El pajarito.

17 julio, 2010

Llegó a trabajar a la hora acostumbrada, temprano. Los compañeros llegaban tarde, acometían sus tareas con abulia y entretenían las horas en actividades lúdicas a las que ella no quería someterse. No por falta de ánimo sino por ese estricto sentido del deber que, en algunas ocasiones, pensó enterrar en el pozo de lo indeseable.

Acompañaba sus tareas con una gran soledad. Al poco de estar allí había pedido un cambio de espacio porque sentía una menor productividad si el ruido de risas y los letargos del ocio injustificado la rondaban. Se la complació y tenía para ella sola toda una sala bien acondicionada donde podía sentirse libre. Algún día se le pidió cortésmente que volviera al habitáculo de actividad única. Ella rehúsaba el ofrecimiento y, literalmente, se hacía la tonta. Suponía que no podría evitar el nuevo cambio en las próximas semanas pero se consolaba pensando que tampoco pretendía quedarse mucho tiempo más. Se sentía, en cierto modo, estafada.

Si seguía yendo era, extrañamente, por satisfacer un principio de lealtad. Una lealtad que, pronto, se delató como no recíproca. “De todos modos, -pensaba-, así engaño la cabeza unas horas al día”.

Las mañanas eran iguales. Nunca había matices distintos. Cierto día, una compañera se sumó a su reclusión laboral. Ella la vió entrar por la puerta, le dirigió una sonrisa y siguió entre papeles. Aquella mujer, que le doblaba la edad, se sentó muy alejada. Abrió sus carpetas y se enfrascó en la comprensión de aquellos documentos.

Cada día la veía entrar, la saludaba y poco más. De vez en cuando veía en su mesa un vaso de agua, un café o un pastelillo. Se reía para sí. Miraba a la derecha y contemplaba el mutismo de aquella mujer tan lejana y cercana a la vez.

Entendió que algún día sería ella.

Al poco dejó un libro de poemas sobre la mesa de aquella mujer y salió a hablar con una supervisora. Cuando llegó de nuevo, encontró a su compañera de silencio llorando. No dijo nada. Se dejó abrazar.

Y en aquel abrazo encontró una nueva razón.

Hoy es sábado. Tiene el día libre. Mira un pajarito que camina torpemente por el salón. Y no puede dejar de pensar que tiene que salvarle la vida a esa cría fea y despeluchada que no sabe volar.

Porque, aquella mujer que lloró con sus versos, le cedió el cuidado de un latido que estaba destinado a extinguirse.

Y es justa prenda devolverle el calor de aquel abrazo.

Verónica Victoria Romero Reyes.

“Ella”. Derechos registrados.

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