Es curioso.
22 enero, 2012
Es curioso que la rosa perdure más de lo previsto. Las tengo en un jarrón desde hace más de una semana y siguen emanando ese perfume tan poco domable. Es curioso que la Muerte venga lentamente a todos desde el día que nacemos. Contamos años de más cuando nos estamos restando, inexorablemente, días en el calendario de nuestra historia. Es muy curioso encontrarnos en este camino y saber las razones que nos llevaron a compartir la misma baldosa. La mujer que escribe hoy no tiene nada que la sitúe en el contexto de esas fotos de hace dos décadas.
¿Eres tú capaz de reconocerte en las imágenes de ti de hace años?
Aléjate de la expresión de la cara, el gesto en las manos o el esbozo de tu sonrisa. Más allá, donde sólo tú puedes mirar para escrutar, ¿qué queda de los ojos de ese niño, esa niña, que sólo despertaba para comenzar una aventura?
Es curioso caminar, ¿verdad?
El presente siempre pasa a ser el plano importante de realidad cuando todo lo que somos o hicimos viene determinado por nuestro pasado. Ningún almuerzo fue tan perfecto como el que devoramos hoy y ningún abrazo tuvo más eternidad que la que robamos hoy en esos hombros amoldados. Qué mentirosos somos y cómo somos capaces de creer nuestros propios embustes… Algunos, claro está. Las generalizaciones me han parecido siempre un grave error de propósito.
Pero seguirá pasando la Vida, en su tonto eje de repeticiones que no queremos ver, y dejará recuerdos distorsionados, emociones apagadas y sentimientos que, hoy, se ven magnificados.
Si el fuego quema, quemó hace años. Si el agua alivió la sed, la calmó hace meses. No me puedes decir que una emoción nace hoy, pura, virgen e intacta. Es mentira. No somos animales de instintos, sí de aprendizajes. Sé que no soy el bautismo de tu alma.
Es curioso que demos complacencia a quien nos pregunta. Es tan curioso creer que vivimos en continua renovación que llegamos a olvidarnos de que cada día prosigue a una noche, queramos o no.
La Vida, el Camino, lo que sea, no se inventó para quienes se cuestionan o saben sentir cada diferencia en un mismo motivo. Esta historia inventada nació para recorrer (nos) en todas las vertientes en que no existimos ni somos parte de lo que han querido mostrar. El universo no son galaxias ni planetas conocidos o por conocer. No es una geografía o unas matemáticas aplicadas. No nos explicamos en una rebelión proletaria ni podremos darnos nombre jamás en una sintaxis determinada. Tanto tú, como yo, como aquel que ni lee ahora ni lo hará jamás, existimos muy al margen de todas las premisas de conocimiento que amparan nuestro ordenamiento social. Nos dejamos querer, nos dejamos humillar, nos dejamos pasar, tan lentamente…
El día que menos pensemos, dejaremos de ser para perdurar. De manera intermitente, eso sí, en algún recuerdo extraviado.
Cada uno en su misión, en su laboriosidad o en su pensamiento errado. Todos tan distintos y todos tan humanos.
Tanta magia no puede terminar cuando el cuerpo cede al paso de los días, de las cuitas, las preocupaciones y las mil canciones que se han llorado. ¿Por qué me llamas? ¿Acaso creíste que no pensaba en ti y esa fue tu respuesta a la duda? ¿Por qué dudamos? ¿Por qué pensamos? ¿Por qué sentimos?
Qué de preguntas y enigmas me trae la Tarde cuando contemplo una Vida que se hizo para sospechar, dudar y amar.
¿A ti no?
VR.
Con qué violencia me llama la razón.
21 enero, 2012
"Por ese rostro mío tuyo que has olvidado
por ese recuerdo me llamas y ya no es tu boca
sino otra boca y no son tus labios sino el viento
y tocas fondo hasta llegar al gran problema
aquí bajo este cielo sin herencia sin alma
aquí sobre esta tierra sin sueños sin nieve".
(Esdras Parra).
Con qué violencia me llama la razón
cuando violo el pacto tácito
de presentirme en tus veredas.
Cuánta virulencia en la soledad
que te invoca y me hace eco enano
en el repiqueteo de los nombres.
Qué bolsillo de errores tan rasgado
y qué solapa tan roída de esperanza.
Qué poco me luce el traje…
Qué tela tan pobre para evento tan magno…
Con qué llama me abrasa el corazón
cuando profano el templo perfecto
de leerme en tus evangelios.
Cuánta dulzura en el olvido
que me soterra y me hace alma errante
en el epílogo de tus nombres.
Qué saco de futuro tan dudado
y qué mochila tan pesada de sollozo.
Qué poco me viste la sonrisa…
Qué equipaje tan triste para destino tan grande…
Qúe perfecto domirse no sabiendo,
soñarse nunca siendo,
despertando para olvidar.
VVRR
Atramentum
Derechos registrados.
Porque.
21 enero, 2012
Tan cansado estaba de escuchar que la noche es oscura “porque sí” y el día luminoso “porque así es la Vida” que decidió no cuestionarse nada. De nada y en ninguna ocasión.
Su mujer usaba servilletas de papel “porque se pueden tirar y no hay que lavarlas”, su hijo suspendía todas las asignaturas “porque los profesores le tenían manía” y su madre odiaba su matrimonio “porque ella era una arpía”. Él pasaba doce horas al día en su oficina. Un reducto mínimo donde los papeles eran su monarca y la calculadora su ejército particular de pequeños arqueros. Comía “porque hay que comer”, orinaba “porque la vejiga me lo pide” y respiraba “¿por pura inercia?”.
Al final todo le daba igual. No había decisión que tomara que no tuviera en cuenta ningún “porque” de algún iluminado de su rutina diaria. Iba los fines de semana a casa de su suegra “porque su mujer se lo reclamaba”, veía partidos de baloncestos en la televisión “porque su hijo quería ser un nuevo Pau Gasol” y arreglaba los números de la empresa “porque su jefe confiaba en él”.
No recordaba qué fue lo último que hizo por gusto propio. No recordaba la última vez que pidió algo especial para comer. No recordaba si el color de la última corbata que compró la eligió él. No recordaba cuándo se fue a dormir porque el sueño lo vencía. No recordaba nada de sí. Su nombre era el grabado de presentación. Poco más.
Los “porques” terminaron por devorar toda intención.
Cuando murió, se dijeron preciosas palabras de él.
“Era generoso con todo el mundo”, “nunca se quejaba”, “amadísimo esposo y padre de familia”, “ejemplar trabajador con dedicación absoluta”…
Dudaron sobre el futuro de su cuerpo.
Al final lo incineraron. Porque estaba de moda.
VR.
Al 2012.
6 enero, 2012
Tiene la superstición ese nosequé de enigma que te conmina a creer en lo mágico. Por esa razón, otras muchas tengo y sólo responden a deseos, me decido a hablarle en las horas para él.
Querido 2012,
su antecesor fue conmigo magnamente benévolo. Supo conservarme la cordura y hacerme crecer a pasos guarecidos. Velaron por mí ángeles que nunca me dijeron de su impostura y pude navegar en mares de amor y amistad. Conocí el sabor de la duda en dos lanzadas y la confianza en lágrimas de amor. A partes iguales. Renuncié tantas veces como izé la bandera de la victoria y supe ver en mí algo que sembraron cuando apenas podían darme nombre. Con su antecesor no me faltó el desayuno ningún día ni las noches pasaron sin dejarme miles de besos enamorados.
Él 2011 me dijo que todo era posible si yo lo creía. Me cumplió dos promesas y sembró en mi huerta nuevos juramentos. Me traía semanalmente la voz de quien amo, la lucha de quien, en la batalla aún por resolver, porta un pergamino con mi nombre, con su nombre, con la heráldica de mi casa. De luces llenaba toda la sombra de la noche en la distancia.
El 2011 fue complaciente conmigo. Fue bueno. Atendió mis esfuerzos y resolvía en calma. Y yo lo agradezco.
En mi casa todo fue dulzura. Todo fue perfección. De un problema se hizo un guiño, de un mal se hizo la armonía. Hubo días malos como noches amargas pero se supo hacer semanas de paz. Tengo la gran fortuna de rodearme de las mejores personas que he llegado a conocer jamás. En el 2011 tuve miedo, tristeza, amor, júbilo y nostalgia. Pero todo, hoy, me parece que supo darse en la dosis justa para convertirme en alguien un año mayor. En un año mejor.
A usted, 2012, le pido lo que me quiera dar. Y usted recoja todo lo que tengo yo para regalarle.
Ni más, ni menos. Estoy abierta a todo.
Pero, por favor, no me prive usted de mis guías ni de mis pilares.
O dejaré de contar los años.
VR.
Los números de 2011
3 enero, 2012
Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.
Aqui es un extracto
Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 5.600 veces en 2011. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.
Cuando estoy conmigo.
26 diciembre, 2011
A veces echarte de menos no es suficiente. Y me extraño de sentir que no soy bastante ángel para tanta nube. Pasé de invocar un nombre heredado a rezar por otro presentido en tan poca noche que me olvidé de contar las estrellas cuando mis ojos podían verlas. Yo sé que suena raro y piensas que estoy loca, pero es así como mis ojos saben leer el enigma de la Vida.
En esta época, cuando estoy conmigo, me suelo acordar de lo que recuerdo cada día, aunque mis bromas te hagan pensar que no tengo ni dudas ni nostalgia. Pero ahora todo hace temblar. Creo que no es el frío. No sabría darle nombre. Está muy lejos del alcance de la pura semántica que conocemos.
Las fotos, las cartas y los recuerdos tienen una transcripción muy distinta. Ferozmente embravecida. Sé que olvidaste esas emociones hace tiempo. Pero no me importa. Yo sí puedo revivirlas a mi antojo. Ser un número no me pesa cuando sé que todo mi número serás tú.
Me sorprende que siga pensando lo mismo, en cada hora y circunstancia, los matices apenas son distintos. Sigo creciendo y viendo pasar los años y varío muy poco las respuestas que doy a mi entorno. Todo lo que no entra por el rasero de mi ética, es reprobable. Si lo hacen los demás puedo llegar a excusarlo de mil modos. Si lo hago yo, no llego a perdonármelo jamás. Soy tan hipócrita que no logro ver que llego a herirme cuando creo sanarme.
Sigo creyendo en ti, en toda forma. Sigo dudando de ti, porque me das razones. Aún así, es la perfección la madre que te hizo persona. Yo lo sé y tú no lo ves.
Yo creo en las personas y los cuentos de hadas. Abiertamente. ¡Qué de coces da la burra! Pero tengo sueños y, en cada uno, tengo tu carita pidiendo un beso de buenas noches. Un besito tierno en la mejilla que da el calor justo para procurar ese descanso tan necesario, tan vital, tan profundo. Yo mañana me acuerdo, quizá tú no.
Mi mundo perfecto no existe sin ti, sin la imagen que de ti tengo en mi retina. No existe una espera, una llamada o un pretexto que no sea el de cumplirte una ilusión. Yo cuento con los dedos cada instante de estremecimiento que tú has convocado y sigo dando vueltas en mis manos por no encontrar más dedos que sumar. A veces creo que solemos perder emociones por no pararnos a pensar en ellas, por no saberlas sentir de la manera en que nos llegaron. Pero, cuando estoy conmigo, a solas, recreo cada segundo como si fuera ahora y puedo verme más allá de lo que soy, de lo que eres, de lo que son.
¿Cuándo verás que en ti navegan todos los privilegios del alma?
Me cansa no poder encontrar palabras que te hagan saber que, aparte de mí y y lo que yo diga, tú eres imprescindible.
VR.
VR
No se entienden mi esperanza y mi recuerdo.
24 diciembre, 2011
Cosas de casa III.
10 diciembre, 2011
De un tiempo a esta parte mi existencia se ve altamente condicionada por las cosas que ocurren dentro de mi casa. De ahí, supongo, esa necesidad que me azota de contar de mi vida perfecta llena de imperfecciones para que sepan, algunos, los que quieran, que se puede ser feliz con lo poco que te hace dormir bien.
Antes, hace algunos años, yo era parecida a un ogro. No a un ogro como Shrek. No he vivido nunca en una ciénaga ni he llegado a hablar con burros. Pero lo cierto es que rebuznaba continuamente, porque sí. Todo era poco a mis ojos y nunca llegué a ver lo que tenía delante. Los rebuznos eran la manera más cordial que encontraba para acercarme a los otros. O para alejarme, nunca he llegado a comprenderme en todas mis vertientes.
Una mañana, espléndida a mis ojos, la cosa cambió. De repente me entusiasmaba hablar con las personas y conocer qué querían decir a los demás. Pero conocer crea empatías, las empatías generan afectos y los afectos acarrean dependencias. ¡Oh, oh! Craso error.
Así que los fines de semana me convierto en un duendecito burlón que disfruta de la compañía de dos perritas, un hilo musical repetitivo con las mismas canciones y tareas domésticas que, en la actualidad, me parecen de lo más satisfactorio (cuando están hechas, claro está). Si suena el teléfono no me molesto en cogerlo. A veces, sencillamente, no lo oigo. Otras veces estoy inventando un look punky para el flequillo de Polilla, buscando una receta de magdalenas sin harina o quitando el polvo a los marcos de los cuadros. Los fines de semana sigo rebuznando a nivel interno.
Sábado y domingo se convierten en los días perfectos para recabar reflexiones sobre todo lo acontecido en una semana. Algunos festivos mi existencia de lunes a viernes ha sido tan placentera que no saco punta a nada. Otros se me llenan de rumiaciones y condiciones a seguir. De un tiempo a esta parte lo que me obligaba a rebuznar me da la tranquilidad del equilibrio. Paradojas, paradojas.
Me levanto y siempre tengo algún pis prófugo por limpiar. Cuando han sido prudentes, lo han hecho en la terraza. Otros días son mis pies los que me advierten del peligro de balizamiento a la altura del salón. Para ese momento en el que pido a gritos café y tabaco, ambas están haciendo fiesta sobre el sofá para pedirme juego, caricias o paseo. Si el flequillo me deja ver la puerta de la cocina huyo corriendo haciendo ver que estoy sorda.
Me siguen alegremente moviendo la colita.
Mientras preparo la cafetera les lanzo un par de chuches. No es un regalo, es la única manera de entretenerlas para que no me hagan caer mientras busco agua y café. Salgo a la terraza y busco retazos de su historia nocturna. Compruebo que han comido y bebido y ya empiezo a oler ese aroma tan gratificante desde la cocina.
Cuando vuelvo al salón a fregar ese pis anónimo, compruebo que han jugado con un cojín y le han sacado todo el relleno dejando algodones por los sofás, el suelo y la mesa. Como si fueran a entenderme les pregunto:
- A ver… ¿Quién ha sido?
Las dos bajan los hocicos, ladean las orejitas y ponen cara de buena. Generalmente me hace mucha gracia, les hago una carantoña y limpio el pis, los algodones y la tela de cojín.
Y ya empieza el pastoreo. Si me muevo, se mueven. Si las intento evitar, me persiguen. Si limpio el polvo, menean el rabo para dejarme pelitos por todas las estanterías.
Es muy divertido tropezarse con ocho patas y dos rabos cuando estás intentando ducharte. Constatar, después, que están jugando con tus calcetines y bragas es aún más gracioso.
Pasearlas es una odisea. Polilla sigue en su aventura de ahuyentar perros y crearse fama de follonera en el barrio. Aixa es una perra de caza que tiene más fuerza que yo. Una correa en la mano izquierda y otra en la derecha. Y las dos, como si fueran conscientes de que es la forma más difícil, cruzándose continuamente para desmembrarme a la altura de los hombros. Los vecinos que me cruzo en estos paseos se suelen reir. Yo también me reiría al ver a una persona de mi talla arrastrada por dos canes que van moviendo la colita.
He probado a sacarlas de una en una para que mis brazos no sufran y fue peor el remedio que la enfermedad. La que se queda en casa, abandonada, ahúlla hasta amedrentar.
Ahora están dormidas, en su sofá. Son perras señoritas, eso sí. Tienen un sofá para ellas solitas. Todo está muy recogido, no hay pises en ningún sitio, han comido, salido y jugado.
El teléfono sonó hoy cuatro veces. Cogí dos.
Una llamada no atendida surgió cuando Polilla salió despavorida porque había encendido la aspiradora. La otra cuando Aixa trataba de esconder el cojín roto detrás de una maceta.
De veras que disfruto de mis perras. A ellas no les rebuzno porque me hacen sentir afortunada.
VR.
De cómo infligirse castigos inoportunos.
8 diciembre, 2011
De todas las estupideces que hacemos los seres humanos, goza de un palco especial la autocompasión y las sandeces que provoca.
Cuando alguien se siente menospreciado, infravalorado o, simplemente, despreciado para según qué cosas, aparece por arte de magia el sentimiento de la dignidad propia. Ese maravilloso estado de ánimo que nos recuerda que somos “exactamente lo mismo” que aquel otro que siente compasión (o pena), vergüenza o aversión por nuestra persona. Ni más, ni menos: sólo iguales.
Cuando la propia dignidad se antepone a los demás principios que podamos tener, la razón empieza a comprimir teorías y experiencias para dar con el estímulo acertado que haga ver a la otra parte la herida que se ha abierto en nosotros. Generalmente este estímulo pretende una respuesta (un feedback) favorable. Pero muchas veces terminamos, cómo decirlo, ¿cagándola?
Es difícil que ustedes me comprendan en el marco de la más absoluta teoría. Sería mucho más fácil si les dijera qué ha pasado y por qué. Les voy a ilustrar toda esta parafernalia reflexiva con un ejemplo de lo más común a fin de poder recabar opiniones sobre lo que ha pasado.
Pedro y Miguel son pareja. Desde hace casi dos años. Viven juntos desde el inicio de su noviazgo y se les ve felices. Pedro se ha hecho mejor persona con Miguel. Miguel se ha hecho mejor persona con Pedro. Todos pueden verlos y todos son felices (pero no comen perdices porque no conocen a nadie que les gusten).
La familia de Pedro adora a Miguel. Familia entendida a gran escala, es decir, padres, hermanos, tíos, primos, abuelos, sobrinos, vecinos y amigos. Toda la familia de Pedro conoce a Miguel siendo éste un nieto, un primo, un sobrino, un vecino y un amigo más.
Pedro conoce a los padres de Miguel. De puertas hacia dentro. La madre de Miguel no quiere que nadie sepa que Miguel y Pedro se quieren.
Al principio a Pedro esto no le importaba porque comprendía que cada uno tiene una personalidad y una manera propia de entender la vida.
El año pasado se celebró una reunión familiar de la estirpe de Miguel a la que Pedro no acudió por expreso deseo de la madre de Miguel poco antes de Navidad.
Pedro asistió en Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo a la casa de sus “suegros” por invitación. Lógicamente desconocía que días antes había sido vetado a la reunión familiar. Disfrutó mucho siendo sinceros. Él mismo puede reconocerlo cuando se le pregunta.
Este año Miguel le confesó la negativa de su madre a llevarlo a eventos familiares y le aseguró que todo cambiaría estas Navidades. Pero no ha sido así. A pesar de que la relación con sus suegros parecía que era cada vez más cercana y cariñosa, la madre de Miguel se opuso de nuevo a la presencia de Pedro en ésta nueva reunión. Miguel fue taxativo: “Si no va Pedro, no voy yo”. Pedro quedó altamente sorprendido con esta respuesta.
Pedro sigue dolido y su respuesta al estímulo ha sido lanzar otro estímulo: “Si no soy lo suficientemente bueno en todas las ocasiones, no lo seré sólo en las de puertas cerradas”. Aquí es donde ha aparecido esa autocompasión y esa dignidad manifiesta que tiene todo ser humano.
Pedro se niega a asistir a las reuniones familiares a puerta cerrada a partir de hoy porque siente que la madre de Miguel se avergüenza de él. Y, aún hoy, no sabe por qué. Su argumento es tan defendible como discutible: “Son épocas de Navidad y no quiero ser molestia para nadie, no me siento en Nochebuena con alguien que se avergüenza de mí, para que estén dos incómodos mejor ninguno…”.
Se ha lanzado el estímulo (mediante notificación a la madre de Miguel de esta decisión) sin respuesta aparente. Bueno no, miento. La respuesta ha sido una manifiesta tristeza por parte de la madre de Miguel, una preocupación más para Pedro y ratos de lágrimas para Miguel.
Ahora Pedro acude a mí pidiéndome un consejo que le aleje del “si quieres a Miguel te aguantas y le pides perdón a su madre” y del “has hecho lo correcto dejando claro que te ha hecho daño”.
Yo no sé qué decirle.
Hace algunos años, algunos y lejanos, yo fui un Miguel más. Lo pasé tan mal que decidí no pensar. Alargué tanto esa situación que nada, y todo, me llegaba a doler.
Cuando decidí que no podía conciliar todo ese contexto tuve una fantástica clarividencia.
Pensé que podía contársela a Pedro pero algo me hizo cambiar de opinión. Las circunstancias no son las mismas. Pedro y Miguel tienen un proyecto de futuro juntos donde hay una casa con jardín, un día de boda con toda su familia reunida y un par de niños que lo alboroten todo. Yo no tenía más que un día para alargar otro más. Sin ilusiones ni alianzas ni césped que se vería crecer.
Por tanto, mi consejo no será válido para Pedro. Ni para Miguel. Ni para la madre de éste último.
Lo único que he podido decirle a Pedro es que esperaré a tener más opiniones y más datos a fin de darle el mejor de los consejos. Pero, para eso, los necesito a ustedes. Por experiencia sé que estos temas tan peliagudos terminan mal para una de las partes.
Y sé que Pedro no aguantará saber que pudo quedarse callado, ocultando su dolor, manteniendo toda su vida en equilibrio y optó por plantar unos “huevos” que jamás tuvo ni quiso tener.
VR.
-
Tan distinto.
26 noviembre, 2011
Si hubiese creído al tiempo.
24 noviembre, 2011
- Si hubiese creído más el soliloquio del tiempo jamás me habrían llevado mis pies a este camino…
- ¿Y siente que ha desperdiciado parte o toda su vida? Ése sería un buen inicio para la terapia.
- No, en realidad creo que usted me quiere sacar el dinero a toda costa y le importa muy poco lo que yo pueda contarle.
- ¿Y por qué viene a verme?
- Porque me obligan, evidentemente.
- Mmm, ¿quiere contarme algo? Aquí dice que usted se hizo pasar por muerto dejando atrás mujer e hijos.
- Sí, eso pasó. Pero no es todo lo que pasó obviamente. Es más fácil entender lo que dice un fiscal notable con reputación que intentar aceptar la versión de un pobre desgraciado.
- Inténtelo si quiere. Poco pierde ya.
- Es verdad… ¿Se puede fumar aquí? La nueva ley me ha jodido un poco…
- Sí, fume si quiere.
- Pues verá… Nací en una familia acomodada, con recursos. Mi infancia fue estupenda. Nunca me faltó nada. Tuve idilios hasta casarme, bastantes, algunos. Me licencié en una carrera y tenía un buen trabajo. Mi mujer prefirió siempre quedarse en casa, cuidando de los niños. Mi vida era tranquila. Me despertaba, tomaba café, me duchaba, me vestía y me iba a trabajar. Paraba a mediodía para comer en un bar cercano a la empresa y luego volvía a trabajar. Salía a las siete, llegaba a casa, jugaba con mis hijos, los duchaba y acostaba y me ponía a ver la tele mientras comía algo de picoteo. Alguna noche buscaba sexo, pocas veces. Así fue mi vida durante siete años.
- ¿Ningún trauma infantil? ¿Ningún miedo? ¿Desconfianza, quizá?
- ¿De qué?
- En su vida, con su mujer, su trabajo o sus hijos…
- La verdad es que no.
- ¿Sus padres se llevaban bien?
- Sí, muy bien. En mi casa nunca hubo peleas ni gritos ni falta de nada. No busque usted un trauma infantil donde no lo hay.
- ¿Su matrimonio era feliz?
- Sí, era perfecto. Mi esposa me amaba y yo a ella. Nuestros hijos eran fantásticos. Todo felicidad.
- No entiendo entonces qué pudo pasar.
- Nada. No pasaba nada. ¿Puede ser ese el problema?
- ¿Que no pasara nada? ¿A qué se refiere?
- A la calma, lo estático, lo que nunca se movía. Un día fui a trabajar y no volví más. Dejé que mi coche se hundiera bajo el agua y me despojé de lo vivido. Si quiere que le de razones, no las tengo. No sé por qué lo hice.
- ¿Qué buscaba con eso?
- Tampoco sé decirle. Un problema, quizá. Algo que me hiciese pensar de nuevo.
- Pero usted desde ese momento dejó de vivir en un perfecto chalé a las afueras de la ciudad para rebuscar en contenedores de basura. Le recuerdo que lo encontraron inconsciente en un parque público.
- Sí, pero nunca he sido tan feliz.
- ¿Y qué cree usted que le ha pasado?
- Que me cansé de ser común y perfecto.
- O loco…
- Puede ser. Eso debe decirlo usted…
-
VR.
-
Ocurre.
20 noviembre, 2011
Enamorarse.
12 noviembre, 2011
Enamorarse es un ejercicio introspectivo de amor propio en toda regla y en todo marco ético.
¿Politicamente correcto? ¿Incorrectamente anímico?
Implica aceptarse en forma y fondo, en apariencia y esencia, enjuciarse con ojos fiscalizadores y atreverse a dar al otro lo que se sabe muy profundo y escondido, la intimidad celada de una mirada exigente. Aun consciente de que mostrarse tal cual evidencia, saca a la luz, la esencia misma y última. En ese renuncio descuidado, propiciado y voluntario, el trasquilón más peligroso es desenmascarar el talón de Aquiles. El propio.
El que celas desde que lo conoces.
Enamorarse es consentir el fallo en quien amas y considerarlo una virtud, sin más. Porque ese defecto deja de ser un fallo inexacto o poco grato para convertirse en “esa peculiaridad” que, a tus ojos, es la diferencia, el detalle hermoso que da luz a una tiniebla, a más de una o a más de cientos. Miles incluso. ¿Quién de nosotros no soporta la oscuridad de una nube oscura cada atardecer?
Distinto es callarlo, es de buen hermano, no compartir una pena…
Un guijarro de años que se convierte, Dios sabe por qué, en un motivo de sonrisa, en un pensamiento de gratitud y en una sonrisa constante en la comisura de los labios. Hacer de la mañana algo nuevo y lleno de tonalidades distintas. Despertar para ver el rostro amado y dar a gracias a Dios por aquello que yace en tu cama - el agnóstico o escéptico agradece a la Vida, al hado o al Destino, a la grama o al césped que acoge su pasos-.
La hermosura más grande del ser humano es agradecer lo más mínimo.
Yo me enamoré una noche de frío tardío, entraba ya marzo por mi terraza y apenas creí que mi corazón temblaba por esa circunstancia. A destajo entró por el ventanal y no supe poner freno al caudal de sensaciones ni a la flema que me consumía. Pude verlo entrar, sin reparos, y juro que puse todo mi empeño en evitar la invasión. Quité la alfombrilla de la entrada, por no ver cómo limpiaba sus pies, pero entró sin excusas y fue a sentarse en la entraña más vacía y destartalada de mi alma. Y supo, no me pregunten cómo porque ignoro tal causa, cauterizarme la herida y limpiarme la esquela de vida que portaba. Hizo de mi obituario un reportaje de gran titular. Cuatro columnas, señores, como las grandes crónicas.
¡Intromisión! ¿Deshaucio espiritual?
Mis sentidos, atrofiados hacia meses, se despertaron a nuevas sensaciones y entonces entendí que nunca me había sentido amada. Amé, sí, pero sólo yo. Quizá entendí que nunca me sentí querida de esa manera, de ese modo, o con esa magnitud. Y con distancia, señores, que no se puede obviar lo evidente. Lo palpable. Y con distancia creció en mí un ardor poco común, desconocido hasta la fecha – no crean, contaba ya treinta y un años recién cumplidos- pero, heme aquí, tan fuerte en apariencia, tan ajena a sentimientos humanos, tan distante y reacia a abrazos que no fueran hermanos y hermanados, y con todo, fui incapaz de frenar el cauce del río que desbordaba rodas las riberas a su paso.
Me despertaba pensando en su nombre, trabajaba deseando que llegara la hora del cigarro para buscar ansiosa el correo electrónico que me diera la calma y rebuscaba en mi cabeza octosílabos imposibles que nunca hubieran sido escritos. Los alejandrinos, verso en demasía excelso, se me hacía impensable. Todo, en esa ausencia, era un máscara inútil de maquillajes demasiado superfluos. Demasiado inútiles para dar forma dentro de un alma. Demasiado futiles para encuadrarlos en una soleá altiva de cortes clásicos. Demasiado efímeros para sonetos ilustres y cadenciosos.
Poco a poco, con desmanes poco usuales, a puntillazos de ternura y detallismo extremo, el alma se deshizo en mil retales que llevaban puntadas de sus apellidos y aromas que desconocía pero pude intuir desde un primer momento. Tan rápido y sesgado como una hoja presa del viento. Y caí, presa de una sinrazón sin precedentes y sin carne, sin avisos ni horarios ni convicciones, ajena a mejillas sonrosadas de rubores estandarizados en una noche de cortejo preavisado…
Y así nació el amor. Sin testigos ni confesiones al oído amigo. Callado y tenue, firme y alimentado. No hubo dimes, no hubo diretes. Nadie supo de mi entrega más que yo y mis noches en vela. Quizá algún papel cuadriculado intentó dar forma equívoca a la llama nacarada que nacía en mí e inflamaba mi llanto solitario. Nadie supo de la noche suya más que la almohada que recogía su cansancio de vida.
Sin intermediarios, sin copas ni prendidas gentiles de cigarro, sin tonteos ni guiños, sin besos robados, sin insinuaciones, sin miradas consternadas, sin provocaciones ni barras tontas ni amigos consejeros.
Así, sin más, con amor.
Y hoy, que miro su sueño en mi brazo, sé que soy la mujer más afortunada de este mundo.
Y no quiero nada más que su vida, en la mía, sellada.
Verónica V. R. Reyes.
Peor es cuando creo.
12 noviembre, 2011
Ya nunca te veo.
6 noviembre, 2011
Ahora, siempre, porque no estás
6 noviembre, 2011
Cosas de casa II.
5 noviembre, 2011
Esta semana hemos comprado un sofá. Nos abalanzamos sobre la oferta perfecta. A pesar de tener un espacio minúsculo donde apenas entran un par de zapatos nuevos, cada día me siento más cómoda y feliz.
Ya está montado. Traerlo fue toda una odisea. Tres personas, una perra y un cartonaje imposible de introducir en un coche.
Ir a por él fue muy fácil. Mucha emoción. ¿Cómo ir al IKEA y no aprovechar para comprar esas cositas que faltan?
Un sofá-cama con somier y dos cojincitos. Unas bombillas. Unas pilas. Un mantel. Un cojín. La Biblia en verso…
¿Nos llevamos esta lámpara? ¡Está de oferta! ¿Y dónde la metemos? ¡Eso es lo de menos, está de oferta! Yo tengo hambre. ¿Nos comemos unos perritos? Vale, a la salida. Ya tengo el sofá. Esa caja no, que está abierta. Pesa una tonelada, seguro que está bien. No, coge otro. Me estoy agobiando. Ayúdame a cargar la caja en el carrito. Uys, qué hambre tengo. ¿Vas a ayudarme? Que sí, pero coge el de abajo. ¿El de abajo? ¡Esto pesa mucho! Tanto no puede pesar… ¿Lo estás cargando tú? Jajaja, jijiji. A mí no me hace gracia, me tenéis hasta las narices…
Tres cabezas pensantes y ninguna fue capaz de adivinar que todo el manufacturado Ikea, la perra y los tres cuerpos humanos no iban a entrar en el coche…
Desplegar los sillones de atrás para hacer hueco. Bajar el ángulo del respaldo del copiloto para permitir que el panel de dos por uno entre completamente de manera longitudinal enfilándolo por el maletero. Introducir el cartón que pesa, por lo menos, treinta quilos y desplazarlo por el coche evitando pillarse los dedos…
El piloto siempre tiene su sitio. La perra también.
Quedábamos dos. La hermana postiza y quien suscribe.
Hagánse a la idea.
Los somieres del sofá ganga cruzando maletero, parte trasera y asiento del copiloto. El somier, enrollado, atravesando maletero y parte posterior, la perra “incrustada” entre el somier y la ventanilla derecha del vehículo. Las bombillas, los cojines, las pilas y mi confusión obstruyendo el pase de aire entre las ventanillas posteriores, dos bidones de agua (de Dios sabe cuándo) en los huecos destinados a las piernas de los pasajeros traseros, un paquete de pienso (de cinco quilos) en el cambio de marchas.
Mientras, la perra, emitiendo gruñiditos para que alguien la pasee por el aparcamiento del IKEA…
Mientras, los dos perritos con cebolla y pepinillos en vinagre haciendo efecto…
- ¿Y bien? ¿Pedimos un taxi?
- He venido al IKEA aprovechando una oferta…
- ¿Pedimos un taxi?
- Si aprovecho una oferta, entramos todas aquí. Venga, ¡p’adentro!
Piloto en su sitio. Copiloto reclutado entre un somier que le peina el flequillo, una perra que quiere aire fresco y lucha por su supervivvencia y servidora tumbada sobre el somier con el colchón en los riñones, los bidones de agua en la cara y el brazo en forma de R (sí, sí, de R) entre el reposamanos de la ventanilla izquierda del coche y el cenicero de la parte posterior del coche.
- Si nos pillan los mossos…
- Arranca ya que me está faltando el aire…
30 minutos que se convierten en 50…
Que pasan lentos y dando un pensamiento distinto a cada una de las personas involucradas en el mejunje. Una música que suena en la radio mientras tres personas y una perra reconocen dentro de sí que no es tanta la incomodidad como el hecho que las está uniendo.
Mañana, cuando el sofá esté integrado en nuestras vidas, apenas pensaremos que fuimos capaces de sintonizar cincuenta minutos con las personas que son nuestra familia.
Y aquella incomodidad no fue más que otra manera de saber acercarme a ellas.
VVRR
Domando el verso.
29 octubre, 2011
Sólo llego a la Luz domando el verso.
-
¿Quién sabe de la tinta, del tintero
o el desafiante papel en blanco
que troca sollozo en aguacero?
-
Sólo llego a la Luz domando el verso de su sueño.
-
Y aunque no sabe pero siente
el verso amado, en un tumulto silente,
reza en prosodia letanía sin argumento
por dar calma al aire del alma ardiente.
-
Sólo llego a la Luz domando el verso de su sueño en mi espalda.
-
Es en el aire que se escapa mudo de su boca
donde encuentro las razones para avanzar
al paraje insospechado de todo cuanto no me da
y, en su vigilia, no es más que herida viva de nube rota.
-
¿Dónde dejé yo en blanco el gris maduro de un pergamino
que esperaba mil razones en el día que no llegaba
y llegó a ser una pobre excusa de algo que nunca fue, siquiera, mío?
-
Yo domo el verso para demostrar que en mí
habita ese duende salvaje que todo sabe y todo puede
y es mentira que puedo cuando no me valen
ni los dedos de mis manos abiertas para aplaudir.
-
Y al final, como cada día, las evidencias:
Hoy estoy mejor sin mí.
-
VVRR
Atramentum.
Derechos registrados.
No me fío.
12 octubre, 2011
No me fío del ojo que me aborda,
que me incomoda y me disecciona,
huyo del cobarde y el mezquino,
el exacerbado y el comedido.
-
Tampoco me fío de la mañana,
en todas puntas mi mayor verduga,
ni de la noche que oxigena mas no sana
el pensamiento que se repite sin cura.
-
No me fío de la voz que me halaga
ni de la lengua que me habla
con marcada tendencia social,
no atiendo vidas ajenas a la zaga
ni hago teatro en comunidad.
-
No me fío del espectro que me dice “hola”
ni del fantasma que viene a aturdirme;
tampoco del mar ni de su sal, ni de su ola,
no me fío del sol que viene a sacudirme.
-
No me fío de las promesas
que para mí se hicieron
cuando sé que el alma humana,
en otra, es lienzo pasajero.
-
No me fío ni de mi boca tan liviana
que, a veces, me reniega y me envilece
y recelo de mi tacto, tan perdido
que en tu alma limpia se afana.
-
No confío en la vida ni sus pretextos
y siento porfía un llanto amañado,
no creo en efímeros contextos
cuando mentira es “lo obviado”.
-
No me fío del llanto ni de la risa,
ni de mi mano hueca que me escribe,
no me fío de la palabra que no es mía
ni del recuerdo que no tengo,
no me gusta lo que se exhibe
porque lo sentido es silenciado.
-
Sólo me fío de lo que late aquí en mi pecho
y, siendo eterno, no tiene parangón.
-
Me es indiferente si no te fías tú.
Yo sé que eres todo mi juicio y perdición.
-
Y sí, me fío de ti.
Y en ti confío.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
Yo apenas te conocía el nombre.
8 octubre, 2011
Yo apenas te conocía el nombre
y el desgaste tumbado de unas pestañas que decían haber visto por mí
lo que nunca antes habían visto
con los ojos bien abiertos
- ¿acaso con el párpado echado nunca viste lo invisible?-
en contadas estrellas de anhelo y sueño
que yo quise creer,
quiero creer
o necesito creer.
Supe darte, como el niño que descubre un mentor en clausura,
unos surcos en las manos abiertas para que hicieras nuevo camino.
(Con el riesgo de regalar un rumbo, yo sí vencí tus fantasmas
dejando el premio de la ingenuidad de quien nada teme).
-
De poco sirvieron las feas cicatrices de mis cejas y mi vientre
para asegurarte que era herida lo que yo portaba y que,
siendo invisible,
era tan evidente como el milagro en ti,
que yo añoraba.
Apenas conocía tu nombre
cuando la Noche se quebró
para hacer de mí un postre
en las exquisiteces que poblaban tu mesa,
y pude verme un ágape insuficiente
mientras, hambrienta,
bebías en mí la pobreza de quien pretende riqueza.
Más ruin yo cuando quise ser el brindis de una cena
que nunca fue en mi nombre ni pudo saciarme.
No tienen mis dedos envergadura de maestría
y poco pesa el equipaje que me acompaña.
Si acaso, en mi excusa,
una larga espera me acompañaba.
Apenas conociendo tu nombre
supe reconocer el cirio que me consumiría
mientras dejabas entre la candela
un fuego de duda que me mataría.
Como no renuncio a mi pecado
porque oro y plata me preceden,
dejo yo a la suerte de mi Dios,
todo cuanto, en ti, me sucede.
Apenas te conozco en mí
y ya son cientos los temores.
Siendo yo insulso y pobre botín,
¿es justo que me nubles todos los dones?
VR. Atraméntum. Derechos registrados.
Yo, que no entiendo.
10 abril, 2010
VIII. Yo, que no entiendo.
Yo, que no entiendo más que lo que veo y compruebo,
que no oigo más que aquello que acude a mis oídos,
que no hablo sandeces sin sentido y padezco mutismo de rumores,
que cargo su silencio en mi lomo ya vencido,
yo, verduga de verdugos, tengo el plumaje decidido.
Y, ojo, ni es de cordero la vestidura
ni en nidos de cisnes se alzan mis vuelos.
He de ver los avernos subir al cielo
y las alturas quejumbrosas en el suelo.
Porque yo, que no entiendo, veo.
Y, ante todo, siento.
VVRR. “La Victoria de los Ángeles”. Derechos Registrados.
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XXIV. De colores.
Aún hoy, cuando las tempestades de tu vacío
ya no son tan cruentas y dejan el espacio justo
para el llanto amargo pero calmado,
aún hoy, sé que mi destino es tu homenaje.
Aunque a veces el recuerdo de tu vida triste
me azote el alma en tempestuoso oleaje
ya no tengo miedo a las mañanas de disgusto
y tampoco temo dejarme convertir en lo que fuiste.
Con el verde de tu mirada he fabricado
un refugio seguro para la esperanza
donde apenas entra la luz del sol
pero tampoco hay cabida para la tiniebla.
Con el rojo apasionado de tu corazón
me enciendo cada mañana la candela
de tu amor en el centro mismo del pecho
y saco el barquito a la calle
izando en tu nombre todas las velas.
Y tanto color das a mi vida
que luzco vanidosa por bandera
el azul de tus palabras de ternura
al saberme de nuevo la razón de tu espera.
VVRR. “La Victoria de los Ángeles”. Derechos Registrados.
Verduga y traicionera.
10 abril, 2010
me descubre paria de alma y suerte.
¿No soy ya bola roja en la tronera
de tu tapiz verde de presentida muerte?
He llorado cada Luna en tu nombre,
he pedido a Dios entereza fuerte
para hacer de tu indiferencia mi castillo.
Nada sin ti, es el sema que me orillo.
Verduga la noche, traicionera,
me trae tu alma en una silueta
que el tiempo cínico reverbera
en mi sentir frío y loco de poeta.
¡Nunca viste!
¡Nunca oíste!
¡Nunca sentiste!
Por ti he tasado el alma y pagado precio
más alto que peaje en la carrera al Infierno.
Yo te amo y tú me usas, ¡menosprecio!
yo te amo y tú te escondes, ¡tajo tierno!
No sé las reglas de este juego,
ignoro las casillas y las trampas,
¡qué sé yo del fingido apego
que procuraste en mis casillas!
Pero cómo duele no tenerte
en cada quicio de mis puertas,
no leerte, respirarte, no retenerte
en minuto y hora, la pupila abierta…
Que de amor me muero y no lo verás
es algo que sentenciaron entendidos
cuando vieron mi alma atravesar
los mismos desiertos del averno.
¡Vuelve!
¡Me cargo a lomos el Infierno!
Por ti…
Por ti he librado batallas de pulso y palabra,
he renunciado a apellido y patria,
he dejado de comer porque comieran,
he dejado de amar mi sangre
por darte entero y libre el corazón,
he perdido oficio, ventura y diestra
por procurarte altares de bendición.
¿Y ahora me condenas al olvido
y supones nueva espera?
Tengo en el alma un dolor aterido,
dos duelos mal curados,
una venganza heredada
y una duda mal cicatrizada.
Me consume nueva batalla
y tú eliges apartar tu candor
para hostigarme daga canalla
en el mismo centro de mi amor.
Si salgo viva de este combate
que, invisible ha permanecido
a tus pupilas por propia petición,
he de hacerme nuevo equipaje
para salir pronta de esta redención.
Si, por contra, el epitafio se tallara,
no encontrarás quién eleve oración por mí
que no sea tu nombre el que invocara.
Todos saben ya, y supieron prontamente,
lo que tu sabrás cuando te falte,
que nunca hubo templo en mi corazón
consagrado a nada más que tu idolatría.
Es pecado mi devoción.
Antepuse tu razón a la mía.
Es mi sangre la savia que en tu día late.
Yo me condeno a Fuego Eterno,
a abismo negro y propia herejía,
porque te doy, sin pago, el alma mía.
VVRR. “Epitafios”.
Derechos registrados.
Tres veces la mejilla.
11 abril, 2010
La ígnorancia es pupila del atrevimiento,
tu puñal, perverso, sin dilación,
se arenga,
se asesta,
destruye,
hiere.
(Y acicala mis alas). Las doy por amor a quien lustra mi verso.
La madrugada tranquila de la inquietud
tropezó en la voz de quien amante, se sabe amor,
me sabe,
me siente,
construye,
sana.
(Tú impregnaste mi canto de lágrima). Rebozo ahora nebulosas de alegría.
Bienhallado sea el odio en tu caso.
Bienvenido sea el amor en el mío.
No rectifico el debate ni devuelvo pedrada.
No desato la sinhueso ni altero el devenir.
No correspondo el agravio con vilipendio.
Nunca usé fuelle para avivar un fuego.
Sí repliego la voz ante el insulto.
Sí ausento mi perfil ante tu paseo.
Sí guardo el respeto y el pudor.
Siempre devolví beso a bofetada.
Bendecido, en gesta, sea siempre tu paso.
Agnóstico, en hazaña, sea el mío.
Seré yo, ingenua y doliente,
quien comprenda, al punto,
que no se voltea una moneda
cuando cara es odio grotesco
y cruz el milagro del amor.
(Tu envés es virulencia). Mi revés es una oración de paz.
Vuelve la vista cuando quieras,
desde donde quieras
y en el modo que te convenza.
Plácida o nerviosamente.
Y mira tu obra, tu arcilla sin escudo,
tu barro indefenso y deshecho,
tu creación última… Yo, en pie.
Retoma la trampa si es deseo,
imanta el dado del Destino
para ganar doble jugada,
aprovecha mi parpadeo
para guardar ficha en la solapa,
gana el envite con trastada.
Yo el daño no lo consigno. Ni lo veo.
Cuando acabes el juego,
calzarás sandalia de laurel.
Y puedes alejarte ante estupor ciego.
No tendré ni labios ni ojos ni oídos.
¡Una condición!
No mojes tus manos en el río de mi sangre.
Si alcanzara tu dedo incauto
el manantial sacro de mi vena,
- y no siendo amenaza, es garante-,
trucaré mis dados en devuelta faena.
No vuelvas entonces.
Perderás la apuesta del tablero.
(Es guerra avisada). Y anticipada, nunca mata soldados.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Tres veces la mejilla”. Derechos Registrados.
De ida y vuelta.
14 abril, 2010
Consternada aún podía ver entre las sábanas grises a quien acababa de hacerle entrega de su cuerpo, su alma y sus intenciones de vivir. Retiró el juguetón pelo que le tapaba la frente, besó la piel con infinita ternura y se levantó evitando hacer cualquier ruido que pudiera entorpecer el sueño de quien dormía a su lado. Las cuatro de la madrugada es una hora más que adecuada para pensar. Además, el insomnio no es tan enfermizo si se tiene a quien mirar.
Hacía semanas que estaba convencida de que aquello no era un sueño. Incluso sentía miedo. Miedo a un compromiso que ella quería pero que no lograba atisbar en la mirada de quien enredaba sus piernas en su cintura. Parecía que las baterías de respuestas que encontraba a sus dudas eran, sencillamente, las resoluciones que ella quería escuchar. Sin más ni menos. No había discusiones, puntos contrarios o dialécticas enfrentadas.
Todo era, inexplicablemente, perfecto.
Dirigió sus pasos a la cocina para hacerse un café y buscó entre los artículos de la mesa su paquete de tabaco. Mientras esperaba que la cafetera borboteara el denso y negro líquido que la sacaría del sopor para llevarla al plano correcto de la realidad, encontró un fantasma recostado en el sofá, plácidamente, esperándola.
- ¡Ah! Buenos días…
- ¿Qué tal? ¿Intentando vivir?, arguyó.
- Sí, intentamos… ¿No te habías ido?
- ¿Crees que enamorarte hará que me vaya?
- Bueno, confiesa que durante estas semanas has estado atormentando otras mentes…
- Por dejarte hacer, por dejarte hacer…
Se encendió un primer cigarro. La primera calada le supo a amargura y a nostalgia. Le trajo a la lengua el sabor de entierros, de ausencias, de conspiraciones ilógicas y de ardides ajenos ya casi olvidados. No dejaba de observar al fantasma. Tenía fija la sonrisa en ella y la miraba con curiosidad. Buscaba un diálogo al que ella no quería hacer frente pero que sabía, irrenunciable.
- ¿Y? ¿Vienes a advertirme, regañarme, hablarme de otras cosas o simplemente a decirme que me aparte porque mi destino es estar sola?, preguntó rápidamente mientras sorbía un poco de café.
- No, vengo a recordarte quién eres. Por cierto, estás cambiada. Te noto mejor que la última vez que te visité.
El silencio se hizo grito en el salón. Ella esbozó una media sonrisa y dejó que la conversación la iniciara de nuevo su perfecto amigo de conciencia.
- ¿Renunciarías a todo por amor?
- Depende…- dejó la taza en la mesa-, ¿Qué entiendes tú por amor?
- Tú sabrás. ¿Piensas que amar implica necesariamente que el objeto amado te necesite en la misma medida? El amor es harto complejo y sofisticado. Es infrecuente que dos seres humanos se amen en la misma medida.
Encendió otro cigarro mientras la Duda se apoderaba de su cuerpo arrimándole una taquicardia esporádica. Se afanó en disimular el temblor en la voz.
- No creo que me esté equivocando esta vez. Estoy muy segura de a quien quiero entregarle la vida. Sabes que no me gustan los amores fugaces y sabes que la razón impera en mis juicios de valor.
- ¿No me dijiste eso antes? – preguntó con los ojos muy abiertos.
- ¿Cuándo?
- Cuando excusaste tu partida en ese mismo argumento. Te fuiste. Recuérdalo. Todos los que te quisieron te dijeron que era el gran error de tu vida. Y te dio lo mismo. Seguiste el corazón. ¿Aún no comprendes que no sientes como el resto de las personas?
- Entiendo que puedo sentir más de lo debido. Pero también sé que ni es pasajero ni lo había sentido nunca. Apareció de repente y llenó todo mi ser, me hizo libre y sana mis heridas. Me transporta, me hace sentir mejor persona y mejor mujer. Llena el espacio turbio de los recuerdos pesarosos y me hace crecer.
- Qué pedante has sido siempre… Hay cosas que nunca cambiarán.
Saca de la gabardina una caja negra, cuadrada, brillante. Ella acierta a leer sus iniciales en la parte superior. Llega a sorprenderse, incluso. Él la deposita con cuidado sobre la mesa donde ahora tiene recostadas las etéreas piernas.
Está inmóvil, petrificada. Mira la caja intentando descubrir el contenido. Puede ser un regalo. Puede ser otro sucio truco de su amigo. Puede incluso ser la semilla de la Duda. Pueden ser las preguntas y las respuestas que no quiere darse ahora, en este momento.
Se miran unos segundos. Ella baja la mirada, abochornada.
Recuerda en un instante eterno, aquel poema que compuso hace ahora unos meses.
Utrimque roditur.
Son como ratoncillos que vienen y van.
Molestan, traban tus pisadas, olisquean tus dedos, corren, roen, incluso trepan. Luego se esconden.
Son como carcoma.
Termitas hambrientas de alma y ganas. Mordisquean desde dentro. No puede verse apenas sangre. Se esconden también.
Son algo parecido al moho.
Aparecen casualmente y van expandiéndose a roales, proporcional y rápidamente. Nadie se preocupa cuando aparece. Una mano de pintura arregla el problema visual. Queda escondido, pues.
¡Sanguijuelas!
Horadan tu piel, hincan la punzada, se apoderan del cauce. Y succionan. Chupan hasta morir ahítas. Después se desprenden. Desaparecen. Se esconden.
Son tus fantasmas.
Escondidos a ojos ajenos.
Acerca la caja hasta ella en un grácil sorteo de sus dedos afables y resignados. Resbala sigilosa, imperceptible el movimiento desplazado. En un gesto la conmina a abrirla. Ella duda, con sorpresa en el rictus de su rostro. Mira fijamente la caja. No la toca, no quiere abrirla.
- Ha llegado el momento. Y debes abrirla. No puedo tenerla yo.
- No sé qué hay dentro. Y no me gustan las sorpresas. Ni las buenas ni las malas. Soy animal de rutina.
- Si eres animal de rutina, ¿cómo has consentido este encuentro que te enciende, te apaga, te ilumina y te aleja de tantos que hicimos un refugio seguro para ti?
- Vino. Solamente vino… No pude hacer nada por frenarlo.
- Tú no sabes nada del amor, ni de sus maneras y formas. El amor universal que tú proclamas, que rige tu acción diaria y te procura el altar inventado en el que vives no tiene nada que ver con entregarle la vida a una persona. No sabes. Y ése es tu miedo.
- Puedo intentarlo, ¿no? Nadie nace aprendido.
- ¿Me das un cigarro?
- Jajaja, tú no puedes fumar… Eres un invento de mi imaginación.
- ¿Estás segura de eso?
Toma un cigarro y lo lleva a la comisura de sus labios en un ademán sosegado y experto. No lo enciende. Sólo lo apoya en el labio inferior.
- Abre la caja. No esperes más. Recuerda entregarlo sano. Yo tengo que irme.
Cuidadosamente levanta el regalo de la mesa y lo lleva hasta su regazo. Pasa las yemas de sus dedos por la inscripción. Sí, son sus iniciales. Apresa la tapa entre sus dedos y fuerza la bisagra. Algo, dentro, comienza a moverse con un suave tintineo rítmico.
- Ahora es tuyo. Te pertenece de nuevo. Cuídate.
Sin darle tiempo a responder, desaparece.
De nuevo, sola. Mira hacia dentro.
Un corazón. Su corazón.
Se estremece ante la pronta idea de tener que tocarlo. Lo observa con curiosidad y detenidamente. Advierte la existencia de unos alfileres rasgando la superficie roja. Se pregunta si debe sacarlos uno a uno. Si ésa será la trampa. Ya no tiene a su interlocutor para despejar esa incógnita.
“Recuerda entregarlo sano”.
Mientras repite esa frase en su cabeza, se dirige a la puerta del dormitorio. Allí está. El sueño envuelve su cuerpo y su alma. Su cabeza, oculta bajo las sábanas. Duerme. Duerme y respira. “No hay mayor confianza que dormir delante de otra persona”, se dice. Entorna la puerta y se dirige de nuevo al salón. Toma la caja, que late tímidamente. La abre de nuevo.
- Tengo que entregarlo sano – musita…
Introduce sus dedos en la caja y alcanza un primer alfiler. Lo extrae con sumo cuidado. Una oleada de sensaciones y recuerdos sacude violentamente todo su cuerpo.
Está llorando. Maldice al destino, a la vida y a quienes permitieron el sufrimiento ajeno. Se culpa de esa ausencia. Ella debía haber estado aquí. Reza continuamente. Llora, reza. El alimento no entra en su cuerpo más que para salir con prontitud y sin digestión posible. ¿Cómo hacerla grande en sus cantares si no estará para verlo? Culpa. Culpa es el sentimiento. Podría haber evitado aquella muerte. Su presencia habría bastado. Es consciente. Una madre no se puede ir sin decir adiós.
Despierta bruscamente de la ensoñación. El alfiler, limpio a pesar de haber estado incrustado durante años en un músculo, brilla pulido, impoluto y sin mácula.
Decide dejar el alfiler en el cenicero. Mira dentro de sí buscando el recuerdo de su madre. Aparece ahora desnudo, tranquilo, reparado y conciliador. Se sorprende. No hay culpa. Ve cómo aparece una silueta a través del pasillo. Reconoce el verde estanque en la mirada.
- Hola mamá…
- Hola mi niña…
- Te quiero.
- Yo siempre estoy contigo. Y no dije “adiós” porque jamás me he separado de ti. Sigue andando, sigue batiendo la adversidad. Ama y déjate amar.
Un misterioso beso se asienta en su sien izquierda. Una brizna de aire fresco golpea con sutileza su flequillo largo y despeinado.
Observa el corazón. Pareciera un ritmo más vivo y natural. Un acercamiento primerizo a un nuevo compás.
Descubre un segundo alfiler. Intenta sacarlo con la misma destreza aprendida hace unos minutos. “Es difícil”, piensa.
Con el segundo alfiler en la mano, espera la llegada de la nueva llaga. Ésta vez suena su teléfono. No deja el alfiler. Recibe la llamada.
- ¡Hola! Sólo quería saber cómo estabas. Si estáis bien… Y perdona la hora intempestiva. Noté que podía estar pasando algo…
- Sí, todo muy bien… ¿No duermes? – siempre le reconforta oír la voz de su hermano a través del teléfono.
- Bueno, ya sabes que poco y mal, como tú… ¿Cuándo vuelves?
- La semana que viene.
- Te echo de menos…
- Y yo a ti.
- ¡No te olvides de que te quiero!
- Tú tampoco…
Cuelga el aparato.
El alfiler ahora está limpio. El amor incondicional y la lealtad. Lo deja en el cenicero.
El corazón parece activarse por momentos. Cierra la tapa.
Decide parar unos minutos. Enciende un cigarro, vuelve a asomarse al dormitorio y se pregunta si el sonido del teléfono habrá despertado a quien ahora se ha convertido en algo más que su alma. No. Duerme. Profundamente.
Decide ducharse. El agua tibia reconforta su piel fría. Sonríe. Se atreve a tararear una canción mientras enjabona sus brazos.
La madrugada es larga. Tiene muchas cosas que hacer cuando el alba llame a la ventana.
Seca su cuerpo. Ha pensado, bajo el agua, dejar de fumar. Así puede garantizarse más años de vida. Junto a quienes quiere.
Se viste con lo primero que encuentra a su paso.
“Tengo que entregarlo sano”, se repite.
Vuelve a tomar su caja y contempla tres alfileres más. Extrae el tercero. No sucede nada. Enciende el televisor mientras sostiene el metal entre su índice y pulgar.
Nuevo avance en la investigación contra el cáncer óseo. Si bien no para el desarrollo de la enfermedad, sí puede ralentizarlo garantizando años de bienestar al paciente. Detiene la reproducción indiscriminada de metástasis y reduce en un 75% los dolores tumorales de los pacientes.
- Hola …
Ahora debe girarse para dar rostro a quien le habla. No puede reconocer la voz.
- Papá, ¿puedes hablar?
- Claro, pequeña, la laringuectomía era sólo corporal. Mírame, ya no tengo bultitos ni en la espalda ni en la cadera. ¿A qué estoy guapetón?
- Muy guapetón… Estabas guapo de todas formas.
- Sólo vengo a decirte que no se pudo hacer más. Y que ahora puedo correr, moverme, hablar… Que estoy bien, muy bien.
- Si hubiera sido científica podría haberte salvado…
- Ya lo hicisteis. Tú y tu hermano. Os quiero.
Deposita el tercer alfiler en el mismo lugar donde yacen, brillantes, los dos anteriores. La impotencia muere en el cenicero.
Recuerda la voz de su padre. Privado de ella, tuvieron que aprender a leer sus labios. Demasiada cruz para una persona inquieta, nerviosa, parlanchina y en demasía sociable. Trabajador incansable, amante de la vida y maestro de maestros. Amaestró a la Fatal, la toreó, la engañó durante meses.
Ahora le parece respirar el perfume de su padre. Sin duda, ha estado allí, junto a ella.
Quedan dos alfileres.
Éste es más pequeño. Parece de un metal distinto. Pero es más pesado y grueso. Lo mira, ensangrentado. Mientras lo pasea entre sus dedos, se le resbala y cae en un descuido, al suelo. Cuando se agacha a recogerlo, se topa con unos pies descalzos.
Alza la vista con nerviosismo, intentando dar nombre a la figura que se muestra ante ella. Aun consciente de que es una forma humana, concluye que no es la esencia misma de un mortal.
- No te afanes en buscarme una explicación.
- ¿No?
- No. Soy un espíritu maltrecho. Tu alma rota.
- ¿Rota?
- Te dejo libre. Nunca te amaron y debes saberlo. Yo lo supe desde el principio. Tú no quisiste ver. Pero me voy. Alguien te quiere y no hay sitio para mí. Olvida lo anterior.
