De ida y vuelta.

14 abril, 2010

 

Consternada aún podía ver entre las sábanas grises a quien acababa de hacerle entrega de su cuerpo, su alma y sus intenciones de vivir. Retiró el juguetón pelo que le tapaba la frente, besó la piel con infinita ternura y se levantó evitando hacer cualquier ruido que pudiera entorpecer el sueño de quien dormía a su lado. Las cuatro de la madrugada es una hora más que adecuada para pensar. Además, el insomnio no es tan enfermizo si se tiene a quien mirar.

Hacía semanas que estaba convencida de que aquello no era un sueño. Incluso sentía miedo. Miedo a un compromiso que ella quería pero que no lograba atisbar en la mirada de quien enredaba sus piernas en su cintura. Parecía que las baterías de respuestas que encontraba a sus dudas eran, sencillamente, las resoluciones que ella quería escuchar. Sin más ni menos. No había discusiones, puntos contrarios o dialécticas enfrentadas.

Todo era, inexplicablemente, perfecto.

Dirigió sus pasos a la cocina para hacerse un café y buscó entre los artículos de la mesa su paquete de tabaco. Mientras esperaba que la cafetera borboteara el denso y negro líquido que la sacaría del sopor para llevarla al plano correcto de la realidad, encontró un fantasma recostado en el sofá, plácidamente, esperándola.

–          ¡Ah! Buenos días…

–          ¿Qué tal? ¿Intentando vivir?, arguyó.

–          Sí, intentamos… ¿No te habías ido?

–          ¿Crees que enamorarte hará que me vaya?

–          Bueno, confiesa que durante estas semanas has estado atormentando otras mentes…

–          Por dejarte hacer, por dejarte hacer…

Se encendió un primer cigarro. La primera calada le supo a amargura y a nostalgia. Le trajo a la lengua el sabor de entierros, de ausencias, de conspiraciones ilógicas y de ardides ajenos ya casi olvidados.  No dejaba de observar al fantasma. Tenía fija la sonrisa en ella y la miraba con curiosidad. Buscaba un diálogo al que ella no quería hacer frente pero que sabía, irrenunciable.

–          ¿Y? ¿Vienes a advertirme, regañarme, hablarme de otras cosas o simplemente a decirme que me aparte porque mi destino es estar sola?, preguntó rápidamente mientras sorbía un poco de café.

–          No, vengo a recordarte quién eres. Por cierto, estás cambiada. Te noto mejor que la última vez que te visité.

El silencio se hizo grito en el salón. Ella esbozó una media sonrisa y dejó que la conversación la iniciara de nuevo su perfecto amigo de conciencia.

–          ¿Renunciarías a todo por amor?

–          Depende…- dejó la taza en la mesa-, ¿Qué entiendes tú por amor?

–          Tú sabrás. ¿Piensas que amar implica necesariamente que el objeto amado te necesite en la misma medida? El amor es harto complejo y sofisticado. Es infrecuente que dos seres humanos se amen en la misma medida.

Encendió otro cigarro mientras la Duda se apoderaba de su cuerpo arrimándole una taquicardia esporádica. Se afanó en disimular el temblor en la voz.

–          No creo que me esté equivocando esta vez. Estoy muy segura de a quien quiero entregarle la vida. Sabes que no me gustan los amores fugaces y sabes que la razón impera en mis juicios de valor.

–          ¿No me dijiste eso antes? – preguntó con los ojos muy abiertos.

–          ¿Cuándo?

–          Cuando excusaste tu partida en ese mismo argumento. Te fuiste. Recuérdalo. Todos los que te quisieron te dijeron que era el gran error de tu vida. Y te dio lo mismo. Seguiste el corazón.  ¿Aún no comprendes que no sientes como el resto de las personas?

–          Entiendo que puedo sentir más de lo debido. Pero también sé que ni es pasajero ni lo había sentido nunca. Apareció de repente y llenó todo mi ser, me hizo libre y sana mis heridas. Me transporta, me hace sentir mejor persona y mejor mujer. Llena el espacio turbio de los recuerdos pesarosos y me hace crecer.

–          Qué pedante has sido siempre… Hay cosas que nunca cambiarán.

Saca de la gabardina una caja negra, cuadrada, brillante. Ella acierta a leer sus iniciales en la parte superior. Llega a sorprenderse, incluso. Él la deposita con cuidado sobre la mesa donde ahora tiene recostadas las etéreas piernas.

