El supermercado. Cómo se enfrenta ese momento.

29 mayo, 2010

Decía Carlos I aquello de “La moderación es siempre la táctica preferible”.

Esta premisa puede ayudarnos a resolver el conflicto que para algunos supone entrar en un gran hipermercado para abastecer nuestro hogar de suministros variopintos que van desde la alimentación hasta artículos tan ridículos como las pilas. (Algo que siempre se usa y siempre falta. De ahí la ridiculez: el contrasentido). 

Para algunos, me incluyo en el saco de los afortunados o desgraciados (según se mire), el momento de abastecer el domicilio de forma ingente (suele pasar una vez al mes para efectuar la “compra grande”) se convierte en el propio Infierno.  Supone un gasto innecesario de energía mover de la balda al carro, del carro a la cinta, de la cinta a la bolsa, de la bolsa al carro, ¡ahora tenemos bolsas!, las bolsas en el carro tienen que salir al maletero (en el mejor de los casos), del maletero a las manos, de las manos a las encimeras, en las encimeras volvemos a sacar los artículos, plegamos las bolsas, de las encimeras a las alacenas, a la nevera, al congelador, al baño, al salón, a los dormitorios…

 Terminas luxada en el mejor de los casos. En este gasto de energía podemos incluir la empuñada del carro a través de los pasillos y los acarreamientos de leche, zumo y “cositas pesadas” de las estanterías al carro que, no se sabe por qué, nunca o casi nunca se queda donde tú lo dejaste para tal avío.

Luego viene el gasto de tiempo. Si eres enemiga de grandes superficies este tema es fácil de zanjar. Lo simplificas así. Coges el carrito, lo vas embistiendo a velocidades extremas por los pasillos evitando choques que puedan suponer un riesgo, no miras nada de lo que hay, vas a lo tuyo y terminas en cinco minutos, resoplando, con el carro hecho y en la caja. Ahora viene el dilema: hacer la compra con alguien a quien “le gusta hacer la compra”.  Es algo comparable a un marido yendo de compras con su esposa. Este señor se aburre, sufre, mira el reloj, está sediento, no entiende por qué si te gusta la azul te estás probando una verde, no sabe por qué le preguntas cuál le gusta más, da igual, mujer, coge el que quieras. “Me gusta todo”, dice.

Peor es el supermercado.

El paseíllo triunfal por cada departamento es eterno a tus ojos. Empalideces cada vez que hay mucha variedad en un artículo y piensas: “Dios mío, aquí empieza el calvario”. Y sí. Empieza.

– Los yogures. No he contado las variedades pero el espacio que ocupan me da jaqueca. Sola, coges los que compras siempre o los que en ese momento te llaman más la atención por el color, la forma o la distribución dentro de su espacio. En compañía la cosa cambia. “¿Y éstos?”. “Vale”. “Anda, mira éstos”. “Vale, pues ésos”. “¿No te gustarán más éstos?”. “¡Que me gustan todos, coño, que me quiero ir y me queda por hacer la verdura!”. Quede constancia de que he simplificado esta conversación. Frecuentemente viene ampliada por la enumeración de todos los sabores, los tamaños, la oferta (¿Para qué narices te llevas treinta y seis yogures si sólo te da tiempo a comerte seis antes del vencimiento? ¿Dónde está la oferta?), y la estupenda cuestión de “¿Y si nos llevamos los que activan el tránsito?”.

Como, generalmente, estas superficies están llenas de gente, todo el que pasea buscando los lácteos se entera de tu problema de estreñimiento… (Lo más curioso de todo es que sonríen cuando te miran,  pero observas que cogen el mismo Bífidus).