No vivas recordando, no camines con mochilas que ya te son ajenas. No enjuicies el pasado de nadie ni cuestiones las conductas. Siente. Vive cada momento como si fuera el último. No trabes tu discurrir con dudas innecesarias.
- No sé si podré evitarlo. Son ráfagas. No puedo despojarme de un sentimiento con facilidad. ¿Cómo lo puedo hacer?
- El silencio te dará todas las respuestas. Yo tengo que irme. Alguien reclama el cetro de tu vida. Y yo nunca fui heredero a ese trono.
El desamor y la traición. Deposita el alfiler junto a los otros. Es totalmente distinto a los demás. Ahora, limpio, le parece el menos brillante. Enjuto y grueso. El corazón bombea con suma facilidad, con una armonía inusitada y libre. Diáfana.
Recuerda aquél cuento de Khalil Gibrán que tanto le gusta.
Dijo una ostra a otra ostra vecina:
-Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima.
Y la otra ostra replicó con arrogante complacencia:
-Alabados sean los cielos y el mar. Yo no siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta por dentro y por fuera.
En ese momento, un cangrejo que por allí pasaba escuchó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera:
-Sí, te sientes bien e intacta; mas él dolor que soporta tu vecina es una perla de inigualable belleza.
Sonríe para sí misma. La mañana empieza a perfilarse a través de las ventanas. Pronto tendrá que marcharse. Sólo queda un alfiler.
Tiene que darse prisa. Pronto sonará el despertador.
Desprende la línea metalizada.
El miedo aparece.
- No sé amar.
- No importa. Contigo todo es nuevo. Yo olvido todo lo anterior.
- ¿Podré darte lo que necesitas?
- Sí, seguro que sí. ¿Podré yo?
- Sí. Sólo quiero estar contigo.
- Pues no tengas dudas. Quiéreme. No quiero que pienses en mi pasado ni que te compares. Porque eso no es bueno para construir nuestra vida.
- ¿Quieres casarte conmigo?
- Sí.
El alfiler de las rumiaciones, de la duda y del temor a perder lo que se ama. Al cenicero.
El corazón bombea descubierto, sano. Vivo.
Se viste rápidamente. Deja un beso sobre los labios de quien ya despierta suavemente.
Camino a la calle descubre que sus pies son más ágiles, sus manos más generosas y su sonrisa más amplia y menos fingida.
Reconoce una mujer nueva en sus facciones y su andar. Traba su paseo en una proyección de futuro. Oye canciones, ve una familia, una casa, hijos. Un sueño de acuarela con nombre propio y compartido.
Coge su móvil para mandar un mensaje a quien, sabe a ciencia cierta, será cómplice de su vida. Se distrae sin darse cuenta. La dicha la embriaga. “Todo va a salir muy bien”, piensa.
El choque es directo, frontal. Estruendoso y rápido. Ella no ve el vehículo. El conductor del vehículo no la ve a ella. Causalidad nefasta. Casualidad funesta.
Cuando llega la ambulancia sólo puede constatar lo evidente. Traumatismo craneoencefálico, múltiples heridas inciso-contusas y hemorragia interna.
Sólo queda certificar la defunción.
Se recibe un mensaje en el móvil. Al lado, observa una caja con las iniciales de ella.
Coge el móvil y lee.
Abre la caja y sonríe.
“Te quiero” fueron las últimas palabras que escribió.
“Se lo entregué sano” fue el último pensamiento que cruzó su cabeza.
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR. “De ida y vuelta”.
Derechos registrados.
Degustar pasado.
16 abril, 2010
ajeno, amado empero,
es remedio insano
a curioso desespero.
¿Dónde y cómo olvido
que otros labios
musitaron en tu oído
un “te quiero”,
que era ensayo de mi voz?
Que saber de tu andanza,
de aire lacio pasajero,
no fue látigo… Fue coz.
¿Dónde, emérita, la doctrina
de tu cuerpo sobre mi alma,
no me dice que hay retorno
de tempestades aciagas?
¿Dónde se ilustraron tus manos
en las caricias que amagas?
¿Dónde, amor, dónde escarbo?
¿Dónde recluyo la lágrima
que resbala cuando, con garbo,
me apresas la cintura en la piel?
¿En qué lugar infértil, árido
hago un pozo para olvidar la hiel?
Clavas.
Me dueles.
Dueles.
Te clavas.
En tu coso curtido, aventajado
mi espíritu no puede ser rejoneador.
Y ahora que degusto tu pasado,
sólo me queda deglutir mi dolor.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”.
Derechos Registrados.
Tiene idea la distancia.
16 abril, 2010
Tiene idea la distancia
al asomar el párpado al día,
del peso que cargo y me escancia
al antojar tu rostro en lejanía.
Podría perder el rumbo
alguna tarde cualquiera,
encaminar paso y tumbo
a encontrarte en una acera.
Podría en algún viraje,
provocado por mi ausencia,
pasear tu calle en rodaje
martirizando tu esencia.
Podría hacerlo.
Casualidad. Causalidad.
Podría mirarte, fija,
pupila en iris flamada,
con tenacidad de lija,
hablarte con mi trabada
lengua en gritado silencio.
Podría rozar, en evidente
intención anticipada,
tu nuca hueca, lentamente,
en un aliento asombrada.
Asir contorno en abrazo,
de repente sin girarte,
calcar sello de sonrisa
en el apero de amarte.
Sutilmente, acercar cara
a la ladera soñada
de tu hombro alto tembloroso,
reposar mi voz templada
en tu piel, en su reposo.
Podría susurrar “te amo”,
obligarte la ceguera
de cordada que te anuda,
respirarte la punzada,
besar la miel de tu duda.
Yo podría…
Pero el péndulo traidor
marca sólo lejanía.
Verónica Victoria Romero Reyes. “El quicio de un sueño”.
Derechos registrados.
Inmenso, único, último.
17 abril, 2010
II. Inmenso, único, último.
Queda algo en ti que nunca entregas.
Algo límpido, extraño en conclusiones,
sutil como el poso de un café de noche
y triste como un huérfano sin guía.
¿Me regalarás el lastre pesado
de tus asientos de reproche?
Inmenso.
Deslumbrando el límite de lo exacto.
Algo, de mí, yo no entrego,
por ser tintura profana vacua,
herida que llevo escondida,
en la memoria de un fuerte taconeo.
¿Podré darte más que una vida
y un cielo nuestro con olvido?
Único.
Murmurando tu nombre en el óbito.
En ese nos, de hora ausente,
perdida en tacto mas invicta,
en un latido vivo y silente,
prendo mi rosa en tus claveles.
Inmenso, único, último.
Mi mármol roto en tus cinceles.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”.
Derechos registrados.
No puedo.
17 abril, 2010
IV. No puedo.
No puedo hervirte el cosmos piadoso en un beso,
no puedo golpear con el cuarzo virgen en tu cama
el contorno insinuado de tu impaciencia sin peso.
¡No puedo perdonarme no ser la primera en tu llama!
No puedo engullir el tiempo y digerirlo sin masticar,
no puedo ahorcar la soga de tus pasiones anteriores,
no puedo pensarte sin pensar que no fui eterna en amar.
¡no puedo servir razón por corazón, sin temores!
No puedo amar sin recordar.
Y predigo veredicto de temblores.
¿Podré helar el incesante soplo celoso que me fustiga
o arrancarte la piel, en secreto, a mordiscos apasionados
para enfriar el volcán de lágrimas ígneas que me hostiga
cuando te sé versículo de otros Evangelios abandonados?
¿Podré digerir el insensato intervalo donde yo te esperaba
y tú, lejanía, ingenuidad y rápida escalada aventurera,
procurabas carne y aire a quien honores te acercaba?
¡Tú ensombreciste el “te quiero” en más de una carrera!
No puedo amar sin olvidar.
Y maldigo ser, en tu arcano, mera escudera.
Mora en mí el desconsuelo de ser esclava
de amor de única afluencia y escalada.
No soy más que la rota asidera
donde bebieron, ajenos, tu alborada.
No soy preludio, adagio ni vela de tu bandera.
Soy, entre tantas, una impar página numerada.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”. Derechos reservados.
Poemario “Estupifacta”. I parte.
17 abril, 2010
“Estupifacta”
Al asombro estúpido y vital.
A mi familia, la de sangre y la de alma.
Gracias.
I. Para ser condescendiente.
Para ser condescendiente
tendré que decir,
abiertamente,
que prefiero
el baño de sinceridad,
que duele,
a la ducha de adulación,
que miente.
II. Repetitiva.
Hay dolor en mi día
y hay olvido en tu noche.
Tatuaje tu risa en mi piel,
querella mi mirada en tu mano.
Degusto la carne entumecida,
vomitas la miel empalagosa.
Venzo el triunfo,
derrotas el fracaso.
Sombra y Luz.
Hielo y fuego.
Tengo mano ciega y pupila manca.
En tu arbitrio… la única razón.
Si conoces del filo de la navaja
y en tu mano es fácil atajo,
¿Por qué tu labio no aja
el florecer tardío de mi tajo?
Mátame ya. Ten compasión.
En el alma tengo ya la raja,
sentencia ya este corazón.
III. Los susurros de antaño.
Los susurros de antaño
no son más que las esporas de recuerdo
que se vierten en tu adiós preclaro y confundido.
Sí. Dijiste que sin mí. Lo recuerdo ahora.
Volví a preguntar, asustada. Dijiste sin mí.
Hubo noches de fuego donde el frío me quemó.
Hubo días de sol radiante donde la lluvia me mojó.
Pero yo no puedo apartarme del agua
por mucho que el río desboque su cauce
para no salpicarme las gotas a su paso.
¿Pero puedes? ¿Te atrever a mirarte sin mí?
¿Osas mirar el camino sin apresar mis dedos en tu mano?
¿Cuándo decidiste que, muerta, debías darme puntilla?
¿Acaso caer y caer no fue a tus ojos castigo suficiente
para condenarme también a despojarme un amor
por el que dí la vida, la intención, las llagas, la carne viva,
la lengua latigada y el alma de quien me advirtió de tu albedrío?
Yo creí en ti. En mí. En ese “nos” que sólo fue plegaria en mi boca.
Yo me aparto porque tú lo pides y deseas
y apago mi anhelo de saberte o esperarte
con sorbos de añoranzas y nostalgias.
Puedo cortar mis dedos o arrancar mi lengua.
Puedo escarbar tierra para asfixiar mi ansia.
Puedo callar, puedo hacerme aire, amansar
el maleficio que me arrastra a tus pies.
Puedo acartonarme las rodillas para no correr hacia ti.
Puedo. ¡Debo!
He sido chucha siempre. Arrastrada.
Suplicando de ti un cariño, un tiento.
Yo me bebo el néctar de un grial
que sólo fue santo en mis creencias.
Y enmudezco.
No verás ni oirás. Ni tocarás.
Cuentos vendrán a ti
relatando mi ventura.
Pocos sabrán de distancia o tiempo.
Yo soy señora de único amor.
Sólo dirán una verdad:
Amor como el mío nunca más conocerás.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Estupifacta”. 2010.
Derechos registrados.
No podré.
18 abril, 2010
V. No podré.
No podré inmacular los hollines de ciclones
que dejaron ceniza entre tus caderas perforadas,
no podré dejar que el viento robe los tifones
de mis infantiles morales diatribas exacerbadas.
No podré ajusticiar el tic-tac con la espadaña,
no podré prender hogueras para justificar herejías,
no podré alzar mi espada de amor en tu guadaña.
¡No podré templar el corazón en sus agonías!
No podré ser de ti, si nunca de ti fue mi trino seco.
Y tiembla el verso vano en mis Poesías.
¿Podría apresar el pájaro de altos vuelos, sin nido,
o conservar en mi pulso, ligero y alicaído, la mirada
que, siendo tuya, no descansa ya en mi ruido,
cuando supe de tu siembra anterior enamorada?
¿Podría en hercúleo esfuerzo, descuartizar un libro
donde el prólogo no fue mío, donde el acantilado
de tu instinto, hizo caer el sueño eviterno mío?
¡Tú, altura sin escala, entregaste vino sagrado!
No podré ser de ti, si nunca de ti fui prólogo abierto.
Y las estrellas, que titilan, hablan de mi dolor muerto.
Pasta en mí el ojo vivo que ve, que siente,
que prefiere ser ciego, vacío o tuerto.
No podré ser más que el capítulo paciente
donde otros cuerpos dejaron mi amor yerto.
No podré ser epílogo, tempo o contraportada.
Seré, en tu obra, un atisbo lúgubre de la nada.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”. Derechos registrados.
No podría.
18 abril, 2010
VI. No podría.
No podría extinguir el incendio de tu cuerpo,
ni podría esculpir tu alma en otro lienzo de satén
martilleando la roca de tu gravamen suelto,
¡no podría saciar mi sed de alma en otro badén!
No podría insuflar aire vital en mis pulmones,
no podría peritar mi desastre en tu informe,
no podría confiar al alma tuya mis pasiones.
¡No podría caminar sin tu piel fresca multiforme!
No podría alzar diques por atrancar tu corriente.
¡Es ilusoria palpitación que tu ser me conforme!
¿Podría petrificar en mi anhelo injustificado
el planteamiento egoísta, socorrido y alevoso
de engendrar en tu vivido grafismo esposado,
el grillete último y perpetuo de la sal de mis labios?
¿Podría embalsamar tu caliente latido en mi locura
inmolando, en sacrilegio, amores tontos y sabios
que dibujaron mi existencia contigo de sutil negrura?
¡Tú, en mi salve, enjuagas amor con tu dulzura!
No podría ya cercenar el brazo que me atropella.
¡No podría ya mi alma ser del remanso tu querella!
Perpetuo mi mutismo y espigo la amargura
por no acalorar tu frágil pecho nervioso.
No siendo más que bola de ábaco en tu figura,
renuncio a palabra o verso purgador, indecoroso.
No soy novela, ensayo, tragicomedia ni poemario.
Soy, entre plegarias, un sincero novenario.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”. Derechos registrados.
Pude, puedo, podré.
23 abril, 2010
VII. Pude, puedo y podré.
Pude en el regate de amor esperado y riel,
rebaja no hubo en tranco, tropel ni zancada,
consagrarme en templete de alma y piel
al retablo de azúcar que me cerraba, asediada.
Pude cauterizar, eterna en mi vena, tu mordedura.
Puedo en el chasquido de tu fiel epítima
rubricar con verdad el numen de mi catinela,
hacer de una noche blanca, una epístola legítima
y ser la vigía atenta que, el velero, con mimo, cela.
Puedo manifestar que eres herida y eres la cura.
Podré calmar el flamígero sacrilegio de desearte,
en ramilletes de alma y carne brutalmente derramadas,
si, en mi dársena consientes mi entrega y entregarte
todas las mazmorras que quedaron, en papel, aguijonadas.
Podré, con herejía, admitir con desparpajo, tu desgarradura.
Donde hubo endeblez quedaron cardenales
que no fueron marcaje en el cuerpo inexperto
sino serenatas temblorosas y tántricos recitales
donde resucitaste, con rubores, un corazón muerto.
Donde se quiebre esta pluma, sólo tú serás su vestidura.
Yo, en la brizna de tu respirar con nuevo tratado,
encomiendo mi vida a la suerte de tus paisajes,
a tus silencios lívidos, a tu convenio sufragado,
¡Yo te regalo el alma con sus bruscos virajes!
Yo, a tí, te entrego la alcazaba de mi reino. Sin cerradura.+
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”.
Derechos registardos.
Fénix.
25 abril, 2010
XI. Fénix.
Como Fénix, en sus cenizas, renacer es mi estrella.
Consumida en el propio fuego que por destino
mi suerte conocida traba en grandes querellas,
encontraré el osario pasado con acierto fino
e izaré osamenta regia donde estuvieren las mellas.
Nada habrá bajo el sol que obligue la servidumbre
de mis alas reales al destello de bravos halcones
ni esclavitudes vanas enlazaré en la raidumbre
de los fuertes cartílagos brillantes de mis alones.
Conocerán de mí por el polvo de mi estela,
de notas tupidas en cadencia de algodones,
de bríos afables, de noble hilo y fina tela,
portaré el amor en vainica y bordones.
Ya mi vuelo no será una caída macabra
ni conciencia mi camino de curvas cincela,
¡Quinientos años de silenciada palabra
se imprimieron en mi renacida vela!
Soy de viento, de pensar y de abrasadora llama
y devastaré los campos de miel, flores y barro
donde hacían nidos, de un saúce en la rama,
las lisonjeras urracas que el piar ahora amarro.
Las hogueras que me hicieron polvo de nada
son ahora efluvios de olvido en suave ventisquero,
en mi nuevo plumaje no hay rencor, ni espada
atiza, desde el cielo que moro, antiguo carbonero.
Renaciendo en mí y conmigo, he olvidado toda oleada
de afrenta en mi vereda incrustada como esmeralda
en alianza de oro noble y fino eternamente engarzada.
¡No necesito maestro herrero
para sacar la joya de su rodero!
Renazco en olvido y redimo las penas sin daño.
Hoy, que perdono, comprendo, al fin,
que me absuelvo de la ausencia de antaño.
Acaso, una noche de triste presagio, si en mi estrenado resurgir
aparecieran culpas o remuerdos varios que me dieran desasosiego,
trataría de hilvanar con aguja de sonrisas, un peculiar convivir.
¿Podré yo hebrar el perfume de la rosa con el aroma del espliego?
Como Fénix, en sus cenizas, renacer es mi estrella.
Dejo atrás cinco siglos. Los perdono. Los olvido. Y los niego.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Fénix”.
Derechos Registrados.
Hablo.
30 abril, 2010
III. Hablo
Mañana, sin duda,
mirarás mis ojos.
Y mañana conocerás
el verdor apagado
de unas pupilas sin vida.
Y no hablarás.
Y no habré de hablarte.
Porque donde creíste cercenar mi esperanza,
quedaron abrasadas mis ganas de eternizarte.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Némesis”.
Derechos registrados.
Ab imo pectore.
30 abril, 2010
V. Ab imo pectore (Desde el pecho).
Será otro quien escriba la historia
testimonial en el réquiem amado.
Mas es mi pecho casa de memoria
donde hallará el algodón manchado.
Dentro, oculta, la rara melodía
que quedó, inquieta, en margen eterno
de una lágrima caliente, pero fría,
donde oculté la vida con invierno.
Desde el pecho, con soberbia, más erguida:
¡Nunca hay más muerte que la propia vida!
VVRR. “Estupifacta”.
Derechos registrados.
Sonó el cuerno.
1 mayo, 2010
VII. Sonó el cuerno.
A lo lejos sonó el cuerno.
Me fui para volver, empero.
Comenzará el infierno.
¿Viste mi sonajero?
Atascaste con rodete la puerta
y ni pestillos habré de forzar
para dominar la alcazaba abierta.
Mis huestes son de silbido lisonjero.
Nunca hubo precognición más cierta.
Concebiste inocencia en mi exilio,
perenne en discurrir, poco afable,
confiando en mi pereza por volver
para ajusticiar la mano culpable
y desvelar la sucia superchería.
No amedrenta el presidio ni la locura,
el legítimo valor osado de mi infantería,
ni el dolor propio ni la injuria vana
atemorizan mis ejércitos en jauría.
Y ahora, heme espada en firme duelo,
honestidad en infamia y perdón en porfía.
Yo recogeré la estrella que tú mataste en el cielo.
VVRR. “Estupifacta” Derechos registrados.
Asfixia.
1 mayo, 2010
Ahora, el lecho guarda sólo unos miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza,
pero ya no hay un hálito que los alimente y les dé vida.
Murió… Mas en sus labios, que los besos perfuman aún, se muere la risa,
y ronda el nombre de su madre;
y según se muere, se acuerda de los regalos del año que nace.
Se diría que sus ojos se cierran, pesados, con un sueño tranquilo.
Pero este sueño, más que nuevo honor de un mortal,
rodea su frente de una luz celeste desconocida,
atestiguando que ya no es hijo de la tierra, sino criatura del Cielo.
¡Oh! con qué lágrimas la madre llora a su muerto
¡cómo inunda el querido sepulcro con el llanto que mana!
Mas, cada vez que cierra los ojos para un dulce sueño,
le aparece, en el umbral rosa del cielo, un ángel pequeñito que disfruta
llamando a la dulce madre que sonríe al que sonríe.
De pronto, resbalando en el aire, en tomo a la madre extrañada,
revolotea con sus alas de nieve
y a sus labios delicados une sus labios divinos.
Rimbaud
“Si te dan en un cachete, pon el otro”…
“Perdona siete veces setenta y siete”…
“A maldad hecha, bondad manifiesta”…
Me he debido acostumbrar a ponerlas intermitentemente. (Las mejillas).
En ocasiones despiadadas se me olvida girar el rostro y el bofetón viene sobre carne maltratada.
A todo se acostumbra uno. Si convives con el dolor, la ausencia de éste puede llegar a provocar en ti el miedo más oscuro y desconocido. La falta de pinchazo espiritual puede ser, incluso, una cruz más pesada y puntillosa. Ratonil, despiadada y sorprendentemente ágil en razonamientos inexactos, errados y desquiciadores.
El miedo atonta las mentes despiertas, enrabia el coraje y sujeta tu nuca oprimiendo el aliento. Solivianta, inquieta y te hace crecer, creer y dudar. En su ausencia, el ser maltratado por el Destino, se desorienta. El camino de rosas parece más empinado que el adoquín trabado y gastado.
Vivir en duda es síntoma de ingenio y búsqueda.
De curiosidad.
¡Curiosidad! Qué gran virtud la que posee aquél que todo lo cuestiona, todo lo duda y todo lo pregunta.
Hace años, alguien de quien recuerdo el nombre y el gesto, me dijo la siguiente frase: “Jamás preguntes algo cuya respuesta desconozcas”.
Sí. ¿Cómo se borra una respuesta del alma cuándo ésta se ha enquistado tumorando el corazón?
¿Se puede continuar andando con zapato de tacón si tienes una piedrecita encallada en la plantilla y la prisa (pongamos “premura en circunstancia”) impide que puedas sentarte a examinar el zapato cuidadosamente para desprender el guijarro que te hace daño al caminar?
Simplemente, no.
Engañemos el paso, entonces o acomodemos el pie al daño. Terminará horadando un socavoncito en la planta, se apostillará tranquilo y formará parte de una anatomía amoldada a un contexto concreto.
El dolor deja de doler cuando el dolo es consentido.
Cacofonía extrema para ulceración continuada.
Un sinsentido cualquiera de alguien que sufre rumiaciones incongruentes.
¿El miedo produce felicidad? Afirimemos alegremente que no.
¿La felicidad da miedo? Definitivamente, sí.
De buena persona a tonta de bote en un lustro. ¿Ahora?
Ahora el dolor es el pasado ajeno.
Ya no sé dónde termina mi rastro de bondad (una especie de egoísmo altruista que calma mis tempestades nocturnas) para transformarse en la pamplinería más grotesca.
Tengo claridad en algunas cosas. En las que conciernen únicamente a mis vicios. Vicios que, por fortuna o desgracia, no afectan a terceras personas. Pero es difícil hacer entender a quien no quiere oir. También es harto empinado el cortinaje de lo inexacto intuido. Y el ostracismo es el escudo de quien teme descubrirse en formas y armajes espirituales.
Tampoco soy mala, oigan, entiendo todas las versiones. Las comprendo, nunca las enjuicio y casi siempre soy capaz de dar argumento a lo inexcusable aunque se trate de confrontaciones de opinión. Siempre he pensado que cada postura es admirable en sus principios si se sabe o se puede otorgarle una lógica organizada y honesta. Todos podemos defender inflexiones opuestas si se da el caso.
Pero estoy cansada.
Y soy joven. Da fe mi DNI.
Tengo la edad estandarizada. Pero no me he sentido nunca conforme a lo que rezaba ese plastiquito inútil que nos garantiza una patria, una identidad, un número y una identificación ecuánime.
¿Un DNI dice quién eres? No. ¿Un pasado explica un presente? ¿Un presente garantiza un futuro?
¿La duda ajena, amada en esencia, puede llevar a la locura?
No sé cómo acabará la historia pero los protagonistas no dejan de preguntarme cómo acontece el guión.
Y yo no tengo respuestas. Para nada.
¿Se nos permite respirar?
¿Pueden entenderlo?
Me estoy asfixiando por momentos. Sé que muchos de ustedes sufren apnea de alma.
Y tengo ventolín. Para mí y para ustedes.
No es ese el ahogo. Todos podemos saberlo.
Amar es también saber decir adiós.
VVRR. “Rutinas y rapsodias tragicómicas”.
Derechos registrados.
La víspera.
1 mayo, 2010
La víspera estaba intranquila. Llevaba nerviosa unas semanas. Pero la víspera, ese vocablo con cadencia esdrújula, sonora, mágica e irisada en polifonías líricas, día maligno que antecede lo evidente, suponía un caos en su rutina ordenada de convulsiones internas varias.
Sola, en un medio que cada día le parecía más hostil y enigmático, se afanaba en desentrañar el misterio de una tierra que sólo le ofrecía callejas, direcciones y poco recursos de supervivencia mental. No pensar era el único objetivo. Con faena reventar el recuerdo y con persistencia intelectual apaciguar el sudario del remordimiento. Un empleo consistente y que cansara la cabeza era la meta. Cansar, rendir la mente. Sólo eso. No necesitaba más. Convivir con ella misma durante seis lustros le daba el conocimiento exacto sobre sus necesidades. Y la prioritaria era, siempre y bajo cualquier circunstancia, no dejar a su razón pensar. Se acordaba de aquel poema de Gian Franco Pagliaro en aquél verso tan consistente en certeza que reza así:
”Que es más feliz aquél que no ve, que no oye, que no siente y que no se da cuenta de nada”…
Para desastre diario se encontraba a sí misma viendo, oyendo, sintiendo y dándose cuenta de todo. Poco escapaba a esa intuición tan gastada y tan instintiva. Con constancia la apaleaba a disgustos. Pero de nada servían los intentos por engañar el recuerdo. Los papeles escondidos tardan poco en aparecer, por sorpresa, sobre una mesa, una encimera, un cajón o una estantería. A traición, en el minuto sostenido por el hilo extraño de la perplejidad.
Un rastro, un ticket de caja, una foto antigua, el resguardo de un billete de tren o avión, un post-it que se creyó enterrado en una bolsa cualquiera…
El viento nunca es bienvenido para las cabezas peinadas. Nunca favorable a quienes adoctrinan un cabello rebelde al paso nervioso del aire. Un soplo desbarata el escaldado más fino o el rizado más esmerado. ¿A qué tanto afán? Lo importante muere. Sin excepción.
Cada noche reza. A su manera. Muchas plegarias convencionales se agolpan en su cabeza. Pero ella habla, en silencio, simplemente. Analiza su día. Últimamente los ruegos se confunden con las acciones de gracias. El amor ha entrado en el hogar solitario de su melancolía, inundando de colores todas las afluencias grises. El amor, mayúsuculo, entero y noble. Eterno hasta que la otra mitad diga: ” Adiós, mi amor. Esto fue todo”.
Ventajosa es la posición de aquella persona que arrancó más de un “te quiero” en su boca. No se puede competir cuando nunca fuiste atleta sino público analfabeto.
¿La suerte, buena estrella, la sorprende? ¿La intimida?
¿Cómo se parte la nuez sin romper la cáscara? Ella lo hizo. Y aún no sabe cómo.
Pero la víspera trae amargor, de nuevo, a sus labios. Y se pregunta por qué hoy no está comprando el regalo para su madre. Tiene muchas ideas. Lleva tres años dejando peluches, cartas, poemas y cigarros entre un cristal y un mármol. Mañana no irá. Hay miles de quilómetros entre su cuerpo y la piedra eterna que recoge un descanso prematuro.
Quizás su perfume. Quizás una cuaderna vía sopesada durante horas. Quizás una canción. Quizás un anillo.
A ella no le vale ya el cuento. No le sirven las explicaciones ni quiere saber nada de días señalados. La señal es una y es notoria. Y es que a ella le falta alguien. Y aún no es capaz de decirle “adiós”.
Oye quejas a su alrededor.
“Mi madre me regaña”.
“Mi madre me dice que esto no está bien”.
“Yo no la considero mi madre”.
“¡Qué pesada es mi madre”.
“¿Qué le compro yo ahora para mañana?”.
Estupor siente. Tristeza y bochorno. ¿Un día para una madre? ¿Sólo uno?
Mientras alguien busca el regalo perfecto, con precipitación y desgana, ella busca un olor que la abstraiga en un recuerdo.
Y no encuentra más que la razón ilógica, salvaje y desproporcionada para encontrarla.
De nuevo.
“No dejes el tiempo pasar con fiebres,
en su preavisado ábaco triste y endeble,
sin decirle que la necesitas y quieres,
que de tu metal fue martillo y la orfebre,
y de tu ruta, un croquis, la brújula.
Bésala mañana, cada día del año,
agradece la vida que, con dolor, supo darte,
bendice el vientre que te alimentó,
ama cada rato junto a Ella, mímalo.
Madre, una y tuya. Tuya y siempre.
Magia pura. Chapurreada y omnisciente.
No hay más orgullo que hacer latir un corazón heredado.
No hay amor más grande en misma sangre comulgado”.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Ella”.
Derechos Registrados.
Naúsea.
1 mayo, 2010
Naúsea.
El hematoma poco disimulado
que duele,
debilita,
amorata
y evidencia el golpe.
Mi alma, en tu alma, solloza tu pasado.
Naúsea.
El flagelo diario fingido
que embiste,
fusta,
envilece
y fragiliza la carne.
Mi alma, en tu alma, maúlla tu rugido.
Naúsea.
El grillete nocturno de tu sueño
que hostiga,
escarmienta,
carboniza
y enferma el espíritu.
Mi alma, en tu alma, aligera tu empeño.
Es naúsea.
Es estertor.
Es látigo.
Es dolor.
No ser, siendo, carboncillo primero.
No ser, siendo, ceniza apagada.
No ser, siendo, trémulo aire pionero.
Es naúsea. Es dolor.
Vana escritura para el agnosticismo
creerme magno versículo único,
siendo simple margen pasajero
donde rodará tu fiel misticismo.
¿Puede el mudo hablar sin manos,
puede el sordo oír sin labios
o el ciego ver el tono cálido
de un atardecer en verano?
¿Puede el novillo asombrar al respetable
si éste, acostumbrado a gran faena,
no concibe arena ni coso sin toro bravo,
ni capotada de maestro con recto sable?
¿Qué da la cerilla a la luz en escena?
¿Qué da el ruido a la música sinfónica?
¿Qué da la mano a la caricia en bagatela?
Da poco y en perjuicio, vano intento eterno:
El efluvio de un fósforo que se apagará
cuando se haya extinguido la sutil flama
que otros, en cuerpo y alma, supieron prender.
Y si mi llanto triste no es querer,
¿tengo culpa yo de rumiaciones
que en mí traban gran quebranto,
sublevan el alma en tempestades
y me acogen en el doblete del llanto?
¿Por qué tú?
¿Por qué sin mí?
Qué camino tan espinado
saber que latiste
y fue ese pulso
una tilde sin mi perfil.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”.
Derechos registrados.
Esbozo.
1 mayo, 2010
El lienzo será la obra.
Maestra o no.
Obra.
¿Resquicio? ¿Maniobra?
La idea, primigenia, surge en un espasmo genuino.
El esbozo, esgrimido, formaliza el espacio atribuido.
El dibujo, trazado, enmarca el sentido atribulado.
El color, aniquila la esquirla de pureza. La enrarece.
¿Qué relevancia conlleva ser impronta
si sólo se dibuja con la paleta usada?
¿Es más diestro el pincel nuevo
o la brocha experimentada?
Donde otros grafitos garabatearon, profanos,
tu silueta inmaculada y virgen en tablada,
yo apercudo tintas violentas y óleos esclavos
en el caballete inmortal de mi palpitada.
Yo doy color al trazo inútil,
subrayo la línea ya surcada…
Yo no me equivoco.
¡Y es herejía consumada!
Donde fueron escoplo, yo soy lima.
Donde fueron martillo, yo soy espada.
Donde fueron tu feudo, no llegué a la cima.
Qué triste ser poema sin única consonada.
Qué triste ser un verso que ya tenía su rima.
Antes de que yo llegara…
Qué triste ser,
sin mí,
en tí,
de dos,
una luna tatuada.
VVRR. “Pensar enferma”.
Derechos Registrados.
Me basta.
2 mayo, 2010
Más allá,
donde el amor pierde la semántica,
el cosmos, en su esfera asceta,
permite el beso acalorado
de dos cometas, frágiles en su estela,
huérfanos de vida transitada
y padres de muerte que viene.
Yo, árida en piel fresca, te espero.
Más allá,
donde la connivencia es un pacto,
la promesa, en su difuminado concilio,
consiente la rúbrica recíproca
de dos alianzas sin portar, estigmas,
que, siendo brida eviterna,
acomodan tu alma en mi cintura.
Yo, secano en regadío, te quiero.
Más allá,
donde la justicia acharca el principio
y la ética desdobla el precepto,
hinco la rodilla en tu retablo
y, siendo apostasía conminada,
elevo el trazo de súplica en tu altar
por no caer en palabra pronunciada.
Yo, ortiga en amapola, te venero.
Más allá,
donde el lenguaje esclaviza a su amo
y el vérbico tambor aporrea las sienes,
margino el suave soneto extraviado
pues es escaso, endeble el significado
ante la presunción mística de la Biblia
donde quedó tu versículo tintado.
Yo, folio en pergamino, me muero.
Me basta el cosmos en su esfera,
me basta el beso acalorado,
la orfandad y la muerte.
Me basta el pacto en su promesa,
me basta el concilio difuminado,
la rúbrica y el estigma.
Me basta la justicia en su precepto,
me basta la ética desdoblada,
el retablo y la súplica.
Me basta el lenguaje en su esclavitud,
me basta el vérbico tamborileo,
el soneto y el versículo.
Me basta.
Y me convence.
Tú eres la rapsodia,
perfecta en compás,
que mi poema reta.
Y lo vence.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Pensar enferma”.
Derechos Registrados.
El alma en ti.
6 mayo, 2010
I. El alma en ti.
El alma en ti,
entregada,
que ni viva
ni encendida
hace mares;
no aviva
las ventiscas,
atrevidas,
en el podio
de tu sangre…
El alma en ti,
condenada,
que ni hereje
ni blasfema
comete pecado;
no atenta
las leyes,
ajusticiadas,
en el facsímil
de tu carne…
El alma en ti,
agrietada,
que ni pústula
ni gangrena
acusa la herida;
no templa
mis juicios,
equivocados,
en la leyenda
de tu nombre…
El alma en ti,
entregada,
condenada
y agrietada.
En ti mi alma.
Entrega.
Condena.
Grieta.
El alma sangra,
en ti, abierta.
Doblada por tu saeta.
Verónica Victoria Romero Reyes, “El alma en ti”.
Derechos registrados.
Latir por amor. Morir en él.
6 mayo, 2010
Latir por amor. Morir en él.
Amanece de nuevo. La ciudad que la acoge se muestra muy distinta a aquélla que abandonó hace ahora dos meses. Al principio cualquier resquicio de vida humana le parecía totalmente atípico y embriagadoramente convincente. Ella, presa consciente del cancerbero Amor, había decidido sin contemplaciones ningunas, un cambio de residencia. Movida por latires (que no latidos) viscerales, se había lanzado al precipicio de lo inexplicable y lo incoherente cuando escuchó:
- “Nunca me dejes, no te vayas nunca”.
Así fue la decisión. Cogió lo poco y justo que entraba en una maleta de dimensiones regulares y se fue, a su lado. Tampoco le pesaba. Sabía distinguir el amor de otro tipo de sentimientos que suelen ir ligados a éste. Y estaba firmemente convencida de que el paso dado era el correcto. “Una vida no podrá bastarme a su lado”.
El cambio de residencia suponía un empleo nuevo, hacer amistades, conocidos en su caso, y aprender nuevas experiencias en el contexto de otros entes.
Eso sí complacía su curiosidad. Extasiarse en la vivencia ajena. Observar los gestos que distinguen a los seres humanos entre sí. Deducir, a través de una conversación que mantienen dos individuos, cómo es el carácter de cada uno de ellos y poder detallar en su cabeza a qué corresponden según qué actos.
Acostumbraba a rendir su cuerpo antes de que la noche llegara para procurarse un sueño prematuro que, en múltiples ocasiones, debía ser incitado por una específica medicación que tomaba desde hacía unos meses para su insomnio crónico. Los días que se encontraba ociosa engañaba la cabeza con mil y una invenciones distintas para aventajarle el paso al tiempo. Acortar minutos a las horas y horas a los días era una empresa indispensable en su quehacer. Podría decirse, en cierto modo, que el asueto le parecía una mochila pesada e injustificada. Muy incómoda de acarrear.
Durante las primeras semanas se afanó en la búsqueda de un quehacer. Sembró con su currículo todas las empresas que pertenecían al ramo de su especialización. Al mes, estaba desalentada, triste y cabizbaja. Pronto empezó a dejar caer su documentación laboral en lugares donde la preparación no es necesaria.
Sabía que esta decisión podía doler a algunas personas pero ella estaba decidida a no volver a la tierra que la vio nacer.
Porque estaba enamorada. Y, a fin de cuentas, el amor aparece una vez en toda la vida. Y ella supo reconocerlo cuando lo tuvo delante.
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“Es la duda lo que me hace retreparme. Es la duda en ti lo que me aleja del horizonte que vemos claro. Ahora sí, ahora no. Por las mañanas tenemos el rumbo, vespertinamente me informas de que el deseo es otro.
Podría darte todo y más. Pero no sé qué quieres exactamente. Y me confundes, me confundo. Me aturdo y no encuentro respuestas. Porque las preguntas que callas no quieren obtener respuestas.
Y yo no puedo darlas si pienso que limitas el uso del lenguaje al patrón de mi complacencia. Puedo esperar, puedo estar aquí, a tu lado, el tiempo que necesites, el que te haga falta, el que justifiques mientras intentas dar sentido a todo lo que nos viene sucediendo.
Puedo incluso matar las horas con una espera que me calcina el entendimiento.
Si es por ti, sí”.
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“Y aparece el fantasma del pasado.
- El tuyo es largo, es extenso, ¿Qué puedo yo darte?
- Para mí todo es nuevo.
- … Umm
Y no es nuevo. Una gacela no puede enseñar a una pantera a desentripar a un mamífero cualquiera. Ni un peral alcanzará jamás la robustez de un olmo. Y entra el deseo en juego.
Me miras, te observo, enciendes las pupilas, tus mejillas se acaloran mostrando el sonrojo de la pasión y tus labios se van acercando a los míos. Noto el pulso acelerado y el ritmo de mi sexo que se violenta conforme tus labios entreabren los míos con la lengua temblorosa y experta. Y cedo a ti.
Destemplada y ridícula como una adolescente que jamás dejó entrar a nadie en ningún recoveco. Cedo y mis manos detallan con minuciosidad extrema cada ínfima parte de tu piel externa. No puedo filtrar mis dedos a través de esa capa de carne que me separa de tu alma.
Y yo quiero apresar tu alma. El cuerpo no lo quiero. Yo quiero ser la primera que alcance lo que otras manos nunca pudieron tocar, ni besar, ni acariciar, ni beber.
Un solo instante, un solo gesto o un ademán explícito de tu rostro o tus manos pueden desencadenar en mí toda una serie violenta de sensaciones. Y me las muerdo en la boca del estómago por no apresar tu cuerpo entero y mío en las garras de mi melancolía.
Una melancolía abatida y celada.
Protegida.
Velada y cuidada desde un primer momento.
Te doy la vida, las manos, el esfuerzo y el futuro. Pero no me pidas la melancolía. Porque tan sólo mía es donde alcanza su plenitud como sombra que me nutre.
Y si me entregué completamente, mandando mis principios regios al mausoleo del olvido, es cosa mía. Sé que lo hice por amor. Y es indiferente a mi juicio cualquier otra razón. Porque, mi bendición, razón eres tú en su fin y medio mismos.
Y no atiende el sordo a ruegos gritados ni el ciego a colores en el Cielo.
¿Puede la noche en su letargo de oscuridad vencer la aurora y perpetuarse como manto para los mortales, los inmortales y tanta vida que puede acoger el Universo en sí y para sí mismo?
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La añoranza es el recuerdo que le viene en cuerda consistente a la cabeza.
Son olores, colores y sabores que no puede encontrar en su nuevo habitáculo abierto de ciudad agitada. Puede ensoñarse al cabo del día en un sinfín de situaciones y abstraerse en sus meditaciones y sus proyecciones de futuro.
Está segura de que su buena suerte viene propiciada por una mano distinguida, elegante y recta de saber que entró en su vida de manera inesperada. En ciertas ocasiones, las justas, pocas, quiere creer que la suerte es el resultado de haber alejado de su camino a una persona que sólo ejercía control sobre ella y cortaba sus alas en todos los estadios evolutivos de su ser.
Ahora, en cambio, se ilumina el pasillo de las oscuridades y los sueños por cumplir y entiende que el grillete que la retenía era una cadena que ella misma se impuso un día cansado de mes primaveral hace ya años. ¿También por amor?
Pasear le recuerda sus calles. Y quiere ver en cada rostro cada día alguna facción reconocible. La sonrisa ufana de quien te sabe hermano. El Sur.
¡Son tantas las diferencias que reflejan las personas dependiendo de su ciudad de origen!
Su tierra tiene el extraño embrujo de calles angostas y adoquinadas, tradicionales, árabes. Aljibes y monumentales fuentes donde el borboteo del agua es la mejor de las músicas al pasar. La gente, esa turba anónima tan amiga de gesto, tan conocida y tan familiar, escasea en el Norte. Porque no saben de su existencia pasada. Y eso, aún siendo ventaja, le hace sentir “paria de alma y suerte”.
Dos ciudades enigmáticas pero enemigas.
La una, hermana de la tradición. La otra, madre de lo urbanita.
Y en ambas, el mismo corazón. Uno, solitario, que intenta alcanzar el pleonasmo último en un nombre con apócope.
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- ¿Nos casamos?
- Sí.
- ¿Cuándo?
- No sé.
Tienes el miedo de no saber. La incertidumbre errada de creer que me iré. Pero no lo haré. No sé explicar el por qué ni el cómo ni el cuándo. Sólo sé que nací para estar en ti. Es precipitado y lo sé.
Puede que se vea la locura en nuestros actos. Pero es muy cuerda la mano que apresa la otra. Es un misterio el porqué de tus retinas tatuadas en mi nuca. Es un sacramento abrazarte y notar el tic-tac de mi corazón en la siniestra del pecho y el tic-tic-tac del tuyo en mi diestra.
Porque, ¿tú has llegado a sentir dos corazones latiendo en el mismo pecho? Yo sí.
El tuyo golpeaba mi caja torácica haciendo bombear el mío.
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Alguien podría pensar que todo es rápido. Pero ella sabe que el tiempo mata.
La premisa de “tenéis todo el tiempo del mundo” es falsa, despiadada y perezosa. Y no es argumento suficiente para hacer un alto en el camino y pararse a remojarse la frente en un manantial de prosperidad ermitaña. “Sola se camina más rápido”. Mira sus piernas. “Sí, son largas. Caminan deprisa, son eficaces para el caso”. La tendencia convencional a la garantía antes que al riesgo le parece algo obsoleto e inmaduro. Cuando ya encuentras en la tienda el artículo que deseas, ¿sigues buscando en el mismo sitio? ¿Y en otro? No. La respuesta es no.
Lo más fácil a ojos ajenos es cada cual en su tierra y a esperar la oportunidad. Pero eso es tiempo. Y es distancia.
Y en ambos casos, es pérdida.
Y ella, en su despiste continuo que se percata de cada detalle, es consciente de este hecho.
Por eso nada le sobra, nada le basta. Nada la hiere, nada la sana. Nada sacia su hambre, nada provoca su sed. No tiene pasado, ni presente ni futuro. Porque olvida, rehace y proyecta. Y, en desmanes austeros, el Destino, acongoja su espíritu y la devuelve a su endeblez de papiro viejo y quemado que nada tiene que ofrecer.
Pero se levanta.
Porque, en su imperfección perfecta, se sabe beso de buenas noches.
Y se sabe alma amada, amante y cómplice de una hebra compartida.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Latir por amor. Morir en él.
Derechos registrados.
El alma en grito.
8 mayo, 2010
II. El alma en grito.
El alma en grito,
deslenguada,
que ni muda
ni enmudecida
habla quebrantos;
no airea
las heridas,
enmohecidas,
en el cuero
de mis llantos…
El alma en grito,
embravecida,
que ni vándala
ni gamberra
permite torpeza;
no aminora
los ruidos,
lejanos,
en el doblete
de tu voz…
El alma en grito,
escandalosa,
que ni chillido
ni gemido
muestra enojosa;
no emite
mis silbidos,
enamorados,
en el caos
de tu pedestal…
El alma en grito,
deslenguada,
embravecida
y escandalosa.
En grito el alma.
Sin lengua.
Brava.
Con escándalo.
El alma aprieta,
su grito la mengua.
Es mi arteria tu esclava.
Verónica Victoria Romero Reyes, “El alma en ti”.
Derechos registrados.
Saberse juguete.
9 mayo, 2010
Juguete es un vocablo ambiguo. Abierto a equivocaciones. Polisémico. Cargado de connotaciones según su contexto.
Y niño/a viene a ser otro término empleado con frecuencia con cargas semánticas muy variadas según circunstancias.
Y ahora, unamos las dos referencias textuales en un único margen: “juguete – niño/a”.
La subjetividad es al hecho en sí, lo mismo que el vapor al pescado. Una carga más o menos ligera puede cocinarlo, pasarlo, secarlo o incluso reducirlo. Pero el filtro existe indudablemente.
Cada uno aporta al hecho, sin tener conciencia de ello, una porción de subjetividad propia que dota al acontecimiento de una perspectiva única e irrepetible. Esta realidad viene deducida por la experiencia de cada cual. El temperamento, entendido como genética y empirismo puro, filtra y sesga la objetividad. Y es por ello que las visiones de la misma acción pueden encontrarse en puntos totalmente opuestos del mismo plano.
El significante es el mismo siempre. El significado se altera de una manera propia y lejana a la razón. A procesos mentales distintos, realidades distintas. ¿Existe la verdad en este formato de renglones distorsionados por la experiencia particular?
Creo que no.
Como todo, es una opinión personal. Puede compartirse o no. Se expone. Y cada cual, respetando su principio, su ética o su precepto moral, la corrobora o la niega.
Esta introducción debe valer para dar sentido a la historia que hoy vengo a contar y hace alusión al binomio “niño/a-juguete”. Supongo que a estas alturas del comentario, disertación o contaminación textual, cada uno de ustedes habrá forjado ya un referente al respecto y tendrá alguna connotación más o menos asentada en sus mentes.
Sin más, entonces, que empiece el baile de letras…
Engendrar un hijo supone un acto de fe y de responsabilidad. Fe en uno mismo, en su pareja, en la comunión de dos personas que quieren perpetuar un amor en otra carne, en el género humano como fraternidad inalterable… Y responsabilidad porque supone renunciar a la libertad individual (si acaso alguna vez esta utopía existió, o se creyó que existía) en beneficio de una nueva vida. Vida a la que, por cierto, hay que educar, guiar y amar por encima de cualquier rutina metódica o pasión inalcanzable.
En la renuncia al yo es donde se alcanza el amor al hijo/a.
Pero hay quienes, irrespetuosos con la propia Vida, hacen de su sangre un artilugio de engaño, manipulación o marioneta. En este apartado podríamos incluir a miles de padres divorciados que hacen de sus hijos las ondas con las que tirar las piedras a sus respectivos “ex-”. Es inutilidad entrar en este tema por lo manida de la discusión y lo harto conocida por todos los que poblamos este mundo.
Pero hoy vamos a hablar de algo más que curioso. Usar a un niño/a como arma contra una persona que no es progenitor del mismo. Vamos a entender, hagamos un esfuerzo, que esta persona no es “progenitor biológico”. Pero que, a todos los efectos emocionales, fue madre.
Les enmarco la situación para hacer más comprensible el mensaje.
“X”, solterita joven e inmadura se enamora de “Y”, doce años mayor, con dos hijos.
“X” asume a esos niños como propios.
“X” desarrolla una dependencia emocional especial con “Z”, niña de cuatro años.
“X” cree que tiene una familia. “Z”, también. “X” habla de “Z” como si la hubiera parido. “Z” llama “mamá” a “X”.
Entre “X” y “Z” hay millones de episodios que se perdió “Y”.
Muchas noches de llanto, de armonía, de mirarse simplemente, de obligarse una comida, de aprender a comer verduras, de enseñar qué es una tilde, de recoger un calcetín despistado, de “mami, me duele”, de horas paseando, de risas, de juegos, de duchas y secadas de pelo, de dibujos que se cuelgan en frigoríficos, de regañinas, de chistes malcontados, de “¿te ayudo a tender?”, de “ven, que te enseño cómo se enciende esto”, de verse dormir, de darse patadas incontroladas, de mareos, de idas al hospital, de ver dibujos animados cuando quieres ver un informativo sólo por tener cerca a la niña, de llegar a casa y que te sorprendan con post-it que dice: “te quiero, mami”…
“Y” nunca pudo ver más allá de lo que pasaba delante de sus narices. Pero “X” y “Z” construyeron un mundo propio de rincones maternales donde un vínculo más allá de lo común las unía.
Madre sólo una, dicen. ¿La que pare?, pregunto yo…
“Y”, al cabo de seis años, se despide de “X”. Sin explicaciones argumentables.
“X” asume el hecho de la mejor manera que puede. O debe. Pero “Z” le duele. Porque “Z”, para ella, es algo más que la hija de “Y”.
“X” orienta su vida a vientos distintos. Pasan meses y “X” encuentra un rosal donde antes sólo hallaba cardos (borriqueros, por supuesto). Durante este tiempo “X” se ve azotada por los sinsabores de la pérdida. Y un día, resplandeciente, encuentra un norte. Un destino que se le abre, nuevo, entregado, cariñoso. Que la reconoce como persona principalmente. “X” renace en una armonía que le parece única e irrepetible. “X” percibe que antes no hubo nada. Pero “Z” sí es parte de su pasado.
Enmedio de la ruta, “Z”, de imprevisto, aparece. “X” no puede frenar el caudal de emociones. Pero ya duda si “Y” tiene algo que ver en el viraje despistado e inocente. Se produce la ruptura entre lo que fue y lo que es o quiere ser. Decide dejar pasar el tiempo y encallar el barco de “Z” en uno de los podios destacados de su alma y su recuerdo. Y pasan los días con sus noches. “Y” intenta un acercamiento que “X” rehúye aconsejada por quienes han visto los años de relación. “X” quiere caminar el nuevo sendero porque el camino la acoge con amor verdadero. Sabe que arrastrar el recuerdo de “Z” puede permitir la siembra de ortigas en su nuevo valle. Y no quiere sacrificar el rosal porque sus rosas son las únicas que le dan la paz. “X” quiere casarse y tener hijos. Sólo necesita olvidar que alguna vez los tuvo.
“Z” vuelve a azotarle la razón una noche escogida con suma intención. “X” vuelve a ceder al instinto de lo maternal.
Y las voces, que lo ven de lejos, aseguran que todo es obra de “Y”…
“X” quiere creer que “Z” no es un juguete en manos de “Y”. Pero la Duda, ese gran amigo del descubrimiento y gran enemigo de noches plácidas, ha entrado en su casa.
“X” sabe, es consciente desde hace años, de lo efímero del momento, de lo fugaz del instante que se clava en las pupilas. Igualmente se sorprende recordando versículos de su historia con “Z” a cada momento. No la parió, no. Pero sí es su niña. Y aunque cueste comprenderlo, aunque sorprenda saberlo, “Z” es una hebra en la vainica de su amor.
Si “Y” quiere que “Z” sea un juguete-niña, “X” desaparecerá de la faz de la tierra.
Porque, si bien “Y” no entiende el amor en los términos de entrega, “X” tiene clarísimo que la felicidad de un hijo/a es encomienda superior a la alegría propia. Y si renunciar al latido es procurar beneficio a un hijo, “X” renuncia a su corazón.
¿Quién es la madre?
Verónica V. R. Reyes. “Saberse juguete”.
¿Puede?
15 mayo, 2010
¿Qué hay detrás de una hambruna de alma?
¿Puede la rosa engalanar la jardinera
sin pinchar con su verde espina
a quien la apresa y aspira sin espera?
¿Puede el mar pintar el horizonte
sin atemorizar con su profundidad
a quien lo navega, capitán y polizonte?
¿Puede una lágrima dibujar una mejilla
sin provocar caos o dolor alguno
en quien sufre daño y su puntilla?
¿Puede la rosa ser sin espina?
¿Sería menor su belleza?
¿Puede el mar ser sin profundidad?
¿Sería menor su nobleza?
¿Puede la lágrima ser sin dolor?
¿Sería menor su grandeza?
¿Qué hay detrás de una hambruna de alma?
¡La belleza, la nobleza, la grandeza!
Eres rosa, eres mar, eres lágrima.
Espina profunda de dolor.
VVRR. “Amor omnia vincit”. Derechos registrados.
Te pago con la vida.
15 mayo, 2010
Te pago con la vida
la deuda pendiente,
la cuenta sabida,
la noche en su relente.
Te pago con la vida
el recuerdo de historia,
la risa escrita, releída,
la laguna en su memoria.
Te pago con la vida
si acaso vida es oro suficiente
para devolver conocida
bendición en tu alma ausente.
Yo, te pago con la vida.
Y siendo así, consciente,
me declaro yegua,
y a ti… mi brida.
VVRR. “Amor omnia vincit”. Derechos registrados.
¿Qué es esta llamarada?
15 mayo, 2010
¿Qué es esta llamarada
que, latente, calienta
todo en su caminada,
el alma de alma alimenta,
silencia con voz la tronada,
el espíritu agarra y alienta,
embelesa diaria la alborada
y el verso mío, de paz sustenta?
¿Qué es? ¿Alma encandilada?
¿Orbe de luz que razón revienta?
¿Pasión en tu pecho enjaulada
o verdad en tu boca que me sienta?
Todo diera, hoy, el alma mía
por ser eco de tu voz arrebatada.
VVRR. “Amor omnia vincit”. Derechos registrados.
Contigo.
15 mayo, 2010
Contigo la noche no es oscura
ni fría carga con tormenta
en la piel de mi ancladura.
No está solitaria la estrella
ni amanece el día con tempestad,
no hay quebranto, ni querella.
Contigo la vida es un paisaje
de colores nuevos y socarrones,
viajo por tu boca, en mi viaje,
y bebo de tí sólo miel y algodones.
No hay beso sin sentimiento
ni pasión que no atienda al cariño,
no hay miedo, ni tormento.
Contigo la vereda es un regalo
y avisto siempre golondrinas
a mi paso, con tu paso, maniatado,
tengo mi pupila presa en tus retinas.
No hay camino sin tu mirada
ni destino sin ti yo concibo.
Tengo firme el empeño
de ser de ti, contigo,
un alma misma en su sueño.
VVRR. “Amor omnia vincit”. Derechos registrados.
La consecuencia.
15 mayo, 2010
La consecuencia es olvidar,
hasta rasgar la memoria,
en un soplo de discontinuidad
que no podría verterse
en un papiro de tu sombra.
La consecuencia es obviar
el detalle manifiesto
de tu camino enredado
en un cúmulo de convenciones
atípicas,
insólitas
y agnósticas de palabra.
De pronunciación.
Y silencio.
La consecuencia es al hecho
lo mismo que el efecto a la causa,
un juicio inmediato de razón o acto
escrito de antemano, predicho.
¿Es la consecuencia la realidad
o un falseo caducado que es precedido
por la obviedad que le da legitimidad?
¿Puede enjuiciarse una consecuencia
sin atender el detalle del acto, al punto?
¿Se juzga el objeto en potencia?
¿O se juzga, en todo caso, la intención?
Jueces hay muchos y equivocados.
¿Fiscales o verdugos del corazón?
Triste para áquel ser un verso
que ha perdido su madre canción.
Me pasa.
15 mayo, 2010
Me preguntas “¿qué te pasa?”
cuando me ves taciturna…
¿Es tu mano venda escasa
para taparme la herida diurna?
Me pasa la vida, me pasa el aire,
me pasa el ahogo vecino,
el respirar desconocido
y el escozor de un amigo.
Me pasa la noche, quejumbrosa,
en su típica pesadilla de ensueño,
me pasa el tiempo, enemigo,
me pasa la hora, amiga de sueño,
el devenir de la vida en un suspiro.
Me pasa el pecho de un hermano,
en un tímido vaivén amainado,
me pasa el pensamiento, recto,
de un futuro que ansío y espero,
me pasa la cortina del sollozo
en el riel de las ilusiones, del llanto,
me pasa la virulencia en su antojo.
Me pasa que el día no es más que un ciclo,
que, frecuente, me lanza a un espacio
donde no encuentro manos abiertas;
me pasa que, bordeando un anhelo,
mis pestañan se quedan despiertas.
Me pasa el año, tan cansado,
y tan lejano del suspiro, ávaro.
Me pasa un cementerio, con una piedra,
un mármol negro garabateado.
Me pasa todo y me pasa en exceso.
Y es latido vivo y confeso
que, ante todo, me pasas tú.
VVRR. “Amor omnia vincit”. Derechos registrados.
Seguir, empero.
15 mayo, 2010
Seguir, empero,
con el alma triste,
abatida, rota,
frágil en el embiste.
Seguir, ahora,
cuando Ella descansa,
en un nicho frío,
de mente mansa.
Seguir, con alas rotas,
creando el mar
que tú, con tu borrasca,
dispersas y azotas…
Seguir, amarrándome el olvido,
a contrafiesta, con desgana,
amainando el rastro de la pena,
encubierto, sin percance,
en el crujir seco de las campanas…
Seguir, para júbilo de entendidos,
para diatriba de enemigos,
para sonrisa de amigos
y guijarro de adversarios…
Seguir, con el alma nauseabunda,
a grito partido, deslomada,
con jirones de llanto a la espalda,
cabizbaja, mas erguida…
Seguir, de frente, orgullosa,
enjugando la mañana,
inventando mil excusas,
destejiendo las palabras,
puliendo las sonrisas,
excarcelando ilusiones reclusas…
Mañana, febril, este cuerpo alzará
la carne que sostiene el alma abatida;
mañana, otra vez, en el circo, con saber,
nueva carcajada de ignorancia y despiste…
Mañana, de nuevo,
la tonta tararea
el verso que fuiste…
VVRR. Amor omnia vincit. Derechos registrados.
Yo, que puedo amarte.
15 mayo, 2010
Yo, que puedo amarte
libremente, sin medida,
sin razones, sin horarios,
sin desmanes ni cuidados,
yo, a tus pies caigo, rendida…
Imperfecta en verbo y doblegada
a querencias inauditas y nuevas,
te amo, verso único, en toda forma,
en toda convención y minuto,
con pensamiento último y eterno,
sagrado,
sesgándome el alma en pasado.
¿Cómo consintieron tus labios
los amagos errados de amor que no fue mío?
