La vida tarde.

20 mayo, 2010

 

La vida, en su tonto salto sin razones, viene a decirnos con bocinazos destemplados que perdemos el tiempo en multitud de ocasiones.  Y aunque te sorprende con perfumadas magnolias algún día, siempre un gozo puede acabar en llanto o en melancolía. El ser humano se afana en la búsqueda de sueños y, cuando éstos llegan, alguna ausencia empaña esa realización.

Hoy hablo por mi boca, -nunca mi pudor me permitió hablar en labios de nadie- y me siento parte de un engranaje malévolo que da, cuando ya todo es mínimo.

He pasado gran parte de mi vida persiguiendo un sueño. Siempre el mismo. Siempre ví la misma estrella con los ojos cerrados. Me afanaba y me afanaba. Cada día. Cada noche. Nunca me pude perdonar no darlo todo. Garabateaba sin estilo alguno pero lo hacía. Luego descubrí que la perfección estaba en los clásicos. Imploraba libros. Pedía libros. Mis amigas jugaban el el recreo. Yo escribía cuartetos. Alguna se rió de mí en alguna ocasión. Yo medía sílabas con los dedos. Me acercaba a la Literatura y su entendimiento. Comía métrica.

Enseguida entendí que un libro podía ser mi mejor amigo. Los encontraba siempre a mano y no hacían preguntas. No pude entender el amor sin Garcilaso ni pude comprender un duelo sin Manrique. A todo podía darle respuesta con algún autor. Y crecí de una manera muy propia. Con un estilo amargo pero conciliador conmigo misma. Tuve grandes amigos y mejores maestros. Juan Ramón Jiménez alumbró muchas de mis noches.

Recuerdo, hoy, que he firmado un contrato editorial, que siempre hubo una persona que me miraba escribir a oscuras, llegaba a mí, me encendía la luz, me dejaba un beso en la frente y se marchaba. Silenciosa. Recuerdo también a un hombre que me llevó con todas mis libretas sucias y emborronadas al registro de la Propiedad Intelectual cuando tenía 17 años. Recuerdo que esa mujer repetía incansablemente que escribiera. Recuerdo que confiaba en mí. Recuerdo que me dijo: “No importa lo que digan. Tú escribe”.

Recuerdo que me dijo más de mil veces: “Yo creo en ti”.  

Recuerdo que mi hermano sólo dejaba de enrabiarme si entraba en mi dormitorio y me veía escribiendo.  Recuerdo que siempre cuidó mis facsímiles como si fueran oro, recuerdo que se dejó la entraña por dar forma a mis esperanzas.

Y hoy, cuando ese día ha llegado, cuando entiendo que veinte años no han sido en vano, me falta.

Y me falta de una manera abrumadora. Devastadora.

El primer pensamiento fue para ella. Mi rúbrica fue para ella.

Y hoy hubiera dado la vida misma, lo que tengo, lo que soy y toda mi alma entera porque mi madre me hubiera visto firmar ese contrato editorial. Creo que ver sus ojos verdes de transparencia cristalina hubiera sido el remache perfecto a veinte años de trabajo y espera.

Porque, aunque pase la vida, tonta, y tarde, ella está en mi. Y todo se lo debo a ella. 

Y tarde, muy tarde, yo he cumplido mi promesa.

Verónica Victoria Romero Reyes.

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2 comentarios to “La vida tarde.”


  1. solo decirte que … todos los que te leemos mas o menos asiduamente, creemos en ti.

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  2. VVRR Says:

    Lo sé Gladiador. Por eso este contrato es de muchos, lleva la fe de muchos, lleva la lectura de muchos. Y porque lo he conseguido, gracias a muchos. Yo también creo en ti.

    Me gusta


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