La máscara en jaque.

4 julio, 2010

El silencio se hizo reverencia y algunas rodillas llegaron a hincarse en la fría piedra.
Ahí estaba, devastada por siglos de abandono y traslados, quebrada por vaivenes que pretendían su exilio y recubierta con el manto del miedo.

Muchos acometieron su búsqueda y pocos fueron quienes consiguieron llevarla a su rostro. Perecieron al conocer de sus cualidades. La incógnita era saber, a ciencia cierta, qué poder sobrehumano poseía ese pedazo de artesanía que llevaba a los seres humanos a perecer sin faz. Perdían la cara.

Documentaciones muy pocas y en exceso contradictorias. La tradición oral se había extendido lentamente, en círculos reducidos, haciendo de su existencia un dudoso campo de realidad exacta. Nadie podía dar, entre quienes conocían de su tránsito histórico, fecha posible de su creación. Algunos arqueólogos la situaban entre las reliquias del cristianismo. Los historiadores le conferían más la atribución propia de un castigo de dioses ambivalentes del período clásico. Hay quienes, escépticos, desdeñaban cualquier argumento que sobrepasara la dimensión reducida de lo empírico.

La única prueba física de su existencia se encontraba en un poema inédito de quien, se suponía, podía ser Gonzalo de Berceo. Una cuadernavía corta y concisa, que nunca llegó a atribuirse a tal autor. Sin embargo, la forma en la que estaba estructurada respondía con exactitud al canon tradicional del mester de clerecía. Un texto culto, latino, con el tetrástrofo monorrimo en versos alejandrinos de catorce sílabas. Aquella estructura esticomítica, que obedecía a una métrica sintagmática no tenía, ni podía tener, otro tipo de interpretación. Mateo era consciente de esta relación.

Nació en una familia muy poco convencional. Su padre, enamorado de las Letras, inculcó en él, desde infante, la devoción por los clásicos y fomentó una voracidad fascinante en su afán de lectura como medio para conocer el alma humana. Su madre, foso de cariño y espiritualidad, alimentó su necesidad de dar respuestas a todo aquello que le provocara una duda. Le habló de la fe, de lo humano y lo sobrehumando y de cómo pueden existir realidades que no alcanzan a verse con los ojos de la cara.
Tan silenciosa ella en ademanes evidentes, le hizo comprender a edades tempranas que los vínculos irreales, aquellos a los que no se les puede forma física, son los únicos perdurables en el tiempo.

Así se construyó a Mateo. Un ser inquieto intelectualmente que pretendía, desde niño, dar forma física, o acercarse, a las aristas de lo estrictamente etéreo.

A la edad de trece años, de manera casual, creyó ver en unas líneas de un facsímil de Ruben Darío (un inédito que, perfectamente, podía responder a la primera versión de su poema “A maestre Gonzalo de Berceo”) la referencia única que le haría plantearse la existencia de la máscara. Lo que él consideró un primer esbozo de soneto sirvió de punto de partida para la búsqueda. Así encontró en el poeta libanés Khalil Gibrán, argumento suficiente para acometer la búsqueda de la máscara.

Toda su información veraz, durante años, se redujo a la comprensión del relato del libanés:

<<Me preguntáis cómo me volví loco. Así sucedió.

Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras. Sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas. Corrí sin máscaras por las calles atestadas de gente, gritando:

-¡Ladrones, ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí y, al verme, varias personas llenas de espanto corrieron a refugiarse en sus casas. Y, cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa me señaló gritando:

-¡Miren: es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién era y, por primera vez, el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se inflamó de amor hacia su luz, y ya no quise tener más máscaras. Y, como si fuera presa de un trance, grité:

-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis siete máscaras!…
Así fue como me convertí en un loco. Y en mi locura he hallado la libertad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero una cosa os pido: No dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad, porque ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón>>.

Sabía que la mención del número siete no era más que la atribución bíblica del mismo cardinal. Conoció pronto que se trataba de una única máscara a la que se le confería el carácter sagrado de un milagro. El hecho de que Berceo la mencionara le hizo suponer su carácter divino y único, cristiano. Él era clérigo. no hubiera referenciado el pedazo de artesanía sin no le hubiera otorgado algún sentido creyente. El robo que referenciaba Gibrán era la metáfora del traslado excesivo de unas manos a otras. Y la liberación por no tenerla revelaba que la posesión de la máscara podía esclavizar algún cordaje humano.

Toda la hilvanación llevó a Mateo a la búsqueda de la pieza.

Fueron largos y tediosos lustros. Sus padres creyeron que perseguía una ficción, que la cordura se había marchado de su hijo. Aun así, hicieron todo lo posible por apoyar su sueño. Entendieron que la duda corroía el espíritu de su varón unigénito y que sólo la paz de creer clarificado un misterio podría calmar la sed ansiosa de su vástago.

A menudo Mateo encontraba otras referencias en grandes autores y cambiaba el rumbo.

Contaba cincuenta y cuatro años cuando a sus ojos llegó la pista definitiva. Un poema de Paul Vàlery fechado cuando el autor se empleaba como administrador en el centro universitario de Niza, antes de ser expulsado cuando se rehusó a colaborar tras la ocupación alemana.

En un año alcanzó la cima. Era un 12 de Julio. Ante él, la máscara. Detrás, a sus espaldas, el séquito, ya minado por los años y la muerte, de aquellos discípulos incondicionales que hicieron de ese periplo, su vida. Fieles durante décadas. Sólo la muerte le hizo prescindir de alguno de sus colaboradores. Ninguno, por voluntad propia, se alejó de Mateo.

Y ahora, izando la máscara, sintió el envés traicionero de la solución inminente.

– Maestro, no se la lleve a la cara… Ninguno sobrevivió.
– ¿Para qué vine, entonces?
– Ya la tiene. No fue locura lo que usted logró ver en su existencia.
– No sabemos por qué perecen bajo ella…
– Usted lo conocerá y no podrá decirlo. La búsqueda habrá sido vana. ¿Qué haremos con ella?
– No sé… Pero necesito saber cuál es la fuerza o el conocimiento que hace que el corázón de las personas deje de latir. Tengo qué saber qué es tan grande y golpeador, tan sutil en apariencia y tan brusco en la esencia que dobla el juicio humano y roba en un segundo, su alma.

Con suma elegancia, abrazó a sus compañeros. Los besó. Escribió en su diario. Se sentó.
Fumó su último cigarro.

Al elevar la máscara a su rostro sintió una liberación. Conforme la acoplaba a su rostro y, mientras sentía como partía su aliento, se le mostraba aquello que durante años persiguió y a la que, hoy, daba nombre: La Verdad.
Intentó hablar para dejar testimonio de lo hallado. Su boca estaba sellada.

La Verdad le habló:

– “Yo te dejo sin vista porque jamás viste”. Notó cómo desaparecían sus ojos.
– “Me llevo tus oídos porque jamás oíste”. Se esfumaron sus orejas.
– “Nunca te sirvió el olfato porque jamás me oliste”. Adiós a la nariz.
– “Y tu boca, nunca dijo más que tu verdad que, aún cierta, siempre fue una mentira”.

La Única vino. Para llevárselo.

Verónica Victoria romero reyes.
La máscara en jaque.
Derechos registrados.

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