“Quiero un relato reivindicalista”.

9 diciembre, 2010

Últimamente le costaba concentrarse. Llevaba meses sin ver un informativo completo y su curiosidad estaba vacía. El timbre había dejado de sonar hacía muchos meses y su línea telefónica estaba cortada desde que dejó de percibir el subsidio de desempleo. Había sido un excelente profesional de las finanzas pero hoy, la macrocrisis internacional lo había llevado a la ruina. Confiaba en sus ahorros para hacer frente a la sequía de ingresos pero encontraba ilusorio confiar en algo que se pierde inexorablemente.

Aparte de los cálculos, los fondos de inversión y las retibuciones de bolsa, su gran pasión era su esposa. Estaban casados desde hacía poco tiempo, unos meses apenas, pero podía presumir de matrimonio dulce y embriagador. Cada mañana se levantaba con el propósito de hacer algo productivo. Sin embargo las fuerzas le iban faltando al comprobar que de ningún sitio lo llamaban.

Había decidido hacía semanas aspirar a empleos de menos cualificación pero terminaba por convencerse de que el problema era él. Algo debía de provocar rechazo en quien leía su currículo y sus recomendaciones. Y no sabía por qué.

En ocasiones la tasa de paro le consolaba. Ya se sabe el refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Igual terminaba por pensar que no era útil para la sociedad en su sentido vasto semántico ni para aquellos que confiaban en él.

La situación era transitoria, pensaba. Pero tampoco eso podía hacer parar las rumiaciones diarias.

Muchos proyectos por cumplir. Quería casarse, quería ser padre, quería una casa nueva con su familia. Y cada día lo veía un poco más lejos… Quería cumplir todas sus expectativas cuando pudiera mantener el sueño, no antes.

La situación europea lo desalentaba. En ocasiones pensó que la manera rápida y eficaz sería la de irse a otra provincia, incluso a otra ciudad. Pero no quería alejar a su esposa de su familia. Otras veces creyó necesario mentir en las entrevistas de trabajo pero la barrera ética le hacía impensable faltar a la verdad de modo tan ruin.

Optó por no pensar.

Y para no pensar qué mejor que dejarse a los ansiolíticos y al alcohol.

Las mezclas eran brutales.

Antes de entrar en el estado de catatonia que le producían estas sustancias podía darse cuenta de lo que estaba haciendo. Ciertamente el alcohol no le quitaba la rumiación ni el problema pero sí le hacía un ser conformista y poco preocupado con la situación. Y eso, a día de hoy, suponía para él un grandísimo alivio.

– Cariño, ¿estás bien?

– Sí.

-¿Seguro? ¿Qué piensas?

– En nada…

– Claro que sí, te conozco….

Un beso bastaba para cortar la conversación. Alguna vez conseguía evadir la realidad en los labios de su mujer, otras no.

Y así pasaba los días. Buscaba un empleo nuevo y hacía de chapuzas y esposo en la casa.

Una mañana, enre la rutina testimonial, sonó el teléfono. Su mujer dormía. Aunque era el móvil de ella, optó por responder.

– ¿Diga?

– Sí, ¿la señora Tamayo?

– Su esposo, ahora no pude atenderle, dígame…

– Bueno, era para decirle que los resultados puede ya recogerlos…

– Enseguida entonces, ¿dónde hay que ir a buscarlos?

No despertó a su mujer. Terminó de vestirse, salió de la casa, caminó durante treinta minutos y se presentó en la clínica.

– Buenos días, vengo a recoger los resultados de mi mujer…

– Dígame su nombre, por favor…

Con el sobre en la mano se dirigió a una cafetería cercana. Pidió café y se sentó en una mesita alejada de la barra. Le sirvieron el café. Tomó un primer sorbo y abrió el sobre. Leyó en silencio.

Fueron dos minutos escasos. Volvió a meter el papel en su sobre, dejó sobre la mesa dos euros y salió azorado de la cafetería.

Estaba lloviendo. No le importaba mojarse. Tampoco quería volver a casa.

Sonó su teléfono móvil. Lo sacó del bolsillo de su chaqueta y miró la pantalla. “Un número privado”, pensó. “Ni pienso cogerlo”.

Continuó andando con desorden. Muchas calles y el agua que le empañaba las gafas. Mucho trasiego de peatones y mucha congestión de vehículos. Mucha vida a su alrededor. Mucho vocerío y mucha risa. Mucha pena y algo de recato.

Notó la vibración en el bolsillo derecho de la cazadora. Atendió sin mirar la pantalla.

– Diga…

– ¿Ernesto Ramos, por favor?

– Sí, yo mismo, dígame.

– Es para concertar una entrevista hoy mismo… En Nova Consulting, ¿Le viene bien hoy mismo?

– Sí, claro, dígame hora y lugar….

A las una del mediodía estaba en las instalaciones de la empresa. Un despacho situado en pleno centro de la ciudad al que le había costado llegar. Pasó, dio su nombre y fue conducido a una sala donde se encontraban tres muchachos más jóvenes que él. La espera se le hacía insoportable. Decidió mandar un mensaje a su mujer. “Ya casi vuelvo a casa, estoy haciendo una entrevista de trabajo, te quiero”.

La respuesta no tardó en llegar. “Todo irá bien. Te quiero mucho”.

Esperó durante algo más de una hora para ser atendido.

Cuando llegó a su casa, cerca de las tres de la tarde, su esposa lo esperaba con el almuerzo servido.

-¿Qué tal mi amor?

– Muy bien… Éste es el mío.

No quería decirle ni el sueldo que le habían ofrecido ni las condiciones salariales ni el horario. Sabía de antemano que podría entristecerla.

– ¿Saliste muy pronto?

– Sí, pronto, así aproveché más la mañana… ¿Y tú?

– Bueno, me duele un poco la barriga hoy, pero bien…

Terminaron de comer y decidieron echarse la siesta.

 

Esa tarde ella perdió el bebé.

En el hospital a él le notificaron que habían decidido aceptar a otro candidato.

 

Ernesto lleva a casa a su mujer. La acuesta y se acurruca junto a ella.

Mañana es otro día.

Mañana habrá empleo y bebé.

Y si no lo hay… se lo inventa.

 

VR.

Ella.

Derechos registrados.

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2 comentarios to ““Quiero un relato reivindicalista”.”

  1. Cristóbal Says:

    Precioso, tierno, y real. Me ha gustado mucho. Supongo que te gustará saberlo 🙂
    Volveré por aquí.

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  2. VVRR Says:

    Muchísimas gracias Cristóbal. Un abrazo grande.

    Me gusta


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