De lo que no visto, es sentido.

3 diciembre, 2010

Muchas veces me pregunto por qué no todos podemos ver con los mismos ojos lo que acontece a nuestro alrededor. Puedo quedarme realmente estupefacta cuando algún iluminado da una interpretación que no comparto a determinado hecho. Raudamente uso el principio de empatía que me permite situarme en el contexto del otro. A menudo con ello me sobra para acoplar mi lógica a lo que me parecía extrañeza.

Esto me viene sucediendo con inusitada frecuencia desde hace muchos años. Ya casi no le doy importancia. Doy por sentado que tendré que aplicar el principio de escucha activa y el mecanismo de intrusismo en la mente de otro para colocar el acto en su diaporama razonado.

Algunos días, no obstante,  me parece que mi cuerpo y mi pensamiento se desgajan de lo que, en principio, puedo ser yo. Puede parecer raro en la afirmación pero tiene su explicación ( o, al menos, yo he intentado dársela).

Hace algunos años pude observar que mi cuerpo canalizaba el teloncito de la cabeza. Si mi cabeza andaba preocupada o inmiscuida en menesteres atormentadores, por decirlo de alguna manera, el cuerpo acusaba manifestaciones enfermizas. Es decir, escalofríos, temblores, sudores fríos en la curvatura de la espalda, dolores de articulaciones, falta de apetito, desorientación… En fin, un cúmulo de obstáculos de avance y autoprotección que me hacían difícil el día a día.

Últimamente viene a sucederme más o menos lo mismo. La diferencia radica en la falta de información. Si bien hace años conocía yo de los discursos de la mente, hoy, en cambio, son para mí una auténtica incógnita.

Vengo a saber que las respuestas del cuerpo y los sentimientos son precedidos siempre por una ráfaga de pensamiento o emoción (lo dice el psicólogo Allport y apuesto por la veracidad de esta tesis desde mi época universitaria) que desencadenan una serie de respuestas fisiológicas de difícil contención. Todos nos vemos sometidos a estos patrones de efluvio incontrolado.

La primera vez que nos sucede nos puede sobrevenir estando indefensos, desorientados o ajenos a la magnitud del desembarco de emociones. Pero es la primera. Conforme avanza el tiempo y los capítulos de mismo estado y misma situación se repiten, aprendes a moldear la sorpresa, (la experiencia te permite anticipar el resultado), y puedes ser el dueño o la dueña de la situación, moldear el caos inicial o fingir rutina  cuando todo es inesperado y vapuleador.

Las primeras situaciones son siempre un escándalo en la cabeza y en el pecho: ese primer beso, ese primer día que hablas en público, ese primer requerimiento ante un juez, esa primera mañana en un trabajo nuevo, ese primer contacto con alguien a quien acabas de conocer, ese primer sueño que acabas de cumplir, esa primera pérdida, ese primer fracaso… Mil colores y mil sabores tienen esas primeras circunstancias.

Pero, con el paso del tiempo y de capítulos iguales que se repiten cíclicamente, dominas, literalmente, esos espectros contextuales que suponían, antaño, una fuente de nerviosismo y exasperación.

El problema se nos echa encima cuando comprobamos que, una vez vencidas estas situaciones, nos volvemos a encontrar en esa fase de adolescencia inocente y exploradora de sentimientos y emociones.

Un ejemplo, pues.

Llevas diez años hablando en público, ya no le temes a nada, has aprendido a confiar en ti con el discurrir de los años, has sido capaz de dar clase a universitarios sabelotodos que te rebatían a cada instante, has vencido el balbuceo inicial al presentar una tesis, has tenido el valor de hacer un chiste, incluso, con el temblor de tu voz y, de repente, eres incapaz de asistir a un acto donde es imprescindible que estés. Prefieres inventarte mil excusas por no asistir. Probablemente enfermarás ante tanto caos que se avecina.

No sólo es este tipo de mi miedo. Cada día sufres en silencio múltiples situaciones venideras que te provocan ansiedad. Sabes que estas circunstancias se van a dar, irremediablemente,  y sabes que no vas a sentirte cómoda ni a sentirte tú. Te conoces mejor que nadie y piensas cómo obviar el pensamiento sin que provoque, aparejada, una sensación de disconformidad, un reflejo somático y desagradable del cuerpo, o una rumiación constante que puede llegar a obnubilar cada segundo de tu día.

Alguna vez esta atrofia llega con el atisbo de un recuerdo, de un pasado de alguien que no puedes o  no quieres comprender o de un instante que te prometiste olvidar. El sueño es lo peor: viene a recordarte continuamente lo que te hizo, te hace y te hará siempre daño.

Lo peor de todo es la respuesta del cuerpo. Si piensas en las situaciones que tendrás que enfrentar, si azuzas el pensamiento al discurrir de unos hechos en la vida de  quien amas, si tienes la convicción de que tú no sientes o no crees como lo hacen los demás, si miras el día pasar y ves que no se da importancia a lo que tú das el máximo puntaje, si viene la noche y recuerdas a quien no está, el cuerpo, tan pobre en aplomo y serenidad, se rebela. Y lo hace de un modo cruel. Come el pensamiento, devora la voluntad y atrae todos esos fantasmas que tú emparedaste, un día, en las paredes más escondidas de tu casa.

Y ya no te queda nada porque compruebas que nada fuiste, nada eres y nada serás.

Porque te das cuenta de que algunos vendrán y otros se irán. Que aquellos que se van, nunca sabrán que se quedaron en ti. Que puedes inmolar tu alma en mil besos y mil caricias y jamás se oirá el rezo en cada uno de ellos. Que mañana es otro día y nuevas alegrías y penas traerá. Que la memoria es efímera para quien no amó nunca.

Y que, el que jamás fue ave de paso, es golondrina que con el frío emigrará.

Y todo este quejido de alma, de mente, de amor y de espíritu llega, traído de la mano, por el señor sudor frío de espalda, señor temblor de voz, señora ansiedad en el pecho y doña lágrima perenne y disimulada.

Que no hay más dignidad que secarse las lágrimas sola, batirse en duelo con la rumiación sola y acompasar una ansiedad… sola.

Porque, ¿a quién le importa tu duda de día y noche, en sueño revivido, tu quebranto de cada día, tu ausencia, tu imaginación que atormenta lo que no vió pero sabe, tu manera de sentir, tu modo de explicar la vida, tu excusa para no saber de ti, tu añoranza, tu recuerdo, tu proyecto de futuro y tus mil maneras de engañar al Destino para seguir haciéndote fuerte y levantarte mañana?

Así que guarda la lágrima, silencia el bramido y sé otra ovejita.

Y mente y cuerpo irán por libre, siempre.

VVRR

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3 comentarios to “De lo que no visto, es sentido.”

  1. Ismael Says:

    ¿¿sola?? vaya oveja descarriada… si quieres yo soy pastor… porque hay cosas que si me importan. Excelente psicoanalisis de la mente

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  2. VVRR Says:

    ¿Te ves de pastor?
    En ese caso sí.
    Un besico.

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  3. Ismael Says:

    jeje, porque no? pero no de fieles… un abrazo y un besico

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