Y ahora, niégale.

22 enero, 2011

28 de diciembre de 2009. 

 

Y ahora niégale que esos ojos que lo escrutan todo a su paso no son los suyos.

Dile que su verde opacado de trabajo exhausto no es la pupila que clama la venganza y la boca que pide la sentencia.

Con valor medroso y mentira flagrante dile que las venas erguidas del torso de sus manos no son el agotamiento de aquellos dedos hartos de trabajar para dar sustento a su linaje. Miéntele y asegúrale que su locura es un duelo mal sanado y que no es su dolor acumulado lo que lleva tatuado en las sienes pulsantes. A ver con qué cojones vienes a decirle que la vida sigue y que la ley de la carne amortaja antes a unos padres. ¿Con qué cara la miran entonces los viejos mayores de cinco décadas? ¿Vienes a escupirle una incierta verdad que sólo los que no han sentido la falta de sangre en las venas, aseguran? ¿Qué ley de vida? ¿Qué “cosas de la vida”? ¿Eso es la ley? ¿Eso es ecuanimidad? ¿Por qué sus padres no son abuelos? ¿Por qué no están? Y ¿Por qué lo ves normal? ¿Por qué no te duelen a ti? ¿Por qué finges que les hablas?

¿Qué? ¿Es más fácil decir que se ha vuelto loca y sólo vive para recordar?

¡Qué cómodo aseverar que su duelo es funesto y la depresión la consume!

Vamos a hincharla de mirtazapina para que el olvido le procure analgesia.

Pobrecita, que no tiene remedio, que no puede continuar, que amontona papeles contando su elegía y se aleja de todos los que quieren procurarle una familia de repuesto.

Que no sale, que no come, que no entra, que no atiende ni cuida su cárcel de piel y hueso, que vive para escribir morralla que nunca se leerá. Que se sonríe cuando se mira al espejo, que bebe café y fuma como camionera para ver si pulmones o hígado dictan veredicto pronto.

¿Para qué la animas si amontona consejos en la escalera de la inopia?

¿Aún no percibiste que tus bendiciones y buenos deseos son la papelera donde ella vierte lo que cree innecesario?

Claro que está cabreada. Puede que incluso loca. Pero si la locura es ver a su madre en la cocina y a su padre durmiendo la siesta en su sillón, prefiere estar chalada. Pregúntale. A ver qué te dice. ¿Por qué no la dejas con su soledad? ¿Le has preguntado alguna vez si quiere salir de su pocilga de recuerdos y sus papeles amarillentos por tiempo y lágrimas? ¿Crees, en verdad, que un puñado de billetes libres de impuestos o un coche la va a sacar de su mierda? ¿Te has percatado de que su propia soledad es su más ferviente amiga, la única convidada en sus dominios?

Sólo ella, en y por ella. No quiere más. De nadie. Nunca más.   

Déjala seguir a su manera. Sin timbres, sin puertas, sin llamadas. No va a abrir nunca más. No cogerá las llamadas. Está esperando su último poema. Cada día llama a su Musa para que rubrique su prólogo. Así continuará un tiempo indeterminado. Hasta que el espacio la obligue a decidir su pervivencia o su epílogo. No concibe el pentagrama de lo cotidiano sin letras que adornen la vitrina de sus madrugadas. Y todas las construye en homenaje a aquellos que se fueron. No las vuelve a leer una vez escritas, acaso corrige las tildes. ¡Tildes! Ese gran enemigo de la adolescencia actual. Cómo se le entristece el espíritu cuando ve mal escritas las palabras “ahí”, “hay” o “ay”…

A veces se aprieta la teta izquierda intentando estrujar su corazón. “Párate, cabrón”, le dice. Y ve reflejos etéreos donde antes sólo había vacío. Los efímeros hologramas imaginarios son cada vez menos frecuentes. Las personas pasan por su cabeza rápidamente, en instantes limpios donde los recuerda con una nitidez casi prodigiosa. Tantos por querer y tanta mella en la dentadura del pago inmediato.

“A algunos nunca les podré pagar…”

¡Y ellos están! Ni cerca ni lejos pero los ve. Los atiende. Los siente. 

¿Acaso se muere por no estar cerca? ¡No! Es pesadilla escuchar sus argumentos. Agota hasta al más paciente interlocutor. “¿No ves que es una señal?” Una vez más abre la puerta a su locura. Y le prepara café a su padre. “Si no te lo vas a tomar papá, me lo tomo yo…”

Estará cada día en su sitio. En aquél que considera apropiado. Limpiará el baño porque su madre “se lo pide”. Y hará café en la sobremesa porque a su padre “le es imprescindible”.

No le preguntes más por qué habla sola.

No está hablando para sí.

No está loca.

¿Vivir de sueños acaso es rendirse? ¿O es engañar al Destino haciendo de cada anochecer una meta? ¿Sabes cómo aguantan sus pies tanta línea trabada? ¿Acaso unos bronquios enfermos hicieron tanta carrera, ausentes de broncodilatador, sin medalla que ganar,  en tu nombre?

¿Lo ves? ¿Puedes ahora verla?

Es una puta acróbata. Cada día se lanza a la cuerda sin red.

Por ti.

Y si no se cae…  es por ti.

Concédele ese aplauso callado, el que ella no quiere ni espera. No le digas que sabes que eres su único credo.

¿Sabes cuántas veces pronuncia tu nombre a diario? ¿La viste mirando tu foto marchita y autoconvencerse de que eres las alas que la harán volar?

Cómo sonríe…

La muy cabezona aguanta esta cruz porque tú lates y esperas algo de ella. Y porque tú lates, ella no se detiene.  El día que tú te regales la felicidad, ese don que es sólo para ti, ella encontrará su camino.

Déjala ahora ahogarse en sus subordinadas y yuxtaposiciones de alma. Dale esperanza de minuto.

No se va a detener aunque lo parezca.

Un voto de confianza.

Mañana se calará en las mallas y volverá al circo.

Así puede respirar. Y tú eres su aire.

“Ella”

Verónica Victoria Romero Reyes.

Derechos propios. Registrados.

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