Saberse juguete.

9 mayo, 2010

Juguete es un vocablo ambiguo. Abierto a equivocaciones. Polisémico. Cargado de connotaciones según su contexto.

Y niño/a viene a ser otro término empleado con frecuencia con cargas semánticas muy variadas según circunstancias.

Y ahora, unamos las dos referencias textuales en un único margen: “juguete – niño/a”.

La subjetividad es al hecho en sí, lo mismo que el vapor al pescado. Una carga más o menos ligera puede cocinarlo, pasarlo, secarlo o incluso reducirlo. Pero el filtro existe indudablemente.

Cada uno aporta al hecho, sin tener conciencia de ello, una porción de subjetividad propia que dota al acontecimiento de una perspectiva única e irrepetible. Esta realidad viene deducida por la experiencia de cada cual. El temperamento, entendido como genética y empirismo puro, filtra y sesga la objetividad. Y es por ello que las visiones de la misma acción pueden encontrarse en puntos totalmente opuestos del mismo plano.

El significante es el mismo siempre. El significado se altera de una manera propia y lejana a la razón.  A procesos mentales distintos, realidades distintas. ¿Existe la verdad en este formato de renglones distorsionados por la experiencia particular?

Creo que no.

Como todo, es una opinión personal. Puede compartirse o no. Se expone. Y cada cual, respetando su principio, su ética o su precepto moral, la corrobora o la niega.

Esta introducción debe valer para dar sentido a la historia que hoy vengo a contar y hace alusión al binomio “niño/a-juguete”. Supongo que a estas alturas del comentario, disertación o contaminación textual, cada uno de ustedes habrá forjado ya un referente al respecto y tendrá alguna connotación más o menos asentada en sus mentes.  

Sin más, entonces, que empiece el baile de letras…

Engendrar un hijo supone un acto de fe y de responsabilidad. Fe en uno mismo, en su pareja, en la comunión de dos personas que quieren perpetuar un amor en otra carne, en el género humano como fraternidad inalterable… Y responsabilidad porque supone renunciar a la libertad individual (si acaso alguna vez esta utopía existió, o se creyó que existía) en beneficio de una nueva vida. Vida a la que, por cierto, hay que educar, guiar y amar por encima de cualquier rutina metódica o pasión inalcanzable. 

En la renuncia al yo es donde se alcanza el amor al hijo/a.

Pero hay quienes, irrespetuosos con la propia Vida, hacen de su sangre un artilugio de engaño, manipulación o marioneta. En este apartado podríamos incluir a miles de padres divorciados que hacen de sus hijos las ondas con las que tirar las piedras a sus  respectivos “ex-“. Es inutilidad entrar en este tema por lo manida de la discusión y lo harto conocida por todos los que poblamos este mundo.  

Pero hoy vamos a hablar de algo más que curioso. Usar a un niño/a como arma contra una persona que no es progenitor del mismo. Vamos a entender, hagamos un esfuerzo, que esta persona no es “progenitor biológico”. Pero que, a todos los efectos emocionales, fue madre.

Les enmarco la situación para hacer más comprensible el mensaje.

“X”, solterita joven e inmadura se enamora de “Y”, doce años mayor, con dos hijos. 

“X” asume a esos niños como propios.

“X” desarrolla una dependencia emocional especial con “Z”, niña de cuatro años.

“X” cree que tiene una familia. “Z”, también. “X” habla de “Z” como si la hubiera parido. “Z” llama “mamá” a “X”.

Entre “X” y “Z” hay millones de episodios que se perdió “Y”.