– Los detergentes y suavizantes. El problema en este apartado, que se extiende a todo el sistema de limpieza, es la novedad. Siempre, repito, siempre, hay artículos nuevos. Tú, adversario de la compra minuciosa, oteas la batalla de lejos e intentas obviar el pasillo disimuladamente. Pero no, pronto oyes eso de: “Uhh, un nuevo olor en el suavizante. ¡Vamos a olerlo!”. Pero, ¿qué necesidad tengo yo de oler suavizantes si llevo años usando el mismo? No quiero dejarme la pituitaria en esa tarea tan negligente… Y para consternación de tí mismo te sorprendes metiéndote el perfume en la nariz y diciendo “Oh, sí, éste, éste, qué bien huele”.

Este epígrafe engloba el papel higiénico, (tres capas, dos capas con broceador, de aloe y bálsamo de maíz, de rosas de la mañana de Alcorcón, de bouquet profundo de tulipanes de Holanda, con sabor a pestiño y a churro tradicional, multicolores, triple acción – como el dentífrico y lo puedo entender, aquí no-, suaves y extrasuaves y de corta y larga duración). No voy a decir nada más a este respecto. Pero chistes tiene, como mínimo, setenta veces setenta.  

En este título de gasto de tiempo incluimos las conservas, la verdura (mirar botanas, palpar melones, escudriñar la bolsa de patatas…), los congelados (“Dios mío, el 3×2”), y los artículos de centro, generalmente “bicocas a las que nadie se puede resistir”.

En tercer lugar, el terrible gasto de paciencia. Sortear carritos, aguantar colas, dirimir productos y departir sobre unos u otros terminan dejándote exhausto a la hora del pago. Allí, además, terminas por tirar al carro, literalmente, lo que, hasta el monmento, habías ordenado con cuidado de no romper o aplastar. Todo esto es consecuencia directa de la hora y media que has tardado en hacer una compra que tú, solo o sola, generalmente, haces en quince minutos.

Ya el cansancio te está dominando y la sed y el hambre han parecido. Terminas de pagar y decides, llevas el carro lleno, que te vas a comer una patata frita, cómo no. ¡Poca recompensa es para tanto esfuerzo!

Y ahora, por último, la terrible pérdida de dignidad. Cuando vas solo o sola coges lo que quieres, sin miramiento. Vas a hacer uso tú. Pues te da igual obviamente que se descubra tu gusto por las “tonterías alimenticias”. Léase aquí ganchitos, fideos chinos, chocolates, pizzas de espárragos, nocillas, pipas, quicos, patatas fritas, precocinados rápidos, envasados a granel… Ains, te has acostumbrado tanto a vivir sin compañía que te das cuenta en ese momento de que tu alimentación se reducía a lo más rápido y lo más decadente de la estructura piramidal alimenticia.  Y te dices: “Bueno, pues como ya estamos en compaña, cambiamos el hábito de nuevo”. Pero, no. Resulta que descubriste esos productos y ya te ves incapaz de renunciar a ellos. Y, casi de manera autómata, los aventas dentro del carro. Te giras y observas una carita que sonríe y te dices para ti mismo que es mejor no echar nada más. Pero terminas asombrándote de que sigues incluyendo el hábito en el carro ante la sonrisa de tu compañero o compañera de compra que, en el mejor de los casos, es quien vive contigo y comprendes, en ese momento, que sonríe porque le invade la ternura… Y, a lo mejor, esa persona no sabe que a ti te está pasando lo mismo…

Nos encontramos ante cuatro atrofias cuando realizamos la compra con alguien. La de energía, la de tiempo, la de paciencia y la de dignidad.

Y lo más sorprendente de todo es que, al terminar la gesta, resulta que, con esa compañía, la compra se te ha hecho un capítulo de tu vida difícil de olvidar no por la pesadilla que supuso, sino porque acabas de descubrir que, hacer la compra así, ya no es tan tormentoso como te parecía cuando estabas solo.

Y te sonríes. Porque además, has disfrutado como un bichito en un charco.

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Una respuesta to “El supermercado. Cómo se enfrenta ese momento.”

  1. Zipi Says:

    yo de momento gracias a Dios solo me preocuparé de comprar tabaco

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