La víspera.

1 mayo, 2010

 

La víspera estaba intranquila. Llevaba nerviosa unas semanas. Pero la víspera, ese vocablo con cadencia esdrújula,  sonora, mágica e irisada en polifonías líricas,  día maligno que antecede lo evidente,  suponía un caos en su rutina ordenada de convulsiones internas varias. 

Sola, en un medio que cada día le parecía más hostil y enigmático, se afanaba en desentrañar el misterio de una tierra que sólo le ofrecía callejas, direcciones y poco recursos de supervivencia mental. No pensar era el único objetivo. Con faena reventar el recuerdo y con persistencia intelectual apaciguar el sudario del remordimiento. Un empleo consistente y que cansara la cabeza era la meta. Cansar, rendir la mente. Sólo eso. No necesitaba más. Convivir con ella misma durante seis lustros le daba el conocimiento exacto sobre sus necesidades. Y la prioritaria era, siempre y bajo cualquier circunstancia, no dejar a su razón pensar. Se acordaba de aquel poema de Gian Franco Pagliaro en aquél verso tan consistente en certeza que reza así:

 “Que es más feliz aquél que no ve, que no oye, que no siente y que no se da cuenta de nada”…

Para desastre diario se encontraba a sí misma viendo, oyendo, sintiendo y dándose cuenta de todo. Poco escapaba a esa intuición tan gastada y tan instintiva. Con constancia la apaleaba a disgustos. Pero de nada servían  los intentos por engañar el recuerdo.  Los papeles escondidos tardan poco en aparecer, por sorpresa, sobre una mesa, una encimera, un cajón o una estantería. A traición, en el minuto sostenido por el hilo extraño de la perplejidad.

Un rastro, un ticket de caja, una foto antigua, el resguardo de un billete de tren o avión, un post-it que se creyó enterrado en una bolsa cualquiera…

El viento nunca es bienvenido para las cabezas peinadas. Nunca favorable a quienes adoctrinan un cabello rebelde al paso nervioso del aire. Un soplo desbarata el escaldado más fino o el rizado más esmerado. ¿A qué tanto afán? Lo importante muere. Sin excepción.

Cada noche reza. A su manera. Muchas plegarias convencionales se agolpan en su cabeza. Pero ella habla, en silencio, simplemente. Analiza su día. Últimamente los ruegos se confunden con las acciones de gracias. El amor ha entrado en el hogar solitario de su melancolía, inundando de colores todas las afluencias grises. El amor, mayúsuculo, entero y noble. Eterno hasta que la otra mitad diga: ” Adiós, mi amor. Esto fue todo”.

Ventajosa es la posición de aquella persona que arrancó más de un “te quiero” en su boca.  No se puede competir cuando nunca fuiste atleta sino público analfabeto.

¿La suerte, buena estrella, la sorprende? ¿La intimida?

¿Cómo se parte la nuez sin romper la cáscara? Ella lo hizo. Y aún no sabe cómo.

Pero la víspera trae amargor, de nuevo, a sus labios. Y se pregunta por qué hoy no está comprando el regalo para su madre. Tiene muchas ideas. Lleva tres años dejando peluches, cartas, poemas y cigarros entre un cristal y un mármol. Mañana no irá. Hay miles de quilómetros entre su cuerpo y la piedra eterna que recoge un descanso prematuro.

Quizás su perfume. Quizás una cuaderna vía sopesada durante horas. Quizás una canción. Quizás un anillo.

A ella no le vale ya el cuento. No le sirven las explicaciones ni quiere saber nada de días señalados. La señal es una y es notoria. Y es que a ella le falta alguien. Y aún no es capaz de decirle “adiós”.

Oye quejas a su alrededor.

“Mi madre me regaña”.

“Mi madre me dice que esto no está bien”.

“Yo no la considero mi madre”.

“¡Qué pesada es mi madre”.

“¿Qué le compro yo ahora para mañana?”.

Estupor siente. Tristeza y bochorno.  ¿Un día para una madre? ¿Sólo uno?

Mientras alguien busca el regalo perfecto, con precipitación y desgana, ella busca un olor que la abstraiga en un recuerdo.

Y no encuentra más que la razón ilógica, salvaje y desproporcionada para encontrarla.

De nuevo.

“No dejes el tiempo pasar con fiebres,

en su preavisado ábaco triste y endeble,

sin decirle que la necesitas y  quieres,

que de tu metal fue martillo y la orfebre,

y de tu ruta, un croquis, la brújula.

Bésala mañana, cada día del año,

agradece la vida que, con dolor, supo darte,

bendice el vientre que te alimentó,

ama cada rato junto a Ella, mímalo.

Madre, una y tuya. Tuya y siempre.

Magia pura. Chapurreada y omnisciente.

No hay más orgullo que hacer latir un corazón heredado.

No hay amor más grande en misma sangre comulgado”.

Verónica Victoria Romero Reyes. “Ella”.

Derechos Registrados.

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