Verduga y traicionera.

10 abril, 2010

La Noche, verduga y traicionera,
me descubre paria de alma y suerte.
¿No soy ya bola roja en la tronera
de tu tapiz verde de presentida muerte?

He llorado cada Luna en tu nombre,
he pedido a Dios entereza fuerte
para hacer de tu indiferencia mi castillo.
Nada sin ti, es el sema que me orillo.

Verduga la noche, traicionera,
me trae tu alma en una silueta
que el tiempo cínico reverbera
en mi sentir frío y loco de poeta.

¡Nunca viste!
¡Nunca oíste!
¡Nunca sentiste!

Por ti he tasado el alma y pagado precio
más alto que peaje en la carrera al Infierno.
Yo te amo y tú me usas, ¡menosprecio!
yo te amo y tú te escondes, ¡tajo tierno!

No sé las reglas de este juego,
ignoro las casillas y las trampas,
¡qué sé yo del fingido apego
que procuraste en mis casillas!

Pero cómo duele no tenerte
en cada quicio de mis puertas,
no leerte, respirarte, no retenerte
en minuto y hora, la pupila abierta…

Que de amor me muero y no lo verás
es algo que sentenciaron entendidos
cuando vieron mi alma atravesar
los mismos desiertos del averno.

¡Vuelve!
¡Me cargo a lomos el Infierno!

Por ti…

Por ti he librado batallas de pulso y palabra,
he renunciado a apellido y patria,
he dejado de comer porque comieran,
he dejado de amar mi sangre
por darte entero y libre el corazón,
he perdido oficio, ventura y diestra
por procurarte altares de bendición.

¿Y ahora me condenas al olvido
y supones nueva espera?

Tengo en el alma un dolor aterido,
dos duelos mal curados,
una venganza heredada
y una duda mal cicatrizada.

Me consume nueva batalla
y tú eliges apartar tu candor
para hostigarme daga canalla
en el mismo centro de mi amor.

Si salgo viva de este combate
que, invisible ha permanecido
a tus pupilas por propia petición,
he de hacerme nuevo equipaje
para salir pronta de esta redención.

Si, por contra, el epitafio se tallara,
no encontrarás quién eleve oración por mí
que no sea tu nombre el que invocara.

Todos saben ya, y supieron prontamente,
lo que tu sabrás cuando te falte,
que nunca hubo templo en mi corazón
consagrado a nada más que tu idolatría.

Es pecado mi devoción.
Antepuse tu razón a la mía.

Es mi sangre la savia que en tu día late.

Yo me condeno a Fuego Eterno,
a abismo negro y propia herejía,
porque te doy, sin pago, el alma mía.

VVRR. “Epitafios”.

Derechos registrados.

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