Año Nuevo.

20 diciembre, 2010

Se acaba el año y hago mi balance personal.

Creo recordar que en el último fin de fiesta atiné a hablar de Belén Esteban y poco más. El sucedáneo mediático más sorprendente del 2010. (Sorprendente porque “causa sorpresa”. Líbreme Dios de darle al término ni connotación peyorativa ni cariñosa).

Acababa de perder a mi padre y el pronóstico de vida que se me vaticinaba era bastante desalentador. A pesar de múltiples argumentaciones <<iluminadas>> (todo el que me conocía parecía tener potestad para augurarme desgracias), logré (o lograron) recomponer parte de mí en lo que ahora soy.

El año pasado masqué las uvas con desgana. Reconozco que la uva en sí, como fruta, no es santa de mi devoción. Ni el queso me llega a quitar esa dulzura enmascarada ni la piel agrestita y poco tersa me hacen de ella un manjar tierno.

“Uvas con queso saben a beso”. ¿Sí? ¡Qué beso más arisco!

Compré la latita de uvitas peladas y sin pepitas y me la comí preceptivamente a las doce de la noche. A las doce y media creo que ya estaba entonada.

A eso de las una de la madrugada yo ya estaba durmiendo. Los programas musicales de las cadenas privadas me parecen una tomadura de pelo en toda regla (qué cosa tan ridícula grabar el programa el 28 de noviembre y comerse las uvas ese día), la “tonta del bote” de Lina Morgan ya la he visto setecientas sesenta y cuatro veces y salir a la calle a dar botes y beber lo que se tercie me parece demasiado infantil.

Con todo, me enchufé mi ginebra y brindé por el año nuevo. No recuerdo bien en que me cagué, qué deseos pedí o de qué cosas me arrepentí. Sólo tengo claro quién me faltaba.

A medida que voy creciendo me doy cuenta de que las fiestas navideñas producen poca satisfacción a las personas. Solemos disfrazar la melancolía con graduaciones alcohólicas exacerbadas, las ausencias con regalos desproporcionados a quienes están y con frases estandarizadas y sonrisas abiertas a todos cuantos se nos cruzan.

Lo malo de esta parafernalia inventada es el recurso de la memoria. O lo bueno, nunca se sabe. La capacidad de abstracción se triplica entre pavos, turrones, zambombas y “Papanoeles” marchosos. Y ya se sabe, cualquier tiempo pasado fue mejor y tú hoy te comes el mazapán poniendo la mejor de tus caritas.

A la hora de la verdad, te va a importar más bien poco quién está sentado a tu derecha o a tu izquierda porque tú llevas horas hablando con quienes no están. Esto es increíble. Un mecanismo macabro de la imaginación que te hace cuestionarte si realmente tú estás enfermo.

El caso es que ellos vienen, continuadamente, a ratitos, algunos días, muchas noches, pero están un período limitado de tiempo. El justo para que no pierdas la cordura.

Eso sí, en Navidad, se alteran.

Llegan con los primeros turrones en el supermercado y no se van hasta después de Reyes. Te dicen poco pero te enseñan mucho. Los recuerdos olvidados fluyen como el agua desbordada. Cuaquier cosa es una referencia y, por supuesto, todo era mejor en aquel momento.

Resulta que el turrón no se corta así, se corta como lo cortaba tu madre. El jamón, por Dios, ¿ese grosor? Mi padre sí que sabía darle la medida justa. ¿No vas a dejar sudar el queso? Pues frío pierde sabor…

Y así todo. Todo y durante casi un mes.

Con suerte los efluvios etílicos navideños los enmudecen y el exceso de comida los deja aletargados pero sucede, en ocasiones, que se aviva el empacho de antaño. ¿Y esto qué quiere decir?

Que cada trocito de alfajor te trae una imagen. ¿Se acuerdan ustedes del cuento de “La Cerillera”? Pues más o menos…

Y volvemos al eterno problema del ser humano. El pasado nunca nos deja vivir el presente.

Somos tan débiles que preferimos tener miedo, la mayoría de las veces. Cuestionamos todo lo bueno que nos ofrece la vida porque es imposible que nos dé lo mejor. Tememos la felicidad y, aún reconociéndola, preferimos embarcarnos en la Duda y el inconformismo. Somos, quizá, parte de un todo perfecto y engranado y consentimos afianzar la tara que nunca estuvo. Perseguimos nuestro yo hostigado cuestionando, día y noche, lo que no se hizo y se debió hacer o lo que se hizo y no debería de estar ahí.

Y sí. Eso es sentir.

Insoportable a diario pero consecuencia de querer.

¿Renunciamos a lo que nos hace personas sólo porque nos haga sufrir?

Yo cierro el año con más sabiduría. Alguien me hizo creer en mí. He cumplido algún sueño, alguna promesa. He podido dar paz a mi intranquilidad, he sentido más que nunca, he podido amar, al fin y he sabido conciliar ese sueño que se me resistía.

Haciendo balance sé que el mérito no es mío.

El año que viene será el año en que yo pueda devolver todo el bien que se me hizo en éste que muere.

Y si no fuera así, quédense tranquilos, que sí irá toda mi intención.

VR.

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4 comentarios to “Año Nuevo.”


  1. excelente, solo he de llevarte la contraria en una cosa, haciendo balance, quizás no todo pero en el 95% de todo lo que has conseguido, el merito es únicamente tuyo

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  2. VVRR Says:

    Gracias Ismael. Eres un solete.

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  3. Phoenicoperus Says:

    “Yo cierro el año con más sabiduría. Alguien me hizo creer en mí. He cumplido algún sueño, alguna promesa. He podido dar paz a mi intranquilidad, he sentido más que nunca, he podido amar, al fin y he sabido conciliar ese sueño que se me resistía”

    Grande por aprender cada dia, Grande por amar cuando te han herido, Grande por humilde y por pluma.

    PD: el queso se tiene que sudar un poco a menos que se lo coman por el camino… ;_)

    Phoenicoperus*

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    • VVRR Says:

      Uys, que me ha encantado ese comentario, amigo Phoenicoperus…

      Grande tú que me has enseñado a aprender cada día, que me has querido cuando yo había herido y que estás siempre de manera silenciosa y entregada.
      Y ése queso sudado nos lo vamos a comer juntos. Porque nos lo merecemos.

      VVRR.

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