El alambre de la ética.

4 agosto, 2010

Ser funambulista en la cuerda alambrada de la ética suele acarrear diatribas morales y desvaríos casi somáticos en multitud de ocasiones.

En los circos,(concibamos un micromundo esta carpa nómada de entretenimiento) los payasos hacen reír (en el peor de los casos se limitan a intentarlo), los domadores adiestran fieras asalvajadas y los trapecistas saltan de barra en barra intentando no caerse al suelo (o la malla). Con todo no arriesgan el principio ni el precepto. Van, elaborado previamente su guión, ejecutan su acción rutinaria y se vuelven entre aplausos a su caravana de viaje sin tiempo.

El funambulista, ése pseudo-héroe destinado a mantener el equilibrio, juega a la muerte en cada paseo a través del alambre. No puede perder la concentración ni la atención. No puede desviar los ojos del hilo de metal o, en su defecto, de un punto exacto que le sirve de referencia para su avance.

La Muerte viene servida en copa de oro en el momento en que se lanza al vacío intangible de hacer la pirueta de la permanencia sobre el cordel mínimo. El público enmudece, el silencio viene obligado por la presunción de peligro, y el resto de compañeros petrifican sus movimientos naturales para otorgar más suspense y riesgo a un hecho que, en sí mismo, es ya una premeditación de suicidio.

El circo, como cada marco social estructurado dentro de la realidad vital, no es más que una metáfora de la melodía de nuestro discurrir. Todos conocemos payasos, todos conocemos domadores. ¿Maestro de ceremonia? Alguno, alguno…

Y bien, ¿cuántos de ustedes son funambulistas? También he creído ver grandes equilibristas en mi andanza, particular a la vez que común. Como todas.

Bordear el hilo de la ética (o moral) sin intentar desviarse para no caer, puede ser el gran riesgo al que nos conduce el simple hecho de levantarnos cada mañana. Tus ojos siempre buscarán la referencia física o emocional a la que llegar pero la rigidez del alambre puede verse resquebrajada en muchos momentos.

Ahí entra en conflicto el “debo llegar a toda costa. Esperan que llegue” con el “llegar puede implicar hacerme daño o hacerlo a terceros”.

Entiéndase que no todas las personas tenemos el mismo arbitraje en el concepto de ley propia y fundamental con la que sostener nuestra escala de valores.

En mi caso, el alambre es rígido. Pero he tenido que sortear distracciones que hubieran hecho de mi maniobra un vaivén escandaloso.

He decidido que el espéctaculo no me agrada si esa escena repercute en mi honestidad. Esta circunstancia no hacía más que tambalear mi cuerpo en el aire.

Dejo el alambre intacto y me retiro de la actuación donde no llegué a entender un descuido moral si estaba justificado en argumentos poco preceptuales.

He decidido ser la mujer barbuda en el circo de la vida… Con suerte, algunos se reirán de mi tara. A otros, directamente, les provocará asco.

Pero el asco me es más honroso que la falta de ética.

Verónica Victoria Romero Reyes.
“Ella”. Derechos registrados.

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