¿Cómo permitieron tus manos besos
más apasionados que los de mi poema enloquecido?
¿Dónde dejaste el alma enredada
cuando yo soy la custodia de tus ansias?
¿Dónde recostaste el alma? ¿Dónde que no veo?
¿Dónde que no alcanzo en mis marejadas
a tocar la sed y hambre, que tiene de mi, tu mirada?
¿Cómo, mi amor, cómo entregaste
el alma es su réquiem celebrada?
¿Cómo sin mí?
¿Cómo me engasto el verde opaco
en el cántico de tu senda sin mí?
¿Dónde el tiempo,
tan verdugo,
me hizo latido
de otro sentir?
¡Traicionero el sucio y trampero destino
que te ocultó mi esencia digna
durante años pasados de tu camino!
VVRR. “Amor onmia vincit”. Derechos registrados.
El caos.
16 mayo, 2010
El caos es destrozarme la carne
en el pozo mefítico de tus licores,
obstruirme la viva vena en el coso
donde toreas mis femeninos sabores.
Es diluirme en néctares, sagrados,
salvajes fustas con arañazo lastimero,
es la piel, en tus dones conjugados,
el telón de fimamento que venero.
Es el crepitar de la rabia en su andamiaje,
la lava que inflama el beso de mi boca
al apresar tus labios, con suave anclaje,
y degustar tu alma, a mordisco, como roca
que se fragmenta en mil cristales tras su rodaje.
Es la montaña virgen de mi cintura
atravesando con hambruna tu cadera,
-cien laderas, cien valles, cien bosques-;
el caos es tu pecho latiendo mi tórax, asido,
prendido en calor, en frío desprendido;
el caos es la gesta, la hazaña, la arena
de gladiadores con misma espada,
mismo escudo,
misma sombra,
mismo destino,
misma muerte…
Y no es suerte.
No es dicha.
Retenerte.
Mas, al abrir los párpados
y enfilarlos en tus pupilas,
compruebo, triste y sedienta,
que son dos cuerpos inertes
y no he podido fundirme
- o eclipsarme-
en el pálpito de tu reja humana.
Tan lejana.
Y tan cercana tu alma que, en el paladar,
recojo la eterna savia que me entregas,
que me prestas,
que me donas.
Yo he de ser la mano que recoge tu brazo,
el verbo de tus labios y la noche de raza
en el festejo de tu antojo de carne insinuado.
Sin excusa ni pretexto.
Anoche hubo un cuerpo y una ánima.
Un único pan. Un único vino.
Con sacramento.
Ser el alma que,
con alma,
se amortaja.
VVRR. “Amor omnia vincit”. Derechos registrados.
Me tientas.
17 mayo, 2010
Me tientas en la alborada, en la aurora,
distraida y torpe de palabra,
cuando, aún, el sopor de sueño
de su manto me hace esclava,
cuando tu mano, ingrávida,
recoge mi confusa y estrenada mirada…
Me tientas en el atardecer rutinario,
en el grillete vespertino, ¡tentación esperada!,´
tú me tientas con vuelo desconocido
y en mi pecho enhebras tu hogar, tu único nido.
Me tientas en majestuoso respeto, sin recelo,
en el sublime candor de un efluvio de magia tardía,
casi místico, redondo en puntazos de agua bendita…
Me tienta el desorden transparente de tu melodía,
me tienta el silencio de tu boca que, arañado,
confiere verdad al dictamen de la carne e incita
el cimbreo ansiado de mi cuerpo sobre tu silueta.
Me tienta la boca que me alienta
y en tu faz se ha hecho impronta,
me tienta esa cadera, brava,
desembocadura de último río
que el mar sereno de mi latir impacienta…
Me tientas la noche y haces de mí un responso,
calientas mi helada y empañas mi llama,
matas mi niña y renaces mi vieja,
elevas y enturbias con cristalidad diáfana;
me sublimas, me ardes, me atemperas,
eres salmo que se dice, que se clama,
eres en mi cárcel, de mis días, la exacta reja.
Prisionera en tu calabozo
no ansío la prevista libertad.
Eres tú el claro esbozo
en mi lienzo de eternidad.
Y ya que tientas, tienta todo:
tienta el alma, tan viva, tan tuya,
tienta el nombre que se clava,
tienta tu sangre en mi sonrisa,
tienta el aire que pasea, que respiro
y que, tatuado, quedó con tu presencia.
Tienta la noche y mírame, a tu lado,
y ausculta en mi pecho el latido,
tan incongruente,
tan vivo, y tan muerto,
y tan alto en esencia, y presencia,
sin máscara, sin disfraz, ¡inusitado!,
rastro magno de amor pseudosagrado,
de tu alma, en mi canto, incrustado…
Tienta mi sangre, amor, tiéntala…
No hallarás más que tu centro, perfilado…
Yo seré, de tu sonata, estribillo gritado.
Yo seré, en tu obra, epílogo inacabado.
Y de tu alma, tan buscada en mil mordeduras,
yo seré, si aún no lo soy,
más de mil desembocaduras…
Verónica Victoria Romero Reyes. “Amor omnia vincit”.
Derechos registrados.
La vida tarde.
20 mayo, 2010
La vida, en su tonto salto sin razones, viene a decirnos con bocinazos destemplados que perdemos el tiempo en multitud de ocasiones. Y aunque te sorprende con perfumadas magnolias algún día, siempre un gozo puede acabar en llanto o en melancolía. El ser humano se afana en la búsqueda de sueños y, cuando éstos llegan, alguna ausencia empaña esa realización.
Hoy hablo por mi boca, -nunca mi pudor me permitió hablar en labios de nadie- y me siento parte de un engranaje malévolo que da, cuando ya todo es mínimo.
He pasado gran parte de mi vida persiguiendo un sueño. Siempre el mismo. Siempre ví la misma estrella con los ojos cerrados. Me afanaba y me afanaba. Cada día. Cada noche. Nunca me pude perdonar no darlo todo. Garabateaba sin estilo alguno pero lo hacía. Luego descubrí que la perfección estaba en los clásicos. Imploraba libros. Pedía libros. Mis amigas jugaban el el recreo. Yo escribía cuartetos. Alguna se rió de mí en alguna ocasión. Yo medía sílabas con los dedos. Me acercaba a la Literatura y su entendimiento. Comía métrica.
Enseguida entendí que un libro podía ser mi mejor amigo. Los encontraba siempre a mano y no hacían preguntas. No pude entender el amor sin Garcilaso ni pude comprender un duelo sin Manrique. A todo podía darle respuesta con algún autor. Y crecí de una manera muy propia. Con un estilo amargo pero conciliador conmigo misma. Tuve grandes amigos y mejores maestros. Juan Ramón Jiménez alumbró muchas de mis noches.
Recuerdo, hoy, que he firmado un contrato editorial, que siempre hubo una persona que me miraba escribir a oscuras, llegaba a mí, me encendía la luz, me dejaba un beso en la frente y se marchaba. Silenciosa. Recuerdo también a un hombre que me llevó con todas mis libretas sucias y emborronadas al registro de la Propiedad Intelectual cuando tenía 17 años. Recuerdo que esa mujer repetía incansablemente que escribiera. Recuerdo que confiaba en mí. Recuerdo que me dijo: “No importa lo que digan. Tú escribe”.
Recuerdo que me dijo más de mil veces: “Yo creo en ti”.
Recuerdo que mi hermano sólo dejaba de enrabiarme si entraba en mi dormitorio y me veía escribiendo. Recuerdo que siempre cuidó mis facsímiles como si fueran oro, recuerdo que se dejó la entraña por dar forma a mis esperanzas.
Y hoy, cuando ese día ha llegado, cuando entiendo que veinte años no han sido en vano, me falta.
Y me falta de una manera abrumadora. Devastadora.
El primer pensamiento fue para ella. Mi rúbrica fue para ella.
Y hoy hubiera dado la vida misma, lo que tengo, lo que soy y toda mi alma entera porque mi madre me hubiera visto firmar ese contrato editorial. Creo que ver sus ojos verdes de transparencia cristalina hubiera sido el remache perfecto a veinte años de trabajo y espera.
Porque, aunque pase la vida, tonta, y tarde, ella está en mi. Y todo se lo debo a ella.
Y tarde, muy tarde, yo he cumplido mi promesa.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Creemos.
22 mayo, 2010
Pero es complicado creer sin caer. Y es difícil levantase sabiendo que el trompicón futuro será más grande. Y aún así, consciente de que terminarás embadurmado de barro, alzas el cuerpo. (El alma se queda, resbalando, en el fango triste de un recuerdo).
Ignoras qué resorte espitual te obliga a abrir los ojos. Y lo haces. Algunas mañanas te obligas a cerralos pensando para tí misma: “¿Para que?”
Otros, en cambio, oyes pasitos, escuhas tirones de cisternas y te dices: “Por ellos, ¿No?”.
Solemos conformarnos con poco. Y con poco estandarizado. Y quien se aleja del “mundanal ruido”, como diría mi buen amigo Fray León, es tachado de “loco”, de “temerario” o de “antinatural”. Pero yo entiendo que la perla duele a la ostra y, ese dolor hace valioso ese molusco. Por eso me es tan harto dificultoso no desentrañar el misterio de alguien “que se duele”.
Y oigan , es verdad que el dolor más prufundo es imposible de compartir. Decía una canción de Alejandro Sanz, “el dolor cuando es por dentro es más fuerte, no se alivia con decírselo a la gente”. Y es cierto, topicazo aparte. Es verdad. Relativa, por supuesto. Máximas categóricas hay muy pocas y yo no he encontrado ninguna hasta la fecha.
En esta rueda se silencia el sentimeinto: “No hables de esto”.
Se silencia la rumiación”: ” No lo pienses más”.
Y un día, cuando, tras años de lucha, tu sueño cobra forma física, te miras al espejo, ves lo que
eres y te dices: “Ya”.
Y ya encontraste el epílogo perfecto para tu historia.
Por tanto, digan lo que quieran, cuando quieran y en la manera que quieran.
Y sientan. Y piensen.
Y jamás sientan vergüenza por ser seres perfectos dentro de un mecanismo perfecto.
Y que necesita de ustedes.
VVRR.
La llegada del calor.
23 mayo, 2010
Paria o no, el señor invierno toca a su fin. Nos hemos acostumbrado a un clima atípico, rodeado de nubes presuntuosas pero vacías, a sopores intranquilos de vahos calentorros y poco animosos. Atribuíamos cualquier circunstancia, todo exabrupto mediático al “proclamado cambio climático”. Un recurso muy manido y muy poco convincente. Le damos la importancia que tiene, ni más ni menos, presuponemos que nunca nos tocará y, por tanto, ni nos afecta. Y si nos afecta es únicamente cuando vemos en algún mass-media que acontecen terremotos, tsunamis o confrontaciones de fallas tectónicas. Y poco más.
Tampoco nos afecta en demasía, no nos engañemos. Nos limitamos a soltar. “Uys qué pena tan grande”. Y ahí queda eso. La madre sigue cocinando su paella, el padre de familia continúa apretando la tuerca del lavabo y los chiquillos se tiran de los pelos. Eso sí, en la tertulia de la tarde, pastelitos varios y abuelita incluida, se cuenta la desgracia como si fuera propia. Y todos ponen el salto en el cielo ante la tragedia. “Menos mal que nunca viene por aquí”.
Ay, qué feliz es la inopia y qué ufano aquél que no se conduele del dolor ajeno. Decía Rafa Pons, lo conozco por parte de una amiga, que la lágrima ajena apenas duele. Y es muy cierto.
Señores, nos cargamos el planeta. Sin más. Las emisiones de humo, las fábricas, los vertidos, los sprays de higiene personal, las lacas… Y nos da igual.
Ahora compramos bolsas de almidón de patata. ¡Olé! Bravo por el género humano.
Tal y como estamos, inmiscuidos en una “crisis” que no es tal, sino “recesión” – al menos eso se hartan de decirnos los señores políticos -, optamos por usar la patata como medio de transporte. ¿De verdad les extraña a alguno de ustedes que terminemos haciéndonos una tortilla con menciodado envoltorio?
A mí ya no me sorprende nada.
¿Y a ustedes?
Verónica Victoria Romero Reyes.
VVRR. Derechos registrados.
Tiene su boca aquel recuerdo.
25 mayo, 2010
A una gran amiga, mejor persona y excelente espíritu.
Tiene la boca su recuerdo y en tus labios, que silencian la obviedad más dañina, no se puede obviar, ni olvidar, ni negar, que tiene tu corazón un nombre que no es el que coreas cada mañana. Puedes aferrarte a la pesadilla de lo perdido y enfermar tu cuerpo en la clavícula enamorada de otro canto. Pero no te engañes atusando con sus ganas de ti, el anhelo que tú tienes de otros labios. No busques en esa mirada embelesada el color tardío y extraño que encontraste en aquellos ojos infantiles, tan llenos de ti y de la armonía que ofreciste. Si se alejaron, no fue tu senda la que se extravió.
No engañes la mañana con patinazos de desayuno en la cama ni besos en las sienes que nunca fueron para quien los diste. Llevas ese nombre en la frente. Y en tus labios no se reza más que un único verso.
No hay férula capaz de enderezar el esguince de alma que padeces.
No hay yeso atolondrado y perspicaz que cure esa fractura.
No hay libro sin su prólogo. No hay cometa sin su estela.
Amas, sin mesura, en deslices de carne y alma.
Buscas, inútilmente, quien consagre un pan y un vino que tú consagraste en otro cáliz.
¿Y quién te dice que es deslealtad amar un sueño, idolatrar un recuerdo y aferrarse a un veredicto que te delata culpable?
Si eres culpable, eres amante. Si eres amante, amas. ¿Y el amor se tasa? ¿El amor se pesa? ¿El amor se juzga?
¿Y qué fuerza encausa el latido de un pecho, la lágrima de nostalgia, vertida y no calmada, y el deseo de una voz que es el eco de tus rezos, la plegaria en tus mañanas y el oremus de tu constancia?
Tú, que hiciste vino esa sangre, ¿confieres deslealtad a tu destierro de amor?
¿Eres serenata y no canción? ¿Eres verso libre o lira medida?
Qué grande amar sin sentirse correspondido, qué grande, en valía y coraje, reconocerse la llaga y, lejos de negarla, hacerla visible a quienes amas.
Qué grande saberse pequeña, saberse poro de una piel que no necesita más que el recuerdo amable de otra piel sumergida en un vapor de añoranza.
Tú, tan rota en esencia, portas la medalla de más alta distinción.
Porque tú, ser que siente, que padece y que lucha contra sí mismo, sigues caminando.
Y eres grande, entre grandes. Y, por eso, y ante todos, tú brillas más que ninguno.
Porque amando, callas.
Y callando, amas.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Amando callas”.
Mi único poema incompleto.
25 mayo, 2010
“En él, el amor improbable, en su grado de entrega completa, se hizo forma.
En mil astillas que perduran en espacio, distancia y relojes acapara el verso mío.
Y nunca fue el pedal de la sangre excusa para quererlo.
Nunca se imaginó en mente humana un ser tan perfecto en perfiles tan sagrados”.
VVRR. “Fénix”. 2010.
Gracias, si acaso ese minúsculo término
de dos segundos en sonido amañado,
tan humano en forma y tan divino en fondo,
y tan complicado de tejer con voz,
comprime el amor bruñido de admiración,
por la migaja de luz cegadora
que nace de tu pellizco triste,
viejo de adoquín y aprendiz de guirnalda,
cuando me ves caminar erguida, disfrazada la ojera,
el paso muerto en un ademán de soslayo vivo,
entre la multitud que pasea,
que nos ignora,
- el anonimato es garantía de invulnerabilidad-
y que huele el miedo
como el buitre a la carroña.
Tú, fénix y pegaso, sobrehumano,
sello mitológico, redención misma,
mítico, profecía cierta, evangelio manuscrito,
eterno, trinidad inefable, ángel custodio,
leyenda – salve de trovadores-
y cosmos – entelequia universal-
de verdad heredada, de bautizo de sangre,
que renaces, creas, comprimes, ¡sacralizas!
y cincelas escarpadas cimas de piedra
con el escoplo gentil y entregado
de tus dedos gastados y generosos,
libres de prenda disimulada, de abolengo único,
apagas con el párpado sincero
el viaje amargo al silencio prematuro,
custodias el cetro de la dicha hermana.
Miras sin juicio, qué fiscal tan recto,
oyes sin recelo, qué confesor tan cálido,
hablas sin prejuicio, qué respeto en los labios,
y abres las palmas, ¡qué amable tu dádiva de alma!,
al redoble que te ronda. Al tamborileo de la ausencia.
Que, doliendo el aire, alías como corona en tu gesta de héroe.
¿Quién aplaude en mil rapsodias, en palco oscuro sin butaca,
la valentía de encauzar una sábana de ilusión
en un catre descuartizado que dejó de ser
heráldica de niño inquieto para convertirse
en catana de hombre destrozado y en réquiem sin piano?
Enceras el iris opacado,
arrimas la pluma que protege
y sufragas el sueño necesario.
Engatusas a Morfeo y haces de la vigilia el descanso,
convidas a Medusa y en tu mesa no hace piedra su desliz condenado,
emulas a Héctor tallando de hazaña un día cualquiera,
y rindes Troya a tu montura de madera endeble en apariencia.
Tú enciendes todas las estrellas
en el Cielo, despiertas al Sol,
acunas la Noche y meces el Alma.
Gracias por enseñarme, tú eres maestro y pupilo,
que la valía no está en no caerse, ¿cuánto aplomo regalas?
sino en levantarse una y mil veces,
que la dignidad no está en venganzas vanas
sino en el blasón pudoroso de querer perdonar
a quienes nos hieren,
que el corazón es perenne
y el recuerdo queda intacto
cuando en verdad amas, has amado,
o pretendes hacerlo.
Gracias por tus manos,
tan de ella,
firmes, altivas y compasivas.
Tanto palmeo de gracia no puede ser beneficio vano.
¿El agua es indiferente al secano de la planta sedienta?
Gracias por ser tú
y estar en mí,
siendo solamente,
callado y a voces,
en luces, contrahoras
y atisbos de nubes venideras.
Gracias por negarte la paz y la tormenta
en el tratado de la concordia rutinaria
para curtir de sal las pieles de un paso
que, no siendo en tus pies pólvora ni grillete,
importaba más a tu razón de corazón leal,
inmaculado y honesto en paradigma y acción
con cuantos te rodean, sin distinguir doblones…
Eres la lágrima viva en todas mis canciones.
Candela azul y presteza, pájaro de fuego,
hombre sabio, entero, baluarte de mi respeto,
barandilla del abismo, coral ingente de misticismo.
Y plenilunio de mi único poema… incompleto.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Mi único poema incompleto”.
Tuya. Cómplice.
26 mayo, 2010
Me aprisionan aún, todavía es tiempo,
los ojos del hambre y su ruido de gruta.
Insatisfecha.
La tiña de tu respirar agitado
empedra mi sentido racional.
Tu lengua me acecha.
Mar celado, de silencio, ovacionado.
Es un pacto de instante.
Silogismo creído.
Perpetuidad aplastante.
En ti la necesidad es misterio.
Los aturdimientos de la sed.
No dispenso mi ansia
ni perdono la gana
que me devora,
desde dentro, con peso,
precipicio que me azora,
el santuario de piel y hueso.
No amanso la bestia
que busca, incesantemente,
devorar el espíritu que alienta,
sabia y lentamente,
el milagro de tu parpadeo
en mi ceja escéptica torneada.
Las cárceles de cerraduras inexistentes
son presidios reales de almas vivas,
confesas ateas y descreídas latentes.
Y voluntaria, una condena es destino certero.
¿Qué mejor custodio y relicario profundo
que ser mismo preso y cancerbero?
Tuya. Cómplice.
Yo te daré la verdad desterrada
de saberme viva en tu exilio.
Es más de lo que dí nunca.
Oye esta canción desmenuzada, mínima.
Te descubro mi pena en una única cantada.
Y no habré de recordar que dejo mi talón descubierto.
De mis solapas enmascaradas
exhalo el vacío de saberte triste.
No alcanzan limosnas ni dádiva es sincera
si existen hipocresías en la mano tendida.
Un niño destruido
es denuncia.
Una madre apedreada
es vergüenza.
Un hombre desocupado
es peligro.
Nuestro silencio de iris reflejado
nos llama cómplices de llaga.
Áquel que llora su miseria
no lleva en los dedos apretados
más que arena y piedras.
Cuida que no te alcance su sombra.
Y si te alcanzara, despreocupa tu flequillo
al aire esquivo de lo infranqueable.
Yo estaré, a tu lado, refractando tu brillo.
Verónica Victoria Romero Reyes. “Amor omnia vincit”.
Derechos registrados.
El supermercado. Cómo se enfrenta ese momento.
29 mayo, 2010
Decía Carlos I aquello de “La moderación es siempre la táctica preferible”.
Esta premisa puede ayudarnos a resolver el conflicto que para algunos supone entrar en un gran hipermercado para abastecer nuestro hogar de suministros variopintos que van desde la alimentación hasta artículos tan ridículos como las pilas. (Algo que siempre se usa y siempre falta. De ahí la ridiculez: el contrasentido).
Para algunos, me incluyo en el saco de los afortunados o desgraciados (según se mire), el momento de abastecer el domicilio de forma ingente (suele pasar una vez al mes para efectuar la “compra grande”) se convierte en el propio Infierno. Supone un gasto innecesario de energía mover de la balda al carro, del carro a la cinta, de la cinta a la bolsa, de la bolsa al carro, ¡ahora tenemos bolsas!, las bolsas en el carro tienen que salir al maletero (en el mejor de los casos), del maletero a las manos, de las manos a las encimeras, en las encimeras volvemos a sacar los artículos, plegamos las bolsas, de las encimeras a las alacenas, a la nevera, al congelador, al baño, al salón, a los dormitorios…
Terminas luxada en el mejor de los casos. En este gasto de energía podemos incluir la empuñada del carro a través de los pasillos y los acarreamientos de leche, zumo y “cositas pesadas” de las estanterías al carro que, no se sabe por qué, nunca o casi nunca se queda donde tú lo dejaste para tal avío.
Luego viene el gasto de tiempo. Si eres enemiga de grandes superficies este tema es fácil de zanjar. Lo simplificas así. Coges el carrito, lo vas embistiendo a velocidades extremas por los pasillos evitando choques que puedan suponer un riesgo, no miras nada de lo que hay, vas a lo tuyo y terminas en cinco minutos, resoplando, con el carro hecho y en la caja. Ahora viene el dilema: hacer la compra con alguien a quien “le gusta hacer la compra”. Es algo comparable a un marido yendo de compras con su esposa. Este señor se aburre, sufre, mira el reloj, está sediento, no entiende por qué si te gusta la azul te estás probando una verde, no sabe por qué le preguntas cuál le gusta más, da igual, mujer, coge el que quieras. “Me gusta todo”, dice.
Peor es el supermercado.
El paseíllo triunfal por cada departamento es eterno a tus ojos. Empalideces cada vez que hay mucha variedad en un artículo y piensas: “Dios mío, aquí empieza el calvario”. Y sí. Empieza.
- Los yogures. No he contado las variedades pero el espacio que ocupan me da jaqueca. Sola, coges los que compras siempre o los que en ese momento te llaman más la atención por el color, la forma o la distribución dentro de su espacio. En compañía la cosa cambia. “¿Y éstos?”. “Vale”. “Anda, mira éstos”. “Vale, pues ésos”. ”¿No te gustarán más éstos?”. “¡Que me gustan todos, coño, que me quiero ir y me queda por hacer la verdura!”. Quede constancia de que he simplificado esta conversación. Frecuentemente viene ampliada por la enumeración de todos los sabores, los tamaños, la oferta (¿Para qué narices te llevas treinta y seis yogures si sólo te da tiempo a comerte seis antes del vencimiento? ¿Dónde está la oferta?), y la estupenda cuestión de “¿Y si nos llevamos los que activan el tránsito?”.
Como, generalmente, estas superficies están llenas de gente, todo el que pasea buscando los lácteos se entera de tu problema de estreñimiento… (Lo más curioso de todo es que sonríen cuando te miran, pero observas que cogen el mismo Bífidus).
- Los detergentes y suavizantes. El problema en este apartado, que se extiende a todo el sistema de limpieza, es la novedad. Siempre, repito, siempre, hay artículos nuevos. Tú, adversario de la compra minuciosa, oteas la batalla de lejos e intentas obviar el pasillo disimuladamente. Pero no, pronto oyes eso de: “Uhh, un nuevo olor en el suavizante. ¡Vamos a olerlo!”. Pero, ¿qué necesidad tengo yo de oler suavizantes si llevo años usando el mismo? No quiero dejarme la pituitaria en esa tarea tan negligente… Y para consternación de tí mismo te sorprendes metiéndote el perfume en la nariz y diciendo “Oh, sí, éste, éste, qué bien huele”.
Este epígrafe engloba el papel higiénico, (tres capas, dos capas con broceador, de aloe y bálsamo de maíz, de rosas de la mañana de Alcorcón, de bouquet profundo de tulipanes de Holanda, con sabor a pestiño y a churro tradicional, multicolores, triple acción - como el dentífrico y lo puedo entender, aquí no-, suaves y extrasuaves y de corta y larga duración). No voy a decir nada más a este respecto. Pero chistes tiene, como mínimo, setenta veces setenta.
En este título de gasto de tiempo incluimos las conservas, la verdura (mirar botanas, palpar melones, escudriñar la bolsa de patatas…), los congelados (“Dios mío, el 3×2″), y los artículos de centro, generalmente “bicocas a las que nadie se puede resistir”.
En tercer lugar, el terrible gasto de paciencia. Sortear carritos, aguantar colas, dirimir productos y departir sobre unos u otros terminan dejándote exhausto a la hora del pago. Allí, además, terminas por tirar al carro, literalmente, lo que, hasta el monmento, habías ordenado con cuidado de no romper o aplastar. Todo esto es consecuencia directa de la hora y media que has tardado en hacer una compra que tú, solo o sola, generalmente, haces en quince minutos.
Ya el cansancio te está dominando y la sed y el hambre han parecido. Terminas de pagar y decides, llevas el carro lleno, que te vas a comer una patata frita, cómo no. ¡Poca recompensa es para tanto esfuerzo!
Y ahora, por último, la terrible pérdida de dignidad. Cuando vas solo o sola coges lo que quieres, sin miramiento. Vas a hacer uso tú. Pues te da igual obviamente que se descubra tu gusto por las “tonterías alimenticias”. Léase aquí ganchitos, fideos chinos, chocolates, pizzas de espárragos, nocillas, pipas, quicos, patatas fritas, precocinados rápidos, envasados a granel… Ains, te has acostumbrado tanto a vivir sin compañía que te das cuenta en ese momento de que tu alimentación se reducía a lo más rápido y lo más decadente de la estructura piramidal alimenticia. Y te dices: “Bueno, pues como ya estamos en compaña, cambiamos el hábito de nuevo”. Pero, no. Resulta que descubriste esos productos y ya te ves incapaz de renunciar a ellos. Y, casi de manera autómata, los aventas dentro del carro. Te giras y observas una carita que sonríe y te dices para ti mismo que es mejor no echar nada más. Pero terminas asombrándote de que sigues incluyendo el hábito en el carro ante la sonrisa de tu compañero o compañera de compra que, en el mejor de los casos, es quien vive contigo y comprendes, en ese momento, que sonríe porque le invade la ternura… Y, a lo mejor, esa persona no sabe que a ti te está pasando lo mismo…
Nos encontramos ante cuatro atrofias cuando realizamos la compra con alguien. La de energía, la de tiempo, la de paciencia y la de dignidad.
Y lo más sorprendente de todo es que, al terminar la gesta, resulta que, con esa compañía, la compra se te ha hecho un capítulo de tu vida difícil de olvidar no por la pesadilla que supuso, sino porque acabas de descubrir que, hacer la compra así, ya no es tan tormentoso como te parecía cuando estabas solo.
Y te sonríes. Porque además, has disfrutado como un bichito en un charco.
Se temía.
29 mayo, 2010
Se temía lo evidente, mujer,
se temía tu astucia, tu ponzoña,
tu doble fajo – de odio y mal hacer-
y tu cuerda enroscada, con moña.
Se temía otro cementerio, otro nicho,
con otro cuerpo, con otra vida,
con la siguiente víctima de tu ser redicho,
con otra ulceración en la misma herida.
Tiene nombre tu maldición y en mi apellido
se rubricó un día, no sé cómo ni por qué,
decidiste entonar tu lacónico balido
contra quien nunca liberó ni esposó tu fe.
Yo perdí dos latidos en la empresa contra ti
y nunca tasé mi sangre ni precio pude dar
al valor de la mañana de quien es parte de mí.
Yo sí supe tapar la llaga. Te pude perdonar.
Temí tu vuelta, en rosca futil y malvada
y casi olvidé que temí tanto,
que lloré tanto,
que perdí tanto,
que grité tanto…
Casi olvidé porque hoy, que vuelves,
yo he cerrado el destino que impusiste,
y, aunque mi entraña tú revuelves,
sé que nunca seré lo que tú fuiste.
Y me alegro, mujer, de ser tan distinta,
de saber llorar en alegría con un recuerdo,
de concebir nuevo soplo vivo la vida extinta
y de hacerme dueña y no vasalla de mi remuerdo.
Se temía porque quitaste la vida misma
a cuantos tocaste en tu camino de gloria.
Y si temí, o temo ahora, pronto cisma,
jamás lo haré eco de mi memoria.
Porque eres la cal que quema
y no el agua que inunda,
me cierro en el alma con apotema,
el mar de tu rabia profunda.
¿Tú defiendes tu sangre, tu linaje?
Yo sí, con dientes y con pleitesía.
Y si tocas de mi casta un sólo ropaje,
sabré hacer de tu nombre una triste profecía.
He perdido dos batallas ante tu falsía
y no se batirá una nueva en tu oleaje.
VVRR. “Se temía”. Derechos registrados.
Preguntar sin obtener respuesta.
29 mayo, 2010
A menudo se preguntan evidencias u obviedades que no hace falta preguntar pues se conoce, de antemano, la respuesta. Esta conducta del ser humano obedece a patrones de ratificación o aprobación personal que no vienen al caso en este apartado. Otras, en cambio, las cuestiones suelen responder a dudas interiores de difícil calma. En este caso, la ausencia de respuesta por parte del interlocutor provoca una situación de desazón en el emisor. Éste, ante la falta, la ausencia de retroalimentación, desarrolla un espacio de incertidumbre que rodea la pregunta y genera la desconfianza.
Si el emisor no obtiene la resolución en un fragmento de tiempo determinado, que viene delineado por el patrón de experiencia y el carácter del mismo, empezará a desarrollarse en su consciente la sensación de desapego, recelo e incluso aversión. Este último apartado da para muchas teorías. Y viene a darse en estados repetitivos de duda.
Es obvio que preguntar tiene estas dos finalidades. O bien se secunda un pensamiento o bien intenta dar información que le falta al emisor y que éste necesita, sean cuales sean las intenciones. Intenciones que pueden abarcar espectros muy vastos de la complejidad humana y pueden embutir factores psicológicos, emocionales, meramente explicativos, etc.
Cuando preguntas, esperas la respuesta. Y atiendes especialmente al gesto, a la templanza en las manos, a la firmeza y transparencia de la mirada. Puede que, incluso, seas tan perpiscaz de intentar observar la transpiración, el cambio de color en las mejillas o cualquier movimiento involuntario en las orejas.
No podemos engañarnos. No es lo mismo preguntar la hora (busca la información exacta) o hacer una cuestión que quema y llevas días, semanas o meses intentando hacer. En ese momento, buscas la veracidad de la información no en la misma reciprocidad de comunicación verbal sino en todo el contexto que acompañará al mensaje. Si a esto añadimos la ausencia de respuesta, tenemos la respuesta en sí misma.
Te han engañado.
¿Te quedan ganas de preguntar nada?
VVRR. Rutinas y rapsodias tragicómicas.
El parto.
9 junio, 2010
A veces cuesta mucho, a veces cuesta más que la pr0pia vida.
Pero los sueños hay que perseguirlos. Estarán ahí, esperando, agazapados.
El esfuerzo, la constancia y la fe es indispensable.
Muchas veces faltan fuerzas, ánimos y sobra la noche, tan retorcida en sentimiento.
Este pedazo de mí, el primero y , el que a mi ojos, es parte de tantos. Es para vosotros.
En primer lugar es para mi madre.
Llanamente. Y simple.
Sin ella mi nombre jamás habría aparecido en un libro. En la misma medida, le debo el sueño cumplido a mi hermano y mi cuñada porque, desde un primer momento, supieron decirme que nunca dejara de escribir (eso es “fe”) y de medir con los deditos acartonados las sílabas del verso.
Mi profesora de Literartura, hace muchos años ha, me obligó, literalmente, a presentarme a un Certamen Literario. A ella le debo más que gratitud. Yo conozco los clásicos en su voz. Y amé la Poesía en sus lecturas de aula.
También dedico esta obra a alguien que me mira y cree que soy importante. “Especial”, me dice…
A los que confiaron, mi familia.
Esa familia de sangre y aquella que no es de sangre. Pero que está, confía, regala, detalla, obvia, resalta y hace liviano el desorden de la rutina individual.
Gracias. Espero no decepcionaros nunca. Esta obra lleva la rúbrica de muchos de vosotros.
Vienen dos más. Y todos llevan el mismo sentimiento. El vuestro.
Sospecho.
11 junio, 2010
Si el timbre de un cuerpecito inane de voz
no es atendido,
sospecho.
Si el retumbar de un puñito constante de golpe,
no es abierto,
sospecho.
Si callas, obvias la verdad.
Obviando la verdad, se miente.
Lo cierto que mata, es preferible que lo incierto.
Que duda.
Sospecho sin despecho,
no juzgando lo pasado,
ni lo herido o hecho,
sospecho que omitir es un lado
del triángulo de tu sentir rehecho.
Sospecho la parte de deshecho,
la que tiras a la papelera
pero persiste en una bolsa,
-no hay ojo que la basura ciegue-,
la que abandonas, con solera,
evitando que el hedor me llegue.
¿Y mi corazón? ¡Maltrecho!
Esa rosa muerta en tu enredadera…
Y aunque sospecho, te amo.
Y aunque sospecho, es tuyo el latido de mi pecho.
Verónica V. Romero Reyes. “Tuya. Cómplice”.
Derechos registrados.
Los lastres.
11 junio, 2010
Los lastres son capítulos de la historia personal que nunca se acaban de cerrar. Cuando uno cree que ha dejado el macuto en un andén descuidado, alguien viene a recordarte que tu historia también consigna ese petate maltecho y doloroso que quieres dejar tirado, de manera rápida y afanosa, en una vía pública o privada.
Pero siempre en la calle de la inopia, la deshonra o lo escondido.
Algunos días convives con él, – lo tienes apartado en un rincón de tu dormitorio- y apenas lo miras. No lo abres nunca, ¿para qué? El daño puede ser irreversible.
Todos cargamos algún tipo de macuto más o menos espinoso. Pero tenemos muchas maneras de enfrentarnos. Algunos vaciamos el contenido, lloramos la pérdida o el desorden emocional y desgajamos la tela hasta convertir el contenedor en jirones sin vida que nunca más volverán a ocupar espacio en los armarios. Otros dejan pasar el tiempo convencidos de que hora y olvido son hermanos de desvanecmiento físico o espiritual. ¡Qué más lejos de la realidad!
La frase “ese capítulo ya está cerrado” es un eufemismo de lo más dramático. No para el emisor, por supuesto. Sino para el receptor.
¿Cuántas veces han oído ustedes esa frase? ¿Cuántas el cuento les ha saltado en las narices de mil formas distintas? ¿Cuántas? Peor aún, ¿Cuántas veces han pensado, deducido o sido acorralados por el pensamiento de que, en algunos años, ustedes pasarán a ser “un capítulo cerrado”?
El capítulo antecede, sucede o describe. Nunca se acaba. Una historia con un capítulo arrancado, deja automáticamente de ser historia.
Si el capítulo duele, la mejor opción es no leer la obra. Nunca arrancar una página. Tendremos un libro cojo.
VVRR. “Artículos”.
Derechos reservados.
Son cuatro.
12 junio, 2010
“Jugar al fin del mundo con una paleta armada de sólo cuatro colores y que el resultado sea la creación después del apocalipsis: si el mundo que es genércico acaba, la experiencia personal que es individualísima empieza… esa es la magia que encuentro en este texto bello y preciso”.
(Fernando Ximello, 2010).
Son cuarteto los jinetes, los apocalípticos caballeros
que surgen bajo la apertura predicha y vaticinada
de los cuatro bíblicos y temidos sellos primeros.
Dice la exégesis que son figura última, nunca suerte,
de la mística hecatombe humana de cuatro retóricas:
la victoria, la guerra, el hambre y la muerte.
De porte señorial y trote notorio son cuatro corceles
que ensombrecen el campo y oscurecen el firmamento;
valientes en el combate, en la ventajosa batalla, ¡crueles!,
portadores del estigma de la lágrima y el tormento.
Blanco como el folio virgen. ¡Escriben papeles!
Rojo como la lacra derretida. ¡Sellan documento!
Negro como la tinta primigenia. ¡Manchan los dinteles!
Amarillo como el pergamino inédito. ¡Manuscriben sin ornamento!
El Caballo Blanco, cabalgado por el jinete de la enfermedad,
que porta el arco en declive sin paz, mina el corazón, lo deja inerte,
que recibe la corona, reina sin ser soberano, montura para vencer,
abismo de la carne caduca, yerro en el misterio de inmortalidad,
agrede el alma enjuta en su raidumbre humana con mazo fuerte.
El Caballo Rojo, eficazmente montado por la guerra.
“Que se degollen unos a otros, démosle una gran espada”.
Ocupa el corazón, envilece el juicio, llena la boca de tierra,
devora la gana con ansia desmedida, emite voz sesgada,
intoxica, conspira, destruye y deja odio en la saliva aferrada.
El Caballo Negro. Dirigido por el hambre. Necesidad no cubierta.
¿Cómo porta este jinete una balanza si la actuación no es ecuánime jamás
y sí una tasa exagerada para un apremio humano de persiana diaria abierta?
Das dos, pago uno. Equilibrio en los platillos. Para ti, carencia. No te saciarás.
El Caballo Amarillo. Jinete la Muerte. Con potestad. La voluntad tuerta.
Legítimo cabalga sobre la cuarta parte de la tierra. Mata con espada,
con hambre, con enfermedad y con las fieras de la tierra y el cosmos en cubierta.
Cuatro hoy, enlutadas las vestiduras de los corceles anunciados
ante el eclipse de quien venció el designio con voracidad viva
de elegía eterna, eternizada, de canto libre, liberado, de versos sanos, sanados.
No espolea el jinete la cabalgadura si es tu nombre el hilo de mi heráldica.
Vino tan rojo, enmascarado, con atuendos sibilinos, acechando la esquina,
quiso cubrir de batalla el brío de tu transparencia de vida sin mácula, intachable.
No batirte en duelo con la guerra te hizo leyenda. A todo ojo, en toda marquesina.
Devolver beso de silencio a varapalo continuo hizo tu senda imborrable.
Llegó amarillo cuando la pena enfermaba el aplomo de tus rodillas menudas,
aprovechó la primera cana para envejecerte de plata el cabello, sin aviso,
con premura, sorpresa, a contratiempo, con alevosía y palmadas rudas.
De tajo magno tuvo que doblegar tu espíritu de verso de vida preciso.
Con emisario, jamelgo blanco ante el semental de tu sendero,
abrió zanjas que cubriste con sonrisas, disimulando dolores,
esperó paciente la derrota de tu leal cimbreo guerrero
y arrimó las huestes nívea y carmesí a tu paso de brillantes colores.
Tuvo que arrancar tus dedos de la piel de quien abrazaba tu cadera,
-tu carne perpetuada apresó tu alma a tu hueso hasta que fallaron sus fuerzas-,
para sentar tu historia de gloria discreta en pálida silla de viaje postrero
pero no evitó que dirigieras tú el galope de esa última carrera.
Tan señora, tan madre y tan mujer que cedió la brida a tu agrado.
¿Cuándo la Parca consensuó una partida tan noble con una mortal
si ésta no venía garabateada como boceto de un óleo divino y sagrado?
Y la ausencia vino negra. Muy negra. Más negra que impaciente.
El hambre. La necesidad que engatusa, que obnubila, que espera
el instante de saciedad para volver a generar la debilidad patente.
Hambre de voz, de silueta, de respiración, de latido, de sombra,
de aplauso y juicio, de consejo, regaño, abrazo, amor eterno y silente.
Ya pasaron los cuatro jinetes por estas tierras
y dejaron estelas de sus colores en mis venas.
De los cuatro he tomado una prenda, un jirón de tela,
para limpiar el blanco de tu memoria,
para secar el rojo de mi sangre,
para maquillar el amarillo de mi tez
y disimular la negrura de mi noche sin ti.
Donde dejaron valles de escombro y escoria,
esparciste las rosas perfumadas de la victoria.
Pero yo no veo, no atiendo ni siento.
No respiro aromas ni degusto sabores.
¿Sabes que tu falta es diario lamento?
Y aunque no las puedo ver, no las puedo oler,
ni sentir ni halagar ni valorar, ni mirar
y no engalanan la solapa de mi lucero,
sé que están aquí, sé que vendrás a mí.
Y por eso, madre, yo te espero.
V. Victoria R. Reyes. Derechos Registrados.
15.06.2010.
Aunque no estás, y me lo dicen,
14 junio, 2010
Aunque estás, y me lo dicen,
-puedo creerlo incluso-
es mentira que se bendicen
beso y momento concluso
cuando océano y luna maldicen
el yo quedarme, tú faltando.
Aunque estás, y tu olor en oleada
arrulla el tono de mi alma llorando,
es mentira que tu aroma no es la nada
donde acuno la lágrima titilando.
¡Porque no estás! ¡Tú no estás! ¡Y te siento!
¿Y si el hilo de la fibra humana, enhebrando
la vainica en un linaje, incrusta sentimiento
en el auspicio de una vida que se viene quebrando?
¿Podré sajar la ausencia como si un apéndice fuera?
¿Podré morir libre ahogando el puñal que me viene matando?
¿Sabré yo encontrar el paso de tu estela cuando muera?
¿Sabré yo reconocer el tibio roce de tu mano que vengo soñando?
Que la rabia me viene devorando el gaznate
desde hace cuatro años y tregua no me deja,
en las estrellas se me cuelga el grillete granate
que me echa al paredón donde, frío, se despeja
el horizonte inacabado de vivirme la vida en ahogo.
Que tengo una mano que tiembla y es añeja
en habilidades y esperanzas por las que abogo
y son mis pies dos raíces sin giradas direcciones
que me estancan en la orilla de vereda vieja.
Que tengo atrofia en los sentidos y minusvalía
en las salvedades y aún no encuentro excusa
para perdonarme el relicario y confesar su letanía
donde consentí que fueras de una pena, reclusa.
Que vengo cayendo en pozos de angustia
y no hay salida al prado abierto sin tu consejo,
no hay sanadura para la hora que me mustia
de tanto pesar del que inútilmente me alejo.
Cada oscurecer del día, en la mentira del espejo,
arranco mi piel para procurarte a ti el cuerpo…
Pero, al Grande y Único, debe parecerle poco pellejo…
Verónica Victoria Romero Reyes.
“Mi único poema incompleto”.
Derechos Registrados.
Trasquilarse el sueño.
19 junio, 2010
[O de cómo se desdibuja la cenefa del sueño].
El insomnio. Ese terrible amigo de la noche que entra sin tocar a la puerta. (Hasta los vampiros son más benevolentes). Yo he podido contar hasta la fecha tres clases de insomnio:
- El sueño que no llega.
- El sueño que se interrumpe y no vuelve a conseguirse.
- El sueño intermitente.
El sueño que no llega. De todos, el más cruel con el cuerpo y la psique.
Llega la noche y lo ves venir. Tu cuerpo, tan cansado a las siete de la tarde, se está activando por momentos. Puedes haberte sometido a mil trabajos intelectuales o físicos a lo largo del día con el objetivo de extenuarte tanto que no le quede más remedio a tu cuerpo que ceder al subconsciente y, el muy traidor, se recompone a medida que pasan las horas. Miras la televisión para aburrirte. Nada. Observas cómo tu compañero/a de sofá va cerrando los ojitos. Nada. Tragas cuatro o cinco valerianas. Nada. Bebes tila. Nada. Te das un baño. Nada. Vuelves a la caja tonta y percibes que ya no hay programación, son todo call-tv embusteros y melindrosos. Y nada. Te comes las uñas. Nada. Te echas en la cama con la intención de descargar las piernas. Nada. Empieza la desesperación. Son las cuatro de la mañana. Ni siquiera te notabas nerviosa al comienzo del anochecer. Ahora sí. Ya sabes que no vas a dormir nada. Aguantas estoicamente hasta las siete de la mañana entre libros, blogs, tabaco y maldiciones varias. A las siete te duchas con brío, te plantas la sonrisa cortés de las mañanas y te tiras al ruedo. Por lo general, el toro termina por darte una “corná” en la tarde. Lógico, por otra parte, si entendemos que todo el día has sufrido dolor de cabeza, tensión en las articulaciones, sopor virulento a deshora y dolor de cuello.
El sueño que se interrumpe, por el contrario, aparece tras una noticia, hecho o contexto particular que azota el pensamiento durante el sueño. Esta ruptura aparece tres o cuatro horas después de haberse quedado profundamente dormido. En ocasiones una pesadilla lo engendra. En otras, un pensamiento que se atiende nítido y diáfano. El caso objetivo es que te despiertas sobresaltado, miras alrededor, decides dormir de nuevo y percibes que no lo vas a hacer. Te levantas. Pero la peregrinación es diferente a la anterior. Ya no buscas conciliar el sueño de nuevo. Sabes que es una incógnita la que está aventando el insomnio en tus párpados. Así que te armas de valor, te preparas café y te sientas a divagar. Eres perfectamente consciente de que sólo la resolución de la duda te volverá a devolver las bondades de Morfeo. No te implicas en buscar la desconexión. Buscas la solución.
Desgraciadamente no suele llegar en la primera noche. Los síntomas al día siguiente son muy evidentes. Estás tan centrado en dar vueltas a la cuestión que te desasosiega que, prácticamente, no atiendes a nada más. Piensas, hurgas, cuestionas, argumentas, afianzas, desdeñas… Terminas pidiendo una segunda opinión.
El sueño intermitente, sin embargo, te llega a parecer algo juguetón y travieso. Si te acostumbras puede ser incluso beneficioso para tu estado de ánimo. Cada intersticio de vigilia te procura la previsión de un nuevo sueño. Es de sobra conocido que solemos soñar con lo último que hemos estado pensando. Obviamente este hecho tiene excepciones.
Si te armas con paciencia y un pijama de sonrisas puedes hacer de este insomnio un viaje con muchos matices.
Es importante no levantarse de la cama para no convertirlo en un insomnio de clase 2.
En conclusión, no dormir es desesperante. Saber que no se va a dormir es extenuante. Pensar es muy malo para la salud y las valerianas no sirven para nada. Falta de sueño no es nerviosismo siempre.
¿Y qué es?
¿Ustedes creen que si lo supiera pasaría las noches despierta?
VVRR.
Me ofende el “cotorreo” presenciado.
Me ofende y me hace dudar de los interlocutores. Es de lógica pensar que si se habla de un tercero en una conversación privada, yo misma podré pasar a ser ese tercero en alguna diatriba que me sea ajena.
Pero, si dentro de los márgenes del conocimiento de las personas, este hecho me desorienta y me traspone, cuánto más descubrir que se dirime sobre mí con gente que ni conozco. Si aplicamos la ley de la ventaja en este caso, evidentemente salgo desfavorecida. Amén del concepto del “prejuicio” que, aquí, salta a la vista.
Acostumbro, es un vicio, lo sé, a decir lo que pienso cuando lo pienso. Acostumbro también a decirlo de manera extraordinariamente clara y en los términos que considero más gentiles, protocolarios o amables. Dependiendo de la circunstancia procuro limar el mensaje, hacerlo más transparente, pulirlo en conceptos o aplicarle tonalidades ofuscadas, por decirlo de algún modo. El caso objetivo es que exteriorizo sólo con la persona implicada y sólo el hecho implicado. No soy amiga de repertorios de conciliación ni de grandes espacios de tiempo para callar ni de orquestaciones teatrales que no vienen al caso. Por supuesto, no se me ocurre narrar episodios que pertenezcan a la intimidad de las personas en contextos que no circunscriban a esa misma persona. Vicio feo el que tengo.
A lo largo de la vida aparecen en el camino algunas personas que, perteneciendo al ámbito personal, pueden limitarse incluso al estadio íntimo. Estos seres, afortunados o desgraciados, gozan de un estatus superior a amigos, colegas, conocidos o incluso algunos familiares.
Son el remanso de tu voz interior. Son testigos de llantos que el pudor reduce a la parcela de tu casa, de monólogos que sirven para templarse, de peculiaridades que tienes como persona y que no siempre muestras fuera de ti, de ecos de tu pasado (a determinadas personas puedes hacerlas partícipes de episodios de tu infancia o adolescencia según el caso y anotemos en este parámetro que también lo estás haciendo custodio y relicario de la intimidad de las personas que vivieron contigo esa experiencia), etc…
Concluyendo, hay algunas personas que conocen tu yo público, tu yo privado y tu yo íntimo, el esencial.
Entiendo que donde “caben dos, caben tres”, físicamente claro. Porque no siempre caben tres en la historia de dos. De hecho, creo, -es muy probable que esté errando-, cuando existe una historia con dos protagonistas, la lealtad implicada es esencial y no hace falta decir o comentar la trillada frase “Esto que no salga de aquí”.
Pues coño, hace falta decirlo. O, en su defecto, escoger la variante elegante: no comentar nada desde que se conoce el hecho. Sí, el hecho. Esa circunstancia que ha aparecido, nueva, que te deja en estado de estupidez pero que te ha alertado sobre la publicidad aplastante de tus “indecorosas maneras de proceder en privado”.
El problema con la variante elegante surge cuando contrastas la fehaciente realidad: ya has abierto la boca mucho, has hablado de tus padres, de tu hermano, de tu trabajo, de cómo sientes, de cuáles son tus ilusiones, qué esperas de la vida, has llorado, has reído, has procedido de algún u otro modo, te has enfermado, etc.
En fin, has hecho cómplice de tu esencia a quien creíste una tumba.
La confianza en el género humano es una pérdida de tiempo.
Harto ingrato constatar esta realidad una y otra vez.
Lo maravilloso de la vida es que enseña. A varapalos, sí. Pero enseña.
Lo triste de todo esto es pensar que andas solo verdaderamente y que nunca acabarás de conocer a nadie. Porque, cuando crees conocerlo, un desliz lingüístico del tipo “comentando esto con…” te hace caer en la cuenta de que nadie se merece la llave de tu confianza porque aprovechan para abrirle la puerta a quien jamás se invitó.
Así que, silencio como imperativo de vida si no quieren demasiados comensales en la mesa de su intimidad.
VVRR.
Sólo estás solo.
19 junio, 2010
Sólo estás solo.
Y la compañía, solo es transición sola. Luego duele.
Solo naces. ¿Qué parte aparece antes?
Solo lloras. ¿Quién, sino tú, lame esa lágrima?
Solo creces. ¿Te levanta alguien?
Y la compañía es la goma elástica.
Si la sueltas tensa, atizará.
Solo frotarás la mano.
Solamente un escozor.
Solo andas solamente y aún es algo que pasa pero no se ve.
Da si no dan. No devuelvas cachetada. Mira esa mano, ¿pica todavía?
Todavía es el estigma. Y habrá más. Y estarás solo. Solamente. Aún y todavía.
¿Qué más da? Mañana nunca llega. Además es tarde. Para todo.
Los versos son fin en sí mismo. No hay eterno retorno.
No hay existencialismo. No hay andropocentrismo.
Solo estás. Y lo sabes. Y lo sé. Lo saben y lo sabemos.
El verso libre simplifica y reduce. Pero libera el mensaje.
(Sigue frotando el dorso de tu mano y propiciarás el eccema).
Es mejor no rascarse. Guarda el oficio y la sábana de ojo que no esté en tu cara.
Cela el llanto, cobija la ilusión y enmascara el principio.
Guarda oficio y sábana de pupila que no sea tuya.
Que la lengua no esparza tu interior,
que la mirada no muestre la emoción,
que el ictus no deje entrever
el atisbo de la sonrisa ni el lacrimal encendido.
Templa el gesto,
esconde el pensamiento
y olvida la opinión.
No hables, no sentencies, no descubras, no compartas, no sientas, no duermas, no respires.
Y si lo haces, aún, solo, que sea a escondidas,
contigo,
solamente y todavía.
Amén.
VVRR.
Yo, que no entiendo.
26 junio, 2010
VIII. Yo, que no entiendo
Yo, que no entiendo más que lo que veo y compruebo,
que no oigo más que aquello que acude a mis oídos,
que no hablo sandeces sin sentido y padezco mutismo de rumores,
que cargo su silencio en mi lomo ya vencido,
yo, verduga de verdugos, tengo el plumaje decidido.
Y, ojo, ni es de cordero la vestidura
ni en nidos de cisnes se alzan mis vuelos.
He de ver los avernos subir al cielo
y las alturas quejumbrosas en el suelo.
Porque yo, que no entiendo, veo.
Y, ante todo, siento.
Verónica Victoria Romero Reyes.
La victoria de los ángeles, 2009-2010
Derechos registrados.
Sin muleta.
26 junio, 2010
XXXVI. Sin muleta.
Se partió la pierna una mañana
de llanto y prisa en la memoria.
A destiempo, en la zanja del miedo.
Algún visionario de mente lúcida,
de consejo tramposo,
le recetó sin restricciones el uso de muleta.
Han pasado meses desde entonces.
Hoy, curada, le es imposible prescindir del apoyo.
No es capaz de usar la pierna.
No recuerda cómo hacer uso de ella.
No sabe caminar.
No puede caminar sin muleta.
Porque piensa, equivocadamente, que es incapaz de hacerlo.
La atrofia que sufre es de alma.
¿Quién le alcanza la escayola?
¿Quién le apuntala la férula?
¿Quién?
Nadie.
Porque nadie es más de lo que tiene.
De lo que tendrá.
O lo que tuvo nunca.
Verónica Victoria Romero Reyes
La victoria de los ángeles.
Derechos registrados.
Amigos.
26 junio, 2010
El caso es que la vida pasa, para todos. Y no pasa de igual modo.
Depende todo de cómo naces, dónde o de qué (suponemos que todos del mismo sitio y no pienso entrar en detalles).
Especímenes hay de mucha consideración y es bien cierto que (los entendidos en filología pondrán aquí “de que”) a algunos nunca acabas de conocerlos. Esto no quiere decir que creas conocerlos pero siempre te acaban por sorprender de manera poco convencional.
Desconfío bastante de quienes me dicen que tienen muchos amigos. Yo, particularmente, no. En una mano me sobran dedos. Amigo no es el que se va contigo de cañitas ni el que te lleva pastelitos los domingos. Tampoco el que te abraza cuando la selección mete un golazo. (Generalmente aprovecha también para tocarte las nalgas pero, llevada por el efluvio ganador, poco o nada te importa).
La consideración de amigo es bastante más compleja que todo esto. Un verdadero amigo no te pregunta cuando sabe que lo estás pasando mal. Se limita a ayudarte como puede, de la manera que mejor sabe. No pregunta nada porque entiende que no necesitas preguntas. Necesitas respuestas.
Caídas hemos sufrido todos, en mayor o menor profundidad. Pero, ¿Cuántos han bajado a hacerte compañía? Acabáramos, lo fácil de ofrecerte la mano desde arriba… Generalmente después de subirte, te dan una palmadita concesdiente en la espalda y te arrean (entendidos eruditos lean “te espetan”) eso de: “Adelante, tú puedes”.
Pocos se dan cuenta de que tienes las rodillas ensangrentadas de la bajada por la gruta, pozo o socavón y de que luces una quemaduras portentosas en las yemas de los dedos por la fricción. (A menudo, cuando vas cayendo, intentas apresar tus manos a todo lo que puede parecerte un “filo seguro”. De filo tiene poco o menos y de seguro, paremos de contar. Terminas quebrando por la propia fuerza de tu cuerpo en descenso ese pedazo de cornisa que, para mayor gloria, acaba apuntillado en tu párpado provocándote un moratón de cuidado (entendidos lean “hematoma”).
Cuando te encuentras solo/a (lo políticamente correcto por delante), y miras alrededor no hay nadie. Todos se encuentran afanados en otros menesteres y en otras proyecciones sociales de convención antiquísima. Que si los niños, que si el marido o la esposa, que si el trabajo…
Y decides echar mano de algún miembro de la familia porque necesitas hablar. Y, ¡oh! te encuentras el mismo caso. Elevado a la décima potencia. O undécima (recuerdo que décimo primero es una incorrección en toda regla). Incluso los comprendes. A ti te encantaría tener esas diatribas rutinarias.
Y no levantarte pensando que tienes que discurrir como una culebra por aquí y allá sin visión de mañana.
¿Quién se va a preocupar de tus miserias si cada uno vive las suyas? Es una obviedad que, al caso, no merece ni cuestionarse.
Vivir la mentira es casi menos doloroso que cuestionarse la propia vida. Engañas la ambición, engañas al infante que quería comerse el mundo, engañas tu perspectiva de crecimiento asegurando que tu trabajo es el empleo que ansiabas desde púber, engañas, engañas… Te engañas y sobrevives.
Siempre te queda dormir.
¿O no?
VVRR. “Artículos”.
Derechos registrados.
Tiene veneno la mañana.
26 junio, 2010
Tiene veneno la mañana
y, solitaria, la sábana
cubre un cuerpo sin gana.
Tiene veneno porque no hay latido
ni reposo ni piel que me atolondre,
no hay mano que repose mi cadera
ni hay pie que busque el mío
evitando el frío
de la mañana
y de su veneno.
Tiene veneno el café, de una cocina sola,
que parece más amplia que un campo sin minas
y más vacía que una piscina en Febrero.
Pareciera que una casa sin ti es una jaula sin canario.
Tiene veneno aquél marzo tan hermano
donde uní mi galopante escalofrío
a la tiritera de tu abrazo sincero lejano.
Tiene veneno la calle sin paso, nítido y ansioso
y mi brazo, tan pendular, que no recoge
el hombro que propicia el paseo silencioso.
Pareciera que el recorrido sin ti es una carrera sin meta.
Tiene veneno la tarde, en su quehacer de rutina silente,
y no hallo en libro ni poemario respuesta a mi locura de ti,
ni a mi ansia de rubricar cada poro de tu mejilla o tu frente.
Tiene veneno mi sollozo, -aún no sé a qué la lágrima-,
y se envenena mi sonrisa porque tu esbozo de alegría,
hoy,
no es para mí.
Y si lo es, que yo lo ignoro, no puedo verlo.
Pareciera la tarde un lastre de petate sin ruedas.
