Víspera de difuntos.

1 noviembre, 2010

Todavía no sabía a ciencia cierta por qué había rechazado la invitación para la fiesta pero algún presentimiento la había obligado a declinarla con cierto recelo. El domingo se abría ante ella repleto de horas y minutos que cubrir y con la tranquilidad de saber que podría perder infinitos instantes propios en mil ensoñaciones diversas porque no tenía obligación de levantarse temprano el lunes. Aún bostezaba cuando comenzó a retrasar una hora el reloj del salón.

– Hoy es domingo… Pedazo de desayuno me voy a preparar…

En la puerta del frigorífico aún pendían las notas que le solía dejar su hombre cuando se marchaba de viaje. Había enviudado apenas hacía dos meses y medio y no llegaba a acostumbrarse del todo a esa sensación de abandono.

El olor a café la llevó al momento en el que cambió su vida.

– ¿Viene a reconocer a Julián Villafranca?

– Sí…

– Pase usted dentro, si es tan amable…

Sobre la fría camilla metalizada descansaban pedazos de lo que podía ser un cuerpo humano. Se había intentado recomponer la silueta de su marido pero ella no logró reconocer más que el anular donde descansaba, aún, la alianza. Pudo ver una bolsita con objetos personales. Un agente, conmovido quizá por la inmensa tristeza que la embargaba en ese momento, tuvo a bien pasar uno de sus brazos por sus hombros y asegurarle un tímido abrazo.

Ella abrió la bolsa y repartió las pertenencias de su marido por una mesa. La cartera, el reloj, una medalla que él cuidaba con celo, unas monedas, un paquete de Marlboro y un zippo que ella le había regalado cuando eran novios. Parecía que algo quedaba en la bolsa. Introdujo los pequeños dedos en el plástico y extrajo un anillo. Lo miró con curiosidad. Era una alianza. Volvió a mirar la mano diseccionada de su marido sobre la camilla y el anular anillado.

– ¿Por qué no han puesto la alianza en esta bolsita, junto al resto de pertenencias de mi marido?

– No hay manera de quitarla del dedo, señora…

Volvió a meter con sumo cuidado los objetos en la bolsita, se la llevó al bolso y salió apresurada de allí.

El olor a pan quemado la sacó bruscamente del recuerdo. No había vuelto a mirar aquella bolsa y ahora se daba cuenta de que el dolor era mal consejero en la búsqueda de la verdad. Se dirigió al dormitorio y sacó del fondo de uno de los armarios el bolso que contenía aquel plástico. Dos meses y medio llevaba arengado en el olvido. El olor a muerte, a medicina, a sangre y a pérdida se le había hecho tan insoportable que se prometió no usar nada que le recordara aquella mañana.

Sacó la bolsita. Una naúsea colvusionó su estómago.

– Antiséptico… qué asco.

Sacó la alianza. La observó con cuidado. El miedo a dar nombre a lo desconocido pero presentido la hizo llorar. Alzó el anillo por encima de su cabeza y se afanó en leer la inscripción que bordeaba el interior del oro.

“Julián & Eva”.

– Hijo de puta…

Ahora todo parecía tener forma. Los continuos viajes, la negativa a tener un hijo, los regalos carísimos que le hacía cuando llegaba… Todo era remordimiento.

– Mañana estará el cementerio lleno de gente. Mejor voy hoy.

Se duchó rápidamente, se vistió de manera elegante, maquilló un poco su cara y salió a toda prisa. Embaló el coche con desinterés por la autovía. Ni intermitentes ni reducciones en las curvas ni respeto al conductor vecino.

– ¿Eva? ¿Quién coño es “Eva”?

Llegó pronto, compró unos claveles en la floristería y se enfiló a través de tumbas y panteones. Pronto divisó el nicho donde descansaban los restos de Julián. Una joven de largo cabello rizado, apoyada sobre la piedra, lloraba en silencio.

No le hizo falta saber más. Sacó la alianza del bolsillo de su abrigo, la apretó en la mano y se dirigió presurosa al encuentro de la desconocida.

– Eva, esto es tuyo.

La muchacha giró la cabeza mientras el anillo rodaba hasta sus pies. Un temblor sacudió su endeble cuerpo. Se agachó y cogió del suelo la alianza. Miró alrededor y encontró el rostro de una mujer alterada.

– ¿Y usted es…?

– Si lo adivinas te llevas un gallifante, Eva.

– Pues no lo sé, señora. ¿Está usted bien?

Fueron tres minutos, quizá cuatro. Un rápido tirón del cabello y siete u ocho golpes contra el mármol que tapiaba el nicho. Le aplastó la cabeza. El reguero de sangre manchó las lápidas del suelo. Sacó un pañuelo del bolso y limpió las letras.

“Julián Villafranca Estévez. 1978-2010. Tu esposa Eva no te olvida.”

Volvió a leer en voz alta mientras un sudor frío le recorría la espalda.

Salió apresurada, cogió el coche y volvió a su casa.

Él no quería hijos con ella porque los quería con su esposa. No hacía continuos viajes, vivía con su esposa. Y lo peor de todo: no llevaba su nombre en la alianza porque ella no era nada de él. Julián llevaba su alianza en el anular y la de su esposa en el bolsillo.

Y ella era “la otra”.

Pudo identificar los restos porque ella separó las manos, desmembró el cadáver y prendió fuego a la ropa.

No tuvo tiempo de cerrar la puerta de casa.

Una mano anillada apresó su cuello con violencia hasta que dejó de respirar al tiempo que el contestador grababa un último mensaje:

– “Si te apetece, estaremos donde siempre. Y ya sabes… Truco o trato”.

VVRR.

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Una respuesta to “Víspera de difuntos.”

  1. Ismael Says:

    interesante, aun diciendo tacos lo bordas, jeje.
    Quien dijo que el asesinato no es un arte, espero no tengas que asesinarme, porque seguro lo bordas. JAJA. otro abrazo

    Me gusta


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