Poemario “Estupifacta”. I parte.

17 abril, 2010

“Estupifacta”

 Al asombro estúpido y vital.

A mi familia, la de sangre y la de alma.

Gracias.

I. Para ser condescendiente.

Para ser condescendiente
tendré que decir,
abiertamente,
que prefiero
el baño de sinceridad,
que duele,
a la ducha de adulación,
que miente.

II. Repetitiva.

Hay dolor en mi día
y hay olvido en tu noche.

Tatuaje tu risa en mi piel,
querella mi mirada en tu mano.

Degusto la carne entumecida,
vomitas la miel empalagosa.

Venzo el triunfo,
derrotas el fracaso.

Sombra y Luz.
Hielo y fuego.

Tengo mano ciega y pupila manca.
En tu arbitrio… la única razón.

Si conoces del filo de la navaja
y en tu mano es fácil atajo,
¿Por qué tu labio no aja
el florecer tardío de mi tajo?

Mátame ya. Ten compasión.

En el alma tengo ya la raja,
sentencia ya este corazón.

III. Los susurros de antaño.

Los susurros de antaño
no son más que las esporas de recuerdo
que se vierten en tu adiós preclaro y confundido.

Sí. Dijiste que sin mí. Lo recuerdo ahora.
Volví a preguntar, asustada. Dijiste sin mí.

Hubo noches de fuego donde el frío me quemó.
Hubo días de sol radiante donde la lluvia me mojó.

Pero yo no puedo apartarme del agua
por mucho que el río desboque su cauce
para no salpicarme las gotas a su paso.

¿Pero puedes? ¿Te atrever a mirarte sin mí?
¿Osas mirar el camino sin apresar mis dedos en tu mano?
¿Cuándo decidiste que, muerta, debías darme puntilla?

¿Acaso caer y caer no fue a tus ojos castigo suficiente
para condenarme también a despojarme un amor
por el que dí la vida, la intención, las llagas, la carne viva,
la lengua latigada y el alma de quien me advirtió de tu albedrío?

Yo creí en ti. En mí. En ese “nos” que sólo fue plegaria en mi boca.

Yo me aparto porque tú lo pides y deseas
y apago mi anhelo de saberte o esperarte
con sorbos de añoranzas y nostalgias.

Puedo cortar mis dedos o arrancar mi lengua.
Puedo escarbar tierra para asfixiar mi ansia.
Puedo callar, puedo hacerme aire, amansar
el maleficio que me arrastra a tus pies.
Puedo acartonarme las rodillas para no correr hacia ti.
Puedo. ¡Debo!

He sido chucha siempre. Arrastrada.
Suplicando de ti un cariño, un tiento.

Yo me bebo el néctar de un grial
que sólo fue santo en mis creencias.

Y enmudezco.

No verás ni oirás. Ni tocarás.
Cuentos vendrán a ti
relatando mi ventura.
Pocos sabrán de distancia o tiempo.
Yo soy señora de único amor.

Sólo dirán una verdad:
Amor como el mío nunca más conocerás.

Verónica Victoria Romero Reyes. “Estupifacta”. 2010.

Derechos registrados.

 
  
 
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