Termina tu tiempo.

10 julio, 2010

El tiempo del descuido que impusiste
termina, y me termina, en la víspera de ley humana.
Ley divina ya no exime, ya no justifica
y tampoco atenúa el dolo de tu lanzada.

Ojos vieron y no eran míos, en tu ambición,
turbia de palabra y atorada en su bajada,
un deshonesto juicio, un deshonrado arbitrio
en el epigrama de tu extraña, ignominiosa, razón.

Qué ceguera te procuró la locura…
Con la vista íntegra, nunca viste.
Pero amo como hermana: con corazón.

Termina el llanto del varón heredero,
terminan los callos de las palmas,
los sudores arrastrados y el insomnio,
termina el sollozo de un niño-hombre escudero.

Termina el rezo nocturno,
la ansiedad vespertina
y el miedo varado en el caminar diurno.

Termina la amenaza, el desorden,
el saludo escondido de una mano
que nunca quiso ofrecerse y fue bofetada,
termina tu tiempo de injuria, tu lengua profanada.

Que, con disfraz infantil sin acorde,
pretendió ser yugo, que no lazo,
que no amor ni odio, que no hermano.
¡Avaricia sin argumento, inusitada!

¿Esconderse?

No reniego de mi trasiego
ni obvio lo nimio en mi jardín.
Tengo rosas, sólo un cardo
y eres tú el rastrojo en mi jazmín.

Mi llanto nunca señor y sí labriego
de las eras que quemaste para mí.

Tengo dedos fuertes y, si quiero, siego.
Tengo piernas robustas. Vena de colibrí.
Nunca mi silencio fue miedo ni fue ciego.
Mutismo tuve porque él pidió mi ralentí.

La fatiga no es el arnés que me sostiene.
El cansancio nunca dobla una noche en mí.
Tú crees que más vale quien más tiene
y yo sostengo que mina de oro es poder sonreír.

Yo callé y di tiempo a quien tiempo pidió
aun consciente del repudio insolente
que daría fin ajustado a tanta rumiación.
¿Quién escuchó, alguna vez, tu grito estridente?
¿Alguien tarareó el desafinamiento de tu canción?

Tuve que rasgar el cariño de mis ojos
por no ver que abrasabas el nombre inmaculado
de quien, un día, años hace, entre matojos,
concibió mi carne con vínculo enamorado.

El sable tuyo, sin engarce de oro, se dirigió
al epicentro, ya dolido, de una ausente sin retorno,
de una lágrima que, sin aviso, deja mi iris velado.
Y calmada, en tu exilio, cuenta sin pago diste al dolor.

¿Tú no supiste que la vasija en barro de mi alma
había sido modelada en lo sagrado de su torno?

¿No creíste nunca que mis ojos tan cansados
eran el agua vapuleada, viva, que Ella vertió
a solas, en ríos, triste y vacía, abandonada,
cuando tú usurpaste, sin llegar, esa posición?

No sació tu gula insatisfecha
verme privada de lazo materno
ni fue condena condescendiente
abandonar la sangre estrecha
de quien, en ti, sembró simiente.

Y dime, ¿Nunca para ti fue suficiente
robarme con adulación y falsa cortesía
el alma, de su carne un fiel relente,
para azuzarme penas con alevosía?

¿Cómo tú, tan sucia de espíritu,
envilecida en el tintineo de la plata,
vienes ahora a hurtar, con avaricia,
la fragancia, que vivifica y nunca mata,
el jardín donde se atraca el alma mía?

Por mi mano, tan ausente en matiz
de esencias que anclaron sus veleros
en los puertos de mi sangre en desliz,
juro a la Vida, tahúr tramposa, en un suspiro,
que no he ser epitafio antes de verlo feliz.

Y si tocas alguna cuerda de ese arpa,
para hacer de nuestra sangre tu arca,
juro al Cielo que me procura abrigo
y desnudez cuando elevo el canto,
que, en tu frente, clavaré escarlata marca
para elevarte vital cadalso de llanto.

Y si los años no me alcanzaran
para saber de tu suerte de ladrona,
encomiendo el alma al Infierno
para ajustar el tiempo y las cuerdas
en la plena justicia de lo eterno.

Yo he de encontrarte en el inconcluso punto
donde mi dolor sea ecuánime denuncia
a tanta puntilla tuya de descabello
que tú atizaste, con mal, en mi renuncia.

No son ausencias para mí tus botines.
No son suplicios tus latigazos de ausencia.

Inmortales en auroras a tus víctimas hiciste.
Eternos en memoria, intocables en gloria.
Todos los retablos de adoración, sin querer, esculpiste.

¿Supiste ya del rezo de él por el abrazo de ella?
¿Supiste ya que la comida nunca fue alimento
y que sólo nos dábamos, con poca fuerza,
en vaivenes, en ecos y a destiempo,
la fuerza en cariños como único sustento?
¿Supiste ya que, abandonando el aliento
fue el aroma de ella, el aire de aquella casa,
de aquellas horas llenas de nube de morfina?
¿Supiste de su arrepentimiento, su hielo y brasa,
y de tantas veces que a Ella perdón le pidió?
¿Supiste de aquellos brazos, poso de vaso y su asa,
que apresaban a la vida su carne en prisión?

¿Viste las partidas, las noches de agujas,
los días de ayuno, los varapalos de la fiebre,
las madrugadas de espera sintiendo que la muerte
lo llevaba a terrenos desconocidos y temidos?

¿Viste, acaso, en tu ignorancia de peso fuerte,
que sólo la victoria, en dos jinetes sin montura,
dejaba su vida y en su tragedia lo acompañaba?

¿Sentiste tú, alguna vez, la terrible fisura
de dejar partir a quien el aire al gaznate anclaba
y no se rendía ante el forcejeo de la Muerte?

Qué poco sabes de honor y valentía.
Qué poco conoces de renunciar a lo vital
por procurar un sólo instante de alegría…

Que Dios te guarde y vele tu paso, verduga,
que el Cielo, tus deseos, colme de bendiciones,
que la Luz no ciegue el reflejo de la penumbra
y que la oscuridad no apague lo futil de tus dones.

Déjanos andar, ya huérfanos y cojos, tan tuertos
que no sabemos contemplar el paso nuevo.
No tenemos ya refugios de sangre, ciertos,
no tenemos calor en verano, otoño ni invierno,
no tenemos arrullos, ni consejos, tampoco aquellos besos.

Deja que ese ritmo sea mi latido.
Deja que ese sopor sea mi sueño.
Déjame la presencia de su sentido,
su abrazo y su voz. Déjame su empeño.

Déjame el alma, intacta en sus taras sin remedio.
Déjame lunas para llorar, déjame fruncido el ceño,
déjame un canto limpio con ilusión, sin tedio,
déjame una tarde de melancolía, de hastío,
un verso naciente, puro, en un poema final.

Déjame ser una más, anónima, entre un gentío.

Deja que sea yo quien aguarde, con ilusión,
el reencuentro de aquel son con el ritmo mío.

Verónica Victoria Romero Reyes.
La agonía tuya.
Derechos registrados.

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