Ya sólo en sueños me acechas.

5 septiembre, 2010

 

Eran las cuatro y media de la madrugada. Aunque no hacía calor, los veintitrés grados centígrados del barómetro daban fe de ello, se despertó bañada en sudor. Ese sudor que traspasa el tórax, inunda la curva de la espalda y hace sentir humedad en el cabello que bordea la nuca. Recordaba con exactitud inmediata e inquietante qué había ocurrido en el sueño.  Y quién había sido la causa del desasosiego.

Se levantó, encendió un cigarro, comprobó que sólo quedaban cuatro, pateó a su perrita sin darse cuenta y fue a lavarse la cara al cuarto de baño. El espejo le devolvió la imagen de quien había entrado en su sueño haciendo de su descanso una especie de alfilerazo de difícil c0stura o remiendo. Su perrita se le acercó buscando un tiento, un mimo pasajero. Ella se agachó y le acarició la cabeza. Le pidió perdón por el golpe. La perra agradeció el detalle y se fue tras ella.

La sed dominaba su boca así que decidió ir a la nevera. Encontró una botella de Aquarius y decidió llevarla al salón. La perra la seguía observando cada uno de sus movimientos. Ni siquiera estaba asombrada, conocía muy bien a su dueña y sus paseos nocturnos que duraban ya años.

Se asomó al dormitorio donde dormía quien amaba. Profundo sueño. Admiró unos minutos la silueta desgajada sobre la colcha y oyó el respirar suave y tranquilo de quien repara un cansancio. El flequillo tapaba su cara pero no mermaba la hermosura de una faz, en demasía, divinística.

Volvió a sentirse pequeña, inepta, inútil y pozo de ausencia. Poco o nada merecedora de tal premio.

Su perrita dudaba si subir a la cama o acompañar a su dueña en su desvelo. Tanto vió, olió e intuyó aquel ser durante tanto tiempo que corrió a acomodarse a los pies de ella cuando ésta tomó el ordenador para mandar un correo electrónico. Con mucha desgana y desilusión encontró el destinatario de su misiva: su hermano.

¿A quién sino contarle que aquélla había venido en sueños a amenazarla?

¿A quién decirle que la casa olía a madre, a padre, a ausencia y a desgracia?

Terminó de escribir su correo. Se arrepintió de enviarlo en el mismo momento en que presionó el botón de comando. Su perra se había dormido a sus pies. Acertó a acariciarle las orejas pero bastó para despertarla.

– Si mi perra pudiera hablar, ¿qué no contaría de mí? No tuve amiga más fiel ni más detallista ni más leal que esta pequeña peluda que no duerme si no duermo, no come si no como y no respira si no respiro.

Eran las cinco y media de la madrugada cuando volvió a la cama.Sintió un sincero y amoroso abrazo y se dejó al sueño y a esos brazos.

Pronto, aquélla, volvió a recordarle que existía. Y , aunque en el orden diario de la vida y la realidad ya la había avocado al exilio del recuerdo, ella, tan cómplice de dolor y tan asesina de desilusiones, volvía en sueños a envolverle las ganas de vivir con los lazos de la sangre.

Lazos que ella mató por un fin que  nunca pudo ser justificado.

VVRR.

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5 comentarios to “Ya sólo en sueños me acechas.”


  1. no vengo a matar ningun lazo,
    terriblemente bello tu relato,
    pues solo tengo un pero,
    pero el barometro no mide la presion atmosferica y no los grados?
    jeje Un abrazo.
    Una pequeña salvedad,
    nunca es inutil la enmienda,
    ni inepta quien la teje,
    que mejor premio que leerte,
    aunque no tape ese pozo de ausencia.

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  2. VVRR Says:

    Una pequeña salvedad,
    nunca es inutil la enmienda,
    ni inepta quien la teje,
    que mejor premio que leerte,
    aunque no tape ese pozo de ausencia.

    ¿Y si lo tapas?
    Qué gran amigo eres. Un besazo. Cómo me alegras el día con tus versos.

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  3. Es para mi un orgullo sin duda,
    aunque no tape ese pozo de ausencia,
    si pinto en tu cara una sonrisa,
    hay ausencias que nunca se olvidan,
    pero se recuerdan menos, si tienes alegria.

    Un abrazo

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  4. VVRR Says:

    Sí pintas la sonrisa.

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