El insoportable sopor de lo afable.

13 noviembre, 2010

Que viene a referirse, principalmente, a ese pseudo-estado contencioso de alma y cuerpo, o de pensamiento y acción paradójico que viene a convertir el turbado problema en una mescolanza de imágenes amistosas que, lejos de provocar el conflicto, terminan por solaparlo en tiempo y espacio.

Aún complicado de entender es una realidad que nos ha pasado a todos en algún momento, nos pasa o nos sucederá.

Viene el problema, generalmente de canto y poco resolutivo e intenta obviarse durante meses para no tener que enfrentarlo.

Generalmente viene acompañado de contextualizaciones que intentan dulcificar la gravedad de la contienda y con mensajes subjetivos de quien no quiere causar preocupación. La bomba se suelta, se entierra y se acordona la zona.

Conforme avancen los días la conciencia de que esa parcela está minada va tomando su nuevo color.

Al principio ni siquiera te estorba, te dices, resuelto o no, que es cuestión de tiempo que el mecanismo se desactive pero siempre tienes que dar un rodeo para llegar a la cocina y no pisar el terreno neutralizado. Procuras que nadie te miente la existencia de esa artillería pesada en la casa de tus preocupaciones pero es inevitable que alguien, al observar el aparatoso dispositivo de precaución que has instalado en los aledaños, te lo acabe mencionando.

Que te lo comente puede llegar a molestarte en según que ocasiones. Ahí entra ya la paciencia y la buena fe de cada uno. Ya es menester propio obviar, en parte, el daño que está haciendo ese plomo en tu casa.

Algunas veces estallará. Siempre te pillará en el momento distraído, cuando ya has aprendido a convivir con ese tic-tac diabólico. En un segundo, tonto y escurrido, tu pareja, tu amigo, incluso tú, en un suave desliz del metatarso, pisarás terreno prohibido.

¡Pum! Tenemos la fiesta servida. Tanto callar, obviar y mentirte de manera continuada no ha hecho más que agravar el resultado final. Lo que pudo haber tenido un radio de acción de poco alcance, se ha convertido en una deflagración de corte poco usual o previsto.

La otra opción es la más rápida pero supone una valentía sólo contemplada por aquellos que ostentan la categoría de héroes. Ver llegar la bomba y tirarse sin protección sobre ella para que reviente, literalmente, sobre los órganos vitales, sin importarnos el daño que nos haga, y así, sacarla cuanto antes de nuestra casa. Da igual el grado de lesión que nos deje. Hay que alejarla.

Esta última elección es pobre estadísticamente. Solemos mantener el instinto de protección y eso nos obliga a intentar olvidar el dolor, a evitar las situaciones de miedo y a proteger nuestro sentimiento para no descubrir nuestras debilidades.

Esto, por supuesto, supone abrir el rango a la desesperanza, la desilusión y el golpe pequeño pero frecuente.  

Aún a riesgo de no dormir, muchos preferimos acordonar esa zona y dejar que el tiempo, el espacio, el Destino o cualquier forma humana o no que rija nuestro camino, decida apiadarse, un buen día, de nosotros.

Verónica Victoria Romero Reyes

Derechos registrados.

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Una respuesta to “El insoportable sopor de lo afable.”


  1. […] Actualizados : El insoportable sopor de lo afable. Se ve que poco soy. No está estando. Para ser fiel a la sangre que me riega. Si digo que […]

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