Qué susto.

8 octubre, 2010

Ayer, quien suscribe, y movida más por necesidad que por interés, tuvo que desplazarse al supermercado.

Supongo que a estas alturas de la aventura, ustedes ya conocerán de mi aversión a estos centros lúdico-festivos donde se reúnen todas las categorías de ser humano posible con sus peculiaridades propias. En un momento del paseo me paré en un “stand” (preciocísima palabra) donde se alineaban turrones y pregunté a quien me acompañaba:

– ¿Has visto esto?

– Sí, ahí delante están los “Panettone”…

¡Arg! No estamos ni a mediados de Octubre y ya están los turrones por ahí danzando…

Me viene a recordar la Navidad que las mesas acogen a seres que se quieren y están juntos, a regalos de amor a los padres y hermanos y a borracheras de felicidad.

O no.

En mi caso dejé de celebrar las fiestas hace algunos años, no muchos. Ahora me arrepiento de ello. Pero, como siempre, es muy tarde.

Recuerdo que mi madre se pasaba todo el día en la cocina preparando el marisco y el redondo. También recuerdo que mi padre llegaba tarde y mi hermano y yo preparábamos la mesa con mucho detalle, sacando la cubertería y la vajilla nueva. También recuerdo que comíamos turrón a escondidas y nos tirábamos las peladillas con mala saña y dirigidas siempre a órganos vitales. Recuerdo que me reía mucho, constantemente, hasta que dejé de reíme en Navidad.

Se supone que en esas fiestas nos reeencontramos con la familia, hablamos sandeces, reímos, bebemos, comemos y cantamos. Esperamos al que viene de lejos y lo esperamos en el aeropuerto, en la estación, procuramos que todo esté listo, que el arbolito sea de su agrado, que nuestro presente le guste…

¿Y cuándo nadie te espera?

Pues ves los turrones en los supermercados y maldices tu mala suerte.

No estamos ni en noviembre y ya huele a Navidad…

Empieza la melancolía.

VVRR

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2 comentarios to “Qué susto.”

  1. La tita Says:

    No es necesario que coloquen los turrones o empiecen a colgar en las calles adornos luminosos para sentir ausencias, carencias y/o necesidades. Puestos a optar por la melancolía uno puede dedicarse en cuerpo y alma, las cuatro estaciones, en las diferentes commemoraciones y a cualquier hora, a autoalientar la compasión que tanto se empeñan en grabarnos en todos los órganos que no son regidos por el intelecto.
    La evocación del pasado es una droga por tipificar. La ensoñación debería ser punible. ¡Con que facilida caemos, tropezamos o nos lanzamos de cabeza!
    ¡Anda y que les den al jijona, al alicante o a la crema!¡Abajo con los barquillos y los villancicos!¡Horrorosas las compras imposibles y los parientes inaguantables!
    Fijemos nuestra atención en los clásicos: el chocolate, las pipas, las cervezas… Ahí están ellas todo el año.
    La mala suerte “casi” siempre es discutible…
    Cicatrices cruzan mis muñecas y mi alma ¡Me río de los turroes!

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