Tiene veneno la voz que me incita a lo lejos, que el suspiro me amaga
en ese trasto inútil y doloroso que timbra para volver a gemir
y me deja la penumbra de una vela que, aún perpetua, se apaga.
Pareciera el día un veneno sin ti,
una escuela sin niños
y un libro sin letras.
Parece el verso una homilía sin fieles
y una fiesta sin comensales.
Pareciera que te tengo en la ausencia de minuto.
Y es minuto desesperado saber que estando, no te tengo.
Verónica Victoria Romero Reyes
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
Recuesta tu silencio en mi pecho.
2 julio, 2010
Recuesta tu silencio en mi pecho,
amor,
que ando conmovida en tu recuerdo,
intacto,
y se me ofusca la palabra si no te veo.
Adormece tu labio en mi aturdimiento,
perenne,
que duermo soñando en tu tiento,
travieso,
y se me traba el verbo si no te siento.
¿Ves mi pecho en tu recuerdo?.
¿Sientes tu tiento en mi aturdimiento?
Que ya sin ti no es el firmamento
un océano de infinita potencia
y no hay giro, no hay inercia
que despegue mi ala de tu vuelo.
¿Pasajero? ¿O eviterno?
Da igual a mis ojos, tuyos en desvelo,
si es azul Cielo o es rojo Infierno.
Ya eres tantra cálido en mi poema de hielo.
Y si abrasas el gélido verso
tornando brasa la melancolía,
¿Niega el honorable amor tan excelso
y hace de lo obvio una vana falsía?
¡Evidencia!
Eres tú altísima sinalefa de mi poesía.
Verónica Victoria Romero Reyes.
“Tuya. Cómplice”.
Derechos registrados.
El tiempo, ese gran enemigo de la ceguera.
3 julio, 2010
Acostumbramos a vivir con pasión lo bueno que nos ofrece la vida. Alargamos los momentos en los que sentimos plenitud, alegría o placer e intentamos acortar aquellos que nos reportan resquemor, dudas, miedo o dolor.
Es una pauta común a todo el género humano. Bueno, no, miento. Los mártires y los masoquistas se escapan de la afirmación, salva o consigna.
Pero como mártires hay pocos y los masoquistas disfrutan con su propio vituperio, queda ya afinada la circunscripción en todos sus matices.
Sin embargo, queda la delicada excepción de creer beneficio una situación que, en realidad, es infierno.
Baste, para dar consistencia al argumento, la trillada respuesta de: “Me hace esto, me hace lo otro… Pero lo/a quiero”.
Son situaciones, alteraciones de tiempo y espacio, en los que el propio actuante ignoran, literalmente, qué acontece en su contexto. Lo que creen bueno o agradable es en realidad una tormenta que mina, empobrece y veja su propia dignidad como persona (humana, dirían algunos petulantes).
Estas perspectivas inversas de la psique, por llamarlas de alguna manera, aparecen hermanadas a situaciones de dependencia emocional (el actuante la denomina “amor”), que todo el mundo observa y reconoce como tales, con la única salvedad de aquél que las sufre en sus propias carnes.
Suelen alargarse en proyecciones largas en las que el sujeto se niega en redondo a aceptar lo que tantas bocas le espetan. Muchas veces, abrumado por la intensidad y frecuencia de los comentarios, llega a creer que todo el mundo está equivocado y él, en su sana sabiduría única, es el último poseedor de verdades categóricas.
Normalmente el tiempo, ese gran enemigo de la ceguera, se encarga por sí sólo de refutar cualquier argumento sólido que pueda presentársele en réplica. Y, como sanador que quita una venda de los ojos, descubre lo fehaciente cuando ya los golpes han dejado grandes secuelas. A menudo, porrazos de cicatrización imposible.
Se libera el sujeto ciertamente de una atrofia emocional y psicológica. Quizá física.
Y ahora bien, ¿cómo se repara tanta imperfección arrastrada?
Ahora ve, sí, pero, ¿cómo recupera aquello que nunca observó? ¿Quién o qué le devuelve “ese tiempo” de no percepción?
Desgraciadamente ni nadie ni nada.
Se aferrará, resentido, cojo y tuerto de sentimiento, al paradigma proclamado de “por lo menos, algo aprendí”.
O no…
Verónica V. R. Reyes
“Artículos”. Derechos registrados.
Vengo a decir.
3 julio, 2010
Vengo a decir que me encontraba
buscándote
o esperándote.
Sólo por conocer a quién amaba.
No recuerdo la canción.
Y sí la llantera.
No recuerdo la noche.
Y sí su tiritera.
Vengo a decir que fue difícil espuela
tu añoranza,
tu evocación.
Sólo por dar hiato a quien, hoy, me cela.
No recuerdo la cabalgada.
Y sí la montura.
No recuerdo la carrera.
Y sí su hendidura.
Vengo a decir que fue distante sino
anhelarte,
presentirte.
Sólo mistificar de tu enjuague mi destino.
No recuerdo la brújula.
Y sí el camino.
No recuerdo el horizonte.
Y sí un norte confundido.
Vengo a decir que fue intuición
tu talle erguido,
o tu postura.
Sólo ser letra de mi ambición.
No recuerdo el poema.
Y sí la cadencia.
No recuerdo la estrofa.
Y sí tu ausencia.
Y vengo a decirte, aún a riesgo
de descubrir mi talón tan protegido,
que eres cisma y sempiterno sesgo
donde cayó, frágil, el futuro invertido.
Y, loca de ternura, en tal manera,
vengo a decir que, siendo mansedumbre,
eres la bestia y eres la fiera
donde calmo mi tosca raidumbre.
Si descubrir afanes
es mi propia traición,
vengo a decirte,
tranquilamente,
que eres acento,
hiato y sinéresis
en mi preclara pretensión.
No hay mal que tú no sanes
ni estribillo que no acompases.
Sin ti todo fue mera ficción
y sentires fueron ademanes.
Y ya que quemé una treintena
recreándome en tu hallazgo,
déjame ser la lágrima en tu pena
y la obra de arte en tu mecenazgo.
Como yo, poco labio te habló
de alma, de vida o de sus teoremas.
Ningún espíritu mi amor halló
en poco o mucho que tú no temas.
Y ahora, despojada de armadura,
vengo a decirte,
quizá arcaicamente,
que lista o tonta,
alegre o triste,
no soy más reflejo
que aquello
que ya tú viste…
Si poco, lo siento.
Si justo, me alegro.
Si mucho, mi ego resiento.
¿Cuándo coloreaste de blanco un océano negro?
Vengo a decir que no recuerdo el dónde.
Y sí el momento.
Vengo a decir que no recuerdo el cómo.
Y sí su sentimiento.
Y vengo a decirte que tu beso
en mi labio enhebrado
no fue bálsamo y sí el bautizo
de una infiel de eterno amor confeso.
¡Enajenado!
Porque sin ti las cicatrices nunca llegaron
y las heridas, en mi dermis, fueron siempre
salva de sangre que mi luna jamás aclamaron.
Y ahora, que eres sagrario de mi vena,
no hay ni un sollozo, ni una tristeza
y no me rinde ninguna estrella,
en relojes de nocturnidad,
al abismo de lágrima o de pena.
Vengo a decirte, con claro descaro,
que acaparas minutos y horas,
que descubre el enigma raro
el navío que en mis peñascos escoras,
que eres la savia y no el alimento
donde almibaro el salitre de mi lamento.
Vengo a decirte, el alma en vilo,
que eres el aire que yo respiro.
En conclusión,
vengo a decirte y decirme
que no conozco más vida
que la de, en tu vida, yo, morirme…
Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
La máscara en jaque.
4 julio, 2010
El silencio se hizo reverencia y algunas rodillas llegaron a hincarse en la fría piedra.
Ahí estaba, devastada por siglos de abandono y traslados, quebrada por vaivenes que pretendían su exilio y recubierta con el manto del miedo.
Muchos acometieron su búsqueda y pocos fueron quienes consiguieron llevarla a su rostro. Perecieron al conocer de sus cualidades. La incógnita era saber, a ciencia cierta, qué poder sobrehumano poseía ese pedazo de artesanía que llevaba a los seres humanos a perecer sin faz. Perdían la cara.
Documentaciones muy pocas y en exceso contradictorias. La tradición oral se había extendido lentamente, en círculos reducidos, haciendo de su existencia un dudoso campo de realidad exacta. Nadie podía dar, entre quienes conocían de su tránsito histórico, fecha posible de su creación. Algunos arqueólogos la situaban entre las reliquias del cristianismo. Los historiadores le conferían más la atribución propia de un castigo de dioses ambivalentes del período clásico. Hay quienes, escépticos, desdeñaban cualquier argumento que sobrepasara la dimensión reducida de lo empírico.
La única prueba física de su existencia se encontraba en un poema inédito de quien, se suponía, podía ser Gonzalo de Berceo. Una cuadernavía corta y concisa, que nunca llegó a atribuirse a tal autor. Sin embargo, la forma en la que estaba estructurada respondía con exactitud al canon tradicional del mester de clerecía. Un texto culto, latino, con el tetrástrofo monorrimo en versos alejandrinos de catorce sílabas. Aquella estructura esticomítica, que obedecía a una métrica sintagmática no tenía, ni podía tener, otro tipo de interpretación. Mateo era consciente de esta relación.
Nació en una familia muy poco convencional. Su padre, enamorado de las Letras, inculcó en él, desde infante, la devoción por los clásicos y fomentó una voracidad fascinante en su afán de lectura como medio para conocer el alma humana. Su madre, foso de cariño y espiritualidad, alimentó su necesidad de dar respuestas a todo aquello que le provocara una duda. Le habló de la fe, de lo humano y lo sobrehumando y de cómo pueden existir realidades que no alcanzan a verse con los ojos de la cara.
Tan silenciosa ella en ademanes evidentes, le hizo comprender a edades tempranas que los vínculos irreales, aquellos a los que no se les puede forma física, son los únicos perdurables en el tiempo.
Así se construyó a Mateo. Un ser inquieto intelectualmente que pretendía, desde niño, dar forma física, o acercarse, a las aristas de lo estrictamente etéreo.
A la edad de trece años, de manera casual, creyó ver en unas líneas de un facsímil de Ruben Darío (un inédito que, perfectamente, podía responder a la primera versión de su poema “A maestre Gonzalo de Berceo”) la referencia única que le haría plantearse la existencia de la máscara. Lo que él consideró un primer esbozo de soneto sirvió de punto de partida para la búsqueda. Así encontró en el poeta libanés Khalil Gibrán, argumento suficiente para acometer la búsqueda de la máscara.
Toda su información veraz, durante años, se redujo a la comprensión del relato del libanés:
<<Me preguntáis cómo me volví loco. Así sucedió.
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras. Sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas. Corrí sin máscaras por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones, ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí y, al verme, varias personas llenas de espanto corrieron a refugiarse en sus casas. Y, cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa me señaló gritando:
-¡Miren: es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién era y, por primera vez, el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se inflamó de amor hacia su luz, y ya no quise tener más máscaras. Y, como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis siete máscaras!…
Así fue como me convertí en un loco. Y en mi locura he hallado la libertad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero una cosa os pido: No dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad, porque ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón>>.
Sabía que la mención del número siete no era más que la atribución bíblica del mismo cardinal. Conoció pronto que se trataba de una única máscara a la que se le confería el carácter sagrado de un milagro. El hecho de que Berceo la mencionara le hizo suponer su carácter divino y único, cristiano. Él era clérigo. no hubiera referenciado el pedazo de artesanía sin no le hubiera otorgado algún sentido creyente. El robo que referenciaba Gibrán era la metáfora del traslado excesivo de unas manos a otras. Y la liberación por no tenerla revelaba que la posesión de la máscara podía esclavizar algún cordaje humano.
Toda la hilvanación llevó a Mateo a la búsqueda de la pieza.
Fueron largos y tediosos lustros. Sus padres creyeron que perseguía una ficción, que la cordura se había marchado de su hijo. Aun así, hicieron todo lo posible por apoyar su sueño. Entendieron que la duda corroía el espíritu de su varón unigénito y que sólo la paz de creer clarificado un misterio podría calmar la sed ansiosa de su vástago.
A menudo Mateo encontraba otras referencias en grandes autores y cambiaba el rumbo.
Contaba cincuenta y cuatro años cuando a sus ojos llegó la pista definitiva. Un poema de Paul Vàlery fechado cuando el autor se empleaba como administrador en el centro universitario de Niza, antes de ser expulsado cuando se rehusó a colaborar tras la ocupación alemana.
En un año alcanzó la cima. Era un 12 de Julio. Ante él, la máscara. Detrás, a sus espaldas, el séquito, ya minado por los años y la muerte, de aquellos discípulos incondicionales que hicieron de ese periplo, su vida. Fieles durante décadas. Sólo la muerte le hizo prescindir de alguno de sus colaboradores. Ninguno, por voluntad propia, se alejó de Mateo.
Y ahora, izando la máscara, sintió el envés traicionero de la solución inminente.
- Maestro, no se la lleve a la cara… Ninguno sobrevivió.
- ¿Para qué vine, entonces?
- Ya la tiene. No fue locura lo que usted logró ver en su existencia.
- No sabemos por qué perecen bajo ella…
- Usted lo conocerá y no podrá decirlo. La búsqueda habrá sido vana. ¿Qué haremos con ella?
- No sé… Pero necesito saber cuál es la fuerza o el conocimiento que hace que el corázón de las personas deje de latir. Tengo qué saber qué es tan grande y golpeador, tan sutil en apariencia y tan brusco en la esencia que dobla el juicio humano y roba en un segundo, su alma.
Con suma elegancia, abrazó a sus compañeros. Los besó. Escribió en su diario. Se sentó.
Fumó su último cigarro.
Al elevar la máscara a su rostro sintió una liberación. Conforme la acoplaba a su rostro y, mientras sentía como partía su aliento, se le mostraba aquello que durante años persiguió y a la que, hoy, daba nombre: La Verdad.
Intentó hablar para dejar testimonio de lo hallado. Su boca estaba sellada.
La Verdad le habló:
- “Yo te dejo sin vista porque jamás viste”. Notó cómo desaparecían sus ojos.
- “Me llevo tus oídos porque jamás oíste”. Se esfumaron sus orejas.
- “Nunca te sirvió el olfato porque jamás me oliste”. Adiós a la nariz.
- “Y tu boca, nunca dijo más que tu verdad que, aún cierta, siempre fue una mentira”.
La Única vino. Para llevárselo.
Verónica Victoria romero reyes.
La máscara en jaque.
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Albahaca.
7 julio, 2010
La albahaca vino a traerle recuerdos de infancia y olores de adolescencia. Mientras capturaba la imagen, entre flores y arbustos, de quien le había devuelto las ganas de vivir en tan sólo unos meses, pudo reconocerse como una mujer nueva y fresca que sentía como propias las aventuras de quien la miraba sonriendo. El día había sido duro, cruento incluso, pero con inusitado despiste y naturalidad, quien la amaba le hizo olvidar el qué y el quiénes. Apenas bastaban tres sonrisas y dos besos insinuados, en ocasiones. No se había sentido sola en ningún momento. Nunca pensó que estaba equivocada mientras recogía aparatosamente su casa y se lanzaba a la llamada de lo místico.
En unos meses, aun sintiendo la morriña de la tierra, había construido su hogar en unas manos apenas conocidas. Y ya no concebía más mundo que ése. Tampoco quería hacerlo. Sólo una vez se sabe. Y sólo una vez llega. Se sabe, se siente y se confirma.
Salir de su trabajo para ver el coche aparcado. Y sonreír. Cuando abría la puerta siempre encontraba unos ojos brillantes que la miraban como nunca nadie lo había hecho. Se mortificaba después pensando si aquellos ojos verían lo mismo en sus pupilas. Después, sentir una mano tranquila que acariciaba su cara y procuraba un beso infantil, inocente, cargado de sentimiento. Ver el gesto firme en el volante y las palabras que le dirigía, llenas de ternura. Nunca podría decirle que no, a nada. Y era perfectamente consciente de que su arbitrio estaba rendido a la voluntad de quien, ahora, ocupada el margen más inexacto y alto de sus aspiraciones. Y todavía no podía saber a ciencia cierta si la llama que le prendía la razón era la misma en aquella mano que, de madrugada, en sueños, procuraba un acercamiento de su pecho hacia su espalda. Cómo le temblaba el cuerpo, cómo le tiritaba el alma…
Muchas mañanas, cuando distancia y tarea ocupaban su cabeza en oficios necesarios para la salud mental, se encontraba releyendo la historia. Una historia que comenzó de manera poco convencional y en marcos espaciales que indicaban un futuro incierto. Fue la fe quien salvó marco y tiempo. Ella, en su manifiesta ensoñación de lo atípico, estaba convencidísima de que algo tan grande y manifiestamente sobrehumano sólo se podía conseguir con el esfuerzo de las dos partes. Y estaba segura de que el camino estaba sellado para siempre. Tanta diferencia en caracteres convertida en complementariedad no podía significar otra cosa: el amor.
Alguna noche de insomnio pudo contemplar su cuerpo inane sobre la cama. Ríos de ternura era el fluir de la sangre por sus venas. Tanta emoción contenida pudo transformarse en algún verso simplón, de metáfora escondida, algún fin de semana, en soledad y con añoranza extrema. A veces se sorprendió conteniendo las palabras. Más se sorprendía cuando no encontraba léxico que pudiera dar forma a sus emociones. Sencillamente no podía. Porque no había verbo que contuviera en sí mismo toda la semántica de su sentimiento.
- ¿Éste te gusta?
- Mi vida, me gustan todas.
Quizá gritar que todas le gustaban si eran para esa casa hubiera sido insuficiente. ¿Cómo hacerle entender que daba igual qué hiciera, qué dijera o qué pensara? El pacto estaba hecho. Trazado el argumento contra el abúlico y resignado camino, todo le parecía una maravilla de la vida si era a su lado. Poco importaba si la convulsión del alma era distinta: ella la sentía y ya era suficiente.
Una rúbrica a perpetuidad. Remover un corazón es gesta eterna.
- Me ha encantado comprar flores contigo. Me pareció tierno.
- A mí también.
Presa de los miedos del pasado, aún le costaba decirle que nunca sus ojos se apartaron de su pelo, que, mientras se separaban entre rosas, orquídeas y narcisos, en ningún momento pudo dejar de pensar que esa fragancia estaba siendo respiraba por quien le robaba el juicio.·”Verte feliz es toda mi ambición” – hubiera que rido decirle. Pero no lo dijo nunca. Descubrir el alma era peligro manifiesto.
Al salir, entre albahaca y tomillo, sólo vió una enorme sonrisa, sólo percibió una mano que apresaba sus dedos. Las macetas pudieron pesarle en los brazos, quizá el cansancio estaba doblando sus rodillas, tal vez la morriña y el anhelo de su tierra, a veces, la llevaba a paisajes muy lejanos. Y sin embargo, al doblar el paso de peatones, se sentía la mujer más libre del mundo. Sin pesos y sin ataduras. Con un único destino, de nombre y apellidos ya conocidos que, hoy, le apresaba la mano y hacía de un rumbo ajeno, su camino.
Y al llegar a aquella casa no sintió más que la recompensa inequívoca de saberse meta y conocer que ya toda vereda estaba obstruida porque, al fin, entre flores, pudo dar nombre a esa brasa que la consumía: Su fin.
Lejos de asustarse, sonrío para sí. “Ya mi sangre tiene vena. ¿Qué existe sino su paso?”.
Se arrimó a su cuerpo. Se dejó abrazar. Y la noche vino a cubrir aquellos dos cuerpos que, solos, acaparaban en un dormitorio la magnitud infinita de un espacio no conocido. Ella rezó, como cada noche. Y dejó que la Muerte, sibilina y dulce, viniera a decirle, de madrugada y a traición, que nunca dejó de borrar su nombre de la lista. Y, al sentir ese miedo, tan palpable como la sábana que la cubría, pudo ver, en aquella albahaca, que acababa de rubricar con dolor el pergamino donde se había escrito lo más sagrado, en forma y fondo, de su vida.
- Dejaré de fumar.
Y con un beso a una medalla, que rondaba su tórax desde hacía veinte años, selló su nueva promesa.
“Nunca permitiré que le hagan daño”. Un beso en los labios y una oración fueron suficientes para procurarse el sueño reparador, que tanto la esquivaba.
“Traeré más plantas y flores”.
A fin de cuentas, ver aquellos labios sonreír era el oxígeno que le hacía levantarse cada mañana. Y aquél cuerpo que dormía a su lado era la única imagen que ella quería conservar en su memoria. Para siempre.
Verónica Victoria Romero Reyes.
“Ella”-
Derechos registrados.
Termina tu tiempo.
10 julio, 2010
El tiempo del descuido que impusiste
termina, y me termina, en la víspera de ley humana.
Ley divina ya no exime, ya no justifica
y tampoco atenúa el dolo de tu lanzada.
Ojos vieron y no eran míos, en tu ambición,
turbia de palabra y atorada en su bajada,
un deshonesto juicio, un deshonrado arbitrio
en el epigrama de tu extraña, ignominiosa, razón.
Qué ceguera te procuró la locura…
Con la vista íntegra, nunca viste.
Pero amo como hermana: con corazón.
Termina el llanto del varón heredero,
terminan los callos de las palmas,
los sudores arrastrados y el insomnio,
termina el sollozo de un niño-hombre escudero.
Termina el rezo nocturno,
la ansiedad vespertina
y el miedo varado en el caminar diurno.
Termina la amenaza, el desorden,
el saludo escondido de una mano
que nunca quiso ofrecerse y fue bofetada,
termina tu tiempo de injuria, tu lengua profanada.
Que, con disfraz infantil sin acorde,
pretendió ser yugo, que no lazo,
que no amor ni odio, que no hermano.
¡Avaricia sin argumento, inusitada!
¿Esconderse?
No reniego de mi trasiego
ni obvio lo nimio en mi jardín.
Tengo rosas, sólo un cardo
y eres tú el rastrojo en mi jazmín.
Mi llanto nunca señor y sí labriego
de las eras que quemaste para mí.
Tengo dedos fuertes y, si quiero, siego.
Tengo piernas robustas. Vena de colibrí.
Nunca mi silencio fue miedo ni fue ciego.
Mutismo tuve porque él pidió mi ralentí.
La fatiga no es el arnés que me sostiene.
El cansancio nunca dobla una noche en mí.
Tú crees que más vale quien más tiene
y yo sostengo que mina de oro es poder sonreír.
Yo callé y di tiempo a quien tiempo pidió
aun consciente del repudio insolente
que daría fin ajustado a tanta rumiación.
¿Quién escuchó, alguna vez, tu grito estridente?
¿Alguien tarareó el desafinamiento de tu canción?
Tuve que rasgar el cariño de mis ojos
por no ver que abrasabas el nombre inmaculado
de quien, un día, años hace, entre matojos,
concibió mi carne con vínculo enamorado.
El sable tuyo, sin engarce de oro, se dirigió
al epicentro, ya dolido, de una ausente sin retorno,
de una lágrima que, sin aviso, deja mi iris velado.
Y calmada, en tu exilio, cuenta sin pago diste al dolor.
¿Tú no supiste que la vasija en barro de mi alma
había sido modelada en lo sagrado de su torno?
¿No creíste nunca que mis ojos tan cansados
eran el agua vapuleada, viva, que Ella vertió
a solas, en ríos, triste y vacía, abandonada,
cuando tú usurpaste, sin llegar, esa posición?
No sació tu gula insatisfecha
verme privada de lazo materno
ni fue condena condescendiente
abandonar la sangre estrecha
de quien, en ti, sembró simiente.
Y dime, ¿Nunca para ti fue suficiente
robarme con adulación y falsa cortesía
el alma, de su carne un fiel relente,
para azuzarme penas con alevosía?
¿Cómo tú, tan sucia de espíritu,
envilecida en el tintineo de la plata,
vienes ahora a hurtar, con avaricia,
la fragancia, que vivifica y nunca mata,
el jardín donde se atraca el alma mía?
Por mi mano, tan ausente en matiz
de esencias que anclaron sus veleros
en los puertos de mi sangre en desliz,
juro a la Vida, tahúr tramposa, en un suspiro,
que no he ser epitafio antes de verlo feliz.
Y si tocas alguna cuerda de ese arpa,
para hacer de nuestra sangre tu arca,
juro al Cielo que me procura abrigo
y desnudez cuando elevo el canto,
que, en tu frente, clavaré escarlata marca
para elevarte vital cadalso de llanto.
Y si los años no me alcanzaran
para saber de tu suerte de ladrona,
encomiendo el alma al Infierno
para ajustar el tiempo y las cuerdas
en la plena justicia de lo eterno.
Yo he de encontrarte en el inconcluso punto
donde mi dolor sea ecuánime denuncia
a tanta puntilla tuya de descabello
que tú atizaste, con mal, en mi renuncia.
No son ausencias para mí tus botines.
No son suplicios tus latigazos de ausencia.
Inmortales en auroras a tus víctimas hiciste.
Eternos en memoria, intocables en gloria.
Todos los retablos de adoración, sin querer, esculpiste.
¿Supiste ya del rezo de él por el abrazo de ella?
¿Supiste ya que la comida nunca fue alimento
y que sólo nos dábamos, con poca fuerza,
en vaivenes, en ecos y a destiempo,
la fuerza en cariños como único sustento?
¿Supiste ya que, abandonando el aliento
fue el aroma de ella, el aire de aquella casa,
de aquellas horas llenas de nube de morfina?
¿Supiste de su arrepentimiento, su hielo y brasa,
y de tantas veces que a Ella perdón le pidió?
¿Supiste de aquellos brazos, poso de vaso y su asa,
que apresaban a la vida su carne en prisión?
¿Viste las partidas, las noches de agujas,
los días de ayuno, los varapalos de la fiebre,
las madrugadas de espera sintiendo que la muerte
lo llevaba a terrenos desconocidos y temidos?
¿Viste, acaso, en tu ignorancia de peso fuerte,
que sólo la victoria, en dos jinetes sin montura,
dejaba su vida y en su tragedia lo acompañaba?
¿Sentiste tú, alguna vez, la terrible fisura
de dejar partir a quien el aire al gaznate anclaba
y no se rendía ante el forcejeo de la Muerte?
Qué poco sabes de honor y valentía.
Qué poco conoces de renunciar a lo vital
por procurar un sólo instante de alegría…
Que Dios te guarde y vele tu paso, verduga,
que el Cielo, tus deseos, colme de bendiciones,
que la Luz no ciegue el reflejo de la penumbra
y que la oscuridad no apague lo futil de tus dones.
Déjanos andar, ya huérfanos y cojos, tan tuertos
que no sabemos contemplar el paso nuevo.
No tenemos ya refugios de sangre, ciertos,
no tenemos calor en verano, otoño ni invierno,
no tenemos arrullos, ni consejos, tampoco aquellos besos.
Deja que ese ritmo sea mi latido.
Deja que ese sopor sea mi sueño.
Déjame la presencia de su sentido,
su abrazo y su voz. Déjame su empeño.
Déjame el alma, intacta en sus taras sin remedio.
Déjame lunas para llorar, déjame fruncido el ceño,
déjame un canto limpio con ilusión, sin tedio,
déjame una tarde de melancolía, de hastío,
un verso naciente, puro, en un poema final.
Déjame ser una más, anónima, entre un gentío.
Deja que sea yo quien aguarde, con ilusión,
el reencuentro de aquel son con el ritmo mío.
Verónica Victoria Romero Reyes.
La agonía tuya.
Derechos registrados.
Yo no sé hablar sino en verso.
10 julio, 2010
Yo no sé hablar sino en verso
y entiendo que es tarea meritoria
encontrarme el alma en encogimiento
cuando metáfora creo por remilgar
la vida en su tipografía acusatoria.
No sé escribir sino en consonancia
el Amor en sus avatares más vigílicos
y no sé de un dolor sin clásica elegía
ni de una silva que no sirva de admiración.
Yo no sé si los pájaros en su canto
me dicen si tienen frío o tienen calor
pero sé que en una lira se esconde
el ritmo con medida de una oración.
No sé de rubores que una octavilla
no calme,
no sé de negras tintas sin cuartilla,
vírgenes,
no sé de un sollozo sin seguidilla,
efímero.
Yo no sé explicarme el alma sino en verso,
no sé de colores sin sílabas medidas,
no sé de diptongos sin sinalefas
y tampoco sé de dolor sin elegía.
No concibo el alma más que en melodía
y poco hice para mostrar mi hincada rodilla
ante el altar, altísimo, donde mora la Poesía.
No sé de un niño que llora, sin compañía,
y no sé ignorar esa lágrima que se escapa
que, no siendo mía ni por mí, encalla agonía
en el sinsentido atípico de mi deslucido mapa.
No sé de palabra que la llama rítmica eluda
e ignoro verdades, evidencias y obviedades
cuando toda epístima es solución y duda.
No conozco verbo que no sea en sí mismo
un único templo de dioses distintos.
No sé si un verso es calma o es abismo
donde rasgar dolores poco sucintos.
No sé hablar sino en verso
y no es pedantería el sonido
con el que rozo y no acierto
la paz de saberse único tañido.
No sé por qué, siendo únicos y hermanos,
no dejamos tregua al camino del ajeno,
no entiendo la trompeta de la guerra
ni el ultraje por la idea y su avance justiciero.
No sé escribir más que versos
y poco sirvo como aprendiz a tal efecto
mas, en mi defensa, un argumento:
“Sólo soy el fondo de mi ritmo pamplinero”.
Yo no sé de dulzura o cariño sin rima
y he caído mil veces, en mil compases
que no fueron más que día de vida.
Yo encubro el gesto en realidades
y en un hiperbaton me desnudo,
la anáfora nunca en fatalidades
vino a decirme que es falso mi nudo.
Alguien me dijo que vivir el cuento era desacierto
y yo, sin consignar consejo, me hice protagonista
de la ironía de Quevedo y el duelo de Manrique.
Yo no sé de emoción que un serventesio no estigmatice.
No sé de una oración que un soneto no eternice.
No sé por qué calla mi lengua y mi boca
aquello que mis dedos hacen una copla.
Sé que la mordaza silencia mis celos
y mis días de sopor apagado son el precio
que, a falta de regateo, sólo pago
por alumbrarme el poema en un regalo.
Yo no sé hablar sino en verso
y entiendo imposible que ustedes,
tan especiales en esencia cada uno,
no comprendan la ironía ni la locura
de quien de personajes hizo amigos fieles.
Pero, en la noche, yo sólo hablo en verso
y para mis lectores, escribo a solas mi universo.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Mi único poema incompleto.
Derechos registrados.
Cuerda extraña.
11 julio, 2010
“Se requiere de mucha desesperación, insatisfacción y desilusión para escribir unos pocos buenos poemas. No es para todo el mundo ya sea para escribirlos o para leerlos”. (Charles Bukowsky).
Hay días que tocas alguna cuerda extraña
en mi guitarra desafinada por tiempo y pérdida.
Punteos descarados que la ausencia engaña.
Tú, en tu silencio, me hablas de voces más profundas que las palabras.
Yo conozco de tu miedo y sé de tu derrota.
He acompasado algún poema en tu voz
y no conozco de tu garganta gentil y rota.
No he visto tus manos pero bebí su tinta.
Y sé de tu rostro por pura intuición
pues poco la facción ha de importarme
y sí el plumaje victorioso de tu corazón.
Y en tal caso, no se concibe equivocación:
tú, tan enorme en grato afecto sincero,
eres la cuadratura perfecta de mi entonación.
Verónica Victoria Romero Reyes
Mi único poema incompleto.
Derechos registrados.
Luna de sangre.
15 julio, 2010
III. Luna de sangre
Para chuparme el néctar de las infectas llagas
he derruido esfinges y enigmas que acogieron,
vírgenes, pulsaciones divinas por ciertas y aciagas.
Y he hallado en el acorde raro de mi mefítico licor
cavernas con osarios zaheridos, cóleras lisiadas
que me asfixian entre puyazos de estupor.
Y, ¡Oh venas!, en mis labios vuestro sabor acre
reconforta los vergajos de mi desgracia
al saberme, de sentidos sordos, la masacre.
¿Cómo atisbar la luz sin ojos que la agasajen?
Y aun, ¿cómo desmemoriar el corazón
cuando la sangre que insuflaba el latido,
vertida en charcos, en ese adiós murió?
Verónica Victoria Romero Reyes.
Maldito silencio. 2003.
Derechos reservados.
¿Sabes tú?
15 julio, 2010
¿Sabes tú, soberana, de criatura inerme,
ente pobre y flaco o débil mortal que,
incendiada de amor, como yo enferme?
¿Sabes el destino de aquel cometa
sepultado entre sucias escombreras
cuyo destello te solivianta e inquieta?
¿Escuchas el clamor de mis llanteras
titubeando en gotas de silencio
la sangre que rubrica estos poemas?
¿Tropiezas tu cabeza en piedras alguna vez
incitándola al recuerdo amargo que existe
naufragado en las olas que, amadas, quisiste?
¿Quemazón ronda tu mirada triste
un día tras otro, en cada estrella
indultando con tus rezos mi querella?
Te respondes sí en tu clausura
esclavizando el alma que murmura:
“Aunque sin vida me hallaran en titubeo tierno,
verso mío en universo eres, aire, desatino y hermosura,
oro en vena en la sangre de mi amor eterno”.
VVRR.
Zenobia.
Derechos registrados.
No permitas.
17 julio, 2010
No permitas que un canto de sirena
apostille los temblores que no son míos,
-ni fueron más que vapores de arena-,
no consientas un sueño equivocado,
un soslayo desprendido, un tenue verso de amores
o un caudal tempestuoso en tu vena.
No toleres una rúbrica sin rostro ni faz,
no te amarres al poema erróneo
sintiendo que soy, sólo yo, alma sin antifaz.
Más diatribas que consignas lucen en mi canto.
Más defectos que honras acompañan mi pasear.
Puedo darte un asomo, de la luz, el gentil atisbo;
puedo oírte, entendiendo, vislumbrarte…
Presentirte.
Puedo sajar mi hombro si necesitas un paño,
puedo detener el tren de la lógica humana
si sé de agua turbia en tu manantial y su caño.
Puedo envolverte una lágrima en un suave raso
o encarcelar tu dolor y portarlo yo como grillete.
Puedo decirte que admiro al hombre en su paso.
Puedo decirte que tu voz, en mí, es un estilete.
Pero hago hueco al silencio en el ocaso de la lengua
por no hacerme disidente en mi propio conocimiento,
y el silencio, cuando grita, y es coro que no mengua,
es la compartida sangre de un mismo sentimiento.
Puedo darte lo que pidas y regalarte sin requerir.
Mas déjemos invicta la melancolía
que, al caso,
nunca fue tuya…
Y tampoco mía.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Mi único poema incompleto.
Derechos registrados.
Manifiesto arcaico.
17 julio, 2010
En mi lenguaje, tan inhóspito en ocasiones,
una mentira aclamada es una porfía,
un recital de versos son declamaciones
y una nostalgia de pasto ajeno es algarabía.
En mi verso, tan retorcido y detractado,
abunda la metáfora sentenciosa,
el ritmo acentuado de reojo pesado
y la oculta verdad escandalosa.
Todo lo digo con forma mas con disimulo,
no concibo triángulos en lo angosto,
y, aunque el pudor oculta la debilidad,
cierto es que, con poca solera, yo reculo.
Tanto me afané en disfrazar mi daño
que, sin darme cuenta, y en hora equivocada,
hice de mi pasar en la vida un cuento extraño
donde no me siento más que bestia amansada.
Una calle es un pasaje
y un corazón es un mundo.
¿Un cambio? Yo digo viraje.
De Calderón, hija bastarda de Segismundo.
Anquilosada en el clásico,
discípula de Góngora.
Culterana.
¿Pedante? ¡Por supuesto!
Porque la lengua es carne de amor.
Y en el amor, nunca puede haber desgana.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Mi único poema incompleto.
Derechos registrados.
El pajarito.
17 julio, 2010
Llegó a trabajar a la hora acostumbrada, temprano. Los compañeros llegaban tarde, acometían sus tareas con abulia y entretenían las horas en actividades lúdicas a las que ella no quería someterse. No por falta de ánimo sino por ese estricto sentido del deber que, en algunas ocasiones, pensó enterrar en el pozo de lo indeseable.
Acompañaba sus tareas con una gran soledad. Al poco de estar allí había pedido un cambio de espacio porque sentía una menor productividad si el ruido de risas y los letargos del ocio injustificado la rondaban. Se la complació y tenía para ella sola toda una sala bien acondicionada donde podía sentirse libre. Algún día se le pidió cortésmente que volviera al habitáculo de actividad única. Ella rehúsaba el ofrecimiento y, literalmente, se hacía la tonta. Suponía que no podría evitar el nuevo cambio en las próximas semanas pero se consolaba pensando que tampoco pretendía quedarse mucho tiempo más. Se sentía, en cierto modo, estafada.
Si seguía yendo era, extrañamente, por satisfacer un principio de lealtad. Una lealtad que, pronto, se delató como no recíproca. “De todos modos, -pensaba-, así engaño la cabeza unas horas al día”.
Las mañanas eran iguales. Nunca había matices distintos. Cierto día, una compañera se sumó a su reclusión laboral. Ella la vió entrar por la puerta, le dirigió una sonrisa y siguió entre papeles. Aquella mujer, que le doblaba la edad, se sentó muy alejada. Abrió sus carpetas y se enfrascó en la comprensión de aquellos documentos.
Cada día la veía entrar, la saludaba y poco más. De vez en cuando veía en su mesa un vaso de agua, un café o un pastelillo. Se reía para sí. Miraba a la derecha y contemplaba el mutismo de aquella mujer tan lejana y cercana a la vez.
Entendió que algún día sería ella.
Al poco dejó un libro de poemas sobre la mesa de aquella mujer y salió a hablar con una supervisora. Cuando llegó de nuevo, encontró a su compañera de silencio llorando. No dijo nada. Se dejó abrazar.
Y en aquel abrazo encontró una nueva razón.
Hoy es sábado. Tiene el día libre. Mira un pajarito que camina torpemente por el salón. Y no puede dejar de pensar que tiene que salvarle la vida a esa cría fea y despeluchada que no sabe volar.
Porque, aquella mujer que lloró con sus versos, le cedió el cuidado de un latido que estaba destinado a extinguirse.
Y es justa prenda devolverle el calor de aquel abrazo.
Verónica Victoria Romero Reyes.
“Ella”. Derechos registrados.
Quizá quererte no es suficiente.
17 julio, 2010
Quizá quererte no es suficiente
y respirarte en mil convulsiones
no satisface tu curiosidad velada
y te piensas, en error, brisa imprudente.
¿Dar el alma a Mefisto, dejarla condenada
no es herejía en el credo de mis pulsaciones?
Quizá, en la noche, ignorando en sueño
la imagen que refractas en lo onírico, inconsciente,
no logras entrever que los labios se afanan
en pronunciar tu nombre, sólo y único, bien tangente.
Quizá el insomnio es otra manera de amarte,
de retener tu imagen durmiente en mi párpado
por no saber que somos hoja de árbol que cae
cuando menos se espera y más otoño se nos viene.
No hay verbo conjugado que contemple la RAE
que sumerja en significado el amor que te tiene
quien, hoy, a hurtadillas y con desmerecido garbo,
afirma que saber de ti es el lazo que el alma,
al cuerpo,
me retiene.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
Alguna vez.
24 julio, 2010
Alguna vez te veo, entre sombras,
en el contraluz inesperado del vidrio
de la terraza y el reflejo de una televisión.
Alguna vez te sueño y, en el sueño, te amo.
Alguna vez, en instantánea, vuelve a mí
el beso que sellaste en el carmín de mi boca,
sobresaltado, rápido y en confusión.
Alguna vez te camino y, en el camino, te llamo.
Alguna vez, mirando atrás, en olvidos sanos
creo que no es tiempo ni permanencia
el sentirme tan tuya como las manos
que, como péndulo, cuelgan de tus brazos.
Alguna vez te invoco y, en tu salmo, te clamo.
Alguna vez, en tu clavícula reposada,
angulo el recuerdo en el vórtice inexacto
donde hice de ti un cuento de vida,
un relato de tradición heredada
y un único título de mi historia.
¿Eres materia prima o de joya engarzada?
¿Eres pacto de amor o ancla en la memoria?
Qué veneno tienen mi dedo y mi tinta
cuando no eres tú quien impregna
la pluma sin iridio, la página casi extinta…
Qué pobre me parece el universo
cuando ando el salón coloreado
sin tu figura en el sofá compartido…
Qué día ajusticiado…
Qué sino tan perdido…
Recuéstate en mi aurora,
santifícame la sangre
y llévame al altar de tu gloria…
Allmidona tu silencio en mi atardecer,
convérgete como diamante que eres
en el esmeralda de la pupila que te mira.
Sólo yo podré embravecer la savia de tu arteria.
Sólo yo inhumé el pasado que nunca tuve.
Sólo yo tuve labios y carne para tu santuario.
Sólo yo anduve, perdí, derroté y retuve.
Sólo yo, alma y cuerpo, epígrafe de bestiario,
consagré la luna para tu cuidado.
Hereje, sí. Apóstata y blasfema.
Condenada.
No quiero luz en una vela.
Porque no temo las llamas
si eres tú, siempre, la candela.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
De rumiaciones y otros alardes de masoquismo.
25 julio, 2010
Yo daría el Cielo que se me prometió,
el jardín de emociones de infancia,
el tardío acontecer de la inocencia,
-hasta la vida mía-,
por parar la aguja de pasado en ausencia
en la arritmia que me acongoja con dolor.
Porque no estuve en tu singladura
y otras vieron esa cara al despertar,
entorpezco mis recuerdos con trabada
por no ser capaz del lance olvidar.
Es cántico diario de amargura…
Es espalda de ruina apestillada…
A veces, cuando apoyas tus labios en los míos,
-tú no sabes pero me estás robando el alma-,
no puedo dejar de imaginar que aquéllos otros,
tiempo ha, con pasión, entrega y calma,
pasearon antes la curva rica de tu cuello.
Mis dedos son caballos, quizá un día como potros
te tocaron con galope y sin resuello,
mis manos, tan infértiles e inexpertas
no pueden eludir el marcaje de otra
en tu cuerpo, ahora mío, enternecido.
Y, aunque sólo yo hice nido en tu pestaña
y sólo yo guardé el alma para entregarla
a tus ciudadelas de paisajes prohibidos,
tiene tu camino un algo que me daña
y me aturde, cada noche, los sentidos.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
Escríbeme un poema, me dices.
27 julio, 2010
“Escríbeme un poema”, me dices,
sobre caricias, abrazos y besos,
escríbeme un poema si te apetece,
si te hice sentir en la piel y los sesos.
Escríbeme un poema que nos rece
entregándonos en cáliz la salvajada
de sabernos comunión de únicas preces.
Escribe lo que sientes cuando te toco,
describe ese río y esa lluvia de vahído
que te torna humo virgen en mi sofoco.
Regurgita el alma que te has bebido.
Dibuza en el lienzo el amor que has olido.
“Escríbeme un poema”, me dices…
Y yo te digo, dormida en tu recuerdo,
que no hay verso que recluya la maravilla
de tu labio entregado a mi esencia,
no hay verbo abnegado ni fatal rimilla
que supla el sol de tu presencia,
no hay encabalgamiento ni estrofilla
que me doblegue con complacencia
si no estás tú
apoyando tu mano en mi espalda…
Que me hiela, me abrasa,
me rinde y me escalda
no retener tu aliento,
convicto perpetuo,
en la mazmorra de mi iris esmeralda.
“Escríbeme un poema”…
Y no sabes, aún,
que,
en mi sangre,
ese poema…
lo escribiste tú.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
Eclipse de lágrima.
3 agosto, 2010
El eclipse de lágrima acontece cuando tú no estás.
Cuando tus pasos, arrastrados en ocasiones por el cansancio que te aturde, no mecen mi despiste de golpe atareado.
Sucede que la hora, en sesenta minutos desgajada, se me hace de un turbio prolongado casi enfermo de nostalgia.
Y sucede que, en el instante de soledad donde te pienso, toda materia es inútil a mis ojos y todo tacto queda desprendido de esencia sin ti. Y empieza el desorden en la emoción, la suciedad de la transparencia y el sollozo de la lejanía incomprendida… El aturdimiento es tan grotesco que creo innecesaria la palabra.
Sucede que puedo comprender, y comprendo, que no amarré lazo a tu cuello para tenerte como sombra de mis vaivenes y, alguna noche, pude sentir que este momento llegaría.
Sucede que creí menor el daño a mi alma porque no entendí, hasta hoy, que realmente estar enamorada supone dejar el pulso en el reloj de otra vena. Y, ¡ay corazón! Saberme tan calada de tu amor me está disolviendo los motivos…
Sucede que, sabiendo que te amo, no concebí una distancia más que como un período de ausencia y ahí me equivoqué en forma y fondo. Porque, hoy, que no estás, el dolor es tan grande y tan oblicuo en sus destellos que me obliga al llanto callado de ausencia consentida. Hace tanto que no lloro que estas lágrimas me están provocando una urticaria. ¿Reacción alérgica? Ni lo sé. Poco importa deformar mi cara si no tengo tus manos entre mis dedos…
¿Cortarte las alas? ¡Jamás! Antes desato la sinrazón de mi juicio y me entrego a necedades que no tienen futuro alguno. Antes renuncio al Edén de los Versos Eternos, a la esperanza y al rehacer de cada error.
Sucede sin ti que tu voz, a través del trasto limitado de un teléfono, no es más que el motivo para mi temblor, para mi locura y para el anhelo de tus labios en mi cuello. Sucede que te oigo y, sin motivos, te imagino en mis maneras conocidas y en mil preámbulos de historias que jamás me contaste. Pero que yo sé, en mi nítida cavilación de concerbirte eternidad.
Sucede que oirte sin reflejarme en tu pupila me produce más dolor que entrega y me lleva al terreno de la duda, de lo inmarcable en un recuerdo y lo perenne de saberse tránsito en un camino. Yo no soy más que el árbol que dará fresco a tu espalda durante el tiempo que tú estimes necesario. Luego avanzarás y yo, como raíz que soy, me quedaré esperando tu regreso. Quizá no vuelvas al cobijo de mis ramas infértiles pero yo, seca, mantendré erguida la copa para ti.
Sucede sin ti, y con tu voz, que recreo mil imágenes donde no he sido más que tuya, donde me diluyo, sin consistencia alguna, en recuerdos de algo que fue, que es y que hoy no tengo. Y no tenerlo me desquicia hasta el punto de creerme medio y no fin, de descubrirme como un harapo entre las telas más finas y engalanadas.
Puede que en tu ausencia de días llegue a odiarte. En el mejor de los casos te odiaré. Con suerte, podré hacerlo.
Conociéndome, aún siendo el dilema en sí la misma condena, sé que te amaré aún más.
Pero está entrando la noche y no tengo más que la melodía estrecha del silencio más triste y la compañía sempiterna de la nostalgia más neurálgica.
Porque te extraño.
Y no sé si alguien te evocó alguna vez de la manera en que yo hoy lo hago. Sólo sé que, en una casa donde no soy presencia ni letargo de retrato, yo, esta noche, duermo sola, pensándote y reclamando a Dios, a ése en que quiero creer y nunca me deja, que te devuelva a mí.
Sé que vendrás a mi brazo en unas horas, en unos días… Pero cómo decirte que, en la madrugada, yo me hago viento para saberte en sueño. Y cómo decirte que yo quiero ser tu sueño.
Cómo te digo que no duermo si no sé de tu vertiente recostada a mi lado, cómo decirte que no hay distracción posible para mi divagar extravagante y anodino, cómo decirte que nunca un espacio tan pequeño se hizo tan grande a mis ojos…
Cómo te digo que el tiempo no existe y sólo tu imagen cubre mis ojos, cómo decirte que el alimento no encuentra cauce en mi garganta y no hay ruido que me despierte de la ensoñación donde acompaso el latido de mi pecho con el ritmo de tu aliento…
Cómo decirte que hoy, en eclipse de lágrima, he comprendido que amarte es, en sí, la condena más despiadada.
Cómo decirte que ésta que suscribe no concibe día sin tu piel como almohada…
Verónica Victoria Romero Reyes.
“Ella”. Derechos registrados.
El alambre de la ética.
4 agosto, 2010
Ser funambulista en la cuerda alambrada de la ética suele acarrear diatribas morales y desvaríos casi somáticos en multitud de ocasiones.
En los circos,(concibamos un micromundo esta carpa nómada de entretenimiento) los payasos hacen reír (en el peor de los casos se limitan a intentarlo), los domadores adiestran fieras asalvajadas y los trapecistas saltan de barra en barra intentando no caerse al suelo (o la malla). Con todo no arriesgan el principio ni el precepto. Van, elaborado previamente su guión, ejecutan su acción rutinaria y se vuelven entre aplausos a su caravana de viaje sin tiempo.
El funambulista, ése pseudo-héroe destinado a mantener el equilibrio, juega a la muerte en cada paseo a través del alambre. No puede perder la concentración ni la atención. No puede desviar los ojos del hilo de metal o, en su defecto, de un punto exacto que le sirve de referencia para su avance.
La Muerte viene servida en copa de oro en el momento en que se lanza al vacío intangible de hacer la pirueta de la permanencia sobre el cordel mínimo. El público enmudece, el silencio viene obligado por la presunción de peligro, y el resto de compañeros petrifican sus movimientos naturales para otorgar más suspense y riesgo a un hecho que, en sí mismo, es ya una premeditación de suicidio.
El circo, como cada marco social estructurado dentro de la realidad vital, no es más que una metáfora de la melodía de nuestro discurrir. Todos conocemos payasos, todos conocemos domadores. ¿Maestro de ceremonia? Alguno, alguno…
Y bien, ¿cuántos de ustedes son funambulistas? También he creído ver grandes equilibristas en mi andanza, particular a la vez que común. Como todas.
Bordear el hilo de la ética (o moral) sin intentar desviarse para no caer, puede ser el gran riesgo al que nos conduce el simple hecho de levantarnos cada mañana. Tus ojos siempre buscarán la referencia física o emocional a la que llegar pero la rigidez del alambre puede verse resquebrajada en muchos momentos.
Ahí entra en conflicto el “debo llegar a toda costa. Esperan que llegue” con el “llegar puede implicar hacerme daño o hacerlo a terceros”.
Entiéndase que no todas las personas tenemos el mismo arbitraje en el concepto de ley propia y fundamental con la que sostener nuestra escala de valores.
En mi caso, el alambre es rígido. Pero he tenido que sortear distracciones que hubieran hecho de mi maniobra un vaivén escandaloso.
He decidido que el espéctaculo no me agrada si esa escena repercute en mi honestidad. Esta circunstancia no hacía más que tambalear mi cuerpo en el aire.
Dejo el alambre intacto y me retiro de la actuación donde no llegué a entender un descuido moral si estaba justificado en argumentos poco preceptuales.
He decidido ser la mujer barbuda en el circo de la vida… Con suerte, algunos se reirán de mi tara. A otros, directamente, les provocará asco.
Pero el asco me es más honroso que la falta de ética.
Verónica Victoria Romero Reyes.
“Ella”. Derechos registrados.
El Verbo sana.
4 agosto, 2010
El Verbo sana,
aclara,
o naufraga…
¡Embriaga!
El Verbo en mi tinta
cicatriza el tajo asumido,
el dolor más temido,
el puente distante conocido.
¡Letra es Destino!
El Verbo en aquella saliva
no es más que polea que esclaviza,
no es menos que latigazo que se eterniza…
¡Esa saña me inmuniza!
El Verbo no es ni fue nunca el paraje
deshabitado donde anclar una mentira.
No puede deshacerse la Palabra
en remiendos y esconder sólo una tira.
El Verbo, tan vasto en significado,
no puede ser más que un cántico de amor…
Perpetuado.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Mi único poema incompleto.
Derechos registrados.
Buscarte sin encontrarte.
4 agosto, 2010
Es necedad buscarte si encontrarte será un imposible,
buscarte si el imposible es encontrarte,
encontrarte si buscarte es mi posible.
¿Era posible encontrarte sin buscarte?
Es necedad creerme savia siendo rama,
creerme sangre siendo agua,
creerme hogar siendo pensión.
¿Creí eternidad mi estigma en tu alma de instántanea llama?
¿Cuándo supuse, en yerro, que de tu descanso era la cama?
¿Cómo yo, la mínima de dominio en tu carne, y en presunción,
creyó que libarías eternamente el néctar de mis pretensiones?
Es necedad consagrarme a tu recuerdo
si tu recuerdo no quedó consagrado a mí,
si la consagración no fue en nuestro recuerdo.
¿Era posible consagrarte a un recuerdo?
Es necedad creerme melodía cuando soy guitarrazo,
creerme viento cuando soy silbido,
creerme invicta cuando soy derrota.
¿Creí Poesía mi estigma en tu alma de instántanea llama?
¿Cuándo supuse, en error, que de tu nido era la rama?
¿Cómo yo, la siguiente de presencia en tu cuerpo, y en obcecación,
creyó que anclarías tu alma en el paso de mi voz enamorada?
Es necedad saberme capítulo efímero.
Y no hacer nada.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
Te amo tanto que me parece poco…
17 agosto, 2010
Te amo tanto que me parece poco
el tibio beso que decora tu despertar de azúcar
y que, distraído, enciendo en tu labio soñoliento
cuando tus brazos se emboscan en mi nuca…
Te amo tanto que es muy poco besarte a discrección.
Porque besarte, aun rito perenne, es poco a mi boca.
Te amo tanto que me parece poco
el abrazo perpetuo en la ingravidez de tu cintura,
a deshora, en el minuto constante de adorarte
cuando mis manos ansían la calidez de tu espectro.
Te amo tanto que es muy poco abrazarte sin mesura.
Porque abrazarte, aun liturgia diaria, es poco a mi alma.
Te amo tanto que me parece poco
entregarme a tus delirios de carne y espíritu, sin calma,
cuando pides, en el misticismo de la complicidad,
que me haga forma de tu esbozo y piel de tu arteria.
Te amo tanto que es muy poco hacerme tuya sin espacio.
Porque entregarme, aun leyenda de eternidad, es poco a mi tiempo de ti.
Te amo tanto que me parece poco
elevar el Verso a la pestaña llorosa
cuando, sin percibirlo, mi diatriba rumiada
ensucia de pasado tu anhelo de mi.
Te amo tanto que es muy poco sentir que no hubo vida antes de ti.
Porque antes de ti, pozo de mi paz, nunca conocí del Amor ni de sus maneras.
Te amo tanto que me parece poco
el día en sus horas veinticuatro
y, por eso, vida mía, robo al sueño los compases
por hacer de la música de tu sueño,
el galón que prendo en mi solapa.
Te amo tanto que es muy poco el tiempo asignado.
Porque el tiempo, en tu ausencia, no fue más que papel mojado.
Nunca hubo impronta, sello ni firma
en el documento de mi existencia.
Nunca puñal de Amor en mi pecho fue clavado.
Porque sin ti, vida mía, se escurrieron las horas
en los inviernos fugaces y vanidosos, airados;
las noches eran sentencias y las auroras las torturas.
Yo en ti, a todas horas, encuentro el remanso,
encuentro la sal del mar, las mil corduras,
encuentro el ojo que busca tu silueta despistada,
encuentro la mano que se aferra entre mis dedos,
el vaivén de un beso enamorado, el rocío de una rosa
y la llave que me abre el templo de lo indecible.
Lo indecible, irrealizable e indomable.
Todo es cierto en tu risa amable.
Porque tú, aun imposible,
eres el propósito, la leyenda y la esperanza.
Y todo en esta vida lo daría yo
por ser la puntualidad de tu tardanza.
Verónica Victoria Romero Reyes.
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.
El acusatorio.
29 agosto, 2010
III. El acusatorio.
No se apuren, todo fue una ficción
a ojos vecinos, en trancas anónimas.
No se apuren, la misma absolución
no fueron palabras y sí acrónimas.
Apenas cuatro ojos pudieron ver
la alzada cruenta de los mares en erupción.
Apenas cuatro manos para tanta tierra
que quedó vertida en una triste canción.
Cuatro férulas en cuatro gemelos
y dos espaldas para sacos de obcecación.
Fue gesta en silencio, de lenguas dos,
de sollozos dos y de dos derrotas.
Ahora ven, señores, tan tarde ya,
el camino de dos almas rotas
y se preguntan si el acusatorio
fue pasado, futuro o presente
de quienes libran paso revelatorio
de reventón en cuerpo y mente.
¿Ahora, señores? ¿Ahora señoras?
¿Cuándo de la batalla quedan sólo las esporas?
Verónica Victoria Romero Reyes
La agonía tuya.
Derechos registrados.
Con su anuencia.
3 septiembre, 2010
Muy bueno, Verónica. Tenés una capacidad creativa maravillosa.
¡Parece que las musas se te han enamorado!
Leonor Sarmiento. Septiembre 2010.
Iv. Con su anuencia.
De conformidad a los hechos
ustedes cargaron las mil heridas,
los avíos de la pena y los pechos,
zaheridos, en mil lunas abatidas.
Corrijan ustedes si me equivoco:
fueron médicos y enfermeros
sin tener obtenidas esas facultades,
se alimentaron de salmos lastimeros
para conferir fe a sus voluntades
y dejaron sus cuidados primeros
para evitarle de la Fatal, las maldades.
¿Es cierto que de comer incluso se olvidaban,
en días y noches nunca el hambre acechaba,
el sueño nunca para alivio venía ni los rondaba
y los moratones de las prisas los adornaban?
¿Su pérdida de albedrío fue renuncia expresa
o hubo obligación en tal abanderamiento?
Por tanto, señores, en tal aseveración hoy impresa,
declaro que fueron culpables en sentimiento
y, por tanto, no se les puede juzgar por amar.
Es pacto sagrado. Y, por ende, quedó el alma ilesa.
Verónica Victoria Romero Reyes
La agonía tuya.
Derechos registrados.
Igual.
3 septiembre, 2010
Igual no podemos descubrir el tiempo que no llega, ni viene, ni causa, ni hacerlo cómplice del presente que nos rige, nos autoriza o nos deniega el declive o la prosperidad.
Igual, o quizá, andar caminando o caminar andando es simplemente levantarse con el recto propósito de corregir el instante de torpeza que marcó, selló o tatuó el día de ayer, el pasado inmediato que nunca tiene enmienda o descaro de intención sanadora o ética. Igual venirse o devenirse es un eco de algo, mayor, preconcebido.
Igual dormir poco y mal es consecuencia de una mala conciencia o es un desvarío anormal de un biorritmo alterado. Quién sabe. Igual es más listo el que menos sabe y menos cuerdo aquél que comete más locuras. Locuras que, por cierto, nunca dejan de ser un traspiés en el margen de la rutina y lo común. Un margen en el que todos nos movemos. Algunos pisamos con cuidado y otros pueden descuidarse. Todos vemos esa línea marcada pero, al levantar la vista, podemos obviar la medida curva de nuestra próxima pisada. (O trancada).
Igual es leer o escribir si tenemos videojuegos y televisión. El ocio cambia y no podremos nunca imponer un juicio educativo a quien no quiere aprender. La comodidad prima. Incomoda, cierto es, pero impera.
