Qué pena de cuerpo.

14 octubre, 2010

Por azares de la vida, tan apretada en los últimos años, quien suscribe ha decidido prepararse para una profesión que, ni gustándole ni desagradándole, puede proporcionarle, al menos, un aprendizaje nuevo y supone un servicio a los demás.

Yo vivía muy tranquila entre periódicos, libros y correcciones de todo tipo pero la Vida obliga y, en mi caso, no ha sido una excepción. De todo el abanico de posibilidades “reales” que me encontré opté por la que, supuse, podría satisfacerme en mayor medida. Descarté la enfermería por un tema personal y la hostelería por un tema de salud. El ventolín me provoca temblor en las manos y llevar una bandeja llena de vasitos, copitas y platitos podría convertirse en toda una odisea.

Así que opté por la última de las posibilidades. Al principio estudiar leyes y decretos y armamentos jurídicos para enfrentarme a un examen teórico no me pareció un esfuerzo extraordinario. Es cuestión de voluntad y constancia. Puede hacerse.

No obstante la obtención de esta habilitación nueva, que poco o nada tiene que ver con mi profesión, requiere una preparación física específica.

Ni qué contar que ayer, cuando me calcé el chándal y las zapatillas de deporte sólo pensaba en quienes me han visto toda mi vida sin hacer uso de esas prendas. Me imaginé la cara de mi hermano al verme “como una deportista” y en sus risitas. Pero, en fin, esto me da ternura. Quien algo quiere, algo le cuesta. Y si tengo que vestirme con esos aperos, lo hago.

Yo examiné las pruebas a las que tendría que someterme y, en principio, no ví tragedia ninguna.

Y he aquí la sorpresa. Ayer por la tarde empieza el entrenamiento previo.

Iba muy animada. Consciente también de que el único ejercicio físico que hago desde hace más de diez años es colocar las latas en las estanterías de la cocina.

Si les relato minuciosamente a lo que me tuve que someter creo que empezarían a sudar. No les voy a pormenorizar los detalles del calentamiento, los estiramientos y los ejercicios de tren superior ni inferior. (Confieso que he aprendido muchísimo vocabulario que desconocía completamente).

Lo verdaderamente preocupante para mí fue la prueba de resistencia. Una prueba que, para mayor gloria, es una de las que determinarán si me acreditan con esta nueva formación y profesión o no.

Un kilómetro en cinco minutos en una pista de atletismo.

Yo empecé muy tranquilita. Siempre he corrido sin problemas y la longitud de mis piernas ayuda a una buena zancada. Los primeros trescientos metros ni me cansé, incluso me permitía el lujo de ir cascando con una compañera que ya llevaba ahogada desde el inicio del trote. ¡Qué ilusa!

Empieza la tortura. En un momento determinado noto cómo las piernas me tiemblan, cómo la voz se me entrecorta y cómo se me nubla la vista.

Lo único que pienso es: “Como me dé asma, la he cagado de una”.

Yo ya no sabía si la culpa era de la pista, de las zapatillas, de mis bronquios o de los ejercicios que habíamos hecho antes. Ya sólo quería terminar el recorrido y no pararme.

Y me dije: “Tú acabas las vueltas aunque mueras”.

Y terminé, cómo no. Pero de qué manera…

Lo que vino a continuación es indescriptible. Flexiones, abdominales, dorsales, saltitos…

Yo ya no sé ni lo que hice. Sólo recuerdo la boca seca como un zapato, a mis compañeros jadeando y un terrible dolor de brazos y piernas.

Esta mañana he intentado levantarme de la cama y los dolores en los costados no me dejaban ni ingerir café. Tengo la cara pálida (y si digo pálida pueden imaginarse ustedes el color de la tez, porque ya, de natural, tengo más bien normalizado el color pajizo) y un cri-cri en los hombros. No me puedo mover.

Tengo dos meses para correr ese kilómetro en cinco minutos sin morir en el intento.

He descuidado el cuerpo durante tantos años que ahora sólo la mente es capaz de darle la fuerza.

Y he aquí la única ventaja: ésa nunca se me cansa.

VVRR.

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Una respuesta to “Qué pena de cuerpo.”

  1. La tita Says:

    Chata, deja de mortificarte. Si no vale la pena… Hay que asumir la realidad y no convertir nuestros sueños en lo que no son.
    Como siempre, graciosa, ágil, desenfadada tu prosa. Me gusta.
    PS. Tu tita el único ejercicio que hace es bajar las pestañas para ponerse el rimel…

    Me gusta


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