Está inmóvil, petrificada. Mira la caja intentando descubrir el contenido. Puede ser un regalo. Puede ser otro sucio truco de su amigo. Puede incluso ser la semilla de la Duda. Pueden ser las preguntas y las respuestas que no quiere darse ahora, en este momento.

Se miran unos segundos. Ella baja la mirada, abochornada.

Recuerda en un instante eterno, aquel poema que compuso hace ahora unos meses.

Utrimque roditur.

Son como ratoncillos que vienen y van.
Molestan, traban tus pisadas, olisquean tus dedos, corren, roen, incluso trepan. Luego se esconden.

Son como carcoma.
Termitas hambrientas de alma y ganas. Mordisquean desde dentro. No puede verse apenas sangre. Se esconden también.

Son algo parecido al moho.
Aparecen casualmente y van expandiéndose a roales, proporcional y rápidamente. Nadie se preocupa cuando aparece. Una mano de pintura arregla el problema visual. Queda escondido, pues.

¡Sanguijuelas!
Horadan tu piel, hincan la punzada, se apoderan del cauce. Y succionan. Chupan hasta morir ahítas. Después se desprenden. Desaparecen. Se esconden.

Son tus fantasmas.
Escondidos a ojos ajenos.

Acerca la caja hasta ella en un grácil sorteo de sus dedos afables y resignados. Resbala sigilosa, imperceptible el movimiento desplazado. En un gesto la conmina a abrirla. Ella duda, con sorpresa en el rictus de su rostro. Mira fijamente la caja. No la toca, no quiere abrirla.

–          Ha llegado el momento. Y debes abrirla. No puedo tenerla yo.

–          No sé qué hay dentro. Y no me gustan las sorpresas. Ni las buenas ni las malas. Soy animal de rutina.

–          Si eres animal de rutina, ¿cómo has consentido este encuentro que te enciende, te apaga, te ilumina y te aleja de tantos que hicimos un refugio seguro para ti?

–          Vino. Solamente vino… No pude hacer nada por frenarlo.

–          Tú no sabes nada del amor, ni de sus maneras y formas. El amor universal que tú proclamas, que rige tu acción diaria y te procura el altar inventado en el que vives no tiene nada que ver con entregarle la vida a una persona. No sabes. Y ése es tu miedo.

–          Puedo intentarlo, ¿no? Nadie nace aprendido.

–          ¿Me das un cigarro?

–          Jajaja, tú no puedes fumar… Eres un invento de mi imaginación.

–          ¿Estás segura de eso?

Toma un cigarro y lo lleva a la comisura de sus labios en un ademán sosegado y experto. No lo enciende. Sólo lo apoya en el labio inferior.

–          Abre la caja. No esperes más. Recuerda entregarlo sano. Yo tengo que irme.

Cuidadosamente levanta el regalo de la mesa y lo lleva hasta su regazo. Pasa las yemas de sus dedos por la inscripción. Sí, son sus iniciales. Apresa la tapa entre sus dedos y fuerza la bisagra. Algo, dentro, comienza a moverse con un suave tintineo rítmico.

–          Ahora es tuyo. Te pertenece de nuevo. Cuídate.

Sin darle tiempo a responder, desaparece.

De nuevo, sola. Mira hacia dentro.

Un corazón. Su corazón.

Se estremece ante la pronta idea de tener que tocarlo. Lo observa con curiosidad y detenidamente.  Advierte la existencia de unos alfileres rasgando la superficie roja. Se pregunta si debe sacarlos uno a uno. Si ésa será la trampa. Ya no tiene a su interlocutor para despejar esa incógnita.

“Recuerda entregarlo sano”.

Mientras repite esa frase en su cabeza, se dirige a la puerta del dormitorio. Allí está. El sueño envuelve su cuerpo y su alma. Su cabeza, oculta bajo las sábanas. Duerme. Duerme y respira. “No hay mayor confianza que dormir delante de otra persona”, se dice. Entorna la puerta y se dirige de nuevo al salón. Toma la caja, que late tímidamente. La abre de nuevo.

–          Tengo que entregarlo sano – musita…

Introduce sus dedos en la caja y alcanza un primer alfiler. Lo extrae con sumo cuidado. Una oleada de sensaciones y recuerdos sacude violentamente todo su cuerpo.

