Nochebuena.

20 diciembre, 2010

La habitación aséptica y fría no dejaba dudas.

Un cuerpo que yacía, sin fuerza, dejando pasar las últimas horas de su vida.

La compañía de un monitor, una bombona de oxígeno y una enfermera que solía comerse sus natillas.

Apartó la mascarilla de su rostro y, a media voz, imploró la voluntad del reo que se sabe condenado.

– ¿Me puedo fumar un cigarro?

– Sabe usted que eso es muy malo…

– Pero si me voy a morir, ¿qué más da?

– También es verdad… ¿Puede usted levantarse sola?

– ¡Por supuesto!

Arrancó las ventosas de su pecho y se sentó en el borde de la cama. Le costaba encontrar en el aire un aliado.

– ¿Se está ahogando usted?

– Llevo cuarenta años asfixiándome y lo veo natural. Con un cigarro se me pasa, ¿qué tienes?

– Nobel…

– Pues vaya mierda de tabaco para ser mi último cigarro…

– Amalia fuma Lucky… ¿le pido un par?

– Afortunada coincidencia, qué propio… Sí, un par está muy bien. También me dejas el Nobel y traes la cestita que ha mandado mi hijo, ésa… con turrones y “mantecaos”…

– Ya vengo…

La vio salir y abrió la ventana de la habitación. Arrimó las dos silla de visita y se sentó en una de ellas. Hacía días que no notaba ese frío seco y cortante. Algunos años atrás hubiera sentido cómo su flequillo se alborotaba y el agua de sus ojos se afilaba bajo sus párpados. Hoy, en cambio, sólo una pelusa inconsistente adornada su cabeza. Hacía seis meses que recibió la sentencia. Tampoco le sorprendió excesivamente.

La puerta se abrió. Un despliegue de color y risa.

– Me he traído el paquete entero.

– Pues venga, que tengo prisa…

La enfermera le tendió el paquete de tabaco y un encendedor. Agarró el paquete y sacó un pitillo. Lo encendió rápidamente. Ofreció el paquete.

– Como entre el neumólogo…

– Le dices que te he amenazado con los jeringazos de Lexatin…

– Jaja, vale…

Encendió el cigarro y se acomodó en la silla junto a la cesta.

– ¿Sigue usted por la parte del nacimiento de su hijo?

-¿Por qué me hablas de usted si eres más vieja que yo? ¿Acaso porque me estoy muriendo y tú no?

– No, no es por eso…

– Pero si me conociste hace veinte años cuando lo de mi padre y me hablabas de tú porque era una joven lozana y saludable, ¿ahora esto te condiciona?

– Que no es por eso…

– ¡Pues tú ya eras vieja!

– Qué mala leche te gastas…

– Es lo que tiene morirse…

– ¿Abrimos el Suchard?

– Anda sí, ¿por dónde me quedé?

– Por Mateo… Vino enredado en el cordón umbilical…

– Ah sí. El parto fue tedioso, largo y complicado. ¿Te he dicho alguna vez que yo quería una niña? Pues nada, un niño. Muy llorón y muy travieso. Dejé de fumar. Dos años, creo… Esos años fueron buenos. Intentamos tener otro hijo… Recuerda que yo quería una niña. Pero nada… Así que te puedes imaginar, niño mimado y sobreprotegido. ¡Y a mucha honra, ¿eh?!

Lo que me dolió fue que tirara a las Ciencias. Yo quería un ilustrado, una rata de biblioteca, un examinador del término y un devoto de la sintaxis. ¡Me salió un ingeniero!

– ¿Y su madre?

– Su madre muy contenta siempre… ¡Es su niño!

– ¿Y está viva?

– Coño, claro, que tiene mi edad…

– ¿Cuarenta y siete?

– Bueno, algo más…

– ¿Que no salió bien?

– Sí, sí, salió perfecto.

– ¿Y dónde está?

– Coño, pues en casa…

– Pues no entiendo nada. Llevas un mes aquí y no ha venido nadie.

– ¿Y quién quieres que venga? Me decís que me quedan tres semanas de vida y ¿les voy a joder las fiestas a mi gente? ¿Y ahora me tuteas?

– Es que ahora parece que te falta el riego. ¿Cuándo la palmes no lo van a notar?

– Es una posibilidad. Mi niño sabe que estoy aquí aunque no sabe por qué. ¿Te piensas que la cesta ha venido sola? – tosió.

– Voy por las gasas… Estás esputando sangre, otra vez… ¿Estás bien?

– Hombre… ¡estoy podrida! ¿Tú crees que paso de esta noche? Me queda toda la vida por narrar…

– Sí, seguro, te queda cuerda para mucho rato… ¿Dónde has dicho que estás?

– En el Polo Norte, ayudando en el taller de Santa Claus, no te jode… He dicho que estaba cuidando a una tía enferma aquí, en la tierra. Para morirse nada mejor que el polvillo que te vió nacer, ¿no? ¿A ti te gusta el mazapán?

– No mucho, no…

Con un gesto rápido abrió una hojaldrina, tiró el envoltorio al suelo y chupó el azúcar que la recubría. En el paladar el dulce se convirtió en el más agrio de los presagios.

– Qué putada morirse, ¿no? Creo que me quedo muchas cosas por decir…

– Pues hay tiempo. Tienes un teléfono para llamar…

– Pues como te decía… La niña nunca llegó. El niño pronto se fue de casa. No puedo decir que no saliera disciplinado y buena persona. Trabaja en lo que le gusta y es honesto. Creo que lo hicimos bien. Ahora lo vemos poco, en fiestas y eso… Hoy estará con su madre, preparando la bandeja de turrones y esas cositas tan bonitas y tan navideñas… Salió guapo y listo. ¡Y buena gente! En el primer cajón tengo una foto de las dos… ¿La quieres ver?

– Sí, claro.

– Pues ve tú que me falta el aire…

El chirrido de la silla y una mano callosa que abre un cajón y extrae un papel plastificado.

– Son guapos…

– Más por dentro…

Dirigió la mirada hacia fuera mientras una punzada hacía su trabajo en el músculo más endeble. En el reflejo de la ventana pudo vislumbrar a la Parca. Mil imágenes en su cabeza, mil palabras en sus labios. Un dolorcito en el brazo. Conocía el perfume de la Muerte.

– Me voy a tumbar ya. Al final no narré todo…

La enfermera le ayudó a recostarse, volvió a colocarle las ventosas, guardó la foto bajo la almohada y se sentó junto a ella.

El aire no llegaba a sus pulmones. La tez pálida, violácea.

Sonó el móvil.

– Pone “Casa”…

– Dámelo…

– ¡Eh! ¡Feliz Navidad! ¿Y la tita?

– Bien, mejor… ¿Y vosotros?

– Mamá está pintona con el vino, jaja. ¡Te echamos de menos! ¿Cuándo vienes?

– Uy, muy pronto, me temo… Oye… que te quiero…

– ¡Y yo! ¡Te paso a mamá!

– ¿Cariño? ¡Feliz Navidad! ¿Cómo estás? ¡No me coges el teléfono nunca!

– Yo bien, extrañándoos mucho. Tengo que colgar. Que te quiero…

– Yo más. Ven pronto.

Siete, ocho minutos a lo sumo.

– No lo dije todo, ¿verdad?

– Creo que sí lo dijiste todo…

VR.

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