Muchas noches de llanto, de armonía, de mirarse simplemente, de obligarse una comida, de aprender a comer verduras, de enseñar qué es una tilde, de recoger un calcetín despistado, de “mami, me duele”, de horas paseando, de risas, de juegos, de duchas y secadas de pelo, de dibujos que se cuelgan en frigoríficos, de regañinas, de chistes malcontados, de “¿te ayudo a tender?”, de “ven, que te enseño cómo se enciende esto”, de verse dormir, de darse patadas incontroladas, de mareos, de idas al hospital, de ver dibujos animados cuando quieres ver un informativo sólo por tener cerca a la niña, de llegar a casa y que te sorprendan con post-it que dice: “te quiero, mami”…

“Y” nunca pudo ver más allá de lo que pasaba delante de sus narices. Pero “X” y “Z” construyeron un mundo propio de  rincones maternales donde un vínculo más allá de lo común las unía.

Madre sólo una, dicen. ¿La que pare?, pregunto yo…

“Y”, al cabo de seis años, se despide de “X”. Sin explicaciones argumentables.

“X” asume el hecho de la mejor manera que puede. O debe. Pero “Z” le duele. Porque “Z”, para ella, es algo más que la hija de “Y”.

“X” orienta su vida a vientos distintos. Pasan meses y “X” encuentra un rosal donde antes sólo hallaba cardos (borriqueros, por supuesto). Durante este tiempo “X” se ve azotada por los sinsabores de la pérdida. Y un día, resplandeciente, encuentra un norte. Un destino que se le abre, nuevo, entregado, cariñoso. Que la reconoce como persona principalmente. “X” renace en una armonía que le parece única e irrepetible. “X” percibe que antes no hubo nada. Pero “Z” sí es parte de su pasado.

Enmedio de la ruta, “Z”, de imprevisto, aparece. “X” no puede frenar el caudal de emociones. Pero ya duda si “Y” tiene algo que ver en el viraje despistado e inocente. Se produce la ruptura entre lo que fue y lo que es o quiere ser. Decide dejar pasar el tiempo y encallar el barco de “Z” en uno de los podios destacados de su alma y su recuerdo. Y pasan los días con sus noches. “Y” intenta un acercamiento que “X” rehúye aconsejada por quienes han visto los años de relación. “X” quiere caminar el nuevo sendero porque el camino la acoge con amor verdadero. Sabe que arrastrar el recuerdo de “Z” puede permitir la siembra de ortigas en su nuevo valle. Y no quiere sacrificar el rosal porque sus rosas son las únicas que le dan la paz. “X” quiere casarse y tener hijos. Sólo necesita olvidar que alguna vez los tuvo.

“Z” vuelve a azotarle la razón una noche escogida con suma intención. “X” vuelve a ceder al instinto de lo maternal.

Y las voces, que lo ven de lejos, aseguran que todo es obra de “Y”…

“X” quiere creer que “Z” no es un juguete en manos de “Y”. Pero la Duda, ese gran amigo del descubrimiento y gran enemigo de noches plácidas, ha entrado en su casa.

“X” sabe, es consciente desde hace años, de lo efímero del momento, de lo fugaz del instante que se clava en las pupilas. Igualmente se sorprende recordando versículos de su historia con “Z” a cada momento. No la parió, no. Pero sí es su niña. Y aunque cueste comprenderlo, aunque sorprenda saberlo, “Z” es una hebra en la vainica de su amor.

Si “Y” quiere que “Z” sea un juguete-niña, “X” desaparecerá de la faz de la tierra.

Porque, si bien “Y” no entiende el amor en los términos de entrega, “X” tiene clarísimo que la felicidad de un hijo/a es encomienda superior a la alegría propia. Y si renunciar al latido es procurar beneficio a un hijo, “X” renuncia a su corazón.

¿Quién es la madre?

Verónica V. R. Reyes. “Saberse juguete”.

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5 comentarios to “Saberse juguete.”


  1. Un beso, guapísima. Menos estupifacción 😉

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  2. VVRR Says:

    La “estupifacción” es buena… Te sorprende. Otro besito para ti.

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  3. Tino Lobato Says:

    Me ha gustado mucho lo que tienes colgado. Un abrazote. Tino

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  4. […] Saberse juguete. mayo, 2010 4 comentários 4 […]

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