Polilla.

9 febrero, 2011

Polilla es mi perra.

Hace tres años y cuatro meses que vive conmigo.

Cree que soy su madre.

A Polilla la encontré una mañana de Octubre en una tienda de animales cerca de mi casa. Yo solía comprar el pienso para el perro de mi padre (que vivía conmigo, el perro, claro) en aquel lugar.  Reconozco que solía pararme habitualmente en las vitrinas-cajoneras que eran el hogar de algunos cachorritos dejados a su suerte y que encontraban familia a cambio de capricho, regalo o “vetetúasaber”. La dependienta me conocía y más de una vez me sacó algún pequeñuelo para que pudiera cogerlo.  Muy consciente de que ya tenía un perrito en casa me limitaba a hacerle algún arrumaco, pensar la suerte que correría y, en un acto de responsabilidad, decidir que no era apta para hacer de él un miembro de mi familia. Compraba el pienso, el juguetito y los huesos para las encías y me marchaba.

Ésa mañana lo común se hizo extraordinario.

Me acerqué como siempre. Entré y pedí el pienso, los nervios de toro y los huesitos de carnitina. Mientras la dependienta me los dispensaba, observé que había una camada nueva en la maravillosa jaulita de cristal y papel de periódico. Y no tuve más remedio que pegar mi naricita para verlos.

Allí se amontonaban cuatro cachorritos, de apenas un mes de vida, sin destetar. Todos muy limpios de un blanco sólo salpicado por alguna mancha, enorme, marrón café. Preciosos.

Al fondo del cajón, una especie de rata gris, despeluchada y con pocas ganas de hacerme bríos a través del cristal.

Y de repente, el milagro.

Mientras los cachorritos sanos y juguetones se dedicaban a enseñarme sus bondades (parece ser que aquel que vive en cautividad sabe venderse muy bien para conseguir la libertad o la vida), aquella rata se acercó al cristal, ubicó su hociquillo cerca de mi mirada y mantuvo la mirada fija en mí más de un minuto.  Ya no sé si es recuerdo, o he llegado a inventar, que alzó una de sus patas para tocar el vidrio. Sí me acuerdo de sus ojitos.

Me giré a la muchacha, que envolvía ya los huesos, y le dije:

– ¿Y éstos?

– Ésos son bretón. ¿No tenías ya un maltés?

– Sí, sí… Digo esto… ¿Esto es un perro?

– Sí, es que es fea… es de la misma camada…

– ¡Ah! ¿Y qué precio tienen?

– Los “normales” cientocincuenta euros… La otra si compras la cuna, te la llevas…

– Ah vale…

Pagué la dispensa y me fui de la tienda. Tardé poco en llamar a mi hermano.

– ¿Tienes algo que hacer a las siete de la tarde?

– Muchas cosas, ¿es que pasa algo?

– Sí, una cosa importante.

– Pues a las siete nos vemos.

Y como un clavo. Lo cogí del brazo y lo llevé a la tienda de animales. Le bajé la cabeza a la altura de los cachorros y esperé respuesta.

– ¿Quieres éso, verdad?

– Sí, ¿puedo?

Escogio la cuna más grande, más cómoda y más cara de toda la tienda y esperó que me sacaran al bichejillo de la vitrina.

Aún no sé si pensó que la podría cuidar o creyó que ella me protegería a mí.

A día de hoy mi perra no es fea. Es hermosa, fuerte y capaz. Alguna noche fue difícil. Ella lloraba y yo la metía en mi cama, a la altura de mi pecho y le daba besitos en su mínima cabeza. Alguna madrugada ella llegó a darme lametones mientras yo dejaba pasar las horas.

Siempre le digo “buenas noches” y ella siempre sale a buscarme cuando oye el repiqueteo de las llaves en la puerta.

Alguna vez estuvimos las dos solas. Ella me daba el sueño y yo le soplaba la oreja. Muchas veces le conté mis secretos y ella nunca los contó.

Es muy especial. No le  gustan los perros. Salir a pasearla es una odisea. Ladra, ladra y me tira de la cuerda.

A veces quiero dejarla sola para que aprenda a relacionarse con los demás perritos.

Pero, cuando vuelve a casa, la historia cambia. Me busca, se arrima a mí y se duerme.

Es revoltosa pero me escucha. Molesta a cada rato pero si siente que alguien, a su alrededor, está triste, se tumba cerquita y resopla.

Creo que nos entiende y nos quiere. A quienes hoy somos su familia. Se revoluciona si nos ve alegres, se entristece si nos ve tristes. Se duerme si nos ve dormir y se levanta si nos ve en pie. Es un ser muy fiel. Y yo la admiro profundamente.

Nos quiere sin saber quiénes somos.

Nos ha prometido lealtad incondicional y no sabe qué podemos decir de ella.

Y sobre todo, está, con mucho amor.

Y le importa poco qué fuimos o qué seremos.

Porque sólo sabe querer. Y no hay cariño más verdadero que el que da sin esperar nada a cambio.

VR.

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3 comentarios to “Polilla.”

  1. Ismael Says:

    precioso…a veces si los humanos fuésemos un poco como los animales, otro pelo nos correria.
    yo tengo 7 perros y yo 8, de diferentes razas, jeje

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  2. VVRR Says:

    Y luego hay quien dice que los animales ni sienten ni padecen…

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  3. Una historia de amor muy hermosa, seres que entregan amor y lealtad incondicionalmente, gracias por compartir
    un placer
    saludos

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