Está llorando. Maldice al destino, a la vida y a quienes permitieron el sufrimiento ajeno. Se culpa de esa ausencia. Ella debía haber estado aquí. Reza continuamente. Llora, reza. El alimento no entra en su cuerpo más que para salir con prontitud y sin digestión posible. ¿Cómo hacerla grande en sus cantares si no estará para verlo? Culpa. Culpa es el sentimiento. Podría haber evitado aquella muerte. Su presencia habría bastado. Es consciente. Una madre no se puede ir sin decir adiós.

Despierta bruscamente de la ensoñación. El alfiler, limpio a pesar de haber estado incrustado durante años en un músculo, brilla pulido, impoluto y sin mácula.

Decide dejar el alfiler en el cenicero. Mira dentro de sí buscando el recuerdo de su madre. Aparece ahora desnudo, tranquilo, reparado y conciliador. Se sorprende. No hay culpa. Ve cómo aparece una silueta a través del pasillo. Reconoce el verde estanque en la mirada.

–          Hola mamá…

–          Hola mi niña…

–          Te quiero.

–          Yo siempre estoy contigo. Y no dije “adiós” porque jamás me he separado de ti. Sigue andando, sigue batiendo la adversidad. Ama y déjate amar.

Un misterioso beso se asienta en su sien izquierda. Una brizna de aire fresco golpea con sutileza su flequillo largo y despeinado.

Observa el corazón. Pareciera un ritmo más vivo y natural. Un acercamiento primerizo a un nuevo compás.

Descubre un segundo alfiler. Intenta sacarlo con la misma destreza aprendida hace unos minutos. “Es difícil”, piensa.

Con el segundo alfiler en la mano, espera la llegada de la nueva llaga. Ésta vez suena su teléfono. No deja el alfiler. Recibe la llamada.

–          ¡Hola! Sólo quería saber cómo estabas. Si estáis bien… Y perdona la hora intempestiva. Noté que podía estar pasando algo…

–          Sí, todo muy bien… ¿No duermes? – siempre le reconforta oír la voz de su hermano a través del teléfono.

–          Bueno, ya sabes que poco y mal, como tú… ¿Cuándo vuelves?

–          La semana que viene.

–          Te echo de menos…

–          Y yo a ti.

–          ¡No te olvides de que te quiero!

–          Tú tampoco…

Cuelga el aparato.

El alfiler ahora está limpio. El amor incondicional y la lealtad. Lo deja en el cenicero.

El corazón parece activarse por momentos. Cierra la tapa.

Decide parar unos minutos. Enciende un cigarro, vuelve a asomarse al dormitorio y se pregunta si el sonido del teléfono habrá despertado a quien ahora se ha convertido en algo más que su alma. No. Duerme. Profundamente.

Decide ducharse. El agua tibia reconforta su piel fría. Sonríe. Se atreve a tararear una canción mientras enjabona sus brazos.

La madrugada es larga. Tiene muchas cosas que hacer cuando el alba llame a la ventana.

Seca su cuerpo. Ha pensado, bajo el agua, dejar de fumar. Así puede garantizarse más años de vida. Junto a quienes quiere.

Se viste con lo primero que encuentra a su paso.

“Tengo que entregarlo sano”, se repite.

Vuelve a tomar su caja y contempla tres alfileres más. Extrae el tercero. No sucede nada.  Enciende el televisor mientras sostiene el metal entre su índice y pulgar.

Nuevo avance en la investigación contra el cáncer óseo. Si bien no para el desarrollo de la enfermedad, sí puede ralentizarlo garantizando años de bienestar al paciente. Detiene la reproducción indiscriminada de metástasis y reduce en un 75% los dolores tumorales de los pacientes.

–          Hola …

Ahora debe girarse para dar rostro a quien le habla. No puede reconocer la voz.

–          Papá, ¿puedes hablar?

–          Claro, pequeña, la laringuectomía era sólo corporal. Mírame, ya no tengo bultitos ni en la espalda ni en la cadera. ¿A qué estoy guapetón?

–          Muy guapetón… Estabas guapo de todas formas. 

–          Sólo vengo a decirte que no se pudo hacer más. Y que ahora puedo correr, moverme, hablar… Que estoy bien, muy bien.

–          Si hubiera sido científica podría haberte salvado…

–          Ya lo hicisteis. Tú y tu hermano. Os quiero.

Deposita el tercer alfiler en el mismo lugar donde yacen, brillantes, los dos anteriores. La impotencia muere en el cenicero.

Recuerda la voz de su padre. Privado de ella, tuvieron que aprender a leer sus labios. Demasiada cruz para una persona inquieta, nerviosa, parlanchina y en demasía sociable. Trabajador incansable, amante de la vida y maestro de maestros. Amaestró a la Fatal, la toreó, la engañó durante meses.

