El psicólogo: ese pseudo-amigo que te cobra por llorar.

24 septiembre, 2010

Antes de empezar, pido disculpas. Sinceras e inmediatas.

Y lo hago reconociendo que mi juicio está equivocado, es subjetivo, es propio y es, en sí mismo, sólo la confirmación de una opinión que puede ser o no compartida por el resto de individuos que vagan por estos parajes libres de carga y liviandad.

Como es una opinión puede verterse libremente (el artículo 20 de nuestra Constitución garantiza la libre expresión) y, aunque provoque menoscabo en la percepción que de mí se tenga, no deja de ser parte mi psique y de mi creencia.

 Como tal, como mera representación mental propia, no tiene más repercusión que la yo quiera darle o la de aquellos que compartan dicho juicio de valor. Los que se opongan a ella, caso muy aceptado igualmente, no tienen por qué otorgar a este artículo más que la consideración que se merece. Una opinión de alguien que se confunde.

Vuelvo a repetir que mi perspectiva quizá sea la errónea pero, al ser la mía, es la válida en mi contexto vital y me ayuda a explicar mucho referente ajeno. A mí, por supuesto. Si yo no entro a juzgar las percepciones de quienes me rodean, presupongo que tampoco se referencian como algo trascendental aquéllas que yo vierto.

Para mí, aun a riesgo de enquistarme la ética, de nuevo, o de parecer mojigata de ciencia y fe, hay profesiones que identifican al sujeto y sujetos que identifican a las profesiones. Es decir, la identificación laboral es síntoma inequívoco de la realidad personal de cada uno.

Un filólogo, obviamente, se evidencia en la juventud, dícese adolescencia. El excesivo amor a la Palabra deriva al individuo al estudio y defensa de la Palabra en sí misma. Un filólogo no juzga el entorno sino el clima semántico o sintáctico en el que se desarrolla. No viene a valorar contextos históricos, vertientes científicas, climas sociológicos o repercusiones a largo plazo. Vive por y para la salvaguarda de algo que considera único, exacto e inefable. En ese acto de creencia profunda se erige el filólogo como un héroe para mí.

No repercute en el discurrir de nadie.

Para mí es imprescindible desentrañar la esencia de cada persona, saber de su intención, principalmente, de su motivación, secundariamente y de su proyección de futuro, en última instancia.

Y aquí entra ya la perspectiva propia, enjuiciable por supuesto, de personas que me cuesta conocer sólo por la profesión que han escogido. Entiendo que es un prejuicio y, como tal, intento desdeñarlo.

Igual es cuestión de experiencia pero la conciencia mía recela de médicos, abogados y psicólogos.

El médico. Un especimen extraño. Combate las “maldades” que nos sacuden con analgésicos, antibióticos, antihistamínicos… Te cuestiona, te hace esperar, te dice lo que ya sabes y te manda a especialistas. Proclama a los cuatro vientos que ama al prójimo, que quiere ayudar al género humano y que es cuestión de vocación. ¡Já! 

¿O de prestigio?

El que busca la solución está becado, en un laboratorio y nadie sabe que existe siquiera.

Pasemos al abogado. Otro aborigen de lo inadecuado. El abogado vive del conflicto ajeno, se lucra con la desgracia y saca partido de la ruina. Sustrae, lleva o trae según interés y está obligado al secreto profesional. Secreto que, por otra parte, le da licencia al engaño, al embuste y a la ruindad. El abogado recaba información, la usa o la deshecha, según su arbitrio, y defiende un argumento no por lealtad ni por ideología sino por billetera. Increíble pero cierto. Defender una postura sólo por un puñado de billetes…

¿Influye en la arista de vida del individuo? ¿Influencia una decisión?

Y ahora el psicólogo. Este, no sé decirlo, “ente”, (me parece propio), del contexto humano, es de lo más gracioso.

Cobra por ser tu amigo. Su trabajo consiste en escucharte y decirte que tú eres especial (cosa que ya todos sabemos y te decimos) pero además lo hace de forma cientifica, adecuada, formalizada y demostrada con ejemplos práticos. Se rasca la barriga mientras tú estás abriendo tu alma, literalmente. Es un cotilla redomado, un marujón. Le encanta conocer el varapalo del otro. A todo le saca lo bueno (cuando hay algunas cosas que no tienen remedio), atribuye tu estado de ánimo a las estaciones o la baja autoestima, se regodea en aspectos que poco o nada tienen que ver con tu problema (problemas que, además, tenemos todos los que no visitamos a los terapeutas) y te convence, además, de que una terapia te hará sentir o pensar de otra manera. Por supuesto, por no generarse merma en el ingreso mensual , te dice siempre que aún estás fatal y necesitas terapia o tratamiento.

Je. Yo me río. Libros de auto-ayuda hay millones. Salen más baratos y no “enmierdan” la cabeza.

Lo más peculiar de un psicólogo es la manera de “sacarse de encima el problema”. Te remiten a un psiquiatra que te hincha, infla o atiborra de ansiolíticos. A discrección. Les da igual.

Para ellos tú eres lo mejor y el resto del mundo está muy equivocado. ¡Ojo!, cuando el resto del mundo acude al psicólogo, eres tú el o la que te confundes. Qué gracia. Sirven razón bajo manduca. Qué vergüenza…

Lo dicho…

El médico se parte de risa una vez que ha visto nuestros forúnculos. El abogado vive de nuestro conflicto. Y el psicólogo se hace héroe siendo el villano.

¡Viva el payaso, el camarero y el sastre!

Nos hacen reír, nos dan de comer… y nos visten.

VVRR

Artículos.

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6 comentarios to “El psicólogo: ese pseudo-amigo que te cobra por llorar.”


  1. Joder…(perdon por la expresion) nunca lo habia pensado de esta manera pero tienes mucha razon. Yo que siempre quiero ser tu amigo, que siempre te digo lo buena que eres… espero no me tomes por psicologo… jajaja. Un abrazo.
    el gladiador

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  2. Lía Says:

    Te faltó por poner una cosa.
    Sabes aquello de cuando vas al psicólogo y preguntas algo que tenga relación con el problema que te tienen que solucionar, y te dicen: “Todo esto es confidencial”.
    Hala, y a ver como te enteras tú luego para solucionar los problemas de tu trabajo.
    Desde luego no son santos de mi devoción. Sobre todo los psiques, como yo les llamo.
    He tenido con ellos mucha relación por mi trabajo y ninguno me solucionó nunca ningún problema.
    Ahora lo que no entiendo mucho es por qué pides tantas disculpas. Tú puedes libremente manifestar tu opinión, siempre y cuando aceptes la opinión que tienen los demás de tus trabajos.
    No sigo opinando de estas cosas porque te destruyo el espacio.
    Yo soy una persona como dice esta gente muy especial, como el resto de los mortales, y no los entiendo ni poco ni nada.
    Un besín

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    • VVRR Says:

      Jajajaja Lía…
      Pensé que mi opinión era minoritaria pero ya veo que no. Me disculpo porque entiendo que no todos tienen el mismo concepto y arreo el parche antes de que salga la llaga. No quiero herir a nadie ni hacer que se sienta ofendido algún “honorable”.
      Yo tampoco los entiendo.
      Un besazo grande.

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