaba el hocico entre las piernas. Me concentraba, perdía la concentración y me preguntaba por qué mi vida es tan estúpida. Y dónde dejé de ser yo para convertirme en lo que querían que fuera.

¡Puaj! Donde se pongan unas chanclas cómodas que se quiten los taconazos de aguja y los estereotipos de mujer diez. Pero como es mi trabajo, empleo lo reservo para el ejercicio profesional de lo que verdaderamente me gustaría, lo hago sin rechistar y con toda mi intención profesional. Ya lo dijo Andersen: la suerte está en un palito. Y nunca sé si el esfuerzo actual puede derivar en una prosperidad animática futura.

Yo soy más bien una mujercita normal. Tengo gafas, hombros anchos, barriguilla cervecera ( con una cicatriz meritoria), ojeras marcadas, cara de gillipollas, creo que no hago el amor de manera sobresaliente y las rodillas llenas de marcas. La más reciente me la dejó mi perrica Polilla tras arrastrarme por la calzada cuando la sacaba de paseo. Como soy muy curiosa me he dedicado a arrancarme la costra para ver si seguía saliendo sangre. Y sí, sale.  

Sigue escociendo y le cuesta cicatrizar. Debe ser mi empeño por verla sangrar lo que le impide curar. A mí me da igual, me divierte quitármela una y mil veces. Igual la picazón de la herida me ayuda a saber que sigo sintiendo dolores físicos. Igual me hace olvidar que el dolor verdadero no se canaliza a través de la piel. Yo no sé por qué hago tantas gilipolleces.

A veces me la curo yo.  A veces no.

Algunos días tengo más paciencia. Otros no. Algunos días sé que haré algo importante. Otros no. Algunos días duermo bien. Otros no.

Algunos días sé que tengo todo lo que necesito. Otros no.  A veces pienso que estoy aquí de paso y otras veces creo que veré caer a muchos de los que quiero. Y eso me atormenta.

A veces lloro con simples anuncios de televisión y otras veces no soy capaz de compadecerme con la desgracia de un amigo. Y, aunque puedo llegar a empatizar ese dolor, se ma hace imposible verter agua a través de mis ojos. Después me comen la esperanza los remordimientos pero suele ser muy tarde para coger un teléfono.

Y a mí la cabeza me revienta cuando un día malo viene a por mí. A veces le hago frente, otras veces, no. Y cuando no soy capaz de enfrentar los demonios me llego a considerar el bicho raro dentro de la normalidad estandarizada. Y me dejo llevar a terrenos de los que luego me cuesta regresar.  Creo que he llegado a estar más cómoda en la mierda que entre amapolas. (Se me fue el tictac poético en esta frase).

Alguien me dijo hace ya poco más de una década que yo era “una genio”.  En la década que sucedió después, poco de ese vaticinio se cumplió. Me preocupé demasiado de estar en horas equivocadas con gente equivocada ( mi admiración por Gianfranco Pagliaro) y de hacer las cosas por rutina y en favor de quienes me rodeaban. ¿Les dije ya que tuve dos hijos sin ser madre? A día de hoy no queda más que la picazón de haberme vuelto a confundir. Y aunque decepcionada, no dejo de pensar que gran parte de mí se pudo quedar en ellos.

Pero como a ellos les importó una mierda mi privación de seis años, cuando yo apenas contaba veinticinco inviernos y muy pocas decepciones a mis espaldas, he llegado a convencerme de que no vieron en mí lo que yo sí pude ver en ellos. Ya no me causa ansiedad recordar eso. Más bien decepción y rencor.

Luego la vida cambió. Acostumbrarse a seguir sin guía, crecer de repente y dejar los sueños a un lado porque la vida demandaba más realidades, más involucración y menos planos teóricos.

Y me hice grande. No dejé nunca de ser tonta.

Y la vida seguía su curso. Ya no me encontraba decepciones a mi paso porque casi todo lo había vivido.

Sigo teniendo sueño y esta historia toca marcha de despedida. Lo siento, doy para poco.

Quizá mañana les cuente algo más. O no.

Todo depende de si levanta Verónica o si madruga Victoria.

VVRR

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5 comentarios to “Maxirrelato. El tiempo perdido.”

  1. Ismael Says:

    lo de perro culto alfabetizado iba por mi seguro, te falto el verde,jajaja.
    Bueno gracias fáciles aparte. Me dejaste sin palabras

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  2. Jose Says:

    Paso tiempo solo, escuchando música y bebiendo cerveza de importación, a veces es lo mejor…Y qué importa si una vez pensaron de nosotros que habíamos sido genios…¿Cómo estás en tu mente? ¿Y qué quieres realmente? Eso es todo lo que importa.
    Ahora escucharé una canción:

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    • VVRR Says:

      Paso tiempo sola, a veces en compañía, escucho mucha música y bebo la cerveza que llega a mí. Aunque mi preferida es la 1925.
      Ahora escucharé tu canción con un cigarro y unos sorbos de algo compartido.
      Gracias.

      Me gusta


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