Igual la Muerte nos ronda desde el día que asomamos la cabeza al mundo pero fumamos, bebemos y maltratamos el presidio de carne y hueso creyendo que durará algunos años más. Y dura lo justo. O lo injusto, según experiencias, contextos y vidas.
Igual todos somos parte de algo Perfecto y quizá, no podemos comprenderlo. Igual es necesario compartir para comparar o llorar para aliviar. Sonreír para distinguirle un día de guiño de sol a un amigo.
Igual el dinero importa y ayuda. Incluso es necesario. Pero sin dinero, ¿eres más, eres menos? Sin manos abiertas, ¿en qué te conviertes?
Igual la injusticia nos altera el estado fisiológico pero dura lo mínimo para permitir un exabrupto verbal y volver a la enmienda diaria. Igual ver la Verdad nos da miedo. Igual saber de otros nos provoca pavor.
Igual no soy suficiente para ti y no quieres verlo. Y no lo ves porque es más fácil obviar el gesto nimio que exacerba. Pero nunca la soledad deja de ser compañera fiel. Y cuando alcances a comprender que no soy más que otro cacharrito del Destino, yo estaré lejos.
Igual la cortesía es el pretexto ordinario para decir lo claro y conciso sin destapar la intimidad. Igual la intimidad siempre la vulnera quien más conoce tu alma. Y si se vulnera el alma, ¿qué queda?
Igual… Un cuerpo que vive muriendo y un alma que muere viviendo.
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR.
El contorno con entorno del eterno retorno.
4 septiembre, 2010
El eterno retorno es una concepción filosófica del tiempo postulada en forma escrita, por primera vez en occidente, por el estoicismo y planteaba una repetición del mundo en donde éste se extinguía para volver a crearse. Bajo esta concepción el mundo era vuelto a su origen por medio de la conflagración, donde todo ardía en fuego. Una vez quemado, se reconstruía para que los mismos actos ocurrieran una vez más en él.
Esta idea fue retomada después por Friedrich Nietzsche en su libro “Así habló Zaratustra“. Como expresión ha pasado a ser un tópico literario y cultural.
En el “eterno retorno”, como en una visión lineal del tiempo, los acontecimientos siguen reglas de causalidad. Hay un principio del tiempo y un fin… que vuelve a generar a su vez un principio. Sin embargo, a diferencia de la visión cíclica del tiempo, no se trata de ciclos ni de nuevas combinaciones en otras posibilidades, sino que los mismos acontecimientos se vuelven a repetir en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación. En su obra La gaya ciencia Nietzsche plantea que no sólo son los acontecimientos los que se repiten, sino también los pensamientos, sentimientos e ideas, vez tras vez, en una repetición infinita e incansable.
El contorno es el conjunto de líneas que limitan una figura. y el entorno es el ámbito donde se desarrolla la actuación o actividad.
Y ahora entendamos el título. Existe un circuito cerrado de espacio limitado donde tanto acciones como pensamientos vuelven a sucederse de manera cíclica. En el mejor de los casos estamos amansados a la salvajía de hechos que pueden parecernos desagradables o grotescos y tenderemos a reproducir esos mecanismos adquiridos de repetición mental o física. En otros casos, para sorpresa de quienes admitimos que el ser humano es animal de rutina, el engranaje disparará la pieza dura que permite el giro y se guillotinará el efecto premeditado, preconcebido y preordenado.
Y aquí aparece el don de genio, el carisma de artista, la respuesta imprevista, obvia y acertada que se escondía tras lo cotidiano de la simpleza rudimentaria. Simpleza que nos sirve de pretexto para no hacer balanceos en nuestro proyecto diario de ver terminar la luz para ceder a los ojos el privilegio de poder cerrarse sin tener que dar cuenta a la conciencia. O consciencia, vayan ustedes a saber.
Lo cierto es que aburrimos el día hasta domesticarnos el chirriar de los dientes. Solemos hablar solos por un acto de retroalimentación auditiva que no sirve más que para demostrarnos que sólo somos el eco triste de los pensamientos.
¿Cuántos de ustedes han callado por preferir la ignorancia a un tajo en el centro mismo de la emoción? ¿Cuántos de ustedes, al rezar – si es que lo hacen – no terminan en discusiones con el ente superior que tienen por interlocutor mudo en ese momento?
¿Es esto el eterno retorno? ¿Vivir una y otra vez sensaciones, pavores, miedos, dudas, tormentos y alegrías que ya vivieron su repercusión primera en nosotros?
Que la casualidad no existe es una consigna que abandero desde hace décadas. Creo, sí, en la causalidada, en la ley del efecto y la consecuencia. Y con todo, hay días que puedo sorprenderme o, incluso, puedo ver en algún gesto facial amigo un atisbo de inocencia.
Pero todo esto me lleva a la conclusión inequívoca en mis propios devaneos de que no somos más que peones en un tablero de ocho por ocho donde, quienes avanzan casillas, son siempre los caballos y, quienes comen adversarios, son siempre los alfiles.
El peón, tan torpe en movimiento y tan limitado es espacio de acción, es ficha avocada a la inmolación: abrirá hueco para el movimiento diagonal de los alfiles. Pero, al inicio de la partida, sabe que será de los primeros en caer. Con retorno o sin él.
Pero caerá.
VVRR.
Ya sólo en sueños me acechas.
5 septiembre, 2010
Eran las cuatro y media de la madrugada. Aunque no hacía calor, los veintitrés grados centígrados del barómetro daban fe de ello, se despertó bañada en sudor. Ese sudor que traspasa el tórax, inunda la curva de la espalda y hace sentir humedad en el cabello que bordea la nuca. Recordaba con exactitud inmediata e inquietante qué había ocurrido en el sueño. Y quién había sido la causa del desasosiego.
Se levantó, encendió un cigarro, comprobó que sólo quedaban cuatro, pateó a su perrita sin darse cuenta y fue a lavarse la cara al cuarto de baño. El espejo le devolvió la imagen de quien había entrado en su sueño haciendo de su descanso una especie de alfilerazo de difícil c0stura o remiendo. Su perrita se le acercó buscando un tiento, un mimo pasajero. Ella se agachó y le acarició la cabeza. Le pidió perdón por el golpe. La perra agradeció el detalle y se fue tras ella.
La sed dominaba su boca así que decidió ir a la nevera. Encontró una botella de Aquarius y decidió llevarla al salón. La perra la seguía observando cada uno de sus movimientos. Ni siquiera estaba asombrada, conocía muy bien a su dueña y sus paseos nocturnos que duraban ya años.
Se asomó al dormitorio donde dormía quien amaba. Profundo sueño. Admiró unos minutos la silueta desgajada sobre la colcha y oyó el respirar suave y tranquilo de quien repara un cansancio. El flequillo tapaba su cara pero no mermaba la hermosura de una faz, en demasía, divinística.
Volvió a sentirse pequeña, inepta, inútil y pozo de ausencia. Poco o nada merecedora de tal premio.
Su perrita dudaba si subir a la cama o acompañar a su dueña en su desvelo. Tanto vió, olió e intuyó aquel ser durante tanto tiempo que corrió a acomodarse a los pies de ella cuando ésta tomó el ordenador para mandar un correo electrónico. Con mucha desgana y desilusión encontró el destinatario de su misiva: su hermano.
¿A quién sino contarle que aquélla había venido en sueños a amenazarla?
¿A quién decirle que la casa olía a madre, a padre, a ausencia y a desgracia?
Terminó de escribir su correo. Se arrepintió de enviarlo en el mismo momento en que presionó el botón de comando. Su perra se había dormido a sus pies. Acertó a acariciarle las orejas pero bastó para despertarla.
- Si mi perra pudiera hablar, ¿qué no contaría de mí? No tuve amiga más fiel ni más detallista ni más leal que esta pequeña peluda que no duerme si no duermo, no come si no como y no respira si no respiro.
Eran las cinco y media de la madrugada cuando volvió a la cama.Sintió un sincero y amoroso abrazo y se dejó al sueño y a esos brazos.
Pronto, aquélla, volvió a recordarle que existía. Y , aunque en el orden diario de la vida y la realidad ya la había avocado al exilio del recuerdo, ella, tan cómplice de dolor y tan asesina de desilusiones, volvía en sueños a envolverle las ganas de vivir con los lazos de la sangre.
Lazos que ella mató por un fin que nunca pudo ser justificado.
VVRR.
Advocación de las nueve musas.
6 septiembre, 2010
Para el Ateneo Blasco Íbañez.
Compendio de Poesía para la Unesco.
Forma métrica: Lira.
ADVOCACIÓN DE LAS NUEVE MUSAS.
Endiosado, excelso, notable, ¡vivo!,
el piano muestra el gesto
conmovido de la entraña acostada
en verso reflexivo.
Vibra la nota, súbita, clamada,
acercando el acorde a la fiel fuga
de alma oyente extasiada.
En el mayúsculo, calmado estanque
donde confluyen pulso,
odas y cancioneros,
y compases arman arias de arranque,
de un recuerdo embozado,
va perfilándose lacio y convulso
el recto pentagrama fraternado
donde cábala batida
es reflejo sonoro de un silencio.
El sostenido es la memoria vivida,
intacta, no enturbiada,
de la gloria que pasa,
orgullosa, trémula, inesperada.
Inmortal en el parpadeo
es una sonata pura eternizada.
Existe el bemol como semitono,
mítico, descendente,
rasurando las cuerdas
enfermas por la mente.
Atusa su mortaja en sinfonía.
Fresco yace consuelo sin agonía.
Proverbial afonía,
degrada, eleva, sublima la escala,
con la polifonía,
en intervalo de pensar troncado.
En el cimbreo postrero
de alma rasa en música conjugado,
rondó es la lazada
que une paz a cromática sonora.
¿A contrapaz? ¿En deshora?
Donde, almibarada, corchea conmueve
discurrir y espacio,
se mece el sentimiento.
Donde, brillante, la fusa ribetea
la orilla de un anhelo,
se salva una emoción.
Poco importa si es carraca, viola o arpa,
toda llantera arranca,
juzga propio debate,
limpia lágrima estanca,
apuntala remate
o declina postura.
Es solsticio en invierno,
en clara paradoja de amargura,
sagrada plegaria con el infierno,
salve fija en rutinaria ventura.
Es sueño de amor, despiste y soltura
cuando clavicémbalo,
amante, amado, con suerte madura,
reclama el tacto, del piano, en quijadas.
Es la música el recto criptograma.
donde florecen las almas ajadas.
Tiene la misma limpia percusión
un timbal o un platillo
que la cadencia de un corazón.
Verónica Victoria Romero Reyes
Derechos registrados. UNESCO.
De tu voz la travesura.
11 septiembre, 2010
De tu boca me quedo, sin duda, el despiste. Me embeleso.
Con tu despiste adorno mi paseo tonto en busca de café. Sin molinito.
De tu lengua recojo, sin duda, la palabra engendrada en un beso.
Con tu beso me calzo el amor para andarte el mármol de pasillo infinito.
-
De tu voz, la travesura.
De tu voz, en la pizca
sublime de tu ternura,
déjame conocerme en ti.
-
Déjame en el adoquín donde alzo mi templo,
la travesura de olerte sin olfato,
de beberte sin tener sed,
de sentirte sin tacto alguno…
-
Déjame de tu voz, la travesura.
-
Porque esperarte, cada día, es la recompensa
a tanta vida malgastada, antes de ti, sin tu frescura.
-
Verónica Victoria Romero Reyes.
De tu voz la travesura.
Derechos Registrados.
Me enciende la nostalgia.
18 septiembre, 2010
Me enciende la nostalgia
la laguna de memoria
donde no gritó jamás el olvido.
-
Yo no tengo dote ni más herencia
que el patrón de niña ya cosido
en el ojal materno de una ausencia.
-
Yo soy gorrión sin viraje, sin nido.
-
Me enciende la nostalgia
el abrazo a una almohada
pretendiendo el calor hermano.
-
Yo no tengo sangre ni más plumaje
que las alas de aquél ángel de la nada
que atrapó mi alma en recto armaje.
-
Yo soy guerrera sin escudo, sin espada.
-
Me enciende la nostalgia
el preludio de tu falta,
ese adiós de mano alzada.
-
Yo no tengo más herida sanada
que tus manos en mi espalda
y mi pecho de lava, en tus ojos.
-
Yo soy amante sin cimiento, sin fachada.
-
Y aún queriendo ser prenda y no despojos,
queda en mí un triste rezo, un dedo en los labios,
una mirada distraída y una rosa descuidada.
-
Porque me enciende la nostalgia
saber que la vida es perder a quien se amaba.
-
Verónica V. R. Reyes
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
La hora del cambio.
12 septiembre, 2010
La hora del cambio es entrever en tu enojo
el atisbo de locura que se fue para no venir
más que en el gesto de puerta forzada sin sonrojo.
-
Manchada de plata.
Manchada de rojo.
-
De la plata del año exhausto ante mi, pasajero,
perenne, sobrio, rutinario y exento de mimo.
Del rojo de la arteria que aún te dice que te quiero
pero no te amo como lo hice antaño, en eterno guiño.
-
Es tu estrella, ahora, el cambio que se viene,
calculado, extraño e inocente como un niño
y aturde callando el final vaticinado, inexcusable.
-
Tú copas el carcaj y todas las flechas desencajadas
y yo escondo la ruina en el portal de un sable
que, ni siendo tu enemigo ni siendo ya oleadas
de un amor que se vino para irse, poco respetable,
termina por vencerme en paredes de ti despojadas.
-
Manchadas de arena.
Manchadas de pena.
-
Ya no tengo hogar y mi casa fueron tus ojos
ni tengo descanso cuando mi calma fueron tus trasiegos
de verano en el triste frío alegre de sabernos solos y uno.
-
Pero hoy, en el portazo manchado de plata,
manchado de rojo,
no quedaba pestillo
que atesorara
recuerdo ninguno.
-
Verónica Victoria Romero Reyes.
“De verdades humanas”.
Derechos registrados.
Lo cierto.
12 septiembre, 2010
Lo cierto es que anduve desgajando miguitas de pan
durante tanto tiempo que me obligué al paso perseguido.
-
Lo cierto es que creí atadura lo que era vuelo de gorrión
durante tanto tiermpo que te hice cuerpo de mi pasión.
-
Y hoy, que aprendiste a comer carne,
la harina te parece un sabor anodino.
-
Y hoy, que conociste el sabor del amor,
todo te parece un paraje desconocido.
-
Y hoy, que te digo – que me dices - adiós,
sólo quieres borrar lo que ayer fue lo vivido.
-
Verónica Victoria Romero Reyes.
“De verdades humanas”.
Derechos registrrados.
-
Silencio. Se reza.
19 septiembre, 2010
Recostada en tu alma viré el rostro a la Luna
y me habló de ti, de tus modos y maneras.
Yo no invité conversación de voz alguna
a la apertura de mis emociones traicioneras.
-
Y vino a decirme que, de todas, yo era la extraña
de pensar, de sufrir, de actuar y de sentir.
Ahora llevo por torso una fría telaraña
donde se enredan patitas para morir.
-
Mala, aquella Luna, me atizó verdades
que yo ignoraba por llevar enquistada,
en los ojos y de amor, confundida ceguera.
-
Y ya no derrames la excusa anticipada
de que aquello, no tan lejano, lo mismo no era
porque besar sin sentir es embusterada
y entregarse sin amar, una fea quimera.
-
Yo, quizá, cargando falta de experiencia
asumo que el corazón es uno y para otro,
de una vez, en primavera y mutua anuencia.
-
He guardado tanto tiempo mis besos
que sólo me queda una caricia estrangulada
en el nombre tuyo. ¡Y ya son tantos pesos
que la rigidez abandona mi espalda encorvada!
-
Dime tú, que sabes, cómo se olvida un cariño
en días breves, cómo se acude a una boca
sólo por sentir soledad, cómo se le roba a un niño
o cómo se entrega la piel por puro aburrimiento.
-
A discrección. A destajo.
-
Porque yo no sé.
-
Y ahora entiende que, ya sabiendo,
puedo pensar que, dándote yo el alma
en cada prendida de color o en cada aire
que se escapa de mi vida para la tuya,
tú no estés sintiendo más que una punción
que poco o nada tiene que ver
con el vestuario de mi emoción.
-
Y el miedo es saber que yo, en ti, soy un escalón
donde tú eres todo mi rellano y mi escalera.
-
Silencio entonces.
Se reza.
Hoy ha muerto un corazón.
-
VVRR.
De verdades humanas.
Derechos registrados.
Yo te celo, y tanto siento.
19 septiembre, 2010
Yo te celo, y tanto siento
que se coagula en torpe vena
la ansiedad de tu viento
en el grillete de mi cadena.
-
Se me encela en ventisca
el llanto infantil,
casi egoísta,
de quererte para mí,
en exclusiva.
-
Contigo vivir es sentir.
Contigo futuro es mi cima.
-
No he conocido paraje
más brillante ni divino
que el de tu piel humana
en mi tímido graznido
y, por eso, mi bendición,
se me encela la mirada.
-
Aunque tuya es, se me enturbia
el inhóspito callejón de la duda
y deja el asalto en la ceja anudada.
-
Que te siento de manera sobrehumana
y me quema el gaznate el licor grotesco
de pensarte en otra mano emocionada.
-
Hasta el aire me parece un enemigo
porque bordea silente tu laberinto
y roza el tránsito de tus calzas con abrigo.
-
Perdona a quien te ama, tonta de olvido extinto,
por no encontrar paz en tu camino
y escorarme las rocas de tu ausencia sin tino,
sin mimo,
sin juicio.
-
Pero eres tú toda mi memoria,
todo mi credo y toda la fe,
y yo daría hoy la vida
por redimirme sin creer,
amarte sin recordar
y adorarte…
sin hacerte llorar.
-
Eres tú mi historia.
Eres tú mi respirar.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
En la magia de un verso.
19 septiembre, 2010
En la magia de un verso,
único y vivo, solitario,
puede vivir el universo
de un envejecer solitario.
-
Tiene cabida el verso eterno
para lo bueno, para lo malo,
para lo efímero, lo perpetuo,
lo celestial y lo humano.
-
Tan perfecto…
Tan sobrehumano…
-
Una hipérbole recoge una lágrima
y la convierte en un grial renovado,
sana el alma, cura la carne emohecida
curte la inocencia, viene a amarme
y da curso al gesto noble, afanado.
-
Tan imperfecto…
Tan ansiado…
-
Tiene un verso un “nosequé”
que me alivia y hace descuido
mi pena, mi alegría o un porqué.
-
Es el verso mi amigo, mi enemigo,
mi partidario y mi adversario.
-
Tan profético…
como emisario.
-
Es enfermedad, quizá la cura,
tal vez respuesta…
o tal vez la duda.
-
Pero es el Verso, de cualquier modo,
el idioma que hablo
con…
-
O sin
decoro.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
Volo ut sis.
24 septiembre, 2010
Quiero que seas tú
la moldura pétrea de mi epitafio,
la luna de renuncia, mi plaga,
el cuerpo hurtado de mi alma,
el espíritu de mi mortaja,
la eterna y abierta llaga,
el dolor silenciado, infrahumano,
y el verso que nunca dije,
-
o no pude escribir…
-
Por miedo,
vergüenza,
respeto
o amor…
-
¿Qué sin ti, sino morir?
Mea culpa no haberte buscado antes.
-
Misterio.
Devoción.
-
Quiero que seas tú
la única constelación
que adoren mis ojos nocturnos,
el último sol que saboree mi piel,
mi postrero clamor de insomnio,
mi estrella sombría, mi día sin cruz,
mi parto bendito, mi sino maldito,
mi todo y mi nada, mi vida y mi muerte.
-
Raíz débil
y tronco fuerte,
-
Amarte, sentirte,
-
o verte…
-
Tenerte.
Quererte.
-
En vida cuidarte,
después… protegerte.
-
Me quedo sin numen, sin verbo,
sin labio ni dedo, ni brazo ni suerte.
-
No hay ritmo ni acento
ni prosopopeya adorma mi verso sin techo.
-
Sin metáfora, al descuido,
la Poesía, mi sagrario,
hoy me parece un pretexto.
-
Sin aliento, sin anáfora
y sin contexto…
-
Me tiembla el minuto, la hora,
sin ti, contigo, de yo en nos,
ni guarda ni custodia,
ni exoneración ni culpa,
ni verso ni rapsodia…
-
Un último epígrafe para mi memoria:
-
No queda en mí más que tu luz.
Todo en mí… ya lo eres tú.
-
Y no me pesa esperarte
cuando sé
que yo, tan estúpida,
solo amé cuando, en mí,
conocí de tu descarte.
-
Tengo dos opciones de eternidad:
quererte o amarte.
-
VVRR
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
El psicólogo: ese pseudo-amigo que te cobra por llorar.
24 septiembre, 2010
Antes de empezar, pido disculpas. Sinceras e inmediatas.
Y lo hago reconociendo que mi juicio está equivocado, es subjetivo, es propio y es, en sí mismo, sólo la confirmación de una opinión que puede ser o no compartida por el resto de individuos que vagan por estos parajes libres de carga y liviandad.
Como es una opinión puede verterse libremente (el artículo 20 de nuestra Constitución garantiza la libre expresión) y, aunque provoque menoscabo en la percepción que de mí se tenga, no deja de ser parte mi psique y de mi creencia.
Como tal, como mera representación mental propia, no tiene más repercusión que la yo quiera darle o la de aquellos que compartan dicho juicio de valor. Los que se opongan a ella, caso muy aceptado igualmente, no tienen por qué otorgar a este artículo más que la consideración que se merece. Una opinión de alguien que se confunde.
Vuelvo a repetir que mi perspectiva quizá sea la errónea pero, al ser la mía, es la válida en mi contexto vital y me ayuda a explicar mucho referente ajeno. A mí, por supuesto. Si yo no entro a juzgar las percepciones de quienes me rodean, presupongo que tampoco se referencian como algo trascendental aquéllas que yo vierto.
Para mí, aun a riesgo de enquistarme la ética, de nuevo, o de parecer mojigata de ciencia y fe, hay profesiones que identifican al sujeto y sujetos que identifican a las profesiones. Es decir, la identificación laboral es síntoma inequívoco de la realidad personal de cada uno.
Un filólogo, obviamente, se evidencia en la juventud, dícese adolescencia. El excesivo amor a la Palabra deriva al individuo al estudio y defensa de la Palabra en sí misma. Un filólogo no juzga el entorno sino el clima semántico o sintáctico en el que se desarrolla. No viene a valorar contextos históricos, vertientes científicas, climas sociológicos o repercusiones a largo plazo. Vive por y para la salvaguarda de algo que considera único, exacto e inefable. En ese acto de creencia profunda se erige el filólogo como un héroe para mí.
No repercute en el discurrir de nadie.
Para mí es imprescindible desentrañar la esencia de cada persona, saber de su intención, principalmente, de su motivación, secundariamente y de su proyección de futuro, en última instancia.
Y aquí entra ya la perspectiva propia, enjuiciable por supuesto, de personas que me cuesta conocer sólo por la profesión que han escogido. Entiendo que es un prejuicio y, como tal, intento desdeñarlo.
Igual es cuestión de experiencia pero la conciencia mía recela de médicos, abogados y psicólogos.
El médico. Un especimen extraño. Combate las “maldades” que nos sacuden con analgésicos, antibióticos, antihistamínicos… Te cuestiona, te hace esperar, te dice lo que ya sabes y te manda a especialistas. Proclama a los cuatro vientos que ama al prójimo, que quiere ayudar al género humano y que es cuestión de vocación. ¡Já!
¿O de prestigio?
El que busca la solución está becado, en un laboratorio y nadie sabe que existe siquiera.
Pasemos al abogado. Otro aborigen de lo inadecuado. El abogado vive del conflicto ajeno, se lucra con la desgracia y saca partido de la ruina. Sustrae, lleva o trae según interés y está obligado al secreto profesional. Secreto que, por otra parte, le da licencia al engaño, al embuste y a la ruindad. El abogado recaba información, la usa o la deshecha, según su arbitrio, y defiende un argumento no por lealtad ni por ideología sino por billetera. Increíble pero cierto. Defender una postura sólo por un puñado de billetes…
¿Influye en la arista de vida del individuo? ¿Influencia una decisión?
Y ahora el psicólogo. Este, no sé decirlo, “ente”, (me parece propio), del contexto humano, es de lo más gracioso.
Cobra por ser tu amigo. Su trabajo consiste en escucharte y decirte que tú eres especial (cosa que ya todos sabemos y te decimos) pero además lo hace de forma cientifica, adecuada, formalizada y demostrada con ejemplos práticos. Se rasca la barriga mientras tú estás abriendo tu alma, literalmente. Es un cotilla redomado, un marujón. Le encanta conocer el varapalo del otro. A todo le saca lo bueno (cuando hay algunas cosas que no tienen remedio), atribuye tu estado de ánimo a las estaciones o la baja autoestima, se regodea en aspectos que poco o nada tienen que ver con tu problema (problemas que, además, tenemos todos los que no visitamos a los terapeutas) y te convence, además, de que una terapia te hará sentir o pensar de otra manera. Por supuesto, por no generarse merma en el ingreso mensual , te dice siempre que aún estás fatal y necesitas terapia o tratamiento.
Je. Yo me río. Libros de auto-ayuda hay millones. Salen más baratos y no “enmierdan” la cabeza.
Lo más peculiar de un psicólogo es la manera de “sacarse de encima el problema”. Te remiten a un psiquiatra que te hincha, infla o atiborra de ansiolíticos. A discrección. Les da igual.
Para ellos tú eres lo mejor y el resto del mundo está muy equivocado. ¡Ojo!, cuando el resto del mundo acude al psicólogo, eres tú el o la que te confundes. Qué gracia. Sirven razón bajo manduca. Qué vergüenza…
Lo dicho…
El médico se parte de risa una vez que ha visto nuestros forúnculos. El abogado vive de nuestro conflicto. Y el psicólogo se hace héroe siendo el villano.
¡Viva el payaso, el camarero y el sastre!
Nos hacen reír, nos dan de comer… y nos visten.
VVRR
Artículos.
Derechos registrados.
Para qué contar o decir.
25 septiembre, 2010
Las rodillas le dolían. Aún no sabía exactamente por qué ni intentó siquiera dar explicación al hecho. El caso, estricto, es que sentía dolor físico. Acaso le preocupaba un poco pero no llegaba a atormentarlo. Estaba muy convencido de que una debilidad de cuerpo nunca podría procurarle más daño que la tortuta mental a la que cada día se enfrentaba.
Hacía casi un año que la conocía. Para él, cada día era el comienzo. Podía pasarse horas en el recuerdo intransitado de lo que ya fue con ella y todo seguía pareciéndole un misterio sin aclaración posible. Tan acalorado se encontraba intentando no sentir que dejó que ella le robara el alma, el sentimiento, el pensamiento y la ambición. Tampoco le pesó. Nunca.
- Mi vida me tengo que ir ya…
- Yo te esperaré esta noche.
De hecho siempre la esperaba. Mientras preparaba su almuerzo se sorprendió de su sentimiento y se negó continuamente algo que, a todos ojos, era una tremenda obviedad.
- No puede ser, no puede ser…
Pero sí había sido. Y, aun a regañadientes, podía confirmarlo cuando la abrazaba mientras dormía.
- Si ella está en un ochenta por ciento, tú tienes que estarlo en un cincuenta… – se repetía.
Pero no le valieron las excusas jamás. A su lado se sentía pequeño, ridículo y harto cargante.
Convencido de que la herida sería fatal, no le quedó más remedio que llamar al Destino.
- ¿Diga?
- Hola, soy yo. Es que tengo una consulta.
- ¿Otra vez la misma?
- Pues sí. Nunca me habla con claridad y estoy confundido.
- Qué pesado eres…
- ¿Y bien?
- Pues lo mismo, chico… Que no te amargues con gilipolleces, que vivas el momento y disfrutes lo que puedas.
- Pues vale, gracias.
Colgó. Las respuestas no satisficieron su curiosidad, así que decidió hacer otra llamada: al Pasado.
- ¿Qué pasa? ¿Quién llama a estas horas?
- Pues yo… ¡Son las una y media de la tarde!
- ¡Coño! ¡Pues muy pronto! ¿No ves que yo siempre estoy dormido? Me he concluido. No existo.
- Y si no existes, ¿cómo contestas el teléfono?
- Me creas tú, so memo… El resto ya me ha enterrado.
- Ah, perdona entonces. ¿Qué hago para olvidarte?
- Callarte la boca, morderte la imaginación, inhumar mi presencia y borrarme de la mente. Silenciame. ¿Te queda claro? ¡No me molestes más! ¿No ves que sólo tú sabes este número? ¡Empieza a ser normal!
- Perdona entonces… Que duermas bien.
Se quedó unos segundos mirando el aparato. Ahora dudaba si la llamada se había tarifado como internacional. Se dirigió a la cocina. Preparaba el almuerzo para ella y no quería que se quemara. Un olor volvió a sobresaltarlo. Un pensamiento volvió a sacudirlo. Se estremeció.
Volvió al salón y encontró más de trece hologramas. Los saludó. Estaba acostumbrado a estos retoricismos.
- Yo le enseñé la Luna – dijo uno.
- Conmigo descubrió el sabor de un beso – dijo el otro.
- Yo le enseñé cómo se siente una canción – añadió un tercero.
Él contemplaba, atónito, la estampa.
Alguien le dirigió una sonrisa perspicaz:
- ¿Qué le has dado tú de nuevo?
Agachó la cabeza. Lloró.
Se dirigió a la terraza, cogió la escoba y entró, de nuevo, en el salón. Comenzó a golpear con el felpudo todas aquellas imágenes. Las rodillas seguían doliéndole pero ya le parecía mayor la sacudida de su alma. El humo inundaba la casa.
“Callarte la boca, morderte la imaginación, inhumar mi presencia y borrarme de la mente. Silénciame”.
Se prometió a sí mismo no volver nunca a hacer palabra su dolor.
Y tiró el teléfono por la ventana.
Pena que, cuando las llamas consumían la casa, él no tenía línea para pedir auxilio.
Callarte la boca, morderte la imaginación, inhumar mi presencia y borrarme de la mente. Silénciame.
VVRR.
Es tontería afanarse.
25 septiembre, 2010
Es tontería afanarse.
-
Renunciarse,
enjuiciarse,
intuirse
o amarse.
-
Tontería ganarse
la batalla diaria
o el duelo oscuro.
-
Vendrá la Noche con estilete duro.
-
Es tontería hablar, oír u oler,
hablar, cantar o predecir…
-
¿Y qué decir?
-
Tontería es combatir la melancolía
o el deseo que se quedó en anhelo,
explicar un recuerdo que no es tuyo
o un presente del que te ausentas.
-
Tontería creerte, creerme,
descubrir una ausencia con lágrimas
o hacer de una voz un motivo.
-
Si supieras que tu alma es la ley de mi impositivo…
-
Es tontería correr tras una huella,
sentir el diafragma de un poema,
llorar en seco con una alegría
o reír en ríos con una pena.
-
(Cada peldaño de vida me sella,
con lacra inequívoca,
el caudal de amor que me corre la vena).
-
Es tontería querer lo que nunca se vió
y marchitarse porque no volverá
a ser lo que nunca fue, siendo…
-
Tan triste querer para luego despertar…
-
¡Que tontería adorar una silueta
y esperar una palabra a diario!
¡Qué tontería saber que la oscuridad,
que llegará inefable,
volverá a traerme sólo relicarios!
-
Es tontería afanarse
en el pupitre del cariño
y dar el verso, el Alma, el Tiento
por ilusiones que, al tiempo,
se quedan frías, muertas,
o se las lleva el viento…
-
VVRR.
De verdades humanas.
Derechos registrados.
No conviene olvidar.
25 septiembre, 2010
No conviene olvidar
que somos aves a la deriva
y brújula de tránsito,
que somos cuerpo y alma,
perecederos e inmortales
y que sólo el recuerdo
puede hacernos eternidad.
-
No conviene olvidar que la sal
vertida en una lágrima es un quejido,
que un silencio puede dar más amor
que el bramido abierto con estridencia
y que el paso es propio y compartido
pero nadie puede ver con nuestra mirada.
-
No conviene olvidar que el Amor
llega tarde y único, invencible,
y que rinde los cordajes de la voluntad
al arbitrio de la querencia misma.
-
No conviene olvidar que lo hecho
nunca queda extinto y sí es conocimiento,
tampoco que dar la vida no es suficiente
cuando Cupido te ha atravesado.
-
No conviene olvidar que la gratitud
es el bien más heróico y humilde,
que las manos abiertas son siempre
las de aquellos que más puños cerrados
se encontraron, a su paso, desconsolado.
-
No conviene olvidar que la Vida es rara
y tiene senderos harto entramados,
veredas muy trabadas
y abrazos muy sinceros.
-
No conviene olvidar que, anto todo,
somos magia única e igual
y, aunque el olvido llegue,
es igual y es mismo nuestro caminar.
-
VVRR
De verdades humanas.
Derechos registrados.
-
Para, cabeza, para.
25 septiembre, 2010
Para, cabeza, para
el giro de idea incesante,
no permitas que el corazón
se rompa como potro, galopante,
por querer saltar el obstáculo baladí.
-
Te reconozco que me dominas,
me hieres, me procuras tambaleo
y el Verso magno me conminas.
-
Todo lo vería en claridad si no fuera por ti.
No voy a ser semental de tu rejoneo.
-
Pero no me amargues la mirada
en mis ojeras de niña y mujer prendida,
no me borres el sentir tan mío
de algo que nunca fue de nadie…
-
Pero que fue mío, sin saberlo su alma,
pero fue mío, mío, mío…
-
Para ya, cabeza, yo de ti reniego,
no me das más que vueltas sin dulzura
y me haces desierto el oasis pretendido.
-
Qué día con cruz, qué sino de amargura.
Saberme yo misma enemiga de mí.
-
¿Le dejaré paso a la locura?
¿Mi amor no es altar para ti?
-
Te detesto tanto cuando tu martillo
me acecha el corazón en un vestigio
que maldice tu ser, tu redoble y tu abrigo…
-
Tan sucio y trampero que vuelve un instante
una cadena perpetua en el laberinto
de lo no sabido, no presenciado y no actuado.
-
Y con pena de infierno, por no llorarme, yo me río:
me dejas el ser sin razón, sin rezo y sin cobijo…
-
Pero, cabeza, yo te lo aviso,
antes que darte razón
me hago llama de muerte el paraíso.
-
VVRR.
De verdades humanas.
Derechos registrados.
Punto y final.
25 septiembre, 2010
Para comprender antes hay que sentir:
http://www.youtube.com/watch?v=IY63MISHbfg
-
Punto y final.
-
Me redimo de las condenas,
me exonero de penitencias
y relego el sentimiento
-quizá sentir y pensamiento-
al ocaso negro de lo perdido.
-
Y lo borrado.
-
Que no quiero sueño más que el vivido
ni deseo más ardiente que el de la Poesía.
¡Y me he equivocado!
¡Otra vez!
¿Cuando renuncié a mi solitaria melodía?
Tantas veces ya, que no atiendo cómputo
ni suma me hace un resultado justo.
Tremendo disgusto…
Saberte cuerpo de otro frenesí
me supuso rancio susto…
-
Pero, hoy, que entiendo la Vida,
me importa poco la amenaza
de traerte en mi beso un recuerdo
que en nada rememora mi amor.
No soy miel en tu antojo, soy la melaza…
Yo no puedo darte más, vida mía,
y es cosa comprobable que dejé la piel
-el alma se fue cuando supo de la tuya-,
en cada envite de nuestra historia.
-
Triste que sólo yo, desbaratada,
tenga eco perpetuo en la memoria…
Si me dolió tu camino, ¡ajusticiada!
y lo dice una canción antes que yo,
hoy expío toda pena y todo peso.
No tuve más recuerdo que aquel beso
que robaste en un rellano nervioso…
-
¿Tú recuerdas el entramado del ansia?
Yo sí, continuamente…
Te amo en cuerpo y te adoro en mente…
-
Devoraré mi lengua y mi trasiego,
a diario, confeso en silencio,
por no mermarme la sal de la pupila
que mira, ve y ausculta
parajes que de ti desconoce.
Y no quiere conocer…
-
Pero sólo de ti el roce
sublima el alma en cuarentena.
Qué de coces…
Qué pena…
-
Punto y final.
-
Ni palabra ni murmullo ni suspiro
oirá tu ser del cuerpo mío,
del Verso mío,
del espíritu mío…
-
Cuando de mí te despidas,
- ignoro si de mi muerte el día-,
entenderás el pañuelo que me asfixia:
“Nunca fuiste flor de un día”.
Al contrario…
Eres tú el alma mía…
-
Yo te amo en cada esquirla de tus argucias
y en cada segundo de paseo escondido,
y te amo en la noche, en el día, en la tarde,
en tus juicios, mis faltas, mis fallas y terremotos…
-
Y por eso, mi vida, mi sangre y mi oración,
nunca más te haré saber que eres tú
el versículo apócrifo de mi ridícula canción.
-
Punto y final.
-
La tonta, de gesto y fondo, se ha cansado de pensar.
Se hartó de verte llorar…
De verte sufrir…
De suponerte en mil viñetas…
Y de intuirte en otros brazos…
-
Aquí tienes vano regazo,
-nunca dio cobijo a nadie-
donde hacer tu hogar o tu comedia.
Quizá el teatro o el monólogo…
Quizá el aria o, tal vez, una tragicomedia…
Ya nada me queda que decir,
el futuro mío es claro,
mas que no sé vivir sin tu latir…
Es cierto. Y no es raro.
Yo me doy una vez.
¡Y ya me he dado!
Punto y final.
-
Olvido la vida,
si acaso algún día me mereció la pena,
por darte aire para que puedas respirar.
Y cuando te despidas, acuérdate
que sólo yo fui el rosario de tu fe.
Que perdí la estrella y el norte orientado
por ser de ti, en mí, un sueño de amor …
eternizado.
-
Punto y final, mi amor,
no te cuelgo suplicio por mi dolor.
Y olvido, cómo no,
que esa primera entrega
no te la pude dar yo.
-
El Cielo hoy de mi silencio reniega…
Pero es sabio comerse la herida por amor…
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
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Si acaso la noche me viste de muerte.
2 octubre, 2010
Si acaso la noche me viste de muerte
y, de imprevisto, en recuerdo me convierte,
debes saber, amigo, amiga, hermano,
que fuíste tú el don de mis quejidos,
enredados, tal vez, en el rictus esclavo
de quien ama todo cuanto es nacido.
-
Y debes saber que vine con poca vida,
de una sangre poco común pero permitida,
heredera de gesta noble y silente, arañada,
y sombra de la luz que a todos nos intimida…
-
Debes saber que es igual a mis ojos, mirada engatusada,
el canto del tenor que la petición del mendigo,
el pasear del perro o del pájaro el vuelo
y el escantamiento de la vil cizaña o del suave trigo.
-
Todo cuanto tengo, o soy, por amor lo he dado,
y nunca me pesó deuda contraída, ni de reproche el amago
vino a administrar, ni en todo ni en parte, mis regalos.
-
Un amigo es un hermano,
un hermano es el latido…
-
¿Quién se atreve, en desvarío,
a azuzar maldad a quien procura
vida, muerte y sentido?
-
Es mi ley tan confusa en vertientes
que querer a quien no se conoce
no deja de ser, en cariños, un relente.
-
¡Malo el cuerpo! ¡Mala la mente!
Porque cuando el amigo se va,
llorar la imagen no es suficiente.
-
Y, si acaso la noche me viste de muerte,
es mi deseo que la llama que me abrasa
supla el silencio de mi boca…
Tan mansa…
Que ni con la muerte, el grito descansa.
-
VVRR.
De verdades humanas
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Para tanto saber, poco sé.
3 octubre, 2010
Para tanto saber, poco sé
de la ruina que acongoja,
doblega y arrodilla el ser
pidiendo ser rama y no hoja.
-
Para tanto saber, poco sé querer.
-
Poco sé de la noche
y sus amarguras de vestigio
ni de la lágrima en un abrazo
ni de la risa sin sentido.
-
Para tanto saber, poco sé de todo o pedazo.
-
Tampoco sé de amar
ni de que me amen,
ni de rozar tu labio
haciéndote saber
que eres tú único motivo,
última razón,
inmensa melancolía.
-
Para tanto saber, poco sé del corazón.
-
No sé si es cierto lo que veo,
lo que oigo o lo que palpo
porque ignoro si este plano
es la verdad indisoluble
que a todos nos agrieta
algún peldaño suelto del alma.
-
Ya no sé si amarte es tempestad,
- o es la misma calma-,
y si guardas mis gotitas de recuerdo
como yo atesoro las tuyas.
-
Lo que sé es que mirarte es necesidad
que todos los vientos me arrima,
apoyarte en mi hombro es la vida
que me viene contando su bondad.
-
Yo no sé más que tengo un camino
y entre tus peñascos se ha hecho
… mi destino.
-
Para tanto saber, poco sé del amor mío.
-
Pero sé, y duda no ronda mi tesón,
que si no eres tú, nadie habrá.
-
Has tejido en mi alma la llama de tu verdad.
-
Con talento.
Y con eternidad.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
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Ese grande se hizo hueco en mí.
3 octubre, 2010
Ese grande se hizo hueco en mí
y no leer su parapeto se me hace tortura,
no verle la cita de la semana,
no intuirle un aprecio con sana locura,
o mandarle un abrazo rápido y sincero…
Ese grande, que se hizo hueco en mí,
que se afanó en darme un limpio agujero,
me dejó la fe apostada y un creo renacido,
un café sin tomar y una tertulia que nunca se dió.
(Pero que es reclamo de mi imaginación).
Me dijo que no existe más verdad que lo vivido
ni más amor que el que, de amor, se puede dar.
Me tatuó en el pecho una alabanza
y sembró mi duda de sabiduría,
me reconoció que la vida era una lanza
que atribula cuando enciendes propia melodía.
Me habló de la tarde y sus mañas,
de la luz de las horas oscuras
y la sombra de los días claros.
Me aseguró que nunca amar es una locura.
Me dijo que creer en alguien es una hazaña.
Y me invitó a la fiesta del hombre y sus noblezas.
Ese grande, tan desconocido como amigo,
me enseñó que el amor es una mano abierta
que no pide nada y, sin embargo, lo puede dar todo,
que todos somos alma de las mismas destrezas,
que es más feliz aquél que, sabiéndose mota,
cree en el otro como si fuera hermosa montaña
y que rendirse es un verbo que sólo ensamblan
los cobardes,
en la armadura que les sirve de escudo.
Que el amor nunca pude tasarse
y que una palabra puede ser
el eterno ritmo mudo
con el que acordonar una canción de vida,
un compás, un efluvio,
o el discurrir bello de ese sueño que al pecho me anudo.
Ese grande, que no estando está,
alumbra mi verso perdido, mi poema sin rima,
mi estrofa sin rtimo y mi sentir más humano.
Te echo de menos, mi amigo, mi hermano…
Y espero esa mañana, de soles amables,
en que pueda estrecharte la mano.
VVRR.
De verdades humanas.
“A Fernando Rentería”.
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Qué susto.
8 octubre, 2010
Ayer, quien suscribe, y movida más por necesidad que por interés, tuvo que desplazarse al supermercado.
Supongo que a estas alturas de la aventura, ustedes ya conocerán de mi aversión a estos centros lúdico-festivos donde se reúnen todas las categorías de ser humano posible con sus peculiaridades propias. En un momento del paseo me paré en un “stand” (preciocísima palabra) donde se alineaban turrones y pregunté a quien me acompañaba:
- ¿Has visto esto?
- Sí, ahí delante están los “Panettone”…
¡Arg! No estamos ni a mediados de Octubre y ya están los turrones por ahí danzando…
Me viene a recordar la Navidad que las mesas acogen a seres que se quieren y están juntos, a regalos de amor a los padres y hermanos y a borracheras de felicidad.
O no.
En mi caso dejé de celebrar las fiestas hace algunos años, no muchos. Ahora me arrepiento de ello. Pero, como siempre, es muy tarde.
Recuerdo que mi madre se pasaba todo el día en la cocina preparando el marisco y el redondo. También recuerdo que mi padre llegaba tarde y mi hermano y yo preparábamos la mesa con mucho detalle, sacando la cubertería y la vajilla nueva. También recuerdo que comíamos turrón a escondidas y nos tirábamos las peladillas con mala saña y dirigidas siempre a órganos vitales. Recuerdo que me reía mucho, constantemente, hasta que dejé de reíme en Navidad.
Se supone que en esas fiestas nos reeencontramos con la familia, hablamos sandeces, reímos, bebemos, comemos y cantamos. Esperamos al que viene de lejos y lo esperamos en el aeropuerto, en la estación, procuramos que todo esté listo, que el arbolito sea de su agrado, que nuestro presente le guste…
¿Y cuándo nadie te espera?
Pues ves los turrones en los supermercados y maldices tu mala suerte.
No estamos ni en noviembre y ya huele a Navidad…
Empieza la melancolía.
VVRR
No me pasa nada: yo soy así.
9 octubre, 2010
No me pasa nada: yo soy así,
un estribillo a la deriva
que todo cuestiona,
todo enaltece, porque sí
y todo derrumba, todo derriba.
-
Puedo llorar en la alegría,
puedo reír en el quebranto…
-
Yo soy así, tan fuerte y frágil
que puedo aplacarme una ira de entraña,
puedo cavar y esconder una pena
y clamar al Cielo por una pérdida.
-
No me pasa nada, mi amor, nada me pasa
pero saberme sin madre es mi condena,
estarme sin padre, huérfana, una llantera
y saberme lejos de mi hermano, mi tiritera.
-
Nunca me pasa nada porque todo es recuerdo
y, estando a solas, una imagen es mi remuerdo:
No pude ser más que primer carboncillo
de sus nuevos, claves, y eternos lienzos.
-
¿Qué me pasa? Nadie lo sabe.
-
Pero seguir caminando
se me hace calvario, estigma grave.
Sepultura vaticinada y vaticionio sepultado.
-
Nunca dije que amor fuera león amansado.
-
Así que condéname a tu cárcel de piel
y encadéname grillete de labio y pensamiento.
Más que tu ausencia de minuto
no tolero como firme tormento.
-
No quiero ser nube que se va en llanto
ni sol que pare de luz el mismo quebranto.
-
Házme olvidar que estoy sola
porque sola nací para arrinconar mi llanto.
-
Ya he reído mucho
y he llorado tanto, tanto, tanto…
-
Sólo déjame ser, si acaso sola soy,
un pensamiento que se va y viene,
tan lentamente, en vaivenes,
que vierte vacío en cuanto conviene.
-
Déjame el aire y los pulmones dame
y seguiré respirando
aunque la ausencia de arañazos me roce.
-
Déjame a mí… amando…
Creciendo…
Soñando…
-
VVRR
De tu voz la travesura.
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Hasta ese día.
9 octubre, 2010
http://www.youtube.com/watch?v=ofuQegxsHKQ&feature=related
Hasta ese día puedes devorar mi alma,
hacer de marioneta mi sentimiento
y colgar mi gaznate en tu soga.
-
Podrás hacer de mi caída tu resurgimiento.
-
Hasta ese día puedes beberte mis labios,
engullir la piel que te doy por amor
y pedirme lo que nunca se pudo dar.
-
¿Puedes entender que eres todo mi clamor?
-
Puedes, hasta ese día, morder mis hombros
hasta dejar las marcas de tu posesión,
herir con presteza el ingenio manifiesto
y dejar que te adore en el silencio de un verso.
-
Todo en tí es la inmensidad de mi universo.
-
Puedes anclarme tu figura nítida
en la retina vacía sin ti, hechizarme la vida,
hacer un cataclismo los años que anduve sin ti
y hacerte eco imprescindible en mis abismos.
-
Tú, en mí, eres único bautizo e infinitos parasismos.
-
Puedes tomar y dejar, cantar y reír,
soñar y vivir, ¡resurgir o llorar!,
puedes besarme, ignorarme, ¡tenerme!,
quererme, pedirme, ansiarme, calmarme,
o retenerme…
-
Puedes esperar de mí la vida
porque la vida es todo cuanto te daré.
-
Nunca poema de amor tuve
antes de conocer de tu piel.
-
Y hasta ese día, vida mía,
todo de mi cuerpo y alma te daré.
-
Y después …
Con sigilo. También.
-
VVRR
De tu voz la travesura.
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Se preguntan por qué.
9 octubre, 2010
Se preguntan por qué ando, todavía,
erguida, con la atravesada mirada curiosa
como bandera y triste rodapiés arrastrado.
-
Podrá el Cielo hurtarme del jardín la Rosa.
Podrá turbarme, hacerme trizas el paisaje caminado.
-
Se preguntan también por qué coloreo, en ritual,
afanada, mis mejillas y mis pestañas elevo
para ofrecer al desconocido la mejor de mis miradas.
-
Podrá el Infierno condenarme al paraje de la Nada.
Podrá eclipsarme, hacerme noche todas las alboradas.
-
Se preguntan por qué engrano las tuercas de mi cuerpo
para arrastrarlo por el abrupto devenir de la inercia,
por qué alzo torso y paso recto a través de mil arengadas.
-
Podrá el Purgatorio vencerme en cien batallas.
Podrá sajarme la ilusión del pecho mismo sin cizalla.
-
Se preguntan por qué amo sabiendo que el amor
no hizo de mí nunca delta, desembocadura ni remanso,
por qué espero cuando nunca fui espera de nadie,
por qué confío cuando sólo dudas han sido sembradas
en el huerto escondido de mis ciento tres esperanzas…
-
Podrá la Vida quemarme el alma con sus lanzas…
Podrá la Muerte arrastrarme entre sus burlas y chanzas…
-
Se preguntan por qué engancho un beso en la afrenta,
por qué río cuando vapulean mis oportunidades, ¡ilusa!
o por qué el llanto me corre la cara cuando el Amor se da,
o se quita, o se marcha, o se inmortaliza en la cara de un niño.
-
Podrá la Vida quitarme a quienes amo
pero no quitarme la escora del pecho
que dice, que piensa, que llama,
que siente, que reza y que ama…
-
Se preguntan la razón de la sonrisa tonta que alumbra mi cara.
Se preguntan por qué siendo negro, yo veo el firmamento azul.
-
Porque tengo el más grande de los motivos
y la más fuerte y sempiterna razón.
-
Y esa razón… eres tú.
-
Verónica Victoria Romero Reyes
De tu voz la travesura.
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-
Sin postdata.
9 octubre, 2010
Tú encharcas de atemporalidad mis arcas de vida,
vacías cuencos llenos y completas mitades solas,
templas los temblores vespertinos al salir de la ducha,
gestas seísmos de alma, el espíritu en mil olas,
y enciendes las noches de lluvia cuando el agua
moja las dobleces más rizadas de mi flequillo.
-
Eres el escudo, el sable y el blasón de mi lucha.
-
Qué lágrima sin sal. Qué mirada sin pupila…
-
Engarzas tu voz de doble filo y silencio incómodo
en la rúbrica inexacta de mis noches y me condenas
a la cárcel marmólea de tu cuerpo en abatimiento,
en roce inconcluso, en atisbo de deseo, ¡mil cadenas!
El alma la diera por ser todo en ti, tu pensamiento.
-
Cuánta emoción. Cuánto sentimiento.
-
Y con todo, nunca yo de mi canto pobre escarmiento
porque todo en tu candor es la flema y es el quicio
donde recostarme de Vida yo quisiera, cansada,
o abatida en ocasiones, para concluirme en ti.
-
O de ti.
O de ti en mí, yo no sé.
¡Sólo un cuerpo se me hace sobra!
Sin razones.
Sin por qué.
-
Si yo soy brújula, imanto tu norte.
Si yo soy barcaza, eres la maniobra.
-
Pero yo te pienso en mil mareas y mil ríos,
en tiempo, cruel, que vaga paseando su manto,
y tú no ves, alma mía, que este tic-tac lleva nombre escrito,
tiene puerto donde guarecerse, risa y llanto, ¡y eres tú!
-
Tú no sabes cuánta luna quemé en verso esperándote
ni cuánto sollozo secó el sol por tu nombre desconocido,
tú no sabes del escalofrío ni del latigazo que me postra
cuando rozas, sin saber, con tu mano el secano del alma mía.
-
Y yo no sé por qué te pienso y te espero y te celo
en cada ritmo de segundo que me pasa y te atraviesa,
ni sé de la apnea que me acompasa cuando no estás
o cuando te invento en mis imágenes que se enredan
en la realidad que me das y estoy viviendo, a corazón abierto.
-
¿Cómo decirte que eres tú todo el caudal que me faltaba?
¿Cómo decirte que anduve buscándote por mil esquinas,
mil mares y mil valles oscuros y guardé para ti,
con fruición, todo lo que nunca fue ni será de nadie?
-
Se me seca la boca y tengo aterido el dedo que pulsa
porque nunca canté al Amor ni sus quehaceres.
-
Y ahora, que tengo el Amor arraigado en las sienes,
se me muere el corazón por no saber decirte
que eres de mi vida y en mi muerte, todas las mieles.
-
Verónica Victoria Romero Reyes.
De tu voz la travesura.
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Estás y soy.
10 octubre, 2010
Estás y soy.
No hay más.
-
Alguna noche convoqué tu cuerpo
en el brazo que me amarra el sueño.
(Si, con todo, el sueño se hizo hueco en mí, fingido).
-
Pero estás y soy.
Y no hay más.
¿Qué más para alguien que nunca estuvo?
-
Y sí, te pienso, te imagino, te conjuro
y me anegas de barro los cauces errados.
Tengo el corazón tan partido
que no encuentro el total amor.
-
Yo no explico el desaire y bien lo juro.
-
Porque nunca te tuve y me muero en tus vacíos,
y me desangra tu partida, tan inexistente como recordada.
(Nunca hubo hogar ni ausencia).
Y jamás fuiste ancla de mis velas.
-
Pero te pienso, qué decirte ahora
cuando desbaraté mi sentimiento
en inhóspitos mensajes fríos,
y cuando dejé el pozo anegado de sueño
y sombra
y duda
y escombro…
-
Estás y soy.
Y no hay más.
Y nunca habrá más.
-
Y estás y soy.
Pero no siendo, estás en mí.
-
Y sólo quedo yo,
sola,
a solas,
y a oscuras.
-
Quizá esperándote.
O quizá no.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
Si digo que te quiero, miento.
13 octubre, 2010
Si digo que te quiero, miento,
porque quererte fue el pluscuamperfecto
del verbo que siendo, es, tan altísimo,
como la nube que hoy llueve, y no te moja.
-
Me enredas, me sublimas, me soliviantas,
me enmudeces, me acongojas, me deshojas…
-
Y si digo que es amor puedo mentirte
de igual manera, tan equívoca y errada
como el paso que se da sobre el barro
y hunde la rodilla en tierra húmeda.
-
Ya, por ti, hice del pasado un borrón sin nuevo aparataje,
sin jirones, sin mancha, sin falta ni desgarro…
-
Yo dejé a un lado el querer y el amar
por darte a ti, sin saberlo, de único modo,
todo el pulso de una vena que sólo escribe
lo que el alma, tímida, calla y excomulga.
-
Ya, por ti, sólo tu voz en mi labio vive.
-
Querer es verbo pobre y amar es latido que no llega
a definir, ni en parte ni en todo, la dilatación de mi pupila
cuando diviso tu forma divina entre el enredo de una multitud
que pasa y llega, espera o se ausenta y dirige el camino
a inquietudes que ya ni son mías. Ni son tuyas.
-
Ni son vicio. Ni son virtud.
En mí sólo cabes tú.
-
Y paupérrimo es el poema que yo pueda discernir
en tu nombre,
en tu beso
o en tu añoranza….
-
Si tú todo lo llenas, lo rebosas y lo enluces,
¿qué he de hacer yo, alma que sólo quiere ser de ti,
para regalarte el cielo en sus abismos innombrables?
-
Me desgastaré el ojo en mirarte,
el oído en escucharte
y el tacto en mil caricias en tu piel.
-
Y mi lengua no sabrá nunca nada más que tu sabor.
-
Debes tú saber
que ni te quiero ni te amo,
ni es deseo lo que me emborracha;
No te adoro porque adoración es nimiedad
ante el ardor que me enciende el cántico
ni idolatría puede ser ansiar tu alma en el alma mía.
-
Tú vas a ser el todo perfecto del ritmo eterno.
Tú vas a ser el tantra místico de mi verdad.
Tu serás todo el Verso ansiado de mi Poesía.
-
Y una epopeya fiel de infinita Eternidad.
-
Verónica Victoria Romero Reyes.
De tu voz la travesura.
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Qué pena de cuerpo.
14 octubre, 2010
Por azares de la vida, tan apretada en los últimos años, quien suscribe ha decidido prepararse para una profesión que, ni gustándole ni desagradándole, puede proporcionarle, al menos, un aprendizaje nuevo y supone un servicio a los demás.
Yo vivía muy tranquila entre periódicos, libros y correcciones de todo tipo pero la Vida obliga y, en mi caso, no ha sido una excepción. De todo el abanico de posibilidades “reales” que me encontré opté por la que, supuse, podría satisfacerme en mayor medida. Descarté la enfermería por un tema personal y la hostelería por un tema de salud. El ventolín me provoca temblor en las manos y llevar una bandeja llena de vasitos, copitas y platitos podría convertirse en toda una odisea.
Así que opté por la última de las posibilidades. Al principio estudiar leyes y decretos y armamentos jurídicos para enfrentarme a un examen teórico no me pareció un esfuerzo extraordinario. Es cuestión de voluntad y constancia. Puede hacerse.
No obstante la obtención de esta habilitación nueva, que poco o nada tiene que ver con mi profesión, requiere una preparación física específica.
Ni qué contar que ayer, cuando me calcé el chándal y las zapatillas de deporte sólo pensaba en quienes me han visto toda mi vida sin hacer uso de esas prendas. Me imaginé la cara de mi hermano al verme “como una deportista” y en sus risitas. Pero, en fin, esto me da ternura. Quien algo quiere, algo le cuesta. Y si tengo que vestirme con esos aperos, lo hago.
Yo examiné las pruebas a las que tendría que someterme y, en principio, no ví tragedia ninguna.
Y he aquí la sorpresa. Ayer por la tarde empieza el entrenamiento previo.
Iba muy animada. Consciente también de que el único ejercicio físico que hago desde hace más de diez años es colocar las latas en las estanterías de la cocina.
Si les relato minuciosamente a lo que me tuve que someter creo que empezarían a sudar. No les voy a pormenorizar los detalles del calentamiento, los estiramientos y los ejercicios de tren superior ni inferior. (Confieso que he aprendido muchísimo vocabulario que desconocía completamente).
Lo verdaderamente preocupante para mí fue la prueba de resistencia. Una prueba que, para mayor gloria, es una de las que determinarán si me acreditan con esta nueva formación y profesión o no.
Un kilómetro en cinco minutos en una pista de atletismo.
