Asfixia.

1 mayo, 2010

Ahora, el lecho guarda sólo unos miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza,
pero ya no hay un hálito que los alimente y les dé vida.
Murió… Mas en sus labios, que los besos perfuman aún, se muere la risa,
y ronda el nombre de su madre;
y según se muere, se acuerda de los regalos del año que nace.
Se diría que sus ojos se cierran, pesados, con un sueño tranquilo.
Pero este sueño, más que nuevo honor de un mortal,
rodea su frente de una luz celeste desconocida,
atestiguando que ya no es hijo de la tierra, sino criatura del Cielo.
¡Oh! con qué lágrimas la madre llora a su muerto
¡cómo inunda el querido sepulcro con el llanto que mana!
Mas, cada vez que cierra los ojos para un dulce sueño,
le aparece, en el umbral rosa del cielo, un ángel pequeñito que disfruta
llamando a la dulce madre que sonríe al que sonríe.
De pronto, resbalando en el aire, en tomo a la madre extrañada,
revolotea con sus alas de nieve
y a sus labios delicados une sus labios divinos.

Rimbaud

“Si te dan en un cachete, pon el otro”…
“Perdona siete veces setenta y siete”…
“A maldad hecha, bondad manifiesta”…

Me he debido acostumbrar a ponerlas intermitentemente. (Las mejillas).
En ocasiones despiadadas se me olvida girar el rostro y el bofetón viene sobre carne maltratada.
A todo se acostumbra uno. Si convives con el dolor, la ausencia de éste puede llegar a provocar en ti el miedo más oscuro y desconocido. La falta de pinchazo espiritual puede ser, incluso, una cruz más pesada y puntillosa. Ratonil, despiadada y sorprendentemente ágil en razonamientos inexactos, errados y desquiciadores.

El miedo atonta las mentes despiertas, enrabia el coraje y sujeta tu nuca oprimiendo el aliento. Solivianta, inquieta y te hace crecer, creer y dudar. En su ausencia, el ser maltratado por el Destino, se desorienta. El camino de rosas parece más empinado que el adoquín trabado y gastado.

Vivir en duda es síntoma de ingenio y búsqueda.
De curiosidad.

¡Curiosidad! Qué gran virtud la que posee aquél que todo lo cuestiona, todo lo duda y todo lo pregunta.
Hace años, alguien de quien recuerdo el nombre y el gesto, me dijo la siguiente frase: “Jamás preguntes algo cuya respuesta desconozcas”.

Sí. ¿Cómo se borra una respuesta del alma cuándo ésta se ha enquistado tumorando el corazón?
¿Se puede continuar andando con zapato de tacón si tienes una piedrecita encallada en la plantilla y la prisa (pongamos “premura en circunstancia”) impide que puedas sentarte a examinar el zapato cuidadosamente para desprender el guijarro que te hace daño al caminar?

Simplemente, no.

Engañemos el paso, entonces o acomodemos el pie al daño. Terminará horadando un socavoncito en la planta, se apostillará tranquilo y formará parte de una anatomía amoldada a un contexto concreto.

El dolor deja de doler cuando el dolo es consentido.
Cacofonía extrema para ulceración continuada.

Un sinsentido cualquiera de alguien que sufre rumiaciones incongruentes.

¿El miedo produce felicidad? Afirimemos alegremente que no.
¿La felicidad da miedo? Definitivamente, sí.

De buena persona a tonta de bote en un lustro. ¿Ahora?
Ahora el dolor es el pasado ajeno.

Ya no sé dónde termina mi rastro de bondad (una especie de egoísmo altruista que calma mis tempestades nocturnas) para transformarse en la pamplinería más grotesca.

Tengo claridad en algunas cosas. En las que conciernen únicamente a mis vicios. Vicios que, por fortuna o desgracia, no afectan a terceras personas. Pero es difícil hacer entender a quien no quiere oir. También es harto empinado el cortinaje de lo inexacto intuido. Y el ostracismo es el escudo de quien teme descubrirse en formas y armajes espirituales.

Tampoco soy mala, oigan, entiendo todas las versiones. Las comprendo, nunca las enjuicio y casi siempre soy capaz de dar argumento a lo inexcusable aunque se trate de confrontaciones de opinión. Siempre he pensado que cada postura es admirable en sus principios si se sabe o se puede otorgarle una lógica organizada y honesta. Todos podemos defender inflexiones opuestas si se da el caso.

Pero estoy cansada.
Y soy joven. Da fe mi DNI.
Tengo la edad estandarizada. Pero no me he sentido nunca conforme a lo que rezaba ese plastiquito inútil que nos garantiza una patria, una identidad, un número y una identificación ecuánime.

¿Un DNI dice quién eres? No. ¿Un pasado explica un presente? ¿Un presente garantiza un futuro?

¿La duda ajena, amada en esencia, puede llevar a la locura?

No sé cómo acabará la historia pero los protagonistas no dejan de preguntarme cómo acontece el guión.
Y yo no tengo respuestas. Para nada.

¿Se nos permite respirar?

¿Pueden entenderlo?

Me estoy asfixiando por momentos. Sé que muchos de ustedes sufren apnea de alma.
Y tengo ventolín. Para mí y para ustedes.
No es ese el ahogo. Todos podemos saberlo.

Amar es también saber decir adiós.

VVRR. “Rutinas y rapsodias tragicómicas”.

Derechos registrados.

 

 

 

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