Tiene su boca aquel recuerdo.

25 mayo, 2010

 

A una gran amiga, mejor persona y excelente espíritu.

Tiene la boca su recuerdo y en tus labios, que silencian la obviedad más dañina, no se puede obviar, ni olvidar, ni negar, que tiene tu corazón un nombre que no es el que coreas cada mañana. Puedes aferrarte a la pesadilla de lo perdido y enfermar tu cuerpo en la clavícula enamorada de otro canto. Pero no te engañes atusando con sus ganas de ti, el anhelo que tú tienes de otros labios. No busques en esa mirada embelesada el color tardío y extraño que encontraste en aquellos ojos infantiles, tan llenos de ti y de la armonía que ofreciste. Si se alejaron, no fue tu senda la que se extravió.

No engañes la mañana con patinazos de desayuno en la cama ni besos en las sienes que nunca fueron para quien los diste. Llevas ese nombre en la frente. Y en tus labios no se reza más que un único verso. 

No hay férula capaz de enderezar el esguince de alma que padeces.

No hay yeso atolondrado y perspicaz que cure esa fractura.

No hay libro sin su prólogo. No hay cometa sin su estela.  

Amas, sin mesura, en deslices de carne y alma.

Buscas, inútilmente, quien consagre un pan y un vino que tú consagraste en otro cáliz.

¿Y quién te dice que es deslealtad amar un sueño, idolatrar un recuerdo y aferrarse a un veredicto que te delata culpable?

Si eres culpable, eres amante. Si eres amante, amas. ¿Y el amor se tasa? ¿El amor se pesa? ¿El amor se juzga? 

¿Y qué fuerza encausa el latido de un pecho, la lágrima de nostalgia, vertida y no calmada, y el deseo de una voz que es el eco de tus rezos, la plegaria en tus mañanas y el oremus de tu constancia?

Tú, que hiciste vino esa sangre, ¿confieres deslealtad a tu destierro de amor?

¿Eres serenata y no canción? ¿Eres verso libre o lira medida?

Qué grande amar sin sentirse correspondido, qué grande, en valía y coraje, reconocerse la llaga y, lejos de negarla, hacerla visible a quienes amas.

Qué grande saberse pequeña, saberse poro de una piel que no necesita más que el recuerdo amable de otra piel sumergida en un vapor de añoranza.

Tú, tan rota en esencia, portas la medalla de más alta distinción.

Porque tú, ser que siente, que padece y que lucha contra sí mismo, sigues caminando.

Y eres grande, entre grandes. Y, por eso, y ante todos, tú brillas más que ninguno.

Porque amando, callas.

Y callando, amas.

Verónica Victoria Romero Reyes. “Amando callas”.

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