¿Meletea?, ¿Mnemea?… ¿Aedea?.

29 enero, 2011

En alguna tarde resulta totalmente infructífero invocarlas.

La inspiración, en su forma poética “la Musa” es un aire esquivo, caprichoso y, en ocasiones, sordo.

Para quien concibe la escritura como terapia, como refugio, magia o sortilegio de semana, no encontrarlas supone un desbarajuste estructural, casi orgánico. Si comienza la semana sin parto alguno se sentirá ese vacío cruento de sentirse falto de esencia.

He probado hoy con muchos nombres. Tradicionalmente se llama a Meletea, a Mnemea y a Aedea.

Para un poeta ésta última es indispensable. Pero se completa con las dos anteriores.

Meletea es la meditación, el acto introspectivo, la contricción alguna vez… Es el pensamiento cognitivo, cuestionado una y mil veces, reflexionado y replicado hasta la solución.

Mnemea trae la memoria, el recuerdo, la hipnosis de pasado y la explicación al hecho presente. Trae experiencia y conocimiento de la mano.

Y Aedea, esa gran estilista de la palabra, pone voz, pone canto al experimento de encontrarse con uno mismo, a solas y siendo parte de un total que pudiera ser, en multitud de pronósticos, sinónimo de infinitud.

He de confesar que Meletea es mi compañera a diario. Mnemea me ronda en ocasiones puntuales y Aedea suele esconderse cuando más preciso de su presencia.

Hoy no han aparecido por aquí ninguna de las tres. Y tenía cáfé y galletas para una larga tertulia. He limpiado la casa para que se sientieran más cómodas. Pero no. En ninguna ocasión me quisieron dejar su número de teléfono. Me bastaba un fogonazo de pensamiento libre y no insinuado para escuchar el timbre en la puerta.

Solían llegar de sopetón, nunca avisaban y se instalaban en tropelía verbal en el sofá de la casa. Hablaban entre ellas y yo las escuchaba.

Meletea solía darme el coñazo planteándome disertaciones de difícil réplica y llegando siempre a las mismas conclusiones que derivaban en un antropocentrismo muy relativizado y en pentagramas de discusión bastante paradójicos. Escucharla era enredarme la cabeza con conceptos de dos soluciones, muy ambiguos, problemáticas que se resuelven de mil maneras (y todas muy acertadas y éticas) y conclusiones demagógicas demasiado globalizadas y, en exceso, repetitivas. 

Mnemea no llega nunca a cansarte si está de buen humor. Entre los prodigios que la ensalzan como Musa, está esa fantástica cualidad de traerte al presente el momento que se quedó en ti como esculpido a perpetuidad. Es muy fácil con ella revivir aquel primer beso nervioso, ése día de colegio en que te pasaron de lápiz a boli o esa carita de tu madre diciéndote adiós con la mano mientras tu autobús se alejaba.  El defecto de Mnemea es su persistente oficio de decirte continuamente que han sucedido cosas que tú, simplemente, quieres olvidar. Y cuando viene pesada, que viene, puede llegar a convencerte de que el recuerdo sólo es un mecanismo más de escarnio y mutilación propia.

Aedea, en cambio, es el ente plácido, el plano que todo lo oye, todo lo ensambla y todo lo dulcifica. Me consta que calla más de lo que dice, hace luces las sombras y procura reparo de duelo y menoscabo a sus dos compañeras. Se refugia en la sinestesia para explicar lo que se siente no de manera física, en la metáfora para ahorrar riesgo en el avance de la debilidad y en la hipérbole para dar cabida a toda aquella emoción que no puede circunscribirse en un léxico común.

Se llevan bien entre ellas.

Meletea filosofa, profundiza y Mnemea puede aplicar el análisis a un recuerdo, a una experiencia o a una progresión de acontecimientos, sentimientos o emociones. Aedea lo hace una oda, una elegía o un relato…

Las extraño hoy.

Como me considero una persona leal prefiero pensar que Neilo, Tritone, Asopo, Heptapora, Achelois, Tipoplo y Rhodia no son más que ellas con otros nombres.

Y prefiero seguir llamando a las mías y no caer en una traición momentánea.

Supongo que estarán descansando de mí.

Y habrá que dejarlas a su aire.

(Al menos, hoy).

VVRR

Derechos registrados.

 

 

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