Yo empecé muy tranquilita. Siempre he corrido sin problemas y la longitud de mis piernas ayuda a una buena zancada. Los primeros trescientos metros ni me cansé, incluso me permitía el lujo de ir cascando con una compañera que ya llevaba ahogada desde el inicio del trote. ¡Qué ilusa!
Empieza la tortura. En un momento determinado noto cómo las piernas me tiemblan, cómo la voz se me entrecorta y cómo se me nubla la vista.
Lo único que pienso es: “Como me dé asma, la he cagado de una”.
Yo ya no sabía si la culpa era de la pista, de las zapatillas, de mis bronquios o de los ejercicios que habíamos hecho antes. Ya sólo quería terminar el recorrido y no pararme.
Y me dije: “Tú acabas las vueltas aunque mueras”.
Y terminé, cómo no. Pero de qué manera…
Lo que vino a continuación es indescriptible. Flexiones, abdominales, dorsales, saltitos…
Yo ya no sé ni lo que hice. Sólo recuerdo la boca seca como un zapato, a mis compañeros jadeando y un terrible dolor de brazos y piernas.
Esta mañana he intentado levantarme de la cama y los dolores en los costados no me dejaban ni ingerir café. Tengo la cara pálida (y si digo pálida pueden imaginarse ustedes el color de la tez, porque ya, de natural, tengo más bien normalizado el color pajizo) y un cri-cri en los hombros. No me puedo mover.
Tengo dos meses para correr ese kilómetro en cinco minutos sin morir en el intento.
He descuidado el cuerpo durante tantos años que ahora sólo la mente es capaz de darle la fuerza.
Y he aquí la única ventaja: ésa nunca se me cansa.
VVRR.
Con todo.
21 octubre, 2010
Me apena el ojo ciego con vista,
el sordo oído que puede oír
y la boca muda que sabe decir.
-
Volver la cara ante lo que duele
es proteger la entereza propia,
-dicen-,
pero la Vida no deja presa suelta.
-
Y negar sentidos al paso humano
es enterrar una mano tendida,
vacíar una esperanza ajena
y dormir con abrasante diatriba.
-
Con todo, mañana llegará.
-
Estés tú para verlo, oírlo o decirlo.
O no.
-
Verónica Victoria Romero Reyes.
De verdades humanas.
Derechos registrados.
Esa lágrima que atraviesa tu cara.
21 octubre, 2010
Esa lágrima que atraviesa tu cara
- que nace y cae dócil y sin margen-
es el desgarro sin cura de mi alma.
-
Podrás limpiarla con el embuste de la puñeta,
disimularla en el lacrimal con buen hacer
o distraerla con la yema de tu índice.
-
Pero la he visto caer y horadar y, en su recorrido,
no me vino a decir más que nunca pude evitarla
porque, atareada fielmente en amarte,
- tan ciega-
nunca pude entender que tú temblabas
al enfilar la cuerda que a todos nos balancea.
-
Fue mi presunción verte fortaleza en cada fibra
y ornarte entre laureles de divinidad;
craso y peligroso error no vislumbrar que tus alas
encerraban la magia de un ser humano completo.
-
Esa lágrima que atraviesa tu cara
y que tú te afanas en ocultar es la muestra,
manifiesta,
de mi incompetencia de corazón,
mi periplo despistado de tumulto sin turbulencia
y mi ansia de encumbrarte entre mil laureles.
-
Pero si caes, yo no voy a ofrecer la cuerda
que te arrastre,
con poca fuerza mía, a tierra firme.
-
Yo voy a bajar contigo,
hasta que tú decidas subir,
hasta que esa lágrima que atraviesa tu cara
no sea más que el cuaderno de aprendizaje
donde borras y pules nueva caligrafía.
-
Esa lágrima que atraviesa tu cara
pronto será agua en la manga mía.
-
Verónica V. R. Reyes
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
Cosecha insatisfecha.
26 octubre, 2010
En algunos momentos de nuestro camino, aunque sea siempre rectilíneo y poco abrupto, podemos encontrarnos ante alguna escolladura, piedra o cruce de dirección. Delante del obstáculo se suele echar la vista atrás, valorar el tramo ya andado y emprender los nuevos pasos ante la opción más adecuada a lo previamente viajado.
Todos intentamos pisar sobre seguro evitando lo que ayer nos hizo daño y abriendo las manos a lo que pudiera parecernos mejor. La supervivencia es un instinto y, como tal, prima en la toma de decisiones.
Algunas veces, no obstante, volvemos a errar. Lástima que nos demos cuenta cuando ya el camino que se bifurcó no puede ser retomado. Si rectificar es de sabios, deducimos que no hacerlo es de ignorantes…
¿Cuántos de nosotros alejamos la rectificación por considerarla un posible daño en el camino actual?
En este caso somos unos ignorantes que valoramos con sus pros y sus contras el camino ajeno. (Y la posible consecuencia que deje el nuestro en él).
Personalmente envidio a quienes sólo se agachan para comprobar el estado de sus suelas y siguen caminando aunque arrastren los jirones de piel de otros tantos que se toparon en la misma senda. Los envidio porque, encima de los hombros, lucen una cabeza limpia de injerencias, de moral o de ética humana. Avanzan rápido y felizmente parándose sólo a satisfacer necesidades fisiológicas o materiales. Alguna vez lloran, sí, cuando ven pasar delante de ellos a otro semejante que les regala una sutil sonrisa maliciosa al adelantarlos…
No les cuesta mentir, conspirar, manipular o enrarecer con su tiña el aire que otros respiran. Cualquier fin justifica un medio. Son capaces de esperar agazapados el instante de debilidad para robar las zapatillas desgastadas de aquél que viene sin resuello, con esperanza y echando en sus bolsillos el guijarro tramposo que encuentra con la intención de que no estorbe a ése que le seguirá.
Viajeros somos todos y todos podemos encontrarnos en este camino.
El viaje terminará igual porque adquirimos ese billete de ida el mismo día que nacemos.
Los primeros, tan raudos, llegan a su destino solos, con montones de zapatillas usadas y robadas, con pepitas de oro, quizá, en los bolsillos y con la satisfacción de haber llegado “los primeros”.
Los otros, que se quedaron descalzos porque les robaron, llegarán con mil guijarros, con amigos que les prestaron una triste alpargata y con la sensación única de haber limpiado ese camino de obstáculos para que, cuando se vuelva a atravesar, sea una vereda limpia tanto para los primeros como para los segundos.
Llegarán tarde, llegarán más cansados, más mugrientos y con mil heridas en los talones…
Pero, cuando se pese el guijarro, habrán obtenido un nuevo billete que jamás se comprará con una pepita de oro.
Y el nuevo camino sólo se abrirá ante ellos.
VVRR.
Para ser fiel a la sangre que me riega.
26 octubre, 2010
Para ser fiel a la sangre que me riega,
he de escribir tanto
como sisea la lengua,
he de obrar tanto
como repele el brazo
y he de confesar tanto
como condona el alma.
-
Para ser fiel a la sangre que me levanta
he de perdonar el ajeno borrón,
la cuenta pendiente, la izada lanza
y la malicia de aquella sinrazón.
-
Para serle fiel a aquella sangre
que me domina, me reza,
me late y me anima,
he de coser un nuevo vestido
para ocultarme los arañazos
en las articulaciones, el pecho,
el ánima, el amor, la esperanza dormida,
y la mano poderosa, magullada, triste
y malherida.
-
He de exonerarme del agravio
y no mirar con la pupila de niña sin alma
sino con aquella de mujer con arma.
-
Con escudo, con ejército y vivo blasón.
-
Poco miedo me da el mismo miedo, la clausura,
el dolor, la chanza, la ciénaga sin libertad,
la renuncia o el canto propio de la amargura.
-
¿Es mi estrella la eterna noche sin ranura
donde no cabe doblón ni moneda alguna
que me devuelva el premio de la hermanada locura?
-
Y aunque me fuere la vida en perdido combate,
juro que nadie rozará siquiera el aliento
de aquella nobleza que en el abismo me late.
-
Porque, para serle fiel a mi sangre,
me sobra la vida, la muerte y los dones,
me falta armadura y tengo razones…
-
Y, ojo, tengo dos manos limpias de herida…
Y por herencia, un par de cojones.
-
VVRR
De verdades humanas.
Derechos registrados.
Víspera de difuntos.
1 noviembre, 2010
Todavía no sabía a ciencia cierta por qué había rechazado la invitación para la fiesta pero algún presentimiento la había obligado a declinarla con cierto recelo. El domingo se abría ante ella repleto de horas y minutos que cubrir y con la tranquilidad de saber que podría perder infinitos instantes propios en mil ensoñaciones diversas porque no tenía obligación de levantarse temprano el lunes. Aún bostezaba cuando comenzó a retrasar una hora el reloj del salón.
- Hoy es domingo… Pedazo de desayuno me voy a preparar…
En la puerta del frigorífico aún pendían las notas que le solía dejar su hombre cuando se marchaba de viaje. Había enviudado apenas hacía dos meses y medio y no llegaba a acostumbrarse del todo a esa sensación de abandono.
El olor a café la llevó al momento en el que cambió su vida.
- ¿Viene a reconocer a Julián Villafranca?
- Sí…
- Pase usted dentro, si es tan amable…
Sobre la fría camilla metalizada descansaban pedazos de lo que podía ser un cuerpo humano. Se había intentado recomponer la silueta de su marido pero ella no logró reconocer más que el anular donde descansaba, aún, la alianza. Pudo ver una bolsita con objetos personales. Un agente, conmovido quizá por la inmensa tristeza que la embargaba en ese momento, tuvo a bien pasar uno de sus brazos por sus hombros y asegurarle un tímido abrazo.
Ella abrió la bolsa y repartió las pertenencias de su marido por una mesa. La cartera, el reloj, una medalla que él cuidaba con celo, unas monedas, un paquete de Marlboro y un zippo que ella le había regalado cuando eran novios. Parecía que algo quedaba en la bolsa. Introdujo los pequeños dedos en el plástico y extrajo un anillo. Lo miró con curiosidad. Era una alianza. Volvió a mirar la mano diseccionada de su marido sobre la camilla y el anular anillado.
- ¿Por qué no han puesto la alianza en esta bolsita, junto al resto de pertenencias de mi marido?
- No hay manera de quitarla del dedo, señora…
Volvió a meter con sumo cuidado los objetos en la bolsita, se la llevó al bolso y salió apresurada de allí.
El olor a pan quemado la sacó bruscamente del recuerdo. No había vuelto a mirar aquella bolsa y ahora se daba cuenta de que el dolor era mal consejero en la búsqueda de la verdad. Se dirigió al dormitorio y sacó del fondo de uno de los armarios el bolso que contenía aquel plástico. Dos meses y medio llevaba arengado en el olvido. El olor a muerte, a medicina, a sangre y a pérdida se le había hecho tan insoportable que se prometió no usar nada que le recordara aquella mañana.
Sacó la bolsita. Una naúsea colvusionó su estómago.
- Antiséptico… qué asco.
Sacó la alianza. La observó con cuidado. El miedo a dar nombre a lo desconocido pero presentido la hizo llorar. Alzó el anillo por encima de su cabeza y se afanó en leer la inscripción que bordeaba el interior del oro.
“Julián & Eva”.
- Hijo de puta…
Ahora todo parecía tener forma. Los continuos viajes, la negativa a tener un hijo, los regalos carísimos que le hacía cuando llegaba… Todo era remordimiento.
- Mañana estará el cementerio lleno de gente. Mejor voy hoy.
Se duchó rápidamente, se vistió de manera elegante, maquilló un poco su cara y salió a toda prisa. Embaló el coche con desinterés por la autovía. Ni intermitentes ni reducciones en las curvas ni respeto al conductor vecino.
- ¿Eva? ¿Quién coño es “Eva”?
Llegó pronto, compró unos claveles en la floristería y se enfiló a través de tumbas y panteones. Pronto divisó el nicho donde descansaban los restos de Julián. Una joven de largo cabello rizado, apoyada sobre la piedra, lloraba en silencio.
No le hizo falta saber más. Sacó la alianza del bolsillo de su abrigo, la apretó en la mano y se dirigió presurosa al encuentro de la desconocida.
- Eva, esto es tuyo.
La muchacha giró la cabeza mientras el anillo rodaba hasta sus pies. Un temblor sacudió su endeble cuerpo. Se agachó y cogió del suelo la alianza. Miró alrededor y encontró el rostro de una mujer alterada.
- ¿Y usted es…?
- Si lo adivinas te llevas un gallifante, Eva.
- Pues no lo sé, señora. ¿Está usted bien?
Fueron tres minutos, quizá cuatro. Un rápido tirón del cabello y siete u ocho golpes contra el mármol que tapiaba el nicho. Le aplastó la cabeza. El reguero de sangre manchó las lápidas del suelo. Sacó un pañuelo del bolso y limpió las letras.
“Julián Villafranca Estévez. 1978-2010. Tu esposa Eva no te olvida.”
Volvió a leer en voz alta mientras un sudor frío le recorría la espalda.
Salió apresurada, cogió el coche y volvió a su casa.
Él no quería hijos con ella porque los quería con su esposa. No hacía continuos viajes, vivía con su esposa. Y lo peor de todo: no llevaba su nombre en la alianza porque ella no era nada de él. Julián llevaba su alianza en el anular y la de su esposa en el bolsillo.
Y ella era “la otra”.
Pudo identificar los restos porque ella separó las manos, desmembró el cadáver y prendió fuego a la ropa.
No tuvo tiempo de cerrar la puerta de casa.
Una mano anillada apresó su cuello con violencia hasta que dejó de respirar al tiempo que el contestador grababa un último mensaje:
- “Si te apetece, estaremos donde siempre. Y ya sabes… Truco o trato”.
VVRR.
Uno de noviembre.
1 noviembre, 2010
A la hora de la verdad, el día de difuntos, y el venidero de santos, no es más que el ensayo prematuro de las Navidades. Se impone un día en el calendario para dar forma convencional y repetitiva al recuerdo de los que ya no están.
Todos los días, en mayor o menor medida, se tiene presente a la madre que se fue, al abuelo que partió con una sonrisa en los labios, al sobrino que dejó la vida en una carretera y al niño que nunca pudo abrir los ojos… pero, ¡córcholis! hoy tienes que acordarte por narices e impuesto.
Y parece que el hecho de la inquisición imperativa de lágrima y temblor hace más duras las horas.
Te levantas ya triste e irritado. Sabes que ir al cementerio es encontrarte un polvorín de gesto serio y flor fresca. También sabes que hoy las rosas no te costarán dos euros, sino quince. Y también sabes que la misa (Eucaristía, sí) es más larga y te llegará de otra manera. También sabes que no podrás quitarte de la cabeza a quienes no están y que, además, tanto recuerdo abrupto y solapado te hará creer que no hiciste lo suficiente.
Si la fatalidad quiere que estés solo en casa, terminarás hablando contigo mismo creyendo que te pueden contestar en algún momento. Y aún consciente de que ese momento no llegará, tú te afanas en contarles todo lo que se han perdido. Pero, ojo, encima les aseguras que sabes que lo han visto. En fin, les das tu perspectiva…
Esta multiplicación de igual actitud es, lógicamente, una cuestión de fe.
Si crees, hoy te parecerá que hueles perfumes de antaño y que oyes voces que hace meses no escuchas.
Mientras tú sigues cabreándote. Y te cabreas más cuando ves que la fiesta se ha paganizado (este término lo empleó hace días una buena amiga mía) y que se piden chucherías y se toma el día de excusa para organizar fiestas de terror, alcochol y música siniestra. (En siniestra encuadro a Paulina Rubio, Miley Cirus y alguna más).
Intentas dominar un poco ese sentimiento que tenemos innato y tenemos todos de pensar que la Vida es injusta y, para colmo de tu ética, te alivias pensando que todos los que anoche estuvieron de parranda tendrán algún día de difuntos como el que tú estás teniendo. Tampoco llega a consolarte mucho pero te permite prepararte un desayuno, más o menos digno, y te obliga a ducharte.
Lo jodido es que el café huele y, no nos engañemos, huele exactamente igual que ayer pero tú acabas de traer otro recuerdo a tu cabeza. Y la excusa ha sido ese aroma pesado, contundente y familiar. Y te preguntas por qué tú no puedes hacer una llamada de teléfono y encontrar esa voz que no puedes olvidar.
A todo esto podemos añadir la metereología que, como un clavo, hace todos los años del día uno de noviembre un avatar gris de minutos, lluvioso y triste. No tenemos explicación aparente ni lógica pero, hoy, vuelvo a corroborar que el día uno entra el frío. Superstición o no, lo ignoro. Pero es realidad vivida y por tanto tiene una demostración empírica.
Así que tenemos enfrente el día de difuntos, un festivo de resaca para muchos y un festivo sin fiesta para otros.
Con todo lo afrontas de cara y te dices que es sólo una mañana y una tarde. ¡Peor es la Nochebuena sin comensales! Consuelo de tontos ciertamente…
Yo hoy no me toparé con nadie en el cementerio ni compraré flores a precio de trufa. Tampoco sé si oiré misa. Tampoco limpiaré el cristal de un nicho ni hablaré con quien no está.
Porque hoy, a las once y media de la mañana, alguien tocó mi puerta. Y apareció un circo de rosas y peluche para mí.
Y hoy yo celebro la Vida.
Por quien las mandó.
VVRR
Con modestia, la molestia.
2 noviembre, 2010
Con modestia, la molestia
se sacude el polvo de tontura enamorada.
-
No era cielo y sí nimbo extraño.
No era océano y sí ríada.
-
Con prudencia, la querencia
saliva puyazo,
con esquirla de escozores,
en decadencia.
-
¿Injerencia?
-
Nunca quise yo quebrar el trazo de tu estela.
-
Yo por alma te he pensado
y en mi juicio no entró nunca duda.
-
Pero, con modestia, la molestia,
que soy yo sin querer siendo,
deja disfraz de oveja
para vestir el de la bestia.
-
Tengo yo el tonto orgullo
de saber irme aún quedándome.
-
Ya no busquen lo que ayer era
donde nada queda de lo que fui.
-
La molestia, sin modestia,
se ha cansado de ver fingir.
-
Y tengo yo el noble orgullo
de poder irme aún estando.
-
VVRR
De verdades humanas.
Derechos registrados.
-

Te leerás en mi pergamino.
8 noviembre, 2010
En aquel féretro, sin ira ni agua ni día aparente,
se inhumaron los afanes que me predestinaron
a una gloria que no fue más que polvillo de pena.
Me robaron, me torturaron. Viva me mataron.
-
Llega el frío y no hay bufanda que proteja mi garganta
del improperio de la carraspera y el escozor de palabra,
ni guante alguno suaviza la piel cortada de unas manos
que se quedaron vacías de abrazos, besos y canciones.
-
Te leerás en el pergamino de la oscuridad sin sombra,
te leerás en la servilleta sin fondo de rápido garabato,
te leerás en el verso sin rima que con delirio te nombra,
en el tiempo sin hora, en el alma, en lo eterno de justo rato.
-
Mi alma es el escrito renglón
donde tintero es pensamiento,
tinta negra es rara emoción
y letra hilvanada el sentimiento.
-
Y nunca hubo más en mí
que ese verso, de tonta mano,
que hace credo una razón de vivir.
-
Te leerás en el pergamino de cada fustazo,
en un amarillo papel que aparece en un cajón,
en el margen roto azulado de un cruel arañazo
y en la piel azorada que recubre mi corazón.
-
Te leerás en mi pergamino.
Andarás mi camino.
-
Pero, cuidado,
no todo son rosales…
-
Podrías herirte con mi espino.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
El insoportable sopor de lo afable.
13 noviembre, 2010
Que viene a referirse, principalmente, a ese pseudo-estado contencioso de alma y cuerpo, o de pensamiento y acción paradójico que viene a convertir el turbado problema en una mescolanza de imágenes amistosas que, lejos de provocar el conflicto, terminan por solaparlo en tiempo y espacio.
Aún complicado de entender es una realidad que nos ha pasado a todos en algún momento, nos pasa o nos sucederá.
Viene el problema, generalmente de canto y poco resolutivo e intenta obviarse durante meses para no tener que enfrentarlo.
Generalmente viene acompañado de contextualizaciones que intentan dulcificar la gravedad de la contienda y con mensajes subjetivos de quien no quiere causar preocupación. La bomba se suelta, se entierra y se acordona la zona.
Conforme avancen los días la conciencia de que esa parcela está minada va tomando su nuevo color.
Al principio ni siquiera te estorba, te dices, resuelto o no, que es cuestión de tiempo que el mecanismo se desactive pero siempre tienes que dar un rodeo para llegar a la cocina y no pisar el terreno neutralizado. Procuras que nadie te miente la existencia de esa artillería pesada en la casa de tus preocupaciones pero es inevitable que alguien, al observar el aparatoso dispositivo de precaución que has instalado en los aledaños, te lo acabe mencionando.
Que te lo comente puede llegar a molestarte en según que ocasiones. Ahí entra ya la paciencia y la buena fe de cada uno. Ya es menester propio obviar, en parte, el daño que está haciendo ese plomo en tu casa.
Algunas veces estallará. Siempre te pillará en el momento distraído, cuando ya has aprendido a convivir con ese tic-tac diabólico. En un segundo, tonto y escurrido, tu pareja, tu amigo, incluso tú, en un suave desliz del metatarso, pisarás terreno prohibido.
¡Pum! Tenemos la fiesta servida. Tanto callar, obviar y mentirte de manera continuada no ha hecho más que agravar el resultado final. Lo que pudo haber tenido un radio de acción de poco alcance, se ha convertido en una deflagración de corte poco usual o previsto.
La otra opción es la más rápida pero supone una valentía sólo contemplada por aquellos que ostentan la categoría de héroes. Ver llegar la bomba y tirarse sin protección sobre ella para que reviente, literalmente, sobre los órganos vitales, sin importarnos el daño que nos haga, y así, sacarla cuanto antes de nuestra casa. Da igual el grado de lesión que nos deje. Hay que alejarla.
Esta última elección es pobre estadísticamente. Solemos mantener el instinto de protección y eso nos obliga a intentar olvidar el dolor, a evitar las situaciones de miedo y a proteger nuestro sentimiento para no descubrir nuestras debilidades.
Esto, por supuesto, supone abrir el rango a la desesperanza, la desilusión y el golpe pequeño pero frecuente.
Aún a riesgo de no dormir, muchos preferimos acordonar esa zona y dejar que el tiempo, el espacio, el Destino o cualquier forma humana o no que rija nuestro camino, decida apiadarse, un buen día, de nosotros.
Verónica Victoria Romero Reyes
Derechos registrados.
Se ve que poco soy.
13 noviembre, 2010
Se ve que poco soy
a ojos que nunca me quisieron ver
y yo quise mirar.
Se sabe, y se prefiere ignorar, que ofrecer la vida no es muerte digna.
-
Se ve que poco soy
ante el yugo de veredicto
de quien nunca me oyó hablar.
Se sabe, y se olvida, que amar no es suficiente a razón fiscal.
-
Se ve que el día no tiene valía
y la noche es vacua y profana
cuando sagrado es el lazo
que, sin ser visto, ya se ha juzgado.
Se sabe que el tiempo pasa y, a veces, en desliz, mata.
-
Y puede que sí, que sea poco,
que mi alma no merezca, de la tuya, el crujido
ni mis manos sean dignas del tacto de lo tuyo;
puede, incluso, que tu noche sea tan magna
que solape mi única luna y todas sus estrellas,
que el tiempo de tus labios no sea eco de mi voz
o que el pasado, que me dió forma, sin quererlo,
nunca sea merecedor del futuro que te ansío.
-
Puede que sea poco, muy poco en tu causa,
un guijarro inesperado que vaticina la nada,
una licencia de aliento traspuesta o inesperada,
un cúmulo de referencias evidenciadas o muy lejanas.
-
Y puede que sea yo, poco o justo, mucho o menos,
pero sólo yo en tu corazón enredada o enjaulada
tuve fábula en mi cuento cuando tú fuiste la moraleja.
-
Pronto o tarde, yo lo ignoro,
pero fue tardanza encontrarte
cuando ya perdí, plata y oro,
tres décadas en tu búsqueda.
-
Si es muy poco yo no sé de cómputo alguno
cuando toda mi estela se reduce a lo vivido por ti
pero, yo te espero, y aseveración es promesa,
porque no me vale el tiempo, poco o mucho, sin ti.
-
Y si de algo tengo constancia es del paso transitorio,
hoy me ves y mañana no me oirás.
Porque no estaré o no serás. No estarás o no seré.
-
Y aunque poco soy, y lo sé,
no dudo en gritar
que antes de ti,
yo nunca amé.
-
Verónica Victoria Romero Reyes
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
Un amigo me dijo.
14 noviembre, 2010
Un amigo me dijo esta mañana,
al leerme el verso que no dije
pero escrito en el aire quedó,
que estabas orgullosa de mí.
-
Y yo sé que sí, que siendo estarás
y que te ves, conmigo, aquí.
-
Es loca razón de hija encabezonada.
-
Pero yo no te veo, y ya no te siento,
y no huelo tu perfume de madre mío
ni tus besos me acompañan los pómulos;
tampoco puedes contestarme ni defenderme
ni llorarme las lágrimas ni saber de mi tristeza.
-
No me dices hoy que soy la niña más grande
y que te inflama la alegría al saberme de tu estela,
no me dices que todo pasará y estarás a mi lado
ni me arrastras al abrazo que da consuelo sin que se pida.
-
Y hoy, que me haces falta, yo no tengo madre
a quien contar que camino, de nuevo, tinieblas
y se me hace largo y trabado el sendero previsto,
no veo tu imagen recostada regalándome el mimo
ni puedo ahorcar mi pena en el candor de tus manos.
-
No hay paseo de ese brazo para despejar la duda
ni chiste sin gracia que de tregua al trasiego,
tampoco concilio ni luz ni risa en un suspirar musitado.
No hay palabra tuya que calme el tumulto mío
ni apretón de mano que me haga suave el camino zanjado.
-
Si estuvieras aquí la lanzada no sería sangrienta
y yo en tu boca luciría como el más preciado de los tesoros,
el canto de mi voz sería poderoso, sería único y no peredecero
y nadie osaría tocar el pedestal de quien se hizo vino de tu savia.
-
Pero no estás y ésa es mi pena, mi quemadura y desolación.
-
Yo contigo, y en ti, soy un vendaval de vida
y sin ti, un triste, minúsculo y muerto jirón.
-
V. Victoria R. Reyes.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
-
http://www.youtube.com/watch?v=SVoNefPBoL0&feature=related
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http://www.youtube.com/watch?v=NnEmE8qanG8
-

Vislumbrar.
15 noviembre, 2010
En ráfagas oníricas me dijo hoy el aire
que nunca fuiste de mí, si acaso mío fue tu corazón,
alguna vez,
ni mis quehaceres los mismos en tu son.
-
A tí te sedujeron guardianes de lo inhóspito.
A mí acantilados serenos de lo solitario.
-
Yo me hice mujer entre cafés de tertulia inacabada
y chácharas aristotélicas, entre goznes de lo pausado
y tú te hiciste persona entre bailes lujuriosos, lisonjeros,
y besos que se dieron sin sentir, acalorados, ¡pobres!
-
Si yo soy la tarde pausada o el día de pensamiento
tú eres el cobalto tardío del roce sin sentimiento,
si yo soy la melancolía que se balancea entre algarabías,
tú eres el canto extraño que mis labios nunca pudieron balbucear.
Las difusas corcheas de músicas que no fueron melodías
en mi alma…
-
Yo no soy para ti, y así alguna voz lo constató,
y es fácil deducir que mi vereda nunca será tu sino
cuando yo valoro lo sagrado y tú das crédito a lo profano
y yo miro en cada rictus un alma
y tú ves en cada escoplo
una mera cincelada…
-
Tengo y tuve yo el ansia de eternidad,
y así la guardé para quien diera lustro a mi diamante,
mientras tú quemabas la lealtad en brazos que nunca te quisieron.
-
Y ahora, arrepentida, ya no tengo regreso al camino
cuando vereda quemé por hacerme arcano de tu destino.
-
VVRR
Cuando el día me postra.
18 noviembre, 2010
Cuando el día me postra
y la noche cae con su manto sin luces,
sin ruidos ni clarividencias
de amigos que pueden, o no, juzgarme,
abatirme o consolarme,
me quedo sola.
-
Cuando el día me postra
y el sueño vence
el paraje consciente de quien adoro,
y me veo, de nuevo, entre oscuridad,
silencio y recuerdos
que me galopan las sienes en vértigos
que nunca pude conquistar con bandera de victoria,
me quedo sola.
-
Cuando cuelgo esa llamada que me une,
en voz hermanada, a quien lejos tengo y me hace falta,
cuando el paso premeditado de silencio me exacerba el amor infantil
y no hay ruego que se haga merecedor de mi súplica,
me quedo sola.
-
Cuando el tiempo,
en sus madejas desconcertadas y constantes de sobresalto,
me viene a asegurar que quien se va en realidad no se ha ido
porque la presencia, el recuerdo y el sueño
son las vías de presencia, de tacto o de sentido,
me quedo sola.
-
Cuando te hago el amor
y sé que no ha sido suficiente derramarme el alma
en una caricia ni apresar la vida en tu cuerpo contra lo poco que queda de la mía,
si acaso un día la hubo,
me quedo sola.
-
Y me quedo sola
porque nadie entiende que estamos de paso,
que una aurora no significa más vida ni una tara significa ser menos,
y porque no me ves como yo te atesoro dentro de mí, siendo yo,
y sin perjuicio de pasados, presentes o futuros que no serán dichos.
-
Y me quedo sola,
porque en mí,
yo encuentro la manera de darme forma entre versos,
nicotina y música que no es ritmo ni estribillo de bar.
-
Puede que me quede sola
porque sé que yo sola lato conmigo y pienso como yo.
Y puede, que me sienta sola o me quede sola
porque entiendo que sola estoy, sola soy y sola me veré.
-
Y aunque secuestro la estafa de minuto por hacerme el salmo de tu aire,
sólo soy la rara paradoja que, en aquél futuro, quiso ser el pulso de tu ayer.
-
Verónica Victoria Romero Reyes
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
Porco…
24 noviembre, 2010
Al margen de razones argumentables (y dificílmente argumentadas) sobre lo que tenemos que hacer, decir o pensar, descansa el sedimento, siempre eficaz, del “porco”.
El “porco”, que no es más que el apócope del “por cojones” viene a ser la última frase de una indecisión.
Nos acostumbramos a que el “porco” sea propio de padre y madre. No hay réplica nunca. El “¿por qué?” siempre va acompañado de un “por cojones” o un “porque lo digo yo”. Y no hay más debate. Como estás obligado, por lealtad fraternal, a la obediencia (al menos los de mi generación), entiendes que es la máxima y es una razón más que convincente. Terminas haciendo lo que no quieres, diciendo lo que no te apetece o callando lo que tiene que salir pero, al menos, te dices, eres una buena hija. Que no una persona honesta contigo misma.
Pero es un “por cojones” en toda regla y, aunque no entiendes las mínimas posibilidades de argumento, te quedas pensando que era lo mejor.
Y así creces en un clima de renuncias particulares porque el “por cojones” siempre desbarata tus intenciones de manifestarte como ser humano.
Conforme vas creciendo, el “porco” ya no te parece tan imperativo y puedes permitirte el lujo, incluso, de rebatirlo.
- ¿Por qué tenemos que ir a ver la bisabuela del cuñado del novio de mi hermana? Yo tengo un examen y necesito estudiar.
- Por cojones.
- Los tuyos serán, mis cojones no se van a desplazar.
Poco a poco tus cojones van recuperando parcelillas de prosperidad en aras de tu libertad personal. Pero este acto de desnudez de principios no es igual en todos.
Y, aunque pueda parecer que ya te has liberado de la pesadez de lo déspota, siempre podrás sorprenderte con un magnífico “por cojones” cuando menos lo esperes y de quien menos lo pienses.
Eso sí, paseando de la mano del incongruente “Es por tu bien”…
Y yo me pregunto, ¿cuántos visionarios de vida ajena saben mejor que yo lo que, quien suscribe, necesita?
VR.
La parte de mí que no está.
27 noviembre, 2010
La parte de mí que no está,
y la busco,
y no aparece,
es un columpio que me levanta del suelo,
me llena las sandalias de polvo y arena
y ya no puede ser empujado
por aquellas manos mínimas.
-
Pero creo en esa mujer que ya no está.
-
Esa parte de mí, que no está
pero se recuerda,
y se añora,
es una casa vacía de risa que une en el dolor,
purifica tiempo y espacio en una esperanza
y ya no puede ser recuperada
sólo con habitaciones de abrazos.
-
Y aún creo en ese hombre que ya no está.
-
Aunque remuevo la tierra, fértil o no,
del terreno de mi alma, yo no hallo
el fruto de aquella siembra de antaño
que con tanto fervor iba mimando.
-
Gran tormenta y enormes pisadas
destrozaron la era donde la niña jugaba,
paseaba la joven y la mujer observaba.
-
Y remuevo, y remuevo,
por no asentarme la certeza
de que aquella parte ya no está,
que el sueño nunca fue sueño
y sí un velo opaco de realidad
y que aquella tierra, que un día
dió forma a ilusiones sin destierro,
hoy no es más que el charco de agua
donde sólo barro puedo encontrar.
-
Mas, aunque el lodo no se puede pisar,
creo que la tierra que lo soporta
es la parte mía que ya no está.
-
“A perro hambriento todo le son magdalenas”
VVRR.
Derechos registrados.
-
¿Cómo?
27 noviembre, 2010
¿Cómo me eximo de la pena de tu voz,
ahora, cuando noches de oscuridad
me trajeron plagas despiadadas?
-
¿Cómo olvido el timbre inexacto de lo vivido
en un único regazo y de por vida?
-
¿Dónde entierro la memoria?
-
¿Dónde me mato el alma para seguir siendo tu suspiro?
-
¿Cómo evacúo el escalofrío de saberte en vida
y no ser yo en ella, tan fría en su propia caldera,
mas que el recuerdo nimio que viene y va
en sutil y frágil, evanescente, vereda?
-
¿Dónde oculto, dónde atrapo,
pasado sin memoria, aquello que es cántico
perpetuo en el eclipse del recuerdo?
-
¿Dónde y cuándo?
¿Cómo y por qué?
-
Tiene la noche un súbito calvario de hielo,
en tu nombre invocado,
desde el día que dejé de ser.
-
VVRR.
“A perro flaco todo le son magdalenas”.
Derechos registrados.
De lo que no visto, es sentido.
3 diciembre, 2010
Muchas veces me pregunto por qué no todos podemos ver con los mismos ojos lo que acontece a nuestro alrededor. Puedo quedarme realmente estupefacta cuando algún iluminado da una interpretación que no comparto a determinado hecho. Raudamente uso el principio de empatía que me permite situarme en el contexto del otro. A menudo con ello me sobra para acoplar mi lógica a lo que me parecía extrañeza.
Esto me viene sucediendo con inusitada frecuencia desde hace muchos años. Ya casi no le doy importancia. Doy por sentado que tendré que aplicar el principio de escucha activa y el mecanismo de intrusismo en la mente de otro para colocar el acto en su diaporama razonado.
Algunos días, no obstante, me parece que mi cuerpo y mi pensamiento se desgajan de lo que, en principio, puedo ser yo. Puede parecer raro en la afirmación pero tiene su explicación ( o, al menos, yo he intentado dársela).
Hace algunos años pude observar que mi cuerpo canalizaba el teloncito de la cabeza. Si mi cabeza andaba preocupada o inmiscuida en menesteres atormentadores, por decirlo de alguna manera, el cuerpo acusaba manifestaciones enfermizas. Es decir, escalofríos, temblores, sudores fríos en la curvatura de la espalda, dolores de articulaciones, falta de apetito, desorientación… En fin, un cúmulo de obstáculos de avance y autoprotección que me hacían difícil el día a día.
Últimamente viene a sucederme más o menos lo mismo. La diferencia radica en la falta de información. Si bien hace años conocía yo de los discursos de la mente, hoy, en cambio, son para mí una auténtica incógnita.
Vengo a saber que las respuestas del cuerpo y los sentimientos son precedidos siempre por una ráfaga de pensamiento o emoción (lo dice el psicólogo Allport y apuesto por la veracidad de esta tesis desde mi época universitaria) que desencadenan una serie de respuestas fisiológicas de difícil contención. Todos nos vemos sometidos a estos patrones de efluvio incontrolado.
La primera vez que nos sucede nos puede sobrevenir estando indefensos, desorientados o ajenos a la magnitud del desembarco de emociones. Pero es la primera. Conforme avanza el tiempo y los capítulos de mismo estado y misma situación se repiten, aprendes a moldear la sorpresa, (la experiencia te permite anticipar el resultado), y puedes ser el dueño o la dueña de la situación, moldear el caos inicial o fingir rutina cuando todo es inesperado y vapuleador.
Las primeras situaciones son siempre un escándalo en la cabeza y en el pecho: ese primer beso, ese primer día que hablas en público, ese primer requerimiento ante un juez, esa primera mañana en un trabajo nuevo, ese primer contacto con alguien a quien acabas de conocer, ese primer sueño que acabas de cumplir, esa primera pérdida, ese primer fracaso… Mil colores y mil sabores tienen esas primeras circunstancias.
Pero, con el paso del tiempo y de capítulos iguales que se repiten cíclicamente, dominas, literalmente, esos espectros contextuales que suponían, antaño, una fuente de nerviosismo y exasperación.
El problema se nos echa encima cuando comprobamos que, una vez vencidas estas situaciones, nos volvemos a encontrar en esa fase de adolescencia inocente y exploradora de sentimientos y emociones.
Un ejemplo, pues.
Llevas diez años hablando en público, ya no le temes a nada, has aprendido a confiar en ti con el discurrir de los años, has sido capaz de dar clase a universitarios sabelotodos que te rebatían a cada instante, has vencido el balbuceo inicial al presentar una tesis, has tenido el valor de hacer un chiste, incluso, con el temblor de tu voz y, de repente, eres incapaz de asistir a un acto donde es imprescindible que estés. Prefieres inventarte mil excusas por no asistir. Probablemente enfermarás ante tanto caos que se avecina.
No sólo es este tipo de mi miedo. Cada día sufres en silencio múltiples situaciones venideras que te provocan ansiedad. Sabes que estas circunstancias se van a dar, irremediablemente, y sabes que no vas a sentirte cómoda ni a sentirte tú. Te conoces mejor que nadie y piensas cómo obviar el pensamiento sin que provoque, aparejada, una sensación de disconformidad, un reflejo somático y desagradable del cuerpo, o una rumiación constante que puede llegar a obnubilar cada segundo de tu día.
Alguna vez esta atrofia llega con el atisbo de un recuerdo, de un pasado de alguien que no puedes o no quieres comprender o de un instante que te prometiste olvidar. El sueño es lo peor: viene a recordarte continuamente lo que te hizo, te hace y te hará siempre daño.
Lo peor de todo es la respuesta del cuerpo. Si piensas en las situaciones que tendrás que enfrentar, si azuzas el pensamiento al discurrir de unos hechos en la vida de quien amas, si tienes la convicción de que tú no sientes o no crees como lo hacen los demás, si miras el día pasar y ves que no se da importancia a lo que tú das el máximo puntaje, si viene la noche y recuerdas a quien no está, el cuerpo, tan pobre en aplomo y serenidad, se rebela. Y lo hace de un modo cruel. Come el pensamiento, devora la voluntad y atrae todos esos fantasmas que tú emparedaste, un día, en las paredes más escondidas de tu casa.
Y ya no te queda nada porque compruebas que nada fuiste, nada eres y nada serás.
Porque te das cuenta de que algunos vendrán y otros se irán. Que aquellos que se van, nunca sabrán que se quedaron en ti. Que puedes inmolar tu alma en mil besos y mil caricias y jamás se oirá el rezo en cada uno de ellos. Que mañana es otro día y nuevas alegrías y penas traerá. Que la memoria es efímera para quien no amó nunca.
Y que, el que jamás fue ave de paso, es golondrina que con el frío emigrará.
Y todo este quejido de alma, de mente, de amor y de espíritu llega, traído de la mano, por el señor sudor frío de espalda, señor temblor de voz, señora ansiedad en el pecho y doña lágrima perenne y disimulada.
Que no hay más dignidad que secarse las lágrimas sola, batirse en duelo con la rumiación sola y acompasar una ansiedad… sola.
Porque, ¿a quién le importa tu duda de día y noche, en sueño revivido, tu quebranto de cada día, tu ausencia, tu imaginación que atormenta lo que no vió pero sabe, tu manera de sentir, tu modo de explicar la vida, tu excusa para no saber de ti, tu añoranza, tu recuerdo, tu proyecto de futuro y tus mil maneras de engañar al Destino para seguir haciéndote fuerte y levantarte mañana?
Así que guarda la lágrima, silencia el bramido y sé otra ovejita.
Y mente y cuerpo irán por libre, siempre.
VVRR
“Quiero un relato reivindicalista”.
9 diciembre, 2010
Últimamente le costaba concentrarse. Llevaba meses sin ver un informativo completo y su curiosidad estaba vacía. El timbre había dejado de sonar hacía muchos meses y su línea telefónica estaba cortada desde que dejó de percibir el subsidio de desempleo. Había sido un excelente profesional de las finanzas pero hoy, la macrocrisis internacional lo había llevado a la ruina. Confiaba en sus ahorros para hacer frente a la sequía de ingresos pero encontraba ilusorio confiar en algo que se pierde inexorablemente.
Aparte de los cálculos, los fondos de inversión y las retibuciones de bolsa, su gran pasión era su esposa. Estaban casados desde hacía poco tiempo, unos meses apenas, pero podía presumir de matrimonio dulce y embriagador. Cada mañana se levantaba con el propósito de hacer algo productivo. Sin embargo las fuerzas le iban faltando al comprobar que de ningún sitio lo llamaban.
Había decidido hacía semanas aspirar a empleos de menos cualificación pero terminaba por convencerse de que el problema era él. Algo debía de provocar rechazo en quien leía su currículo y sus recomendaciones. Y no sabía por qué.
En ocasiones la tasa de paro le consolaba. Ya se sabe el refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”.
Igual terminaba por pensar que no era útil para la sociedad en su sentido vasto semántico ni para aquellos que confiaban en él.
La situación era transitoria, pensaba. Pero tampoco eso podía hacer parar las rumiaciones diarias.
Muchos proyectos por cumplir. Quería casarse, quería ser padre, quería una casa nueva con su familia. Y cada día lo veía un poco más lejos… Quería cumplir todas sus expectativas cuando pudiera mantener el sueño, no antes.
La situación europea lo desalentaba. En ocasiones pensó que la manera rápida y eficaz sería la de irse a otra provincia, incluso a otra ciudad. Pero no quería alejar a su esposa de su familia. Otras veces creyó necesario mentir en las entrevistas de trabajo pero la barrera ética le hacía impensable faltar a la verdad de modo tan ruin.
Optó por no pensar.
Y para no pensar qué mejor que dejarse a los ansiolíticos y al alcohol.
Las mezclas eran brutales.
Antes de entrar en el estado de catatonia que le producían estas sustancias podía darse cuenta de lo que estaba haciendo. Ciertamente el alcohol no le quitaba la rumiación ni el problema pero sí le hacía un ser conformista y poco preocupado con la situación. Y eso, a día de hoy, suponía para él un grandísimo alivio.
- Cariño, ¿estás bien?
- Sí.
-¿Seguro? ¿Qué piensas?
- En nada…
- Claro que sí, te conozco….
Un beso bastaba para cortar la conversación. Alguna vez conseguía evadir la realidad en los labios de su mujer, otras no.
Y así pasaba los días. Buscaba un empleo nuevo y hacía de chapuzas y esposo en la casa.
Una mañana, enre la rutina testimonial, sonó el teléfono. Su mujer dormía. Aunque era el móvil de ella, optó por responder.
- ¿Diga?
- Sí, ¿la señora Tamayo?
- Su esposo, ahora no pude atenderle, dígame…
- Bueno, era para decirle que los resultados puede ya recogerlos…
- Enseguida entonces, ¿dónde hay que ir a buscarlos?
No despertó a su mujer. Terminó de vestirse, salió de la casa, caminó durante treinta minutos y se presentó en la clínica.
- Buenos días, vengo a recoger los resultados de mi mujer…
- Dígame su nombre, por favor…
Con el sobre en la mano se dirigió a una cafetería cercana. Pidió café y se sentó en una mesita alejada de la barra. Le sirvieron el café. Tomó un primer sorbo y abrió el sobre. Leyó en silencio.
Fueron dos minutos escasos. Volvió a meter el papel en su sobre, dejó sobre la mesa dos euros y salió azorado de la cafetería.
Estaba lloviendo. No le importaba mojarse. Tampoco quería volver a casa.
Sonó su teléfono móvil. Lo sacó del bolsillo de su chaqueta y miró la pantalla. “Un número privado”, pensó. “Ni pienso cogerlo”.
Continuó andando con desorden. Muchas calles y el agua que le empañaba las gafas. Mucho trasiego de peatones y mucha congestión de vehículos. Mucha vida a su alrededor. Mucho vocerío y mucha risa. Mucha pena y algo de recato.
Notó la vibración en el bolsillo derecho de la cazadora. Atendió sin mirar la pantalla.
- Diga…
- ¿Ernesto Ramos, por favor?
- Sí, yo mismo, dígame.
- Es para concertar una entrevista hoy mismo… En Nova Consulting, ¿Le viene bien hoy mismo?
- Sí, claro, dígame hora y lugar….
A las una del mediodía estaba en las instalaciones de la empresa. Un despacho situado en pleno centro de la ciudad al que le había costado llegar. Pasó, dio su nombre y fue conducido a una sala donde se encontraban tres muchachos más jóvenes que él. La espera se le hacía insoportable. Decidió mandar un mensaje a su mujer. “Ya casi vuelvo a casa, estoy haciendo una entrevista de trabajo, te quiero”.
La respuesta no tardó en llegar. “Todo irá bien. Te quiero mucho”.
Esperó durante algo más de una hora para ser atendido.
Cuando llegó a su casa, cerca de las tres de la tarde, su esposa lo esperaba con el almuerzo servido.
-¿Qué tal mi amor?
- Muy bien… Éste es el mío.
No quería decirle ni el sueldo que le habían ofrecido ni las condiciones salariales ni el horario. Sabía de antemano que podría entristecerla.
- ¿Saliste muy pronto?
- Sí, pronto, así aproveché más la mañana… ¿Y tú?
- Bueno, me duele un poco la barriga hoy, pero bien…
Terminaron de comer y decidieron echarse la siesta.
Esa tarde ella perdió el bebé.
En el hospital a él le notificaron que habían decidido aceptar a otro candidato.
Ernesto lleva a casa a su mujer. La acuesta y se acurruca junto a ella.
Mañana es otro día.
Mañana habrá empleo y bebé.
Y si no lo hay… se lo inventa.
VR.
Ella.
Derechos registrados.
“El quicio de un sueño” ya a la venta.
11 diciembre, 2010
ISBN. 978-84-937446-7-0
“El quicio de un sueño”, dentro de la colección “Algo que decir”, es el resultado de la fe que deposité, hace meses, en alguien que ha sabido demostrarme que puedo hacer lo que me proponga, que me cuida, me quiere, me levanta si caigo y permite que pinte su lienzo con mis colores. Mis letras y mi vida son tuyas.
Es también la recompensa a los esfuerzos de quienes me quieren, me apoyan, saben leer mis ojos y mis letras y nunca han permitido que la Duda se apodere de mí.
Y es, ante todo, mi agradecimiento más sincero a todos los que sóis parte de mí.
Gracias.
Non plus ultra.
11 diciembre, 2010
No más allá
del tiempo que fue solamente un azoramiento de la voluntad,
una enfermiza debilidad de un apogeo de nada estéril
y un percance de soslayo recatado, enjuiciado e inhumano.
-
Triste,
seco,
empañado…
-
No más allá
de la mentira repetida pudriendo una esperanza,
el baile de excusa que nadie cree y nadie refuta
y la noche sin mirada, sin sonrisa, sin abrazo. Perforada.
-
Abatida,
extinguida,
olvidada…
-
No existes ni eres, ni fuiste ni dejaste epigrama
en la cuerda musical de mi todo incompleto.
-
Ni sabes ni nombras con causa, ni intuyes
ni hueles ni decoraste jardín alguno.
-
Nunca leíste la sangre que yo derramaba
y me empinaste a acotaciones más mundanas.
-
¿Supiste ver en la noche que mi llanto era lapso eterno sin remedio?
-
Grandes mareas en tu oscuridad de seísmo tempestivo,
ingentes rocas con sus días y sus noches esculpidas con mi soledad,
tu tacto de mentira, mi lágrima de esperanza y un yo enterrado.
-
Hasta el sollozo ajeno te es una alegría
y ver la felicidad en mi rostro puede parecerte desagradable.
-
Yo consentí el engaño. Consiente tú la pérdida.
-
Ni el aire, tan vivo e ingenuo,
admite el abrazo de tu rostro.
-
Ni la mañana, tan victoriosa,
se atreve a incomodarme con recuerdo.
-
Yo conocí la vida cuando hube quemado con brasas
mis plantas en el infierno de tu erario,
ampollas afloraban en mi alma
ante el cadalso que me ofrecían tus palabras.
-
Amé siempre esa tangente de futuro
que se quebraba en mil astillas en tu deflagración
y yo, tan obcecada en planos que poco te eran válidos,
robaba al mar pequeñas olas cuando enviciabas
la tiritera de aquello que soñaba en el tonto tul de una ilusión.
-
Ahora no es tuya la tinta que escribe mi vena,
ni nunca fue de ti lo poco que viste de mí.
-
Donde tú arrasaste campos vastos de ilusiones,
creó hectáreas de esperanzas con fruición.
-
Donde tú dormías ignorando mis apneas,
acercaba el aire artificial a mi boca.
-
Donde tú escondías con secreto tus traiciones,
hizo margen compartido un cajón sin fondo.
-
Donde tú no estabas, ahora está.
Donde no sentías, ahora siente.
Donde no me amabas, ahora me ama.
-
No tengo hora del día sin su abrigo
ni segundo de la noche sin su voz.
-
Ahora sé quién es mi destino.
Ahora sé lo que es el amor.
-
VVRR.
“A perro hambriento todo le son magdalenas”.
Derechos registrados.

Algarabía.
13 diciembre, 2010
POR FIN VEO TU CARA,
por respeto no voy mucho a las casas de quienes tienen conmigo connivencia de alma,
pero tienes los ojos que robé a la salamandra salvada una noche en la floresta por mi mano,
que bella tu arma, tu poesía…
Y hoy tan sólo eres la vida mía…
Un acierto el cierre, bello, gracias.
-
(Jose Ignacio Restrepo Arbelaez, Diciembre 2010)
-
Yo podría prender en tu solapa
un manojo de rojas amapolas
si consintieras en mí la capa
que cubriera tu miedo de caracolas.
-
Portando llaga, yo curara
el tormento de tu silencio,
con mi mirada, que sanara
el nervio afable de tu tormento.
-
Yo no tengo culpa de esta cara
que, a efectos visuales, vése abatida.
Tiene mi gesto una faz rara
cuando tu ausencia me convida.
-
Pero, en tal causa, enajenada,
el alma se muestra altanera
y dice que la tornaste alterada
cuando limaste, dulce, la fachada.
-
¿Ahora me cambio el rictus o la mirada
encubro con verdad lisonjera?
-
Y si sentí, meses ha con sus días
sólo es de mí y es cosa mía.
Mas acierto aseverando
que fuiste algarabía
en alma desastrosa.
Y hoy tan sólo eres la vida mía.
VVRR.
Derechos registrados.

En un flequillo.
13 diciembre, 2010
“ La musa es caprichosa. Atraparla y convertirla en verso es la magia de tus versos”.
(Amando Lacueva, Diciembre 2010)
-
En un flequillo de invierno quedó prisionera
la noche prendida con suave estampado.
¿Quedó la voz suave cual carcelera
en el trueno insomne del verso ansiado?
-
Bética en arista y enigma, no resuelta,
preña la estrella con sus vaivenes,
araña el alma, que late, y regala vuelta
sonora en el mutismo que sostiene.
-
Tiembla el dedo que pulsiona,
traba argumento la esperanza,
rubor el gesto y la vena convulsiona,
saber ventaja certera es la lanza.
-
Y en el retiro de lo imposible
acomodo, de nuevo, la ilusión.
¿Cómo yo creí ciencia imposible
que se atinara en mi elección?
-
Escondido. Y al cajón.
-
Donde guardo la memoria,
incrusto aquella primera visita
… de tu voz.
-
VVRR.
Derechos registrados.

Castillo de naipes.
14 diciembre, 2010
Vengo soñando desde hace meses y no he logrado despertar en este tiempo. Con días buenos y noches menos buenas, he arrastrado lo poco que quedaba vivo de mí para engarzarme una ilusión de rubí en la voluntad de ser mejor persona cada día.
Yo nunca he sido una persona común y puedo reconocerlo abiertamente. He gastado más de tres décadas de mi vida haciendo lo que otros no hacían, diciendo lo que otros no decían y esperando el momento (único, pensaba y pienso yo) en el que encontraría a mi mitad perfecta.
Tengo taras de retrógrada en algunos aspectos y también puedo admitirlas. No me ha gustado nunca salir a ligar, no he buscado romances esporádicos por aburrimiento y sí, soy sosa en muchas de esas realidades sociales (o individuales, vayan ustedes a saber).
Lo cierto es que una es tan estúpida que pretende que todos vivamos en el mismo cuento de hadas. Y sucede que, el príncipe, cuando llega a besarnos, ya ha despertado a muchas princesas (y no sólo a besitos).
Lógicamente ese aparato del Diablo que llamamos “cabeza” no deja de atormentarnos en cada situación torpe y baladí del día a día.
Pero puedes torearla con mucha paciencia, autocontrol y esperanza.
De todo lo que me dejó el Periodismo, la búsqueda de la verdad es, sin duda, el más pesado de los lastres. Todo puedo cuestionarlo e investigarlo hasta que tengo pruebas fehacientes del hecho. Muchas veces he pretendido no obedecer ese mandato exhortativo que me obligaba a indagar las parcelas que la duda dejaba abiertas.
He dominado algunos meses esta necesidad vital con bastante éxito.
El problema que acarrea el iniciar una investigación es la red de fuentes que puedes haber creado sin pretensión alguna.
En el caso que ahora me ocupa la cabeza (el cuerpo, la esperanza, el fracaso y la lágrima) tiene mucho que ver ese cuento de hadas al que hice referencia con anterioridad.
Hace meses apareció. Surgió de la nada, de un encuentro casual, incomprensible y poco usual. Comprenderán que cuerpo y alma me daban palmas. Tampoco dudé en la certeza de mi destino.
Sin embargo siempre en mí estaba afincado ese dolorcito de no ser en sus ojos lo que sí era en los míos. ¿Y si me estaba equivocando? ¿Y si me cambiaba como una rueda de repuesto? ¿Y si se aburría como ya le pasó antes en múltiples ocasiones? ¿Y si yo no era suficiente? ¿Y si no era para toda la vida?
Como era de esperar surgió en mí esa necesidad de contrastar informaciones como único medio de alcanzar la veracidad de las mismas y, en última instancia, la verdad.
De aquellas indagaciones de hace tiempo viene a mí, hoy, de manera casual y fortuita, un informe completo.
Algunos son textos de alguien que estuvo en esa vida y ya se fue y otros, en cambio, son la réplica perfecta para desenmascarar una mentira.
Ahora, ya hace horas del latigazo, no sé si la opción es callar, decir o borrar esta entrada.
Mientras decido qué hacer con el cuento de hadas me viene esa gran frase a la cabeza: “la cabra tira siempre al monte”.
Resulta que somos de dos montes distintos. Yo vivo en la loma del amor único y perfecto, con eternidad (entiendo que es cursi pero es así) y mi príncipe mora una colina donde se me hace imposible vivir con tanta oveja suelta y satisfecha de recambio periódico.
Y, aunque he empezado a hacer dieta, voy a tomarme una cerveza para celebrarlo.
VVRR
Artículo.
Nochebuena.
20 diciembre, 2010
La habitación aséptica y fría no dejaba dudas.
Un cuerpo que yacía, sin fuerza, dejando pasar las últimas horas de su vida.
La compañía de un monitor, una bombona de oxígeno y una enfermera que solía comerse sus natillas.
Apartó la mascarilla de su rostro y, a media voz, imploró la voluntad del reo que se sabe condenado.
- ¿Me puedo fumar un cigarro?
- Sabe usted que eso es muy malo…
- Pero si me voy a morir, ¿qué más da?
- También es verdad… ¿Puede usted levantarse sola?
- ¡Por supuesto!
Arrancó las ventosas de su pecho y se sentó en el borde de la cama. Le costaba encontrar en el aire un aliado.
- ¿Se está ahogando usted?
- Llevo cuarenta años asfixiándome y lo veo natural. Con un cigarro se me pasa, ¿qué tienes?
- Nobel…
- Pues vaya mierda de tabaco para ser mi último cigarro…
- Amalia fuma Lucky… ¿le pido un par?
- Afortunada coincidencia, qué propio… Sí, un par está muy bien. También me dejas el Nobel y traes la cestita que ha mandado mi hijo, ésa… con turrones y “mantecaos”…
- Ya vengo…
La vio salir y abrió la ventana de la habitación. Arrimó las dos silla de visita y se sentó en una de ellas. Hacía días que no notaba ese frío seco y cortante. Algunos años atrás hubiera sentido cómo su flequillo se alborotaba y el agua de sus ojos se afilaba bajo sus párpados. Hoy, en cambio, sólo una pelusa inconsistente adornada su cabeza. Hacía seis meses que recibió la sentencia. Tampoco le sorprendió excesivamente.
La puerta se abrió. Un despliegue de color y risa.
- Me he traído el paquete entero.
- Pues venga, que tengo prisa…
La enfermera le tendió el paquete de tabaco y un encendedor. Agarró el paquete y sacó un pitillo. Lo encendió rápidamente. Ofreció el paquete.
- Como entre el neumólogo…
- Le dices que te he amenazado con los jeringazos de Lexatin…
- Jaja, vale…
Encendió el cigarro y se acomodó en la silla junto a la cesta.
- ¿Sigue usted por la parte del nacimiento de su hijo?
-¿Por qué me hablas de usted si eres más vieja que yo? ¿Acaso porque me estoy muriendo y tú no?
- No, no es por eso…
- Pero si me conociste hace veinte años cuando lo de mi padre y me hablabas de tú porque era una joven lozana y saludable, ¿ahora esto te condiciona?
- Que no es por eso…
- ¡Pues tú ya eras vieja!
- Qué mala leche te gastas…
- Es lo que tiene morirse…
- ¿Abrimos el Suchard?
- Anda sí, ¿por dónde me quedé?
- Por Mateo… Vino enredado en el cordón umbilical…
- Ah sí. El parto fue tedioso, largo y complicado. ¿Te he dicho alguna vez que yo quería una niña? Pues nada, un niño. Muy llorón y muy travieso. Dejé de fumar. Dos años, creo… Esos años fueron buenos. Intentamos tener otro hijo… Recuerda que yo quería una niña. Pero nada… Así que te puedes imaginar, niño mimado y sobreprotegido. ¡Y a mucha honra, ¿eh?!