Ahora le parece respirar el perfume de su padre. Sin duda, ha estado allí, junto a ella.

Quedan dos alfileres.

Éste es más pequeño. Parece de un metal distinto. Pero es más pesado y grueso. Lo mira, ensangrentado. Mientras lo pasea entre sus dedos, se le resbala y cae en un descuido, al suelo. Cuando se agacha a recogerlo, se topa con unos pies descalzos.

Alza la vista con nerviosismo, intentando dar nombre a la figura que se muestra ante ella. Aun consciente de que es una forma humana, concluye que no es la esencia misma de un mortal.

–  No te afanes en buscarme una explicación.

– ¿No?

–  No. Soy un espíritu maltrecho. Tu alma rota.

– ¿Rota?

– Te dejo libre. Nunca te amaron y debes saberlo. Yo lo supe desde el principio. Tú no quisiste ver. Pero me voy. Alguien te quiere y no hay sitio para mí. Olvida lo anterior.

No vivas recordando, no camines con mochilas que ya te son ajenas. No enjuicies el pasado de nadie ni cuestiones las conductas. Siente. Vive cada momento como si fuera el último. No trabes tu discurrir con dudas innecesarias.

–          No sé si podré evitarlo. Son ráfagas. No puedo despojarme de un sentimiento con facilidad. ¿Cómo lo puedo hacer?

–          El silencio te dará todas las respuestas. Yo tengo que irme. Alguien reclama el cetro de tu vida. Y yo nunca fui heredero a ese trono.

El desamor y la traición. Deposita el alfiler junto a los otros. Es totalmente distinto a los demás. Ahora, limpio, le parece el menos brillante. Enjuto y grueso. El corazón bombea con suma facilidad, con una armonía inusitada y libre. Diáfana.

Recuerda aquél cuento de Khalil Gibrán que tanto le gusta.

Dijo una ostra a otra ostra vecina:

-Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.

Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:

-Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera.

En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera:

-Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza.

Sonríe para sí misma. La mañana empieza a perfilarse a través de las ventanas. Pronto tendrá que marcharse. Sólo queda un alfiler.

Tiene que darse prisa. Pronto sonará el despertador.

Desprende la línea metalizada.

El miedo aparece.

–           No sé amar.

–          No importa. Contigo todo es nuevo. Yo olvido todo lo anterior.

–          ¿Podré darte lo que necesitas?

–          Sí, seguro que sí. ¿Podré yo?

–          Sí. Sólo quiero estar contigo.

–          Pues no tengas dudas. Quiéreme. No quiero que pienses en mi pasado ni que te compares. Porque eso no es bueno para construir nuestra vida.

–          ¿Quieres casarte conmigo?

–          Sí.

El alfiler de las rumiaciones, de la duda y del temor a perder lo que se ama. Al cenicero.

El corazón bombea descubierto, sano. Vivo.

Se viste rápidamente. Deja un beso sobre los labios de quien ya despierta suavemente.

Camino a la calle descubre que sus pies son más ágiles, sus manos más generosas y su sonrisa más amplia y menos fingida.

Reconoce una mujer nueva en sus facciones y su andar. Traba su paseo en una proyección de futuro. Oye canciones, ve una familia, una casa, hijos. Un sueño de acuarela con nombre propio y compartido.

Coge su móvil para mandar un mensaje a quien, sabe a ciencia cierta, será cómplice de su vida. Se distrae sin darse cuenta. La dicha la embriaga. “Todo va a salir muy bien”, piensa.

El choque es directo, frontal. Estruendoso y rápido. Ella no ve el vehículo. El conductor del vehículo no la ve a ella. Causalidad nefasta. Casualidad funesta.

Cuando llega la ambulancia sólo puede constatar lo evidente. Traumatismo craneoencefálico, múltiples heridas inciso-contusas y hemorragia interna.

Sólo queda certificar la defunción.

Se recibe un mensaje en el móvil. Al lado, observa una caja con las iniciales de ella.

Coge el móvil y lee.

Abre  la caja y sonríe.

“Te quiero” fueron las últimas palabras que escribió.

“Se lo entregué sano” fue el último pensamiento que cruzó su cabeza.

Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR. “De ida y vuelta”.

Derechos registrados.

Anuncios

4 comentarios to “De ida y vuelta.”

  1. Jose Says:

    Sobrecogedor y oscuro también, con mucha garra, mucha fuerza…

    Me gusta


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: