Son cuatro.

12 junio, 2010

 “Jugar al fin del mundo con una paleta armada de sólo cuatro colores y que el resultado sea la creación después del apocalipsis: si el mundo que es genércico acaba, la experiencia personal que es individualísima empieza… esa es la magia que encuentro en este texto bello y preciso”.

(Fernando Ximello, 2010).

 

Son cuatro. Cábala maldita. Sentenciosa. Anunciada.
Son cuarteto los jinetes, los apocalípticos caballeros
que surgen bajo la apertura predicha y vaticinada
de los cuatro bíblicos y temidos sellos primeros.

Dice la exégesis que son figura última, nunca suerte,
de la mística hecatombe humana de cuatro retóricas:
la victoria, la guerra, el hambre y la muerte.

De porte señorial y trote notorio son cuatro corceles
que ensombrecen el campo y oscurecen el firmamento;
valientes en el combate, en la ventajosa batalla, ¡crueles!,
portadores del estigma de la lágrima y el tormento.

Blanco como el folio virgen. ¡Escriben papeles!
Rojo como la lacra derretida. ¡Sellan documento!
Negro como la tinta primigenia. ¡Manchan los dinteles!
Amarillo como el pergamino inédito. ¡Manuscriben sin ornamento!

El Caballo Blanco, cabalgado por el jinete de la enfermedad,
que porta el arco en declive sin paz, mina el corazón, lo deja inerte,
que recibe la corona, reina sin ser soberano, montura para vencer,
abismo de la carne caduca, yerro en el misterio de inmortalidad,
agrede el alma enjuta en su raidumbre humana con mazo fuerte.

El Caballo Rojo, eficazmente montado por la guerra.
“Que se degollen unos a otros, démosle una gran espada”.
Ocupa el corazón, envilece el juicio, llena la boca de tierra,
devora la gana con ansia desmedida, emite voz sesgada,
intoxica, conspira, destruye y deja odio en la saliva aferrada.

El Caballo Negro. Dirigido por el hambre. Necesidad no cubierta.
¿Cómo porta este jinete una balanza si la actuación no es ecuánime jamás
y sí una tasa exagerada para un apremio humano de persiana diaria abierta?
Das dos, pago uno. Equilibrio en los platillos. Para ti, carencia. No te saciarás.

El Caballo Amarillo. Jinete la Muerte. Con potestad. La voluntad tuerta.
Legítimo cabalga sobre la cuarta parte de la tierra. Mata con espada,
con hambre, con enfermedad y con las fieras de la tierra y el cosmos en cubierta.

Cuatro hoy, enlutadas las vestiduras de los corceles anunciados
ante el eclipse de quien venció el designio con voracidad viva
de elegía eterna, eternizada, de canto libre, liberado, de versos sanos, sanados.
No espolea el jinete la cabalgadura si es tu nombre el hilo de mi heráldica.

Vino tan rojo, enmascarado, con atuendos sibilinos, acechando la esquina,
quiso cubrir de batalla el brío de tu transparencia de vida sin mácula, intachable.
No batirte en duelo con la guerra te hizo leyenda. A todo ojo, en toda marquesina.
Devolver beso de silencio a varapalo continuo hizo tu senda imborrable.

Llegó amarillo cuando la pena enfermaba el aplomo de tus rodillas menudas,
aprovechó la primera cana para envejecerte de plata el cabello, sin aviso,
con premura, sorpresa, a contratiempo, con alevosía y palmadas rudas.
De tajo magno tuvo que doblegar tu espíritu de verso de vida preciso.

Con emisario, jamelgo blanco ante el semental de tu sendero,
abrió zanjas que cubriste con sonrisas, disimulando dolores,
esperó paciente la derrota de tu leal cimbreo guerrero
y arrimó las huestes nívea y carmesí a tu paso de brillantes colores.

Tuvo que arrancar tus dedos de la piel de quien abrazaba tu cadera,
-tu carne perpetuada apresó tu alma a tu hueso hasta que fallaron sus fuerzas-,
para sentar tu historia de gloria discreta en pálida silla de viaje postrero
pero no evitó que dirigieras tú el galope de esa última carrera.

Tan señora, tan madre y tan mujer que cedió la brida a tu agrado.
¿Cuándo la Parca consensuó una partida tan noble con una mortal
si ésta no venía garabateada como boceto de un óleo divino y sagrado?

Y la ausencia vino negra. Muy negra. Más negra que impaciente.
El hambre. La necesidad que engatusa, que obnubila, que espera
el instante de saciedad para volver a generar la debilidad patente.
Hambre de voz, de silueta, de respiración, de latido, de sombra,
de aplauso y juicio, de consejo, regaño, abrazo, amor eterno y silente.

Ya pasaron los cuatro jinetes por estas tierras
y dejaron estelas de sus colores en mis venas.

De los cuatro he tomado una prenda, un jirón de tela,
para limpiar el blanco de tu memoria,
para secar el rojo de mi sangre,
para maquillar el amarillo de mi tez
y disimular la negrura de mi noche sin ti.

Donde dejaron valles de escombro y escoria,
esparciste las rosas perfumadas de la victoria.

Pero yo no veo, no atiendo ni siento.
No respiro aromas ni degusto sabores.
¿Sabes que tu falta es diario lamento?

Y aunque no las puedo ver, no las puedo oler,
ni sentir ni halagar ni valorar, ni mirar
y no engalanan la solapa de mi lucero,
sé que están aquí, sé que vendrás a mí.

Y por eso, madre, yo te espero.

V. Victoria R. Reyes. Derechos Registrados.
15.06.2010.

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