Lo que me dolió fue que tirara a las Ciencias. Yo quería un ilustrado, una rata de biblioteca, un examinador del término y un devoto de la sintaxis. ¡Me salió un ingeniero!
- ¿Y su madre?
- Su madre muy contenta siempre… ¡Es su niño!
- ¿Y está viva?
- Coño, claro, que tiene mi edad…
- ¿Cuarenta y siete?
- Bueno, algo más…
- ¿Que no salió bien?
- Sí, sí, salió perfecto.
- ¿Y dónde está?
- Coño, pues en casa…
- Pues no entiendo nada. Llevas un mes aquí y no ha venido nadie.
- ¿Y quién quieres que venga? Me decís que me quedan tres semanas de vida y ¿les voy a joder las fiestas a mi gente? ¿Y ahora me tuteas?
- Es que ahora parece que te falta el riego. ¿Cuándo la palmes no lo van a notar?
- Es una posibilidad. Mi niño sabe que estoy aquí aunque no sabe por qué. ¿Te piensas que la cesta ha venido sola? – tosió.
- Voy por las gasas… Estás esputando sangre, otra vez… ¿Estás bien?
- Hombre… ¡estoy podrida! ¿Tú crees que paso de esta noche? Me queda toda la vida por narrar…
- Sí, seguro, te queda cuerda para mucho rato… ¿Dónde has dicho que estás?
- En el Polo Norte, ayudando en el taller de Santa Claus, no te jode… He dicho que estaba cuidando a una tía enferma aquí, en la tierra. Para morirse nada mejor que el polvillo que te vió nacer, ¿no? ¿A ti te gusta el mazapán?
- No mucho, no…
Con un gesto rápido abrió una hojaldrina, tiró el envoltorio al suelo y chupó el azúcar que la recubría. En el paladar el dulce se convirtió en el más agrio de los presagios.
- Qué putada morirse, ¿no? Creo que me quedo muchas cosas por decir…
- Pues hay tiempo. Tienes un teléfono para llamar…
- Pues como te decía… La niña nunca llegó. El niño pronto se fue de casa. No puedo decir que no saliera disciplinado y buena persona. Trabaja en lo que le gusta y es honesto. Creo que lo hicimos bien. Ahora lo vemos poco, en fiestas y eso… Hoy estará con su madre, preparando la bandeja de turrones y esas cositas tan bonitas y tan navideñas… Salió guapo y listo. ¡Y buena gente! En el primer cajón tengo una foto de las dos… ¿La quieres ver?
- Sí, claro.
- Pues ve tú que me falta el aire…
El chirrido de la silla y una mano callosa que abre un cajón y extrae un papel plastificado.
- Son guapos…
- Más por dentro…
Dirigió la mirada hacia fuera mientras una punzada hacía su trabajo en el músculo más endeble. En el reflejo de la ventana pudo vislumbrar a la Parca. Mil imágenes en su cabeza, mil palabras en sus labios. Un dolorcito en el brazo. Conocía el perfume de la Muerte.
- Me voy a tumbar ya. Al final no narré todo…
La enfermera le ayudó a recostarse, volvió a colocarle las ventosas, guardó la foto bajo la almohada y se sentó junto a ella.
El aire no llegaba a sus pulmones. La tez pálida, violácea.
Sonó el móvil.
- Pone “Casa”…
- Dámelo…
- ¡Eh! ¡Feliz Navidad! ¿Y la tita?
- Bien, mejor… ¿Y vosotros?
- Mamá está pintona con el vino, jaja. ¡Te echamos de menos! ¿Cuándo vienes?
- Uy, muy pronto, me temo… Oye… que te quiero…
- ¡Y yo! ¡Te paso a mamá!
- ¿Cariño? ¡Feliz Navidad! ¿Cómo estás? ¡No me coges el teléfono nunca!
- Yo bien, extrañándoos mucho. Tengo que colgar. Que te quiero…
- Yo más. Ven pronto.
Siete, ocho minutos a lo sumo.
- No lo dije todo, ¿verdad?
- Creo que sí lo dijiste todo…
VR.
Año Nuevo.
20 diciembre, 2010
Se acaba el año y hago mi balance personal.
Creo recordar que en el último fin de fiesta atiné a hablar de Belén Esteban y poco más. El sucedáneo mediático más sorprendente del 2010. (Sorprendente porque “causa sorpresa”. Líbreme Dios de darle al término ni connotación peyorativa ni cariñosa).
Acababa de perder a mi padre y el pronóstico de vida que se me vaticinaba era bastante desalentador. A pesar de múltiples argumentaciones <<iluminadas>> (todo el que me conocía parecía tener potestad para augurarme desgracias), logré (o lograron) recomponer parte de mí en lo que ahora soy.
El año pasado masqué las uvas con desgana. Reconozco que la uva en sí, como fruta, no es santa de mi devoción. Ni el queso me llega a quitar esa dulzura enmascarada ni la piel agrestita y poco tersa me hacen de ella un manjar tierno.
“Uvas con queso saben a beso”. ¿Sí? ¡Qué beso más arisco!
Compré la latita de uvitas peladas y sin pepitas y me la comí preceptivamente a las doce de la noche. A las doce y media creo que ya estaba entonada.
A eso de las una de la madrugada yo ya estaba durmiendo. Los programas musicales de las cadenas privadas me parecen una tomadura de pelo en toda regla (qué cosa tan ridícula grabar el programa el 28 de noviembre y comerse las uvas ese día), la “tonta del bote” de Lina Morgan ya la he visto setecientas sesenta y cuatro veces y salir a la calle a dar botes y beber lo que se tercie me parece demasiado infantil.
Con todo, me enchufé mi ginebra y brindé por el año nuevo. No recuerdo bien en que me cagué, qué deseos pedí o de qué cosas me arrepentí. Sólo tengo claro quién me faltaba.
A medida que voy creciendo me doy cuenta de que las fiestas navideñas producen poca satisfacción a las personas. Solemos disfrazar la melancolía con graduaciones alcohólicas exacerbadas, las ausencias con regalos desproporcionados a quienes están y con frases estandarizadas y sonrisas abiertas a todos cuantos se nos cruzan.
Lo malo de esta parafernalia inventada es el recurso de la memoria. O lo bueno, nunca se sabe. La capacidad de abstracción se triplica entre pavos, turrones, zambombas y “Papanoeles” marchosos. Y ya se sabe, cualquier tiempo pasado fue mejor y tú hoy te comes el mazapán poniendo la mejor de tus caritas.
A la hora de la verdad, te va a importar más bien poco quién está sentado a tu derecha o a tu izquierda porque tú llevas horas hablando con quienes no están. Esto es increíble. Un mecanismo macabro de la imaginación que te hace cuestionarte si realmente tú estás enfermo.
El caso es que ellos vienen, continuadamente, a ratitos, algunos días, muchas noches, pero están un período limitado de tiempo. El justo para que no pierdas la cordura.
Eso sí, en Navidad, se alteran.
Llegan con los primeros turrones en el supermercado y no se van hasta después de Reyes. Te dicen poco pero te enseñan mucho. Los recuerdos olvidados fluyen como el agua desbordada. Cuaquier cosa es una referencia y, por supuesto, todo era mejor en aquel momento.
Resulta que el turrón no se corta así, se corta como lo cortaba tu madre. El jamón, por Dios, ¿ese grosor? Mi padre sí que sabía darle la medida justa. ¿No vas a dejar sudar el queso? Pues frío pierde sabor…
Y así todo. Todo y durante casi un mes.
Con suerte los efluvios etílicos navideños los enmudecen y el exceso de comida los deja aletargados pero sucede, en ocasiones, que se aviva el empacho de antaño. ¿Y esto qué quiere decir?
Que cada trocito de alfajor te trae una imagen. ¿Se acuerdan ustedes del cuento de “La Cerillera”? Pues más o menos…
Y volvemos al eterno problema del ser humano. El pasado nunca nos deja vivir el presente.
Somos tan débiles que preferimos tener miedo, la mayoría de las veces. Cuestionamos todo lo bueno que nos ofrece la vida porque es imposible que nos dé lo mejor. Tememos la felicidad y, aún reconociéndola, preferimos embarcarnos en la Duda y el inconformismo. Somos, quizá, parte de un todo perfecto y engranado y consentimos afianzar la tara que nunca estuvo. Perseguimos nuestro yo hostigado cuestionando, día y noche, lo que no se hizo y se debió hacer o lo que se hizo y no debería de estar ahí.
Y sí. Eso es sentir.
Insoportable a diario pero consecuencia de querer.
¿Renunciamos a lo que nos hace personas sólo porque nos haga sufrir?
Yo cierro el año con más sabiduría. Alguien me hizo creer en mí. He cumplido algún sueño, alguna promesa. He podido dar paz a mi intranquilidad, he sentido más que nunca, he podido amar, al fin y he sabido conciliar ese sueño que se me resistía.
Haciendo balance sé que el mérito no es mío.
El año que viene será el año en que yo pueda devolver todo el bien que se me hizo en éste que muere.
Y si no fuera así, quédense tranquilos, que sí irá toda mi intención.
VR.
Había una vez…
22 diciembre, 2010
Tú me has robado.
23 diciembre, 2010
Porque en hechizo me rompiste,
me lamiste la herida,
sanaste el hueso triste
y dejaste la palabra exacta
en el giro de una estampida.
-
Es hurto agarrar mi sangre
para hacerla marea en tu vena…
-
Es hurto engalanarme el corazón vivo
con los colores de tu arteria…
-
Dentro del tic-tac que me aviva
no habitan ríos secundarios
que no deriven al mar de tu mirada,
en el letargo de la promesa
de los rubores eternizados.
-
¡Tú me has robado la sal
de las lágrimas que daban la sed
en los surcos de mi cara!
-
Me has robado el desdén,
la dignidad y el espasmo de verso,
la nitidez de saberme extraña
y parte mínima del universo,
la creencia de sentirme sola
en el vacío de un todo inequívoco.
-
¡Me has robado la mañana de neblina,
la tarde de turbio pensamiento
y la noche de insomnio perpetuo!
-
Te llevaste el pacto de mi nostalgia,
el inadecuado ritmo de mi sentimiento
y la intrasingencia de mi neuralgia.
-
¡Me has robado la razón, el arbitrio,
la soledad misma de niña que camina sola
y el alma arañada en el estribillo de una canción!
-
Me has robado el alma, me has robado el ansia y su contorno,
el desorden de lo estricto, la esquiva melancolía en su cabriola.
-
Tú me has robado la vida con su silente corazón.
Y sin tu delito, yo ya no soy yo.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
-

Quién fuera.
27 diciembre, 2010
A decir verdad, me encontraste desnuda.
Y poco puede darte quien no lleva historia en los párpados cerrados,
quien no tiene trasfondo en el bolsillo ni naipe en la manga escondido,
quien jugaba con el remolino de un deseo cuando tu deseo era el remolino.
Y era el juego.
-
Poco te dará quien no supo, ni sabe, ni sabrá, y es presunción,
de conocer de rubores sin menoscabo y continuamente, en ciclón,
de tardes de sorteo de amores donde el premio es compartido
y el amor, un ultrajado personaje que sabe y se siente como una risa.
Con prisa.
-
Poco o nada puede darte quien avivaba una ilusión de ti,
sin conocerte, ni saberte, ni intuirte
cuando tu intuición, tu sabiduría y tu conocimiento
dejaron las huellas en parajes que yo jamás interpreté.
Y deseé.
-
Quién fuera tiempo y fuera historia,
fuera recuerdo, fuera tu clave y tu deshora.
-
Quién fuera ave que nace en ti y muere bajo tus alas.
Quién fuera el aire de tus brisas claras.
-
A decir verdad me encontraste por casualidad.
Y poco de casualidad tiene el perseguirte en sueños,
anhelarte cada día en mil clamores sin tu nombre
y presentirte la llegada con cien sonidos y sus cien tambores.
Y era mi vida.
-
Tanto amo como duele y tanto duele como amo
y tanto dolor es el amor mío aunque, tristemente,
y muy tardío,
es de ti, en fiel desmayo,
puro y único, eternamente.
-
VVRR.
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.
Esta noche brindaré…
31 diciembre, 2010
Esta noche, a las doce, como es preceptivo, y aunque las uvas enmascaren mi recuerdo, voy a brindar por mi madre.
Porque todo el año ha estado conmigo, ni un día me ha dejado sola. Jamás se ausentó en una mañana o en una noche.
Se levantaba conmigo y me ayudaba a hacer el desayuno. Al acostarme siempre me dejaba un beso.
Solía hablarme en la tarde, en la conversación ajena o en un escaparate con artículos insospechados. Por sus besos.
Voy a brindar por mi padre, que llega cansado y se duerme en el sofá.Que siempre tiene mil besos para regalar.
Que me dice que pague la cuenta y disimule los dolores. “A quién le importa” – me dice.
Porque me hace creer en mí y sacar lo que no tengo cuando necesito que lo vean. Por sus abrazos.
Voy a brindar por mi hermano, que siempre está en la distancia más cercana – quizá en la cercanía lejana-, que confía en mí y cree en lo que puedo ser, que acude a la lágrima sin saber por qué se da y siempre, siempre, me hace crecer. Por sus manos generosas, su esfuerzo, su entrega, su alma de ángel y su fe.
Voy a brindar por mi amor, porque me cuida a diario y hace de mis anhelos su camino, porque me oye, se deja oír, me mima y se deja mimar y construye su camino con las baldosas de mis propósitos. Por su paciencia, su regazo y su amor. Por dejarme ser la custodia de su alma. Por darme la vida, el aire y los versos.
Voy a brindar por mi familia, la Romero, tan alocada, tan auténtica, tan grande y tan cariñosa.
Y voy a brindar por mis Reyes, tan educados, tan disciplinados y tan pausados a pesar del sentimiento.
Por la sangre, la herencia y lo que hierve.
Voy a brindar por mis amigos, por sus palabras, por los chistes y la dulzura al hacerme parte de su vida, por sus gestos, sus dudas y sus confianzas. Por la bravura del ser humano y la lealtad del amigo.
Voy a brindar también por quienes me apoyaron, me siguieron, me hicieron sentir algo exacto dentro de lo inexacto y dieron voz a una garganta sin sonido. A todos esos que creyeron en mis versos, les dieron forma y los sientieron como libro. Por todos ellos mi sueño.
Brindaré por quienes nunca me oyeron, nunca me sintieron y jamás intentaron ver que todos somos de la misma pasta y es de necios negar que somos hermanos. Porque también crecemos y nos hacemos más personas con las esquirlas de desconfianza. Porque confiamos en la esencia del ser humano y podemos esperar más de mil años.
Brindo también por mis perros. Mi Taka, pequeño y blanco, padre del ladrido y maestro del chantaje. Por sus lametones.
Por mi Polilla, cofre de secretos, salvaguarda de mis lágrimas y asocial en el paseo callejero. Por sus suspiros.
Por mi Aixa, su elegancia en la carrera, su paciencia en el diario pergamino y su mirada atravesando la mía. Por sus palabras silenciosas.
También por los recuerdos y todos aquellos que se quedaron en ellos.
Brindo también, a las doce, por esas personas que me acogen y no saben de mi camino, por quienes dan gloria teniendo miseria, por quienes no tendrán uvas que devorar, espaldas que abrazar o copas que titilar. Brindo por todos los que se levantan por alguien, por quienes caen y se levantan, por quienes no tienen esperanza y la encuentran,
Brindo por Mónica, por Fernando, por Jesús, por Antonio, Diego, por Eva, por Imma, Reyes y por Rubén. Por toda la gente que este año me ha hecho sentir parte de una historia. Por los que han confiado y los que no.
Por los que quiero, por los que espero y por los que rezo.
Brindo por ustedes,
¡Feliz Año Nuevo!
VR.
Los números de 2010
2 enero, 2011
Los duendes de estadísticas de WordPress.com han analizado el desempeño de este blog en 2010 y te presentan un resumen de alto nivel de la salud de tu blog:

El Blog-Health-o-Meter™ indica: Wow.
Números crujientes
Un Boeing 747-400 transporta hasta 416 pasajeros. Este blog fue visto cerca de 2,700 veces en 2010. Eso son alrededor de 6 Boeings 747-400.
En 2010, publicaste 139 entradas nuevas, ¡nada mal para el primer año! Subiste 145 imágenes, ocupando un total de 14mb. Eso son alrededor de 3 imágenes por semana.
Tu día más ocupado del año fue el 10 de mayo con 60 visitas. La entrada más popular de ese día fue El alma en grito..
¿De dónde vienen?
Los sitios de referencia más populares en 2010 fueran facebook.com, es.wordpress.com, mail.live.com, canal-literatura.com y healthfitnesstherapy.com.
Algunos visitantes buscan tu blog, sobre todo por veronica victoria romero reyes, pluma salvaje, v_v_r_r, verónica victoria romero reyes y rimbaut amar.
Lugares de interés en 2010
Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.
El alma en grito. mayo, 2010
2 comentários
El psicólogo: ese pseudo-amigo que te cobra por llorar. septiembre, 2010
5 comentários y 1 “Me gusta” en WordPress.com,
Saberse juguete. mayo, 2010
4 comentários
VVRR abril, 2010
El contorno con entorno del eterno retorno. septiembre, 2010
5 comentários y 1 “Me gusta” en WordPress.com,
Callar no es ignorancia.
3 enero, 2011
A pesar de mis intentos por dejarla aletargada, ha hecho acopio de toda su fuerza y todo su escozor para doblegar la voluntad.
Al final la pugna entre silencio y lengua se aclara de la manera menos conveniente. Y resulta que el silencio sale perdedor y la lengua, enarbolando la consigna de “lo que se calla duele más” se proclama victoriosa y reclama sus terrenos.
Ha venido a mí, tratado en mano, asegurando que es legítimo dejarla suelta sin los filtros del decoro, el buen gusto, la preocupación ajena o la salvaguarda de la ética. Ha conseguido un pase VIP.
Puede hacer y deshacer como mejor le venga en gana y no tiene por qué justificar sus actuaciones ni a sesgos emocionales ni laborales (o falta de) ni, por supuesto, deontológicos o morales.
Tiene turno prioritario, sin derecho de réplica y no creo que acuse sensación de remordimiento en ninguno de los casos. Viene cargada – según me ha comunicado – y acusando de manera cruenta una censura prolongada en el tiempo. Resuelta, también me ha informado de que es su intención decir todo lo que piensa sin contrastar daño emocional ajeno y dar voz al sentimiento que, según me ha afirmado, viene resquebrajándose desde hace tiempo.
Me cuenta que suele resoplar cuando hace partícipe al Pudor de sus dudas y que éste viene recomendándole silencio y calma. También me argumenta que está cansada de andar entre diatribas noche y día que la conminan a estarse quieta. Se siente censurada, exterminada y ajusticiada. Y hoy, que tiene legalmente la prerrogativa que la autoriza a todo y más, me temo que está decidida a dejarse la piel en el embiste a riesgo de exponerse a una amputación en toda regla.
No viene sola ciertamente. Detrás de ella, como séquito leal e incondicional, le sigue la Duda, la Desconfianza, el Pasado, el Presente y una Pérdida de Valores maltrecha y mutilada. Ésta última viene tan abrasada que no merece la pena darle reconocimiento alguno.
La Duda camina de manera pesada, porta como aparataje un maletín lleno de documentos, un portafolios lleno de imágenes sin resolución y un corazón lleno de heridas, moribundo. Tiene ojeras y se la ve abstraída en mil pensamientos, mil formas, mil enigmas y mil preguntas sin respuesta cierta.
La Desconfianza camina a disgusto. Suele girarse para ver quién le sigue, cuestiona cada comentario de sus compañeros y no habla. Porque le da miedo. A veces se gira y pregunta algo al Futuro. Éste la mira y siempre le responde lo mismo:
- “Yo me explico con el Pasado”.
El Futuro apenas se ve, camina sin caminar y se va deshaciendo a medida que hace sendero. A veces brilla y a veces se opaca. Se le ve arrastrando dos pesadas maletas que van cambiando de forma y peso. Incluso de color. Siempre va el último en la comitiva y se le ve recogiendo lo que desperdician sus compañeros. Todo lo mete en las maletas. Todo. Y cada vez son más pesadas. Recoge lo útil, recoge lo inútil. Lo consigna, lo guarda y lo arrastra. Se le ve cansado pero firme en su decisión de no dejar que nada se quede en la vereda.
El Pasado dirige el paso. Se le ve cómplice de quien ondea la bandera. Ordena a la Duda, la Desconfianza y el Futuro. Los rige, los hace obedecer y les da argumentos ante la presunción de una desertación o un motín. Susurra continuamente. Su voz es casi imperceptible pero su lógica es aplastante y deja sin repuesta al más avispado e ingenioso de los secuaces. Es el único que va a caballo. Arrastra al resto y siempre tiene una respuesta, una excusa, un argumento y más de cien razones. Es vanidoso. Ha combatido múltiples batallas. Ha vencido al Cariño, a la Confianza, a la Lealtad…
Es maestro y es guía. Enseñó a la Duda a forjarse palacios de binomios donde volar sin ser ave rara, a la Desconfianza a proteger su integridad y su entereza con el escudo metálico del “te puede pasar a ti” y al Futuro a creer que no será hecho nunca porque la fatalidad del presente suplanta el vestigio de vaticinio a cada segundo.
Los seduce, los arrastra. Y tiene razones.
La Lengua sabe de su séquito, del Silencio que reprimió y de su paso cansado en busca de venganza.
Sabe de la contundencia, el daño y la libertad de obra de aquél que no pierde nada. Porque nada debe y nada tiene.
Viene a mí mostrando su licencia.
Y yo acabo de concederle un permiso manifiesto, público e ilimitado porque cómo bien me dijo:
“Ciertamente tienes cara de tonta… Pero no lo eres”.
VR.
Artículos.
Derechos registrados.
Uy, qué pena.
3 enero, 2011
A mí me maravilla el tejido social, el convencionalismo razonado y el “tener que ser” frente al “ser”. Yo vengo hartándome décadas de la pobreza de alma que me encuentro.
Me asombran, todavía, las personas que no sienten ni padecen, las que creen que el dinero lo soluciona todo y aquellas otras que ignoran (o no lo hacen pero prefieren hacer creer que son tontas) las realidades en las que viven sus semejantes.
Es cierto que nadie puede solucionar los problemas de todos. Y también es cierto que es difícil solucionar los de “unos pocos”.
Pero, ¿qué necesidad tienes de darlos?
Admiro a los que no se quejan, a los que nunca han padecido insomnio, a los que no se cuestionan, no rumian, no piensan y dejan pasar la vida porque la vida les pasa a ellos dejando todo en su sitio. Admiro profundamente a quienes les importa un pepino la tristeza ajena y oyen tus cuitas con descuido, fumándose un cigarro y asegurándote que todo se arreglará. Admiro a los que pueden seguir con su quehacer diario sin dar importancia al llanto de un amigo. Los admiro, los respeto y los envidio.
Admito también que me he ilusionado pensando que podría ser una más. Una de esas personas que hacen su camino sin lastre emocional. Que hacen, dicen, deshacen y desdicen y siguen engañando con patrañas inventadas que dan base al cimiento de lo posible y entierran cualquier atisbo de dignidad humana. Siempre podría excusarme con la frase “Ya he cambiado”. Y siempre, cómo no, encontraría algún receptor a mi desdicha. Ojo, de desdicha poco…
El mismo argumento puede servirse como primer plato en más de cien ágapes. Y siempre hay algún comensal que se cree que le dices la verdad cuando afirmas que ésta es tu mejor (y tu única) cena. (A pesar de haber desyunado, almorzado y merendado cada día de su vida con un repertorio importante de invitados a su mesa).
Alguna vez pensé que podría apartar la razón del corazón o el deseo de segundo o instante (a mi parecer una ruindad) del amor. Pero me viene la esencia y termino concluyendo que me sacaron de una novela de tintes estoicos y lastimeros donde terminaré zozobrando pero manteniendo mis principios infantiles. A lo mejor hoy me pesa tanta tontería arrastrada, tanta boca que dejé sin besar y tanto tiempo que quemé en libros cuando tuve que abrasarlo en brazos.
Y claro que me arrepiento de no ser en según qué vida lo que son para mí. Y claro que me arrepiento de haber guardado lo que no se guardó para mí. Y claro que me arrepiento de sentir cuando no se siente.
Y me jodo, sin más. Por tonta, estúpida y cortada a patrón tradicional.
La culpable soy yo por pensar que mi manera de sentir era la adecuada cuando no era más que la bobada de la que se reían todos los que decían quererme.
Tengo dos opciones: O mantengo mi manera de pensar, de sentir y vivir (lo que me hará ser la “perfecta gilipollas” que vengo siendo hasta la fecha) o intento recobrar los años que he pasado pensando que ésa era la manera libre de entregarse a los demás y a mí.
Ésta última opción me dice que tengo que empezar pronto, que tengo mucho que descubrir, mucho que sentir, mucho de lo que arrepentirme y mucho que arriesgar.
Pero tampoco me pasa porque, a fin de cuentas, siempre podré decir: “Ahora hago lo que salga de las narices y mañana ya veré cómo justifico mis hazañas”.
Y si no me vale este principio me buscaré una persona como yo: gilipollas perdida.
Que a ésta le valdrán mil cuentos, mil excusas y todas mis lágrimas.
De cocodrilo.
VR.
Artículos.
Puede llevarse usted, señora Vida.
3 enero, 2011
Puede llevarse usted, señora Vida,
los años más entregados de la gesta,
la honra de sentirse grano de una duna,
la noche devorada, la aurora con sed bebida,
los despojos de la clara oscuridad, la certeza, la duda,
-de la luz tenebrosa los jirones también se los llevará-;
podrá llevarse usted, señora, los nudos de los lazos
que se bruñeron en la sangre compartida y una,
y las mudas palabras de quienes no las dijeron ni a trazos.
-
Puede usted llevarse la mano que me enseñó el manejo de la suerte,
en su rueda arbitraria tan inexacta, tan rara,
podrá llevarse el sonrojo de un aliento o la llama de una muerte,
puede llevarse el recuerdo de mi almohada de piel y llanto
-disimulado en fragores de pasión, de frágil debilidad fuerte-
en los sueños que yo le forjé a besos y mordiscos. En mil, en un tanto…
-
Pero intente llevarse la intención del beso imaginado,
el recuerdo del atusamiento de flequillo con distracción
o el ánimo sordo que dejaron los silenciosos de alma y voz.
-
Llévese, si puede, la noche con su sol en mi pecho incrustado.
-
Llévese, si es capaz y le parece decoro, mis alboradas de alma fuera,
mi salud enferma de esperar, mi enfermedad sana de saberme viva,
el hechizo de atenderme como vena de una existencia pasajera
y la verdad absoluta y eterna de cada verso de mi ilusa misiva.
-
Se podrá llevar usted, señora, todo cuanto yo le permita,
todo cuanto fue de usted y yo, ingenua, quise mío,
aquello que canto, que amo y que mi aliento incita.
-
Se llevará más de lo que tengo, más de lo que tuve o tendré.
Se llevará hasta el polvo. Se llevará caminos, se llevará la fe.
-
Y yo, un peón de su jugada, altanera, la reto a usted:
Llévese mi alma, si puede, y todo, lo que siendo suyo, es la copla de mi querer.
VR.
Dile.
4 enero, 2011
Tú vas a arrodillarte ante mis versos denostados
y ante el tronío de mis recuerdos intactos en cuadratura,
vas a enloquecer de amor mudo y sordera de beso entregado
porque un amor tan eterno como el mío jamás en tu aventura,
volverán a conocerlos ni tus labios ni su locura de verso eternizado.
-
Cuando mi nombre sea el epílogo de la pasión
en los brazos de una otra que no sabe qué o cómo fue,
ni conocerá de amagos de cielo en tus dedos o tu aire,
díle que mi esencia no quedó impresa en tu carne
- si puedes y la fe de creerlo te hace fuerte o o te hace disimulo-
y afirma que tus labios, en descuido, de mi nombre, por inercia, hicieron cima.
-
Vas a buscar en ese beso el agua de mis labios,
en esa carne el tacto de mi alma y el manjar de mi rima,
el decoro de darse única e intacta, profanando lo sagrado
en comunión de solsticio y abrazo de intriga, de alma y de vida.
-
Díle que es la única, eterna y primera en la vena abierta,
quizá lo crea en el pacto y connivencia de minuto aturdido,
díle que yo fui un paso de aprendizaje, un mero espectro de pasión cierta
y el tránsito de un pasado muerto y un futuro vivido.
-
Miéntele.
Díle que no me extrañas, que no me amas, no me sueñas ni me llamas.
-
Díle que no me diste a mí tu alma.
-
VR.
Gladiador.
5 enero, 2011
“Vengo a coser el boton que te falta…
Hilando letras.
¿Acaso no es suficiente dote tus poemas?
¿Acaso existe mejor cimiento que tu alma?
¿ Y fachada? ¿Qué mejor fachada que un corazón?
Porque donde no hay corazón, no existe la nostalgia.
¿Eres periodista? ¿Poeta? ¿Y ahora tambien modista? Por Dios Veronica, ERES LA OSTIA”.
(Ismael, 2010).
A Gladiador del Verso:
Poco trae quien camina sin recoger claveles ni rosas
y ha dejado la ilusión en el pozo de una aldea sin nombre,
poco trae, amigo, quien recoge más que da, sin remuerdo.
-
Poco en tu alma mi verso yo concuerdo,
si tú eres el horizonte de la ensoñación aletargada
yo soy el pasado irritante que te viene azotando,
donde tú siembras la esperanza de vida de ilusiones
yo marco márgenes de doctrina inútil emancipada.
-
Tú brillas el verso magno y yo opaco la rima de poca calidez,
das la vida al embrión de lo imposible y yo acallo el don de lo real.
-
Tiene mi pluma silueta sin esbeltez
y tu tinta una mancha digna de eternidad.
-
Y es por eso, amigo mío,
que yo rezo al salmo ansiado de tu verdad.
-
Y es versículo recto dejar la tinta digna por verdadera amistad.
-
VVRR.
Derechos registrados.
La llaga del recuerdo.
7 enero, 2011
Aún se me nublan, desérticas, las pupilas
al eclipsar el zafiro de tu raza
con la nostalgia que tu ausencia me destila.
-
Aún orillo la saliva de tus besos en mi mordaza
y libo en el recuerdo de tus labios mi derrota,
océano eviterno de mis pústulas y tu melaza.
-
Aún te alegorizo verso a verso, nota a nota,
en epigramas, apneas, llantos y canciones
por distraer el titubeo de mi alma rota.
-
¿Cómo el requiebro de los ciclones
despertó huestes robustas?
¿Cuándo ígneos los tifones
tronaron marejadas justas?
-
Aún extraño la sima sacra de tu rosa,
la hoguera entre rubores de tu piel
y el ornato recio de tu esencia victoriosa.
-
Y no me rindo, no me bastan pluma y miel
para zafarme de este cataclismo.
-
¡Ay infortunio, dolor macilento
que te torna invisible espejismo!
-
Yo que profané cosmos y firmamento
por consagrarte el alma y su abismo,
viví en tu latido y muero en su viento.
-
© “Llagas”.
Verónica Victoria Romero Reyes. VVRR
-

Viste miedo la esperanza.
7 enero, 2011
Viste miedo la esperanza y amordaza la lengua
en su paseo de tarde, confeso, cuando obliga
a la lengua al silencio de la inexactitud más diáfana.
-
Trae la esperanza el traje de miedo que obliga el renuncio,
el rincón de lágrima escondido y el abrazo mustio con uno mismo,
el calor de la palabra fría que muere ahogada en el lago del mutismo
y el escalofrío de saber pasado el instante de decisión sin abismo.
-
Yo, tan poco, esclava de la esperanza y de su traje de miedo,
tengo a gusto saberme arma sin filo y conocerme alma de reniego
a la dignidad de la batalla con uno mismo, en sus mares de trasiego.
-
Vengo renunciando el alma al alba
por callarme el único poema
que mi pecho, encarcelado, mata y salva.
-
Y es el miedo el verdugo de toda mi vena.
-
VVRR.
-

Cuando te vayas.
7 enero, 2011
Cuando te vayas, sé que no tengo privilegio alguno,
y es un favor que te pido abusando de tu buen hacer,
procura que el sueño me venza en su letargo de bruma
y me halle en confines poco conscientes, poco de ver…
-
No me quieras decir adiós porque no oiré una despedida,
y mis ojos cederán a la ceguera de ver en tu espalda
algo que se aleja, -y no quiero perder-
de mí, -si acaso sin ti fui más que la sed-
para siempre.
-
No hablaré por no ensombrecer la voz tuya que se dispersará
ni el talle enjuto de tu figura atravesando los marcos porosos
que vieron la sacristía de mi miel en el relicario de tu maná.
-
No me dejes un último beso porque no consentiré esa afrenta
y mis labios quedarán estériles de sueño en la flaqueza
de una cara que no sonreirá, -para qué-
sin mueca, -quién provocará un gesto-
para siempre.
-
Cuando te vayas, olvídame.
-
Y, alguna vez, cuando el recuerdo te busque,
convócame como alguien que te quiso
y de agua y barro se hizo,
cuando te fuiste,
para siempre.
-
VVRR.
-

Ya no es suficiente.
10 enero, 2011
Ya no es suficiente el trapo de sangre y lazo
que me viene abrigando el frío de derrota
con márgenes de sueños que nunca fueron
más que gota de un río y de un todo, un pedazo.
-
Tampoco es suficiente el aire que acude a mis enfermos pulmones
cuando, ineficientes, me demuestran que soy polvo de un día,
o de una noche, una tarde, o de un espasmo triste sin voluntad
cuando es química el Caronte que me devuelve a la orilla del vivo.
-
Con avisos de muerte y muy pocas razones.
-
No me parece justa receta conocer del Amor y su esbozo
si el último papiro no puedo ser yo: no es suficiente querer
cuando el Amor es piedra de ida que nunca vuelve en su lanzada.
-
Ya no es suficiente que respire el Pegaso en la alborada
si Belerofonte no emprende el galope justiciero en su nombre
y la distancia hace del día un siglo en una pobre cabalgada.
-
Tú, Pegaso, eres la lágrima única del sollozo en la almohada.
-
No es suficiente al ojo mío la batalla tremenda de hacerse hueco
cuando a cada flechazo se deja el cuadro de la piel en la enmienda,
y sin remiendo, se avanza con poca fuerza y poca cubierta.
-
No me basta ver el esfuerzo sin recompensa
ni el agua en el perfil del ojo que amo
ni la desesperación en la voz que me llama.
-
Donde todos son el lobo, yo soy fácil presa.
-
No me parece suficiente dar el alma en quehaceres
que la Vida misma me devuelve con pedradas
ni plegarme el propio jucio en ajenos vaivenes
que nada sintieron en mis rimas acentuadas.
-
Yo ya no tengo nada que decir
que dicho no haya quedado.
-
Es triste saber que soy parte del todo perfecto
y no se atienda a tal cuestión en preferencia.
Siento yo haber hecho de Poesía un argumento recto
cuando de tantos nunca fue poso ni su esencia.
-
Así, en tal manera, devuelvan el silencio al trono,
la mordida de espíritu a la pregunta del que quiere
y el mohín mudo ante el sentimiento de quien se desnuda.
-
No hay dolores con cura, desdenes sin orgullo
despedidas sin temblores ni amor sin espinas.
-
Y si no les parece suficiente la Vida en su agonía
procuren que nadie advierta en su risa,
la melancolía.
-
VR.
Derechos registrados.
-

Tras la sonrisa aparente.
22 enero, 2011
“Me fijo en los detalles pero mi manera de vida no es la correcta. Un segundo particular puede alumbrarme semanas de angustia.
Alguna vez me equivoco y suelo llorar a escondidas. Y sé que lo correcto es pedir perdón pero el orgullo me lapida los labios.
Duermo en la noche y la vigilia es mi compañera de mañana y tarde. Tanto convencionalismo llega a desesperarme. Hace lunas que no padezco de ese insomnio que me inspiraba el alma negra. Creo que he llegado a echar de menos comerme las uñas en mi gesto ansioso y contemplar su cuerpo dormido sobre la cama.
Me habla de sus sueños y deseos con ojos inundados en esperanza. El mío no está decidido. Soy ave de paso en las circunstancias diarias y perduro con poca impronta. Yo circunscribo mi futuro al paso de mi tiempo en sus manos.
A medianoche las brujas y duendes se acomodan en el sofá y quiero tocar su piel, para saber que es real y no el espejismo gratuito que me regala el ansia de haber esperado durante décadas. Es su risa mi voluntad en el pulso diario contra la Vida.
No he llegado a decir en este tiempo que no tengo más enemigo declarado que saberme respirando un aire que no me pertenece. Porque ni es mío ni lo pedí ni lo quiero. Tampoco lo gané en una batalla oscura donde tuve que dar todo de mí. Me vino regalado de manera usual, cómoda y predestinada. Puede decirse y poco se mentiría que mi madre parió un monstruo condenado a alimentarse de sábanas de recuerdos que nunca existieron, presuposiciones que lo declinan a posturas arrodilladas y consciente de sus taras físicas y emocionales”.
- Señor, le llaman por teléfono.
- ¿Quién? ¿No ves que estoy ocupado?
- Su señora.
Aparta con desgana el teclado. Recoge el auricular y lo lleva a su oreja.
- ¡Hola, mi amor! ¿Qué tal todo?
- ¡Bien! ¿Cómo estás? ¿Me echas de menos?
- A cada segundo pero ya vuelves esta tarde. ¿Qué tal París? ¿Te ha gustado?
- Sí, es muy bonito. Pero cogeré el avión de las 07:35. Llego mañana.
- ¿Y eso?
- Esta tarde tengo que presentar dos de mis esculturas a un mecenas particular que cree que puede financiarme toda una exposición…
- Ahm… Bueno, lo primero tú, ya sabes. No me molesta esperar unas horas más.
- Por eso te quiero…
- Y yo a ti…
Un gran silencio incómodo se hace el rey del despacho.
- ¿Celedonio?
- Dígame señor…
- ¿Cómo se llama el amante francés de mi mujer?
- El francés se llama Marco, señor. Pero está aquí. Creo que su señora está con el muchachito joven, ése de la tienda vodafone en la que usted le compró los móviles. Un tal, déjeme pensar… ¡Aurelio!
- Ahm…
- ¿Quiere que le mande un reloj, señor?
- No, déjalo. En cuanto saben que conozco de sus debilidades, abandonan a Laura y se tiene que conformar conmigo.
- ¿Y por qué aguanta esto usted, señor?
- Porque la quiero, Cele…
- Tiene usted una manera muy extraña de querer, señor. ¿Le puedo hablar con franqueza?
- Por favor…
- Yo creo que ella a usted no le quiere. No lo respeta.
- Ya… Pero el caso es que yo sí la quiero…
- Sí, señor.
Atrajo el teclado hacia él. Abrió el documento y decidió abrir uno nuevo.
“Aquel día me dijeron que ella no era buena para mí, que adolecía de un libertinaje manifiesto y yo no entraba en su canon de pareja estándar. No creí más que en sus labios y sus promesas. Y me hice el ser más afortunado del mundo. Y hoy, cuando todos los vaticinios se han cumplido, donde cualquier hombre encontraría la traición y la derrota, yo tengo sus manos aferrando mi pecho cuando duerme. Sigo siendo el hombre más afortunado de la Tierra”.
VVRR.
Ven.
15 enero, 2011
Ven, que tengo el alma despojada de armadura
y sólo el tejido de la túnica del amor envuelve
el corazón que aquél día llenaste de amargura.
-
Ven y encontrarás dos almas rotas y sin sables,
dispuestas al golpe sin mesura con nula razón
y amansadas con el recuerdo de las ideas amables.
-
Ven y despójanos de los remiendos de fe
que aún hoy nos decoran el pecho descubierto,
y quítanos también lo que ya ni tenemos:
el hambre de ellos y de su alma eterna, la seca sed.
-
Ven y enfréntate a su trono de hombre prematuro,
a su cetro de noches de mimo y cuidado, en vela
y sus ojeras de hijo ejemplar y humano de nombre.
-
Ven, que ya tu ambición no hay lealtad que escombre
ni paladar que deje seco con salitre de lágrima muerta.
Ven y encuentra dos corazas vivas de mirada tuerta
que seguirán en pie, erguidas, mientras el Sol las asombre.
-
Ven que ya no hay escudo que nos proteja ni daga en el tobillo
podremos sacar ante la amenaza que nos vienes prodigando;
ven y decide tú si merece la pena matar a ese chiquillo
que dió la vida por una muerte anunciada a destiempo.
-
Ven con ese veneno que quebró el milagro de la vida,
saca todas tus armas de ambición y vanidad sin mesura,
abrasa el escozor donde más duela y quémanos la herida.
.
Tenemos la batalla de antemano vencida:
yo adoro su valentía y él mi cuerda locura
y es vano querer derrotar la ilusión ya abatida.
-
VR.
No merece poema.
22 enero, 2011
“En sangre y en tesoro, la amargura
de los días se paga
imperceptiblemente.
En gotas no se cuenta, ni en monedas.
En palabras tampoco.
La fábula difícil de mis días
no merece poema”.
(Juan Antonio González Iglesias).
-
Qué pena no haber legitimado mi promesa en un beso
ni haber dicho “hasta luego” en lugar de “adiós”.
Qué pena no ser en él lo que él – puro y cristal- es en mí
y no ser el verbo de la oración que no se pronuncia.
No se hace canto, no se hace eterna…
-
Qué pena no ser el bautizo de alma y sí el sacramento renovado.
Qué pena no haber enjugado aquella última lágrima,
no haber visto aquella alma partir a Cielos desconocidos
ni escuchar mi nombre a bramidos en esa hora de esa noche.
-
Qué pena las distancias, los reproches, las nostalgias
y las melancolías que mecen las hipnosis menos cicatrizadas.
Qué pena no saber si tú te pierdes en mil acordes de recuerdo
cuando yo lloro buscando los detalles más desgajados de mi memoria.
-
Qué pena descubrir un nuevo sol cuando el secreto tú no lo compartes,
qué pena respirar un aire que no es mío cuando tú no lo respiras,
qué pena buscarte en las mejillas que secan mis llantos de ojera cansada
y en los brazos que me calientan las tiriteras de ti cada día por cumplir.
-
Despertar es una batalla, siempre perdida, nueva llaga
y marcada cicatriz, renovado suplicio para encontrar lo perdido.
profanar lo sagrado, sacralizar lo vacuo e inane y despojarme de superstición.
-
No merece poema el trote inadecuado de niña que no sabe dónde va
aunque resista el vencimiento de las tierras que le dan cobijo,
ni la ilusión pasajera de la mujer inocente que se piensa corazón
en un pecho ajeno incrustado que ama y canta y cuida y adora
cuando duda es la aguja del reloj marchito de cada tiento y cada hora.
-
Qué pena no merecer de poema ni lance ni canto
ni ajusticiar un nudo con una sextilla de doble sentido.
Qué pena latirse, secamente, y sin estridencia alguna,
para saberse pulsación una vez más de un esporádico latido.
-
Sin ruta, con mancha y sin sentido.
-
VVRR.
“A pero hambriento, todo le son magdalenas”.
Derechos registrados.
Casi no hay verdad.
22 enero, 2011
Casi no hay verdad,
contigo,
para sentir el abrigo de la historia,
arriesgarse a la memoria,
que fue en ti sin mí, una apóstata,
por arrimar la total entrega,
la fatiga que extenúa,
la tempestad de truenos más duros,
o la necedad de aquella que ve en tus ojos el único camino.
VVRR.
en la loa de tus encantos pasajeros?
Aquel hombre.
22 enero, 2011
Aquel hombre, niño adelantado,
que se hace llamar sangre de mi vena,
es un dios caído del Olimpo.
-
En el trono de quien ya no pierde nada más que la vida,
dirige las huestes leales al enemigo acérrimo
y regala dulce voz y sinceras intenciones.
-
Poco ganará quien ya todo lo perdió
pero atiende la batida ajena como propia
y cede al sueño de lo venidero
lo que antaño fue su consagrada fortuna.
-
En el cinto no lleva sable ni espadaña
ni guarda su rostro con metales pesados,
no tienen clavos sus sandalias
ni armadura alguna le cuida la entraña.
-
Desnudo y sin trajines de bufón
acompaña el paso que le tocan
y encara lo adverso de la suerte
con sonrisa infantil y de peso fuerte.
-
Puedo yo deberle la vida que me acoge hoy
mas nunca pedirá el saldo de la cuenta
que le viene adeudada, años ha, a su favor.
-
Y yo, que me guardo con mil aceros, tras un telón,
admiro su rostro de infante sin doble fondo
y sus nudillos cuarteados de callo por el tercero.
-
Porque siendo el anónimo vencido,
es el héroe de tantas batallas que yo quiero.
-
VVRR.
Derechos registrados.
Y ahora, niégale.
22 enero, 2011
28 de diciembre de 2009.
Y ahora niégale que esos ojos que lo escrutan todo a su paso no son los suyos.
Dile que su verde opacado de trabajo exhausto no es la pupila que clama la venganza y la boca que pide la sentencia.
Con valor medroso y mentira flagrante dile que las venas erguidas del torso de sus manos no son el agotamiento de aquellos dedos hartos de trabajar para dar sustento a su linaje. Miéntele y asegúrale que su locura es un duelo mal sanado y que no es su dolor acumulado lo que lleva tatuado en las sienes pulsantes. A ver con qué cojones vienes a decirle que la vida sigue y que la ley de la carne amortaja antes a unos padres. ¿Con qué cara la miran entonces los viejos mayores de cinco décadas? ¿Vienes a escupirle una incierta verdad que sólo los que no han sentido la falta de sangre en las venas, aseguran? ¿Qué ley de vida? ¿Qué “cosas de la vida”? ¿Eso es la ley? ¿Eso es ecuanimidad? ¿Por qué sus padres no son abuelos? ¿Por qué no están? Y ¿Por qué lo ves normal? ¿Por qué no te duelen a ti? ¿Por qué finges que les hablas?
¿Qué? ¿Es más fácil decir que se ha vuelto loca y sólo vive para recordar?
¡Qué cómodo aseverar que su duelo es funesto y la depresión la consume!
Vamos a hincharla de mirtazapina para que el olvido le procure analgesia.
Pobrecita, que no tiene remedio, que no puede continuar, que amontona papeles contando su elegía y se aleja de todos los que quieren procurarle una familia de repuesto.
Que no sale, que no come, que no entra, que no atiende ni cuida su cárcel de piel y hueso, que vive para escribir morralla que nunca se leerá. Que se sonríe cuando se mira al espejo, que bebe café y fuma como camionera para ver si pulmones o hígado dictan veredicto pronto.
¿Para qué la animas si amontona consejos en la escalera de la inopia?
¿Aún no percibiste que tus bendiciones y buenos deseos son la papelera donde ella vierte lo que cree innecesario?
Claro que está cabreada. Puede que incluso loca. Pero si la locura es ver a su madre en la cocina y a su padre durmiendo la siesta en su sillón, prefiere estar chalada. Pregúntale. A ver qué te dice. ¿Por qué no la dejas con su soledad? ¿Le has preguntado alguna vez si quiere salir de su pocilga de recuerdos y sus papeles amarillentos por tiempo y lágrimas? ¿Crees, en verdad, que un puñado de billetes libres de impuestos o un coche la va a sacar de su mierda? ¿Te has percatado de que su propia soledad es su más ferviente amiga, la única convidada en sus dominios?
Sólo ella, en y por ella. No quiere más. De nadie. Nunca más.
Déjala seguir a su manera. Sin timbres, sin puertas, sin llamadas. No va a abrir nunca más. No cogerá las llamadas. Está esperando su último poema. Cada día llama a su Musa para que rubrique su prólogo. Así continuará un tiempo indeterminado. Hasta que el espacio la obligue a decidir su pervivencia o su epílogo. No concibe el pentagrama de lo cotidiano sin letras que adornen la vitrina de sus madrugadas. Y todas las construye en homenaje a aquellos que se fueron. No las vuelve a leer una vez escritas, acaso corrige las tildes. ¡Tildes! Ese gran enemigo de la adolescencia actual. Cómo se le entristece el espíritu cuando ve mal escritas las palabras “ahí”, “hay” o “ay”…
A veces se aprieta la teta izquierda intentando estrujar su corazón. “Párate, cabrón”, le dice. Y ve reflejos etéreos donde antes sólo había vacío. Los efímeros hologramas imaginarios son cada vez menos frecuentes. Las personas pasan por su cabeza rápidamente, en instantes limpios donde los recuerda con una nitidez casi prodigiosa. Tantos por querer y tanta mella en la dentadura del pago inmediato.
“A algunos nunca les podré pagar…”
¡Y ellos están! Ni cerca ni lejos pero los ve. Los atiende. Los siente.
¿Acaso se muere por no estar cerca? ¡No! Es pesadilla escuchar sus argumentos. Agota hasta al más paciente interlocutor. “¿No ves que es una señal?” Una vez más abre la puerta a su locura. Y le prepara café a su padre. “Si no te lo vas a tomar papá, me lo tomo yo…”
Estará cada día en su sitio. En aquél que considera apropiado. Limpiará el baño porque su madre “se lo pide”. Y hará café en la sobremesa porque a su padre “le es imprescindible”.
No le preguntes más por qué habla sola.
No está hablando para sí.
No está loca.
¿Vivir de sueños acaso es rendirse? ¿O es engañar al Destino haciendo de cada anochecer una meta? ¿Sabes cómo aguantan sus pies tanta línea trabada? ¿Acaso unos bronquios enfermos hicieron tanta carrera, ausentes de broncodilatador, sin medalla que ganar, en tu nombre?
¿Lo ves? ¿Puedes ahora verla?
Es una puta acróbata. Cada día se lanza a la cuerda sin red.
Por ti.
Y si no se cae… es por ti.
Concédele ese aplauso callado, el que ella no quiere ni espera. No le digas que sabes que eres su único credo.
¿Sabes cuántas veces pronuncia tu nombre a diario? ¿La viste mirando tu foto marchita y autoconvencerse de que eres las alas que la harán volar?
Cómo sonríe…
La muy cabezona aguanta esta cruz porque tú lates y esperas algo de ella. Y porque tú lates, ella no se detiene. El día que tú te regales la felicidad, ese don que es sólo para ti, ella encontrará su camino.
Déjala ahora ahogarse en sus subordinadas y yuxtaposiciones de alma. Dale esperanza de minuto.
No se va a detener aunque lo parezca.
Un voto de confianza.
Mañana se calará en las mallas y volverá al circo.
Así puede respirar. Y tú eres su aire.
“Ella”
Verónica Victoria Romero Reyes.
Derechos propios. Registrados.
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Me preguntas si es por ti el verso que yo escribo.
22 enero, 2011
Me preguntas si es por ti el verso que yo escribo
y vienes a darme las gracias cuando gracias son todos tus dones
en la vida que se hace llamar camino hecho y camino mío.
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¿Cómo dudas que sólo un hombre alumbra la vereda de mis cantos
cuando sólo un hombre entero y alumbrado por dioses me vino a batir
las soledades de noches sin nombre y los días de alarmas tempranas?
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¿Cómo tú, tan grande en gracia y tan bautizado de bondades
puedes dudar del sublime tronío que acompasa tu paso
en las tardes de ruina y cariño ajeno y tardío?
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¿Cómo tú, tan noble en gesto y acto, en efecto disimulado,
tan alto a pequeñeces mundanas, dudas del elixir que te corretea la vena viva?
¿Dónde dijeron que tu nombre no era sinónimo de grandeza y humanidad?
¿Quién dudó un segundo que tu estela fuera de tantas almas, la salvaguarda?
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Yo, cuando oigo tu voz lejana, siento la llamada de la Vida,
la jaula del que espera y renace en olvido y el deseo de hacerse persona.
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Yo creo en mí porque tu fe me hace inmortales las dudas de mí
y crezco en la bandera de esperanzas que tú cosiste en tus amarguras
para proteger a quien creiste más indefenso, más endeble y más cobarde.
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Yo te debo el aire que respiro, de nuevo,
la noche en su relente para el recuerdo
y tanta savia nueva de renovada niñez.
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Yo te debo tanto y tú me pides tan poco
que queda la deuda garabateada en aquel Cielo
que tú y yo, un día, hicimos juego prematuro de adultez.
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VVRR.
Derechos registrados.
No merece poema. (via Pluma Salvaje)
29 enero, 2011
via Pluma Salvaje
¿Meletea?, ¿Mnemea?… ¿Aedea?.
29 enero, 2011
En alguna tarde resulta totalmente infructífero invocarlas.
La inspiración, en su forma poética “la Musa” es un aire esquivo, caprichoso y, en ocasiones, sordo.
Para quien concibe la escritura como terapia, como refugio, magia o sortilegio de semana, no encontrarlas supone un desbarajuste estructural, casi orgánico. Si comienza la semana sin parto alguno se sentirá ese vacío cruento de sentirse falto de esencia.
He probado hoy con muchos nombres. Tradicionalmente se llama a Meletea, a Mnemea y a Aedea.
Para un poeta ésta última es indispensable. Pero se completa con las dos anteriores.
Meletea es la meditación, el acto introspectivo, la contricción alguna vez… Es el pensamiento cognitivo, cuestionado una y mil veces, reflexionado y replicado hasta la solución.
Mnemea trae la memoria, el recuerdo, la hipnosis de pasado y la explicación al hecho presente. Trae experiencia y conocimiento de la mano.
Y Aedea, esa gran estilista de la palabra, pone voz, pone canto al experimento de encontrarse con uno mismo, a solas y siendo parte de un total que pudiera ser, en multitud de pronósticos, sinónimo de infinitud.
He de confesar que Meletea es mi compañera a diario. Mnemea me ronda en ocasiones puntuales y Aedea suele esconderse cuando más preciso de su presencia.
Hoy no han aparecido por aquí ninguna de las tres. Y tenía cáfé y galletas para una larga tertulia. He limpiado la casa para que se sientieran más cómodas. Pero no. En ninguna ocasión me quisieron dejar su número de teléfono. Me bastaba un fogonazo de pensamiento libre y no insinuado para escuchar el timbre en la puerta.
Solían llegar de sopetón, nunca avisaban y se instalaban en tropelía verbal en el sofá de la casa. Hablaban entre ellas y yo las escuchaba.
Meletea solía darme el coñazo planteándome disertaciones de difícil réplica y llegando siempre a las mismas conclusiones que derivaban en un antropocentrismo muy relativizado y en pentagramas de discusión bastante paradójicos. Escucharla era enredarme la cabeza con conceptos de dos soluciones, muy ambiguos, problemáticas que se resuelven de mil maneras (y todas muy acertadas y éticas) y conclusiones demagógicas demasiado globalizadas y, en exceso, repetitivas.
Mnemea no llega nunca a cansarte si está de buen humor. Entre los prodigios que la ensalzan como Musa, está esa fantástica cualidad de traerte al presente el momento que se quedó en ti como esculpido a perpetuidad. Es muy fácil con ella revivir aquel primer beso nervioso, ése día de colegio en que te pasaron de lápiz a boli o esa carita de tu madre diciéndote adiós con la mano mientras tu autobús se alejaba. El defecto de Mnemea es su persistente oficio de decirte continuamente que han sucedido cosas que tú, simplemente, quieres olvidar. Y cuando viene pesada, que viene, puede llegar a convencerte de que el recuerdo sólo es un mecanismo más de escarnio y mutilación propia.
Aedea, en cambio, es el ente plácido, el plano que todo lo oye, todo lo ensambla y todo lo dulcifica. Me consta que calla más de lo que dice, hace luces las sombras y procura reparo de duelo y menoscabo a sus dos compañeras. Se refugia en la sinestesia para explicar lo que se siente no de manera física, en la metáfora para ahorrar riesgo en el avance de la debilidad y en la hipérbole para dar cabida a toda aquella emoción que no puede circunscribirse en un léxico común.
Se llevan bien entre ellas.
Meletea filosofa, profundiza y Mnemea puede aplicar el análisis a un recuerdo, a una experiencia o a una progresión de acontecimientos, sentimientos o emociones. Aedea lo hace una oda, una elegía o un relato…
Las extraño hoy.
Como me considero una persona leal prefiero pensar que Neilo, Tritone, Asopo, Heptapora, Achelois, Tipoplo y Rhodia no son más que ellas con otros nombres.
Y prefiero seguir llamando a las mías y no caer en una traición momentánea.
Supongo que estarán descansando de mí.
Y habrá que dejarlas a su aire.
(Al menos, hoy).
VVRR
Derechos registrados.
Para ser como son.
5 febrero, 2011
Para ser como son, y poco aplauso merece,
la burla a la inocencia es un menester
de filos dentados, doble tajo y punta roma.
¿Son caras de la misma moneda sentir y querer?
-
Hay que dejar de concebir el detalle,
efímero y perpetuo, como el milagro
que acongoja, vivifica y embravece.
Quién, como yo, en la ausencia te rece…
-
Hay que tarar a mordiscos la mirada del alma
y pasear el ojo de la cara de la mano de la razón
más absoluta, evidente e hipócrita. ¡Fustazo!
No tengo más mácula que aquel arañazo.
-
Hay que dejar de soñar para morir y embarcarse, a solas,
en el ágape incombustible del albedrío que dolerá, la intuición,
el capricho y la excusa que sabe a rutina y es nulo tino.
En desatino yo fui quien limpió de piedras tu camino.
-
Hay que cercar el dolor y creer que pasa mañana,
saberse enemiga de garganta y sentidos
y, aún derrotada, agilizar el paso ante los leones.
-
De pie, invicta.
-
Que no hay mayor prueba de amor
que acudir cada noche a la batalla
sabiéndose falta de armadura y espada.
-
VVRR.
Non plus ultra.
Derechos registrados.
La profeta.
5 febrero, 2011
- Muy bien, ya te llamamos…
Cerrar la puerta y saber que es una mentira. Como otra cualquiera.
- Qué carro llevo, qué carro llevamos tantos… Qué cabeza tan mala, qué vida tan tonta…
A medio camino a ninguna parte, destino muy solicitado, un papelito colgando en la mano.
“Lola.
Mediúm, vidente, profeta.
Veo su futuro”.
La mano al bolsillo. Treinta y dos euros, el bono-bús y un chicle masticado.
Monedita de dos euros a la cabina.
- Hola, buenas tardes. ¿Lola? Para pedirle cita…
Siete y media de la tarde.
Tumulto de viernes. Caras que, sin mirar, escrutan. Vehículos estancados. Frío y lluvia absurda, ésa que cae, parece que no moja y empapa hasta el alma. Una dirección, dos ganas y tres anhelos.
-
Lola envuelta en una túnica. Lola da la mano. Lola se mueve como una serpiente y mira de reojo.
- ¿Jomío? ¿Cuántos años tienes tú?
- Treinta… ¿Aparento más?
- ¡Ojú! por lo menos cuarenta…
-
Pensamiento cruzado: “No se si verá el futuro pero sincera es la señora ésta…”.
