Cosecha insatisfecha.

26 octubre, 2010

En algunos momentos de nuestro camino, aunque sea siempre rectilíneo y poco abrupto, podemos encontrarnos ante alguna escolladura, piedra o cruce de dirección. Delante del obstáculo se suele echar la vista atrás, valorar el tramo ya andado y emprender los nuevos pasos ante la opción más adecuada a lo previamente viajado.

Todos intentamos pisar sobre seguro evitando lo que ayer nos hizo daño y abriendo las manos a lo que pudiera parecernos mejor. La supervivencia es un instinto y, como tal, prima en la toma de decisiones.

Algunas veces, no obstante, volvemos a errar. Lástima que nos demos cuenta cuando ya el camino que se bifurcó no puede ser retomado. Si rectificar es de sabios, deducimos que no hacerlo es de ignorantes…

¿Cuántos de nosotros alejamos la rectificación por considerarla un posible daño en el camino actual?

En este caso somos unos ignorantes que valoramos con sus pros y sus contras el camino ajeno. (Y la posible consecuencia que deje el nuestro en él).

Personalmente envidio a quienes sólo se agachan para comprobar el estado de sus suelas y siguen caminando aunque arrastren los jirones de piel de otros tantos que se toparon en la misma senda. Los envidio porque, encima de los hombros, lucen una cabeza limpia de injerencias, de moral o de ética humana. Avanzan rápido y felizmente parándose sólo a satisfacer necesidades fisiológicas o materiales. Alguna vez lloran, sí, cuando ven pasar delante de ellos a otro semejante que les regala una sutil sonrisa maliciosa al adelantarlos…

No les cuesta mentir, conspirar, manipular o enrarecer con su tiña el aire que otros respiran. Cualquier fin justifica un medio. Son capaces de esperar agazapados el instante de debilidad para robar las zapatillas desgastadas de aquél que viene sin resuello, con esperanza y echando en sus bolsillos el guijarro tramposo que encuentra con la intención de que no estorbe a ése que le seguirá.

Viajeros somos todos y todos podemos encontrarnos en este camino.

El viaje terminará igual porque adquirimos ese billete de ida el mismo día que nacemos.

Los primeros, tan raudos, llegan a su destino solos, con montones de zapatillas usadas y robadas, con pepitas de oro, quizá, en los bolsillos y con la satisfacción de haber llegado “los primeros”.

Los otros, que se quedaron descalzos porque les robaron, llegarán con mil guijarros, con amigos que les prestaron una triste alpargata y con la sensación única de haber limpiado ese camino de obstáculos para que, cuando se vuelva a atravesar, sea una vereda limpia tanto para los primeros como para los segundos.

Llegarán tarde, llegarán más cansados, más mugrientos y con mil heridas en los talones…

Pero, cuando se pese el guijarro, habrán obtenido un nuevo billete que jamás se comprará con una pepita de oro.

Y el nuevo camino sólo se abrirá ante ellos.

VVRR.

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