Eclipse de lágrima.

3 agosto, 2010

El eclipse de lágrima acontece cuando tú no estás.

Cuando tus pasos, arrastrados en ocasiones por el cansancio que te aturde, no mecen mi despiste de golpe atareado.

 Sucede que la hora, en sesenta minutos desgajada, se me hace de un turbio prolongado casi enfermo de nostalgia.

Y sucede que, en el instante de soledad donde te pienso, toda materia es inútil a mis ojos y todo tacto queda desprendido de esencia sin ti.  Y empieza el desorden en la emoción, la suciedad de la transparencia y el sollozo de la lejanía incomprendida… El aturdimiento es tan grotesco que creo innecesaria la palabra.

Sucede que puedo comprender, y comprendo, que no amarré lazo a tu cuello para tenerte como sombra de mis vaivenes y, alguna noche, pude sentir que este momento llegaría.

Sucede que creí menor el daño a mi alma porque no entendí, hasta hoy, que realmente estar enamorada supone dejar el pulso en el reloj de otra vena. Y, ¡ay corazón! Saberme tan calada de tu amor me está disolviendo los motivos…

Sucede que, sabiendo que te amo, no concebí una distancia más que como un período de ausencia y ahí me equivoqué en forma y fondo. Porque, hoy, que no estás, el dolor es tan grande y tan oblicuo en sus destellos que me obliga al llanto callado de ausencia consentida. Hace tanto que no lloro que estas lágrimas me están provocando una urticaria. ¿Reacción alérgica? Ni lo sé. Poco importa deformar mi cara si  no tengo tus manos entre mis dedos…

¿Cortarte las alas? ¡Jamás! Antes desato la sinrazón de mi juicio y me entrego a necedades que no tienen futuro alguno. Antes renuncio al Edén de los Versos Eternos, a la esperanza y al rehacer de cada error.

Sucede sin ti que tu voz, a través del trasto limitado de un teléfono, no es más que el motivo para mi temblor, para mi locura y para el anhelo de tus labios en mi cuello. Sucede que te oigo y, sin motivos, te imagino en mis maneras conocidas y en mil preámbulos de historias que jamás me contaste. Pero que yo sé, en mi nítida cavilación de concerbirte eternidad.

Sucede que oirte sin reflejarme en tu pupila me produce más dolor que entrega y me lleva al terreno de la duda, de lo inmarcable en un recuerdo y lo perenne de saberse tránsito en un camino. Yo no soy más que el árbol que dará fresco a tu espalda durante el tiempo que tú estimes necesario. Luego avanzarás y yo, como raíz que soy, me quedaré esperando tu regreso. Quizá no vuelvas al cobijo de mis ramas infértiles pero yo, seca, mantendré erguida la copa para ti.

Sucede sin ti, y con tu voz, que recreo mil imágenes donde no he sido más que tuya, donde me diluyo, sin consistencia alguna, en recuerdos de algo que fue, que es y que hoy no tengo.  Y no tenerlo me desquicia hasta el punto de creerme medio y no fin, de descubrirme como un harapo entre las telas más finas y engalanadas.

Puede que en tu ausencia de días llegue a odiarte. En el mejor de los casos te odiaré. Con suerte, podré hacerlo.

Conociéndome, aún siendo el dilema en sí la misma condena, sé que te amaré aún más.

Pero está entrando la noche y no tengo más que la melodía estrecha del silencio más triste y la compañía sempiterna de la nostalgia más neurálgica.

Porque te extraño.

Y no sé si alguien te evocó alguna vez de la manera en que yo hoy lo hago. Sólo sé que, en una casa donde no soy presencia ni letargo de retrato, yo, esta noche, duermo sola, pensándote y reclamando a Dios, a ése en que quiero creer y nunca me deja, que te devuelva a mí.

Sé que vendrás a mi brazo en unas horas, en unos días… Pero cómo decirte que, en la madrugada, yo me hago viento para saberte en sueño. Y cómo decirte que yo quiero ser tu sueño.

Cómo te digo que no duermo si no sé de tu vertiente recostada a mi lado, cómo decirte que no hay distracción posible para mi divagar extravagante y anodino, cómo decirte que nunca un espacio tan pequeño se hizo tan grande a mis ojos…

Cómo te digo que el tiempo no existe y sólo tu imagen cubre mis ojos, cómo decirte que el alimento no encuentra cauce en mi garganta y no hay ruido que me despierte de la ensoñación donde acompaso el latido de mi pecho con el ritmo de tu aliento…

Cómo decirte que hoy, en eclipse de lágrima, he comprendido que amarte es, en sí, la condena más despiadada.

Cómo decirte que ésta que suscribe no concibe día sin tu piel como almohada…

Verónica Victoria Romero Reyes.

“Ella”. Derechos registrados.

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2 comentarios to “Eclipse de lágrima.”

  1. Maite Zambrano Says:

    Maravilloso tu”Eclipse de lagrima”,vivencial,fuerte,sencillo y muy sincero…realmente cala hondo y conmueve…gracias por compartirlo!

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  2. VVRR Says:

    Gracias a ti, Maite, por compartir tu tiempo conmigo. Muchos besicos,
    VVRR.

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