-
- Siéntate hijo mío… ¿Qué quieres saber?
- Un poco de todo…
- A ver, corta la baraja…
-
Dedos entumecidos por el frío que juegan en la mesa del destino. Una cabeza que no está. Otra que quiere ver. Sin conexión.
Y empieza la tirada.
-
- ¡Mira! ¡El loco!
- ¡Oh! ¿Qué significa?
- Jomío… es la libertad de espíritu, lo que no se compra con dinero ni halago ni “ná de ná”. El incomprendido feliz, el que olvida la norma, el vagabundo , el transgresor…
- Muy bien… ¿Pero voy a encontrar trabajo?
- Uys “saborío”, yo veo lo que veo, tampoco soy un informativo…
- Coño, pero no me digas chumineces. A lo concreto, joder…
- Pues que vas a encontrar trabajo.
- ¿Cuándo y dónde?
- Veo, veo… ¿Tú a qué te dedicas?
- Yo soy ingeniero de canales, caminos y puertos.
- ¡En tu rama! Te vas a forrar en breve… ¿Tú estás “casao”?
- Sí.
- ¡ Vas a tener dos niños, hembra y macho, muy sanos y muy fuertes!
- ¡Ah! ¿Y todo eso lo ves en una carta?
- Yo veo más, mucho más… ¿Qué más quieres saber?
- No sé… ¿Voy a ser feliz?
- A ver… Concéntrate… ¡ El ermitaño!
- Uys, eso suena muy mal…
- Que no… Es la búsqueda de la paz interior…
- Dímelo en cristiano que no te sigo…
- “Pos ná”. El universo material te parece descolorido e insignificante. ¿Tú has “querío” ser cura al guna vez?
- No que yo me acuerde… Sigue, sigue…
- ¡El carro!
- ¿Eso es bueno?
- Tu oportunidad va a llegar ya.
- ¿En qué sentido?
- Vas a tener al amor de tu vida, el trabajo de tus sueños, te vas a morir de muy viejo, muy viejo y vas a ser más feliz que una perdiz…
- ¡Qué bien!
-
Treinta euros en la cesta de la entrada. Una sonrisa de oreja a oreja.
Un hombre nuevo que llega a su casa, besa a su mujer y le asegura que todo está muy bien.
Una respuesta de minuto, un engaño de días y una ilusión de semana y media.
Hasta que la memoria juegue la mala pasada de la inmediatez.
Y ya no habrá más que un profeta en un agujero, un sueño convertido en pesadilla y otra persona, hermana, que no tiene ganas de levantarse.
-
VR
Artículos.
Resulta que…
5 febrero, 2011
Resulta que hoy el Sol se cuela por mi ventana y acalora mi mejilla izquierda mientras escribo. Tantos días de lluvia cuento en esta casa que, aún no gustándome el calor, puedo llegar a recibirlo como una bendición que no obedece a orden ni prerrogativa. La Vida me sorprende.
Y lo hace así porque nada es casual y yo misma habilité este espacio para mí y mis rumiaciones. Yo puedo notar lo que provoca en mí y no dejo de verlo como un milagro. Me importa poco que para muchos sea un día más y no se paren a pensar que todo es un nuevo cántico de eternidad. Yo soy tonta, sí. Pero mi manera de sentir, tan anquilosada, tan sensible y tan estúpida, me permite creer que los sueños se cumplen. Hay maneras menos dolorosas de ver el acontecer de cada giro, más paradójicas y menos humanas. Pero a mí no me dice nada.
Resulta que, aún sabiendo que es enjuiciable y es muy impropio en mí, me he acostumbrado a pasar mis horas malas en compañía de alguna cerveza, mucho tabaco y pensamientos que me hacen daño. Pero que no logro olvidar. Y me vienen enterrando las ganas de cumplir aquellos sueños que, un día, siendo yo tan joven como la uva temprana, pude vislumbrar como fin de mi existencia.
Hace años, cuando era adolescente, encontraba paz en la Literatura, en ese remanso de letra y guión que daba explicaciones a las preguntas que yo formulaba. Tampoco sabía del Amor en su vaivén, de la frustración, la decepción y mil escuelas más. Son más de veinte años construyendo en metáfora lo que me viene pasando. Para mí era la manera justa de canalizarme sin hacer obviedad los fantasmas que me vienen visitando. Porque nadie merece calvario ajeno y es una falta de dignidad descubrir el alma, las intenciones y dejar en evidencia el hematoma que te han dejado los golpes.
Estoy amargada. Ya no me queda más que reconocerlo. Porque el tiempo, el año absurdo y cada mañana que mis párpados abren la vista a un nuevo dolor, han dejado de parecerme algo que valga la pena recorrer.
Mi lealtad a la Vida, (a aquéllos que son mi vida) me obliga, hoy, a declararme en huelga (de hambre, sed y principio) y ser sincera. A pocos puede importarles mi historia por anodina, común u ordinaria en todo su planteamiento. Pero yo la viví y me hizo como soy. Y ya apenas me están quedando las ganas suficientes de hacerlas un relato enmascarado.
Algunos días se me hacen eternos y las noches no me ayudan. Recurro a los fármacos para dormir, a Internet para distraerme y al silencio para no declararme una discípula de utopías no probables. Ahuyento, en ocasiones, los espectros del Destino, cocinando para quien sabe que cocino con motivos concretísimos. Y poco ya me sabe a esperanza, a ilusión o a futuro. Antes sí. Quimera pasajera.
Una alegría en mí dura un minuto y una pena más de mil vidas. Llevo años enemistada conmigo misma (las batallas han llegado a ser largas y cruentas) y sé que mi primera enemiga soy yo.
Yo nací hace treinta y dos años. Algún mes y día más. Me dijeron que asomé la cabeza para volver a meterme en la guarida de mi madre con los ojitos cerrados e ignorando el dolor físico que la rondaba. Me contaron, asimismo, que, cumpliendo yo veintisiete añitos de cuerpo, que no de alma, ella se fue. Yo no sé si obligada o no y tampoco busco yo, ni ya, las causas. Quiero suponer que mi falta de autoestima vino a mí el día que decidieron que hacía falta en otro sitio. Tampoco cuestiono mucho estas circunstancias. Al momento tuve ganas de venganza, luego de olvido y hoy, de nada.
Mi madre siempre ha estado al margen de la realidad. No era de este planeta (la tuya tampoco), no se sometía a los cánones establecidos y nunca se equivocaba. Las madres ostentan esa categoría de diosas que no alcanzaremos ninguno, nunca. Se hacen eternas y compañeras. No las ves hasta que no están. Pero, cuando faltan, no dejan de estar contigo. Es magia. Es tu madre.
Me acostumbré a la vida que tenía. Una pareja, dos hijos míos sin nombre legal aparejado, un hermano que daba su alma por la mía y un trabajo que cubría mis expectativas formales de proyección laboral. Poco más. Una vida cualquiera pero trascendente.
No me queda más que saber que con sus ojos yo puedo mirar y con su corazón yo puedo sentir. Y como la tengo en mí, en cada segundo, he decidio no reprochar al Tiempo y el Dios que todo lo rige una ausencia que, quizá, estaba escrita.
Algún psicólogo me dijo que un duelo dura cuatro meses. (Previo pago de sesenta euros). Y yo me reí aquel día. Pero más puedo reírme hoy. Ya no pago aquellas diez mil pesetas para escuchar lo que ya sé. Supongo que esto es crecer.
Luego todo se precipitó. Mi padre enfermó gravemente. Y la lidia de mi hermano era mi batalla. Muy claro nos dijeron que se moría, con esa terminología barata e inconclusa que pretende decirte “sí” cuando es “no”. Perdí la fe en la Medicina aun sabiendo que no eran los culpables, perdí la fe en la Vida cuando veía a mi hermano llorando porque una ambulancia tardaba o un medicamento que habíamos aprendido a suministrar, no quitaba el dolor de mi padre.
Aprendí el oficio de la efermería siendo un ser, eminentemente, de Letras.
La primera vez que pinché a mi padre, todo me temblaba.
Cuando lo vi dormido, ajeno al mal que lo comía, me dije: “Olé tus cojones, acabas de engañar a la Muerte”.
Luego, y muy a mi pesar, no fueron más que episodios. Yo le pinchaba, él se dormía y aquélla, tan altanera, venía a decirme:
- “Chica, apúntate esta medalla. Pero yo vuelvo en ocho horas. Y éste no se me escapa”…
Y aprendí a tenerle miedo a aquello que va a pasar.
Mi padre se fue. Quiero creer que mi madre lo reclamaba.
A veces , no. Y yo sé por qué.
Yo tenía veintinueve añitos, (y muy pocas hostias a la espalda), un hermano que era mi vida y una baraja destrozada. Muchas voces que decían: “Para lo que necesites, ¿eh?” y tres llantos cada madrugada. El de mi madre, el de mi padre y el de una personita que era toda mi voz.
No recuerdo bien cómo pasaron aquellos meses. Yo quería morirme, sin más. Mi cuerpo se descontroló. No pedía comida, no pedía sueño y no pedía nada. Mi mente se limitaba a escocer. A veces yo volvía a mí. Y me costaba. En algún intento recordaba lo que quise ser y lo que quisieron que fuera. Pero algo en mí, claro, diáfano y sentencioso, me decía que ya no había más.
Me olvidé de mí.
Una noche un deseo de vida me rondó. Y me sumergí. De lleno, de facto y sin pensarlo. Súbito y eterno. Único y último.
A día de hoy ya tengo dos razones.
Aquel personaje de ojos tristes que lleva mi sangre y es mi héroe, mi Biblia y mi fe y esos ojos infantiles que me dicen que nunca me aleje
porque yo, en mí misma, soy una razón de vida.
Y bueno, no sé si mañana el mundo habrá cambiado, si aprenderemos a ser parte del todo y sentirnos algo perfecto en nuestra imperfección continua…
Pero yo voy a levantarme mañana porque a ambos, les debo la Vida.
Y ambos son toda mi Vida.
VR.
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Tú, perfecta imperfección.
5 febrero, 2011
¿Cómo osaste en mi día de noche oscura
hacerte luna y hacerte estrella,
bálsamo de herida y cuna de niño
donde descansarme el alma perdida?
-
¿Cómo pudiste robarme el saco de desconfianza,
la pesadilla que se rumia y es vigilia de mañana
y la promesa de no darme al eco de vida que me rondaba?
-
¿Dónde buscaste tú algo que nunca intuiste,
ese espacio de renuncia y contención que nunca, en ti,
fue más que preludio de una historia que jamás se contó?
-
¿Cómo la tonta en firmeza y abrazo puede creer
que tú dejaste el corazón en su sollozo
cuando tres mil lágrimas sin alma hicieron en ti su esbozo?
-
Mira a la estúpida, enamorada por primera y última vez
y dile en tus labios, que fueron de cien, que no hubo beso
que te quemara y gangrenara en espíritu la piel.
-
Dile que lloras cuando ella lo hace y revienta la entraña
por no ser singladura primera en la comunión de un deseo.
-
Dile que tu corazón es preso, verdugo y es reo
de la condena de conocer de una sangre cualquiera
que dejaría el cauce que le da nombre, por ser afán,
ser desembocadura, caudal mediocre o mera ribera
del agua que nunca tuvo y, sin ser, es marea de su vereda.
-
Miéntele hoy, y dile, tal vez, que tú la esperaste
como ella supo hacerlo contigo.
-
Miéntele, y dile, tal vez, que sólo ella supo ser
la historia eterna de tu destino.
-
Miéntele, y tal vez,
ella construya su hogar en tu flequillo…
-
VVRR.
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Puede que sí.
6 febrero, 2011
Puede que sí, que permitiera
el juego tuyo de amarte yo.
-
Y dos pronombres no me exculpan.
Aún siendo personales y siendo posesivos.
-
Paradoja.
-
Puede que sí, que me sea más fácil escribirlo
a decirlo.
¿Gritarlo? Poco pienso que pienso poco.
-
Un juego de palabras no me sacia.
-
Sed.
-
Y sí, puede que sí robara de ti
lo que a tus ojos fue invisible,
a tanta mirada escondido,
hasta que yo pude tocarlo.
-
Una condena en tu cárcel es castigo benévolo.
-
Precognición.
-
Que sabe el que muere razones de su marcha,
porqués sin respuestas y cuándos presumidos,
sabe de paradoja y sabe de sed, de lenguajes
que no se someten a la palabra y son siervos,
escuderos o vasallos del monarca del pecho.
-
Sabe el que se va por qué se va
y sabe cuándo, dónde y por quién.
-
VVRR.
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-
Me late marzo en las venas.
6 febrero, 2011
Me late marzo en las venas.
En las manos que buscan
un nombre de ángel se me enreda.
-
El tiempo no pasa ni es cadena
y no me ahoga cuando está conmigo.
Su galope cruza por aire mis abismos.
-
Se me destrenza entre fuegos
y sabe matarme en sus cenizas.
Y luego me arde marzo en las venas.
-
Quédate aquí, entonces,
y no impidas mi brazo torpe
en el disimulo de apresarte,
tan lenta y dolorosamente,
y dejarte, aquí, en mi aliento
hasta que me marchite el aire.
-
Quédate mi deriva, mis dedos largos,
tantas fábulas de comernos a besos
y el arte sutil y extrañamente mío
de morirme en ti
para renacer de ti.
-
Y luego…
-
Luego pregunta si te quiero,
despójame de marzo lo eterno
y responde tú esa congoja
de saber por qué te espero.
-
VVRR.
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La cabeza y sus demonios.
9 febrero, 2011
Y quien asevere que la cabeza no le sirve más que para adornarla está equivocado o, flagrantemente, miente.
Yo puedo hablar de la mía porque viene acompañándome muchos años. Creo que todos, incluso. Aunque he llegado a sospechar que, en algunas épocas, etapas o episodios de mi existencia, ha estado aletargada, oculta o, directamente, empanada.
Ahora, que lo veo con distancia y tiempo, parámetros indispensables para las autopsias de recuerdos, me doy cuenta de que es más fértil al ser humano tenerla sumida en el sopor más absoluto. Hay que cargarla con contenidos y problemáticas que no afecten a lo que viene siendo el “pinchazo en la barriga”, “el puyazo en el cogote” o el “estrujamiento de corazón”. Y es obvio, por otra parte.
Cada cabeza da para lo justo. Sobrepasando ese límite, empieza la jaqueca y, en consecuencia, el mecanismo del pensamiento cede al dolor físico.
Está quien se abstrae fácilmente y quién no. Quien reflexiona y quien no lo hace. Quien vive proyectando ideas de futuro y quien se embarca en soluciones a historias concretas que ya pasaron. Está quien sólo piensa en su trabajo, quien sólo piensa en el sexo, quien sólo piensa en la comida, quien sólo piensa en la familia, quien sólo piensa en prosperar a costa de los demás, quien piensa porque se aburre y recurre a la imaginación y quien piensa en chuminadas.
¿A qué parece un anuncio de Coca-Cola? Qué gran publicista ha perdido (o dejado de ganar) este mundo.
Y luego, como cima de esta montaña de cabezas pensantes, encontramos a quienes piensan en contra de su voluntad y a quienes ni piensan ni pretenden hacerlo.
Estos dos últimos tipos de pensadores son los especímenes más curiosos de todo el espectro. (Curioso me parecía más que correcto porque mi pudor es un filtro más que poderoso en este tipo de disertaciones).
Ése que piensa en contra de su voluntad es un analista de equilibrio y caos en parte igual. Todo pudo tener enmienda, todo se hizo mal, todo se hizo bien, todo es cuestionable pero hay verdades categóricas, ¿me quiere de verdad?, todo tiene mil razones, todo tiene mil consecuencias, qué mal lo hice, ¿y si hubiera sido de otro modo?, el pasado explica el futuro, el presente no existe, vendo consejo y no llego a viejo, ¿y si se va?, hay que seguir unos patrones de conducta y rol social, esto es así ahora, antes no, ¡soy tonto!, sí me fío pero hay que tener cuidado, ¿por qué el papel higiénico es rosa?, ¿en qué momento histórico la palabra “siniestra” dejó de tener un carácter neutro para ser peyorativa?, ¿es normal ser como soy?, ¿los anormales son los otros?, ¡analicemos!
¡Uff!
Durmiendo es peor evidentemente. Lo bueno es que, al levantarse, pocos recuerdan lo que soñaron.
Deduzco que terminan evitando cualquier tipo de conocimiento nuevo que les pueda provocar un chispazo neuronal.
¿Y los que no piensan?
¡Alabados!
Hacen, dicen, duermen, comen, beben, juegan, rigen, crean, matan, mueren, ordenan, obedecen, construyen, derrumban, afligen, ríen, lloran y sienten al margen de la naturaleza consciente.
¡Olé!
Poco comentario cabe al respecto.
Yo he pasado por varias etapas. Supongo que a ustedes les habrá ocurrido lo mismo. Pero creo que nunca he llegado a ese clímax anhelado de no pensar.
Ahora busco la receta, la medicina o la clave para hacerlo. Y les pido consejo, alternativa… ¿Una colleja?
Me vale, me vale…
Lo único que nos podremos llevar es lo vivido porque, lo pensado, por silencioso y malmetedor, en ocasiones, no es más que el producto de nuestros miedos más evidentes.
¡Buena suerte pensadores!
VVRR.
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Polilla.
9 febrero, 2011
Polilla es mi perra.
Hace tres años y cuatro meses que vive conmigo.
Cree que soy su madre.
A Polilla la encontré una mañana de Octubre en una tienda de animales cerca de mi casa. Yo solía comprar el pienso para el perro de mi padre (que vivía conmigo, el perro, claro) en aquel lugar. Reconozco que solía pararme habitualmente en las vitrinas-cajoneras que eran el hogar de algunos cachorritos dejados a su suerte y que encontraban familia a cambio de capricho, regalo o “vetetúasaber”. La dependienta me conocía y más de una vez me sacó algún pequeñuelo para que pudiera cogerlo. Muy consciente de que ya tenía un perrito en casa me limitaba a hacerle algún arrumaco, pensar la suerte que correría y, en un acto de responsabilidad, decidir que no era apta para hacer de él un miembro de mi familia. Compraba el pienso, el juguetito y los huesos para las encías y me marchaba.
Ésa mañana lo común se hizo extraordinario.
Me acerqué como siempre. Entré y pedí el pienso, los nervios de toro y los huesitos de carnitina. Mientras la dependienta me los dispensaba, observé que había una camada nueva en la maravillosa jaulita de cristal y papel de periódico. Y no tuve más remedio que pegar mi naricita para verlos.
Allí se amontonaban cuatro cachorritos, de apenas un mes de vida, sin destetar. Todos muy limpios de un blanco sólo salpicado por alguna mancha, enorme, marrón café. Preciosos.
Al fondo del cajón, una especie de rata gris, despeluchada y con pocas ganas de hacerme bríos a través del cristal.
Y de repente, el milagro.
Mientras los cachorritos sanos y juguetones se dedicaban a enseñarme sus bondades (parece ser que aquel que vive en cautividad sabe venderse muy bien para conseguir la libertad o la vida), aquella rata se acercó al cristal, ubicó su hociquillo cerca de mi mirada y mantuvo la mirada fija en mí más de un minuto. Ya no sé si es recuerdo, o he llegado a inventar, que alzó una de sus patas para tocar el vidrio. Sí me acuerdo de sus ojitos.
Me giré a la muchacha, que envolvía ya los huesos, y le dije:
- ¿Y éstos?
- Ésos son bretón. ¿No tenías ya un maltés?
- Sí, sí… Digo esto… ¿Esto es un perro?
- Sí, es que es fea… es de la misma camada…
- ¡Ah! ¿Y qué precio tienen?
- Los “normales” cientocincuenta euros… La otra si compras la cuna, te la llevas…
- Ah vale…
Pagué la dispensa y me fui de la tienda. Tardé poco en llamar a mi hermano.
- ¿Tienes algo que hacer a las siete de la tarde?
- Muchas cosas, ¿es que pasa algo?
- Sí, una cosa importante.
- Pues a las siete nos vemos.
Y como un clavo. Lo cogí del brazo y lo llevé a la tienda de animales. Le bajé la cabeza a la altura de los cachorros y esperé respuesta.
- ¿Quieres éso, verdad?
- Sí, ¿puedo?
Escogio la cuna más grande, más cómoda y más cara de toda la tienda y esperó que me sacaran al bichejillo de la vitrina.
Aún no sé si pensó que la podría cuidar o creyó que ella me protegería a mí.
A día de hoy mi perra no es fea. Es hermosa, fuerte y capaz. Alguna noche fue difícil. Ella lloraba y yo la metía en mi cama, a la altura de mi pecho y le daba besitos en su mínima cabeza. Alguna madrugada ella llegó a darme lametones mientras yo dejaba pasar las horas.
Siempre le digo “buenas noches” y ella siempre sale a buscarme cuando oye el repiqueteo de las llaves en la puerta.
Alguna vez estuvimos las dos solas. Ella me daba el sueño y yo le soplaba la oreja. Muchas veces le conté mis secretos y ella nunca los contó.
Es muy especial. No le gustan los perros. Salir a pasearla es una odisea. Ladra, ladra y me tira de la cuerda.
A veces quiero dejarla sola para que aprenda a relacionarse con los demás perritos.
Pero, cuando vuelve a casa, la historia cambia. Me busca, se arrima a mí y se duerme.
Es revoltosa pero me escucha. Molesta a cada rato pero si siente que alguien, a su alrededor, está triste, se tumba cerquita y resopla.
Creo que nos entiende y nos quiere. A quienes hoy somos su familia. Se revoluciona si nos ve alegres, se entristece si nos ve tristes. Se duerme si nos ve dormir y se levanta si nos ve en pie. Es un ser muy fiel. Y yo la admiro profundamente.
Nos quiere sin saber quiénes somos.
Nos ha prometido lealtad incondicional y no sabe qué podemos decir de ella.
Y sobre todo, está, con mucho amor.
Y le importa poco qué fuimos o qué seremos.
Porque sólo sabe querer. Y no hay cariño más verdadero que el que da sin esperar nada a cambio.
-
VR.
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Me pareció que el día se ensombrecía aún brillando el Sol.
13 febrero, 2011
Pienso que un blog debe ser algo impersonal pero he terminado por desvirtuarlo. Y soy muy consciente de que he encontrado en él la parte de redención que la conciencia no me da. Nunca he querido que fuera un diario por considerar que sólo puede ser escrito por adolescentes descubriendo la capacidad de su alma.
Hace años terminé mi época adolescente. Con pena o con gloria yo lo ignoro. El epígrafe de catálogo lo da el que me vió desde fuera, nunca el que sintió.
Suele el sentimiento mío canalizarse en versos. Es cómodo a mi juicio destaparme el alma sin ser evidente. Creo que alguien más de lo esperado supo comprender en la lectura lo que a muchos ojos fue un enigma. Algunos porque pudieron conocerme en horas físicas, otros porque supieron intuir a partir de su corazón y su experiencia.
Hace un año casi que brilla el Sol. Apenas me doy cuenta si llueve, si nieva, si truena o si los chuzos amenazan con enturbiarme la mañana. Brilla y no hay más. Me importa más bien poco si estoy enferma, el moco me obstruye, el asma me acecha o la desesperanza de realizarme profesionalmente me atora. El astro refulge.
Y sin embargo aquel día se emsombreció brillando el Sol.
Y, a día de hoy, me viene la oleada manifiesta de aquello que sentí. Creo que parte de mí murió. Llevo semana y media analizando y el análisis de contenido, cuantitativamente, es nefasto. Es cruel y me hace mucho daño revolcarme en su evidencia. Y aún así, lo hago. Porque parte de mí se niega a admitir que alguna vez tuvo conocimiento del hecho. Y mis ojos no dan crédito a lo que leen. No pueden o no quieren creer que eso pasó, se escribió y yo imaginé.
He intentado creer que mi sentir ingenuo quedó intacto, he buscado mil razones y mil excusas. Pero no están. Y me cuesta creer que cada día tendré que levantarme con una duda en la cabeza. La puedo evitar, en ocasiones, pero vuelve a decirme, cuando menos me lo espero, que las cosas nunca cambian, las personas con menos frecuencia y que sigo siendo tonta y confiada.
Aún así, como presumo de cabezonería, me puedo decir que el otro siente en la misma medida. Igual me engaño pero soy así.
Pero tampoco dejo de saber que aquel día se ensombreció aún brillando el Sol.
No sé si puedo darlo todo. Sé que doy más de lo que puedo. Y sé que puedo darlo hasta el final.
No sé si soy el fin de nadie pero puedo saber quién es mi fin.
La duda llega a consumir al espíritu más valiente.
Es muy complicado lanzarse a la aventura de vivir pero es más difícil, si cabe, embarcarse en esta aventura con alguien. Yo admiro a los matrimonios que celebran las bodas de oro. Y los comprendo. Y los valoro.
Querer es casi más difícil que odiar.
Presupone un estado de confianza pleno, una sensación de plenitud y un sosiego extremo. Puede salpicarse de juego, niño o chiste pero el amor está. Y nadie puede robar lo que nunca se guardó en caja fuerte. El amor es muy evidente. Ni se esconde ni se guarda. Se comparte.
Pero estamos las tontas. Las que creemos que hay uno y no más. Para todo y por siempre.
Y aquellos que no lo piensan así.
Y por eso algunos días se ensombrecen aún brillando el Sol.
Y no es culpa de nadie.
Pero la oscuridad se queda. Y sufre el que ama. Y no hay más.
VR.
Ojalá.
14 febrero, 2011
“Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones”.
(Silvio Rodríguez).
Igual ni sabes que un poema nunca es un reproche
y sí una lágrima que, limpia, cae y nadie recoge,
por distraída y solitaria el alma , en la noche.
-
Igual no entendiste, o sí, que puedo saber
lo que nadie supo sin mirarte, y es intuición
saberme un escalón más de la izada de tu querer
y arrancarme la voz de lo que latiendo, no es corazón.
-
A mí se me ahoga la tinta desde el día oscuro
y, aunque te inmortalizo en mis pentagramas
por alejarme de la mente la estocada de futuro,
me enturbian la cascada aquellos anagramas.
-
Triste no haber arrancado mis pupilas verdes
antes de saberte una certeza ahora desconocida.
¿Quién lustró tanto verso de amor
si no eras tú el eclipse de mi vida?
-
Ojalá vuelva intacto a mí el trono
donde descansabas, de mi mano, hace tan poco…
Ojalá recuerde cómo la cómplice era yo,
la escuela y la sabiduría de creer conocerte.
-
Y quererte.
-
¿Dónde me perdió la tristeza de saber
que amando una imagen irreal,
yo pude perderme al tocarte la verdad?
-
¿En qué lugar que no pueda encontrar jamás
escondo ahora, con pena fría en los ojos,
el sabor amargo de terrible desazón sin más?
-
Ojalá la noche llegue
y si no hoy,
mañana,
la pena se lleve…
Y si no pudiera,
yo pido al arcano
que a mí me lleve…
-
Verónica Victoria Romero Reyes
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Poema urgente.
16 febrero, 2011
De tu poema de piel y hueso, en hora única, con urgencia,
me queda clavado el milagro de saberme tan tuya
como la garganta que convoca mi nombre,
con paciencia,
los dedos que recorren mi cabello recortado,
con esencia,
y el embrujo de tu abrazo en mi memoria,
¡con descaro!
-
Me queda mía la palabra del alma en el silencio,
corazón muy claro,
y el escombro de la resaca de no poder dar más,
latido recostado,
al corazón tuyo y tenue que late en el pecho mío,
a contratiempo.
-
Hay palabras sin término en mi boca
- murieron en el vapor de tu silueta-
que se agitan en el escollo de tu sueño
cuando tu aliento de vida me cerca.
-
Ya no sé decir,
ni escribir,
ni llorar
el amor que me siega el Poema.
-
No sé cantar,
ni reír,
ni gritar
al alma que me roba el Verso.
-
Sé que agitas en mí todo el Universo
y vuelvo a ser la pieza única perfecta
en el engranaje de vida tuya que prometes.
-
Soy víctima serena y espero recta
el regreso de la espadaña en mis entrañas.
-
VVRR
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Qué poco a los ojos que te visten la cara.
18 febrero, 2011
Qué poco darse a nadie cuando nadie es quien no ve lo que se hizo, dijo o pensó.
Cuando nadie es todo lo que llega a rodearte. Excepto tú.
Qué poco el minuto donde me doy cuenta de que soy una tela que se puede roer,
se puede arañar,
se puede destrozar,
y nadie repone.
Excepto quien tatúa vida en mis sienes.
-
Qué poco recordar cuando el objeto de recuerdo no está, o vaga inconsciente por estancias que son prestadas.
¿Y dónde estás que, sintiéndote, no me tendiste la mano?
Porque mío, mío y sólo mío quedó el minuto eterno de saberme un bicho triste que no cumple expectativas.
Ni cumplirá.
Porque no puede más que intentar lo que otros alcanzan.
-
Qué poco dura un “te quiero” cuando no lo han dicho mis labios en la comuníón de saberse entrega a perpetuidad.
La espera fue el preámbulo angustioso de saberme minuto y no hora.
Qué poco es el tiempo que comparto con lo que verdaderamente soy yo y me escondo dentro de mí.
A hurtadillas,
como una ladrona de emociones,
vulgar ratera de cuartos vencidos.
Sólo yo he sabido conocerme desde el origen de la miseria que me ronda.
-
Qué poco día para noche tan larga. Qué poca madrugada para cadalso tan magno.
Qué poca tarde para darme a la pasión y qué poca noche para dormirme en un sueño.
Qué poco el pasar de los años que se la quiso llevar sin avisarme, a traición.
Qué poco el segundo en que me quedo en ti para volar, después, a esa tierra de pasado que me impide avanzar.
Que me obstruye,
me lleva a odiarme en mis pesadillas
y me ata el dolor a la mueca de sonrisa.
-
Qué poco mi amor a ojos que lo desdeñaron.
Qué poco dar el alma por una ilusión.
Qué poco andar el camino cuando el camino tú abandonarás a medio hacer.
Qué poco consuelo saber que me arrastro por inercia tonta y enmarañada en un contorno que me pide más.
Qué poco haber huido a otras tierras dejando el alma manchada en la tinta de tres lágrimas.
Qué poco se me hace el día cuando tú no esquirlas tu paso de brillo en la brisa que me envilece la mirada.
Qué poco entregar la vida cuando los fantasmas roban su historia.
Qué poco doy para pretender dar lo único, una vez y por siempre.
-
Qué poco soy cuando me vivo.
A toda hora.
-
VVRR
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Microrrelato. Pensando en ti.
18 febrero, 2011
No.
19 febrero, 2011
“Usted sabe: me quedan algunos meses de vida.
Los elegidos de los dioses seguimos estando a la izquierda del corazón.
Debidamente condenados como herejes”.
Roque Dalton .
Si me quedara un calendario tachado no comentaría con nadie la jugada de la Parca. A fin de cuentas, tenemos el tablero en la mesa desde hace poco más de un lustro. Y me saca ventaja la muy puta.
Tampoco me sometería a estrictos controles médicos que sólo dejarían en mí la sensación de defraudarme el alma. Probablemente estaría más pendiente del declive de los que me acompañaran y no de mi pronta muerte.
Soy una pobre canalla. Cobarde y mezquina. Prefiero el silencio aunque el grito acuda a mí en sueños. Y lo prefiero porque hablar es arriesgarme a perder más. Y aún viviendo la mentira, el embuste me parece razón más que justa para callarme la verdad. Y no me parece justo para mí quedarme sola ahora que necesito de según qué visiones en mis mañanas, en mis tardes o en mis noches largas y llenas de luces.Y el tiempo que puedan durar que cada día me parecen bastante menos. Luego, en reflexiones que vienen a mí después de las lágrimas, puedo darme cuenta de que jamás estuve satisfecha conmigo misma, tampoco con lo que me rodeó y lo que pude conseguir. Y aunque los milagros existen, tienen esas esquirlas que logran horadar la intención del amor, a despuntes de mentiras.
Si quise me pareció poco. Si amé me pareció también muy poco. Odiar me costó mucho y creo que no llegué nunca a hacerlo. Me encuentro las manos atadas y muy pocas respuestas que dar. Cuando me preguntan aprendo a decir “no” porque el “no lo sé” me parece poco propio. Poco remanso dejo yo en los ríos que buscaron mi desembocadura. Poca desembocadura encontré yo en los saltos de mi agua.
Pasamos y no hay más y atarse a la estela de algún cometa es amarrarse nueva pena en la espalda encorvada.
Así que no. Yo ya no estoy ni soy.
Porque no.
VVRR.
Microrrelato: Para no pensar más.
19 febrero, 2011
- Pero, ¿te pasa algo?
- Que no.
- ¿Y por qué lloras?
- No lloro, el teléfono distorsiona.
- ¿Seguro?
- Sí.
- Bueno…
Colgar, tres litros de cerveza y cuatro ansiolíticos. Al despertar ya no pasará nada.
Y si pasa, no le incumbe a nadie.
VVRR
Microrrelato. Estaré siempre.
19 febrero, 2011
- Yo estaré siempre.
- Mmm.
- ¿Lo dudas?
- Nunca.
… El eterno conflicto de esperar sentencia sabiéndose culpable. Y aún así despreciar el alma propia en favor de la tranquilidad ajena.
-
VVRR.
Microrrelato. La hora de la verdad.
19 febrero, 2011
- ¿Está lista para destapar el ataúd?
- Sí, claro.
- Algunas personas no soportan la visión.
- Yo sí, soy fuerte.
Golpetazo de madera en el cemento. Osamenta vestida. Sin rastro de alma.
- Vuelva a taparlo. Ahí no estuvo mi madre.
-
VVRR.
Microrrelato. Saber y callar, muerte segura.
19 febrero, 2011
- ¿Y no le has dicho todavía que sabes eso?
- No, ¿para qué? Bastante daño me hace ya…
- ¿Y cuánto piensas aguantar? ¡Cada día estás peor!
- Qué amable eres… Supongo que lo que quede de mí.
- Allá tú, todavía eres joven y guapa…
Gran consuelo la juventud y la belleza cuando ya no late el corazón.
-
VVRR
Microrrelato. No eres.
19 febrero, 2011
- No eres el epitafio de mi servidumbre ni el sol que me despierta en la aurora.
Tampoco el abrazo que busco en la madrugada ni el tacto del Cielo en una sábana.
- ¿Y qué soy, pues, si nunca fui nada tuyo?
- Lo que pretendí sin saberte y perdí al conocerte. La resonancia de una mentira y el lisonjeo de quien no sabe qué quiso nunca.
Un tahúr en la baraja de mi vida que apostó en un tapete lo que yo daba por inmenso. Y me perdió.
Un poema mal escrito, una daga apuntalada y un conflicto de sentires. Corazón machacado, ojos que nunca vieron y palabras que no se creen ya. Quien llora por cobarde y quien se pregunta la razón de unas lágrimas. Aun sabiendo las respuestas.
No somos juguetes.
VVRR.
Maxirrelato. El tiempo perdido.
19 febrero, 2011
Señores, señoras, niños, niñas, perros cultos alfabetizados y curiosos que moverán el mundo: he aquí la que se apea.
“Apearse” es un verbo harto gracioso. Concurren en él muchos significados distintos. Cada uno tome el que le satisfaga.
Creo que ya hice de todo. Me faltó montar en globo y parir.
En globo no pienso montar porque sufro de vértigo. Y parir lo dejo para quien está vinculada en matrimonio. Traer bastardos al mundo no me agrada lo más mínimo. Soy muy clásica en según qué cositas que afectan a los compromisos de las personas. Y es un acto muy irresponsable concebir una vida cuando no se sabe si podrá garantizarse su pervivencia.
Ahora tengo sueño. Ese sopor de salón vacío de espacio y tiempo que viene a decirte que miles de congéneres necesitan algo y no cumplen su expectativa. Tengo algún problema de peso y otros que no lo son tanto. Parece que los fines de semana me llego a percatar de todo lo que traigo en la mochila. (Y de lo que traes tú, cómo no).
Y se me hace muy largo el tiempo que paso conmigo, a solas.
Esta semana escribí sobre moda. Nunca he escrito nada tan frívolo y neutral. Me he pasado horas viendo catálogos de moda, destacando características de tejidos y valorando si el tacón o la cuña realzaban con mejor o peor elegancia la curva natural del pie femenino. Me dolía la espalda mientras la perra me azuzaba el hocico entre las piernas. Me concentraba, perdía la concentración y me preguntaba por qué mi vida es tan estúpida. Y dónde dejé de ser yo para convertirme en lo que querían que fuera.
¡Puaj! Donde se pongan unas chanclas cómodas que se quiten los taconazos de aguja y los estereotipos de mujer diez. Pero como es mi trabajo, empleo lo reservo para el ejercicio profesional de lo que verdaderamente me gustaría, lo hago sin rechistar y con toda mi intención profesional. Ya lo dijo Andersen: la suerte está en un palito. Y nunca sé si el esfuerzo actual puede derivar en una prosperidad animática futura.
Yo soy más bien una mujercita normal. Tengo gafas, hombros anchos, barriguilla cervecera ( con una cicatriz meritoria), ojeras marcadas, cara de gillipollas, creo que no hago el amor de manera sobresaliente y las rodillas llenas de marcas. La más reciente me la dejó mi perrica Polilla tras arrastrarme por la calzada cuando la sacaba de paseo. Como soy muy curiosa me he dedicado a arrancarme la costra para ver si seguía saliendo sangre. Y sí, sale.
Sigue escociendo y le cuesta cicatrizar. Debe ser mi empeño por verla sangrar lo que le impide curar. A mí me da igual, me divierte quitármela una y mil veces. Igual la picazón de la herida me ayuda a saber que sigo sintiendo dolores físicos. Igual me hace olvidar que el dolor verdadero no se canaliza a través de la piel. Yo no sé por qué hago tantas gilipolleces.
A veces me la curo yo. A veces no.
Algunos días tengo más paciencia. Otros no. Algunos días sé que haré algo importante. Otros no. Algunos días duermo bien. Otros no.
Algunos días sé que tengo todo lo que necesito. Otros no. A veces pienso que estoy aquí de paso y otras veces creo que veré caer a muchos de los que quiero. Y eso me atormenta.
A veces lloro con simples anuncios de televisión y otras veces no soy capaz de compadecerme con la desgracia de un amigo. Y, aunque puedo llegar a empatizar ese dolor, se ma hace imposible verter agua a través de mis ojos. Después me comen la esperanza los remordimientos pero suele ser muy tarde para coger un teléfono.
Y a mí la cabeza me revienta cuando un día malo viene a por mí. A veces le hago frente, otras veces, no. Y cuando no soy capaz de enfrentar los demonios me llego a considerar el bicho raro dentro de la normalidad estandarizada. Y me dejo llevar a terrenos de los que luego me cuesta regresar. Creo que he llegado a estar más cómoda en la mierda que entre amapolas. (Se me fue el tictac poético en esta frase).
Alguien me dijo hace ya poco más de una década que yo era “una genio”. En la década que sucedió después, poco de ese vaticinio se cumplió. Me preocupé demasiado de estar en horas equivocadas con gente equivocada ( mi admiración por Gianfranco Pagliaro) y de hacer las cosas por rutina y en favor de quienes me rodeaban. ¿Les dije ya que tuve dos hijos sin ser madre? A día de hoy no queda más que la picazón de haberme vuelto a confundir. Y aunque decepcionada, no dejo de pensar que gran parte de mí se pudo quedar en ellos.
Pero como a ellos les importó una mierda mi privación de seis años, cuando yo apenas contaba veinticinco inviernos y muy pocas decepciones a mis espaldas, he llegado a convencerme de que no vieron en mí lo que yo sí pude ver en ellos. Ya no me causa ansiedad recordar eso. Más bien decepción y rencor.
Luego la vida cambió. Acostumbrarse a seguir sin guía, crecer de repente y dejar los sueños a un lado porque la vida demandaba más realidades, más involucración y menos planos teóricos.
Y me hice grande. No dejé nunca de ser tonta.
Y la vida seguía su curso. Ya no me encontraba decepciones a mi paso porque casi todo lo había vivido.
Sigo teniendo sueño y esta historia toca marcha de despedida. Lo siento, doy para poco.
Quizá mañana les cuente algo más. O no.
Todo depende de si levanta Verónica o si madruga Victoria.
VVRR
Microrrelato. Para que rías.
19 febrero, 2011
- Anda, escribe algo gracioso.
- ¿Cómo qué?
- Algo para que me ría.
- ¿Un relato?
- Sí.
Teclas muy rápidas, bostezos espontáneos, pulsaciones de índice y corazón y un título de chiste. “Mi vida en mí”.
Jajajajajajaja. Jejejejejejeje. Jijijijiijijiji. Jojojojojojo. Jujujujujuju.
De risa.
VVRR.
Microrrelato. Sobramos.
19 febrero, 2011
- Señora mía, ¿no ve usted que el semáforo está en rojo?
- ¡A la mierda!
- Caballero, si ahí hay una papelera, ¿por qué tira el papel en el suelo?
- Niña, ¿eres tonta?
- Hola, te llamo para oírte nada más…
- ¡Estoy ocupado, coño!
Algunos sobramos, no pertenecemos al plano común y soñar es lo que nos queda. Buenas noches.
Intenten seguir soñando.
-
VVRR.
Microrrelato. Hip, hip.
19 febrero, 2011
- ¡Hip, hip, hip! La vida es una mierda, nenita, ¿A qué sí?
- ¿Ahora o cuándo andas sereno?
- Una mierda, ¡hip!, una mierda… Siempre.
- Sí, sí, anda agárrate a mí que te vas a dar un guarrazo…
Castañazo a dobles y una nuca en un bordillo. Casualidad funesta. El titular, muy objetivo y veraz. “Mujer alcoholizada pierde la vida en una caída tonta”. Declaración del novio: “Le dije que no bebiera más”.
Y nadie se cuestiona lo que dice un periódico.
-
VVRR.
Microrrelato. Post y pre.
19 febrero, 2011
- Déjame un ratito, anda…
- Que no, que le haces llorar.
- Un poco nada más.
- Que no, provocas dudas y haces sufrir.
- ¿Pero tú sabes que existes porque yo te hice?
- Tuoché. Cómo te gusta angustiar al personal.
- Es mi trabajo. Soy muy profesional yo.
Pasado y presente. Y una cabeza que se niega a seguir creyendo.
-
VVRR.
Microrrelato. Para darte algo que nadie te dio.
19 febrero, 2011
“Querido/a.
Estuve pensando qué darte para demostrarte mi amor. Llegué a la conclusión de que te dieron todo antes de mí.
Y sin embargo nadie te llegó a dar la inmortalidad del pensamiento continuado, la espera de años y la pereza de un alma sin nombre.
Así que te dejo el cuento inacabado, la fábula incompleta y el iris ciego de quien ve con las manos, lo que conociste y ya no estará.
La visión del cuerpo carcelero que retuvo hasta hoy lo que fue tuyo.
Porque yo no era más que lo que habitaba a escondidas mi estar y andar y beber y correr y jugar y saltar.
Y eso, tan intangible, es lo que te dejé para darte algo que nadie te dio”.
-
VVRR.
Microrrelato. El asma.
19 febrero, 2011
- Me estoy asfixiando.
- ¿Quieres el ventolín?
- No, llevo siete inhalaciones y no me hace efecto.
- Ahm, ¿y qué hago?
- Podías agradecer que respiras, por ejemplo. A otros nos gustaría saber que podemos hacerlo siempre.
Hasta que no se pueda más.
-
VVRR.
Microrrelato. La pintada.
19 febrero, 2011
- Y otra cosa más. Han pintado la fachada.
- ¿Quién?
- Pues supongo que alguna descerebrada. Tengo mis sospechas. Con tee-pex, qué cutre.
- ¿Y qué pone?
- A pesar de todo te quiero…
- (Sic).
- He comprado yo un tee-pex y he contestado debajo.
- ¿Y que has escrito?
- Yo no.
- ¿Y no era mejor borrarlo y dejarlo así?
- No me sale de los huevos.
Y dos conflictos. El primero, saber que no está en nuestras manos el destino de los demás. Y el segundo, tener que vestir de anonimato infantil las palabras que un día se callaron por vergüenza, orgullo o desprecio.
-
VVRR.
Música.
20 febrero, 2011
Baquetas indecorosas. Yaciendo.
Una guitarra solitaria. Pereciendo.
Española. Muy flamenca. Paciendo.
Tristísima.
-
Perfume de azahar y granada. En la vena.
Un acorde único y repetido. Una cadena.
-
Súbito, un coro de violines
que lloran,
que erizan las pestañas,
agarran la entraña en suave vaivén
y arrastran el vahído de quien nunca fue imprescindible.
-
Música eres tú en mi partitura imperfecta,
melodía de llanto y risa en mi cuerda locura.
-
VVRR
Non plus ultra.
Derechos registrados.
-
-
Valió la pena.
20 febrero, 2011
Valió la pena amarrarme
la mochila de niña sin experiencia
y embarcarme en el navío
que naufragaba en los peñascos de tu vida.
-
Valió la pena cerrar los labios
para evitar la entrada de agua
en mis pulmones enfermizos
mientras escuchaba tu llamada en la orilla.
-
Valió la pena perder la patria,
el nombre
y el juicio
y dejar que las heridas de las rocas
fueran un juego en las manos que me ofrecías.
-
Valió la pena dormirme
en la sábana de un pasado
que nunca a mis ojos fue menos
que un dolor agudo de corazón
que se va muriendo,
lentamente
- a latido prestado-
en la vertiente
que me deja tu nuca desprendida en el sueño.
-
Y aunque intento,
y solo Dios sabe que el duelo contra mí
es más cruento cuanto más lucho en tu nombre,
desincrustarme de la memoria
la decepción que febrero dejó
en las venas que me arden,
no hallo mi yo de amor único
en el tú de amor pasajero.
-
Que en mí fue tornado lo que tú llamaste ventisquero.
-
Precio alto estoy pagando
por alma que se me consume.
Y no podré recuperar en alguna usura.
-
Está costando la vida misma,
el sueño y el abrazo de ti que deseo,
que me mata y da la vida cuando cojuro el olvido.
-
Y no sé que cura doy a mi alma
cuando la muerte se me aproxima.
-
Y me viene mostrando cara de amiga
cuando es claro que sigue siendo la vecina.
-
Valió la pena conocerte,
encontrarte y amarte
porque yo esperaba,
de manera tonta,
de modo idílico,
quien hiciera de mí
ese poema que jamás supe rimar.
-
Y que en tí, fue sinónimo de amar.
-
VVRR.
Non plus ultra.
Derechos registrados.
-
Microrrelato. Y cuando se hartó.
20 febrero, 2011
Y cuando se hartó de vida y muerte, noche y día, rima y prosa, amigo y enemigo, dejó de respirar.
Y dejó de estar harta para dejar de ser, sin más.
VVRR
Microrrelato. Sin mérito alguno.
20 febrero, 2011
- ¿Me has echado de menos?
- Sí, todo el día.
- Yo también.
- (…)
- ¿No lo crees?
- Sí.
Pero tiene cosas que pensar, tanta deuda que saldar, tanta herida que olvidar, tanto arañazo sin cicatrizar que preguntar para verte en los ojos la mentira que prefiere no expresar por no hacer real la muerte de lo eterno, tanto peso en las espaldas viejas de joven gastada que prefiere la mentira de creerte el plano único y último de existencia a la verdad de vivir sabiendo que nadie cambia por nadie. En ninguna hora y sin mérito alguno.
-
VVRR.
Microrrelato. El amigo que no se ve.
20 febrero, 2011
- Puedes contar conmigo.
- Ni tú ni yo somos personas de contarnos los contratiempos.
- Pero estoy, no lo olvides.
Y aunque no lo olvida, tú perteneces a esa nube de vida donde los sueños aún tienen el color de la posibilidad más tangible.
-
VVRR.
Microrrelato. Ese alguien que no se vió.
20 febrero, 2011
Conocí a alguien que nunca ví. Y el conocimiento me llevó al afecto.
Amé las palabras que me dejaba en mensajes cortos, las busqué.
Me ayudó a parir sonrisas que duraban semanas.
Quise soñar que lo irreal podía ser real y apareció el miedo.
Hoy tengo algún sueño incumplido y un puñado de sonrisas por deber.
Y ese alguien nunca lo sabrá.
-
VVRR.
Y volví a equivocarme.
Microrrelato. Decepción.
20 febrero, 2011
- Las golondrinas emigran y los osos hibernan.
- ¿Y qué me quieres decir con eso?
- Es algo natural.
- Y natural es la decepción y yo no uso metáforas.
Y en la cama, ahogando el deseo por no azuzar más dolor a una entrega universal que es sólo cosa de uno, la metáfora que se oculta es la pesadilla y las ganas de levantarse pasan a ser la excusa perfecta para dejar pasar otro día en la tristeza de no saber qué es real y qué es mentira.
-
VVRR.
Microrrelato. Esperar.
20 febrero, 2011
- ¿Me esperarás despierta?
- ¿Cuándo no lo hice?
Importa poco que el sopor atranque el párpado en la mejilla o el dolor en las lumbares se haga insoportable.
En pie y sin ganas de seguir tras la decepción, por quien espera ver despierto a quien no vive más que en la pesadilla amorfa de saber que nadie esperó por él.
-
VVRR.
Microrrelato. Cuando se fue.
21 febrero, 2011
Cuando se fue, nadie entendió por qué lo hacía, sin maletas.
Ella sí.
No le hacían falta ni ropa ni enseres ni fotografias.
El destino era el único que no admite más que alma limpia.
-
VVRR.
Microrrelato. Decidí buscarme.
21 febrero, 2011
- ¿Dónde vas?
- Necesito buscarme.
- Buena suerte.
Una maleta con muy poca ropa, muy poco artículo de higiene y mucha ilusión.
- Llegaste, al fin.
- Vine por ti.
Una maleta con muy poca ropa, muy poco artículo de higiene y mucha ilusión.
- Te irás.
- Cuando me eches de tu vida.
Una maleta con muy poca ropa, muy poco artículo de higiene y mucha ilusión.
- Ya terminé.
- Para entrar deja atrás esa maleta de poca ropa, poco cepillo y mucha ilusión.
Nunca te hizo falta. Y jamás lo viste. Entra, sólo tus intenciones entraban en esa maleta que has arrastrado tantos años.
-
VVRR.
Aburres.
25 febrero, 2011
Más allá del sopor inculto
de tu vereda de intrusismo
donde un corazón muerto
de poco más de un lustro dejé,
-eras verduga llena de victimismo-,
aún se atisbaba la tenue vida.
.
Quedaba un desierto, un sol,
que algunas manos hicieron huerto.
.
Yo ví caer sus uñas
por hacerme una era fértil.
Yo ví llorar sus ojos
por regarme el campo árido.
Yo ví temblar sus rodillas
por ararme el regadío estéril.
.
Tú ser pudrió, secó y mató.
.
Tú me hiciste puta.
Ahora soy señora.
.
Tú mentías,
ella sembraba.
.
Tú combatías,
ella amansaba.
.
Tú fingías,
ella entregaba.
.
Tú me hiciste pelele.
Ahora soy titiritero.
.
Aburres,
- y no discurres-,
vienes para irte,
vas para quedarte,
eres sólo aguacero,
charco estancado
y oficio de usurero.
.
Tú me hiciste resto.
Ahora soy suma.
.
Me vendías,
me compró.
.
Me escocías,
me sanó.
.
Me rompías,
me trazó.
.
Tú me hiciste payasa.
Ahora soy trapecista.
.
Mira tú, ¡qué poca vista!
decir que sólo soy yo
teniendo nombre en esa lista,
es sinónimo de traición.
.
Pobre de aquella que se avista…
Puta, pelele y payasa por tu capricho.
.
Lo dicho:
Aburre tu canto fanfarrón.
Eres sirena de silbido zalamero
que agria vidas sin razón.
.
¡Quita ya, bicho!
.
VVRR
Non plus ultra.
Derechos registrados.
.
Colaboración en revista literaria “Palabras Diversas”.
12 marzo, 2011
Quién pudiera.
13 marzo, 2011
Quién pudiera purgar tu pesadilla
de duda en el ansia mía de tu nombre,
quién pudiera regalar tu sueño
de día en la pupila mía que te esconde.
.
Inevitable.
.
Quién pudiera quemar tu tribulación
en mil hogueras de respuestas que no sé,
quién pudiera recogerte el corazón
y devolvértelo inocente y sin memoria.
.
Ineludible.
.
Quién pudiera vaciar de lluvia tus ojos
y en mil estrellas confundirte las razones
porque no sintieras de la verdad las tiriteras
que te dejan el baile de manos en temblores.
.
Inútil.
.
Quien te quiere, inútil, en descalabro,
por no saber lo que sabiendo se sabe,
una rueda triste y un giro macabro,
y un único corazón que aún late.
.
Que yo cuido, sigilosa y en las artes
que mi Dios me propone a hurtadillas,
por no verte el agua en las mejillas
y desnudarte el alma nueva cada noche.
.
VVRR.
Derechos registrados.
.
Dicen por ahí.
16 marzo, 2011
Para los que están, para mi hermano y mi amor.
http://www.youtube.com/watch?v=5OwXSaJA8II&feature=fvst
Gracias.
-
Sólo yo tengo potestad para hacer de las historias
tres mil cuentos de dudosa eternidad triste
o ciento dos indecorosas fábulas con sana memoria.
-
No te voy a consentir el decoro a mi madre muerta
que me viene a visitar en mil razones cada día
ni el recuerdo de un padre que tú jamás viste
y te supuso argumento de retirada con algarabía.
-
Sólo yo tengo el cetro de pretendida justicia
y no me arengo ante bastonazos de desesperación.
Pudiste ser rosa quedándote en cardo borriquero.
Y ahora es viraje inusitado el ruido de una ilusión.
-
Poco sabes o supiste del camino de perfumado romero
que los reyes sembraron a su paso despistado
y poco quisiste ver de la benevolecia de cetros
que pudieron condenarte con razón y argumento.
-
Sólo yo tengo el testigo de rumor tan lastimero
para decirte que acercarte a mi sangre
puede ser en tu vida…
el último y más mortal aguacero.
-
VVRR
A perro flaco todo le son magdalenas
Derechos registrados.
-
Víspera de nada.
20 marzo, 2011
Para decirlo con rabia
me falta la ira,
- la gana me sobra-,
en la comisura de una labia
muy muda ya…
.
Para gritarlo con aspaviento
me falta el abrazo,
-me sobra la gana-,
que iza el pedestal
de un regazo…
.
Me lo dijo hace años el viento,
hace semanas una tormenta
y esta tarde misma…
un inmenso vendaval.
.
Tanto saben no sabiendo
y suponen que yo sé
lo que ignoro,
que termino callando
o mordiendo un sueño.
.
Y volver a calzarme el cristal
para tocar lo intangible de la vena,
para tocar el fin de una presencia,
el tendón que me soportaba,
y se quebró.
.
Después:
saber víspera de nada.
.
VVRR
Non plus ultra
Derechos registrados.
.
El claustro de mi sangre.
20 marzo, 2011
Te regalo el claustro de mi sangre,
la sacristía de mi destino,
el pleito eterno conmigo misma
y todas las rosas de mi camino.
.
Voy a sajar de mi garganta el eco de mi voz
para regalarte sólo las tonadas suaves,
las inauditas,
las infinitas,
las evidentes y las que guardan mis claves.
.
Voy a dejar mis párpados en tu mirada,
mi tacto en tus dedos y el agua de mi boca
en un guijarro de caprichoso deseo.
.
Voy a dejarte a quien soy
porque no fue más que contigo.
.
Y cuando pise tu espalda
ese umbral que hará del cerca
el lejos que llevo dormido,
voy a dejar en tu alma
mi más triste y último suspiro.
.
VVRR
Non plus ultra.
DR.
-
A menudo, y no menudo.
27 marzo, 2011
A menudo, y no menudo, se me esculpe nuevo dolor en el entrecejo. Algunos días no sé por qué me siento extraña en el único cuerpo que conozco y me dedico a obviarme las evidencias en actividades que no tienen que ver conmigo. Igual les pasa a ustedes. Algunos días andan sin muleta y otros les faltan talones y plantas para arrastrarse. Creo que todos sentimos igual aunque no todos podamos reconocerlo en según qué momentos.
Yo tampoco puedo decir que haya tenido una vida miserable. Mis padres siempre me dieron lo que necesitaba y he aprendido con el tiempo que lo material jamás da la felicidad. Me sorprende que algunas personas que me rodean lo piensen. Soy de esas que esperan y esperan y no juzgan a los demás. Aunque llegue a dolerme. A fin de cuentas ni soy juez ni soy dios ni tengo la túnica inmaculada. Pero entiendo que los demás tampoco.
Me duele la pena ajena y me conmueve el ánimo de batalla de las guerras perdidas. Puedo hacer de un juicio ajeno una pérdida en mi vida y puedo entender una lágrima en otro rastro como el agua que se cae en mis mejillas. Puede que haya decepcionado a más de una persona pero nunca fue mi intención. Aún así, igual las lloré.
Hoy tuve una conversación con una amiga de hace décadas. Muchos años. Y siempre ahí.
No sé cómo fue pero al final lo trascendente, lo profundo, eso que no se dice y se alimenta dentro de las personas, nació. Y hubo algo que me dijo que me hizo pensar: “tu sensibilidad es un arma de doble filo, la necesitas para escribir pero te hace sufrir”. Y es verdad.
A día de hoy creo que renunciaría a mi sensibilidad. Aunque no escribiera más. Yo no puedo cuestionarme mi realidad ciento diecisiete mil cincuenta y tres veces al día. Me puedo volver loca y sé que muchos de ustedes me entienden perfectamente. ¿Y cómo hago?
Cada detalle de vida mi mente lo filtra setecientas treinta y dos veces con mil razones distintas. La Duda. La Duda eterna. ¿Por qué yo?
Algunos días me digo que he cambiado, que puedo “pasar” de todo y seguir mi camino pero es mentira. No puedo. No podré hacerlo nunca. Pero los demás sí lo hacen. Entran y salen de tu vida con desorden. Y tú esperas. Cuando vuelven ni siquiera reprochas porque la felicidad de tenerlos cerca te hace ocultar la decepción.
Tengo tantas cosas por decir que me es imposible hacerlo. No tendría papel ni ciberespacio suficiente. No hay lápiz que me siga ni gomas que puedan borrar mis errores. Y me vienen faltando las ganas de buscar borradores a mis palabras. Nunca nos damos cuenta de que somos afortunados. No vemos jamás lo importantes que somos. Conozco seres extraordinarios con estupendos complejos de culpabilidad. Conozco personas excepcionales con síndrome de baja autoestima…
Y me rindo. Me he cansado de decir que movéis el mundo.
Y no os déis cuenta de lo valiosos que sois.
-
VR.
¿Por qué?
27 marzo, 2011
¿Por qué me dijiste que sentías como yo
cuando el poso de verdad no es más que la bandera
de un día que, sin remedio, se puede ir mañana?
-
¿Dónde encriptaste el pacto de mi piel
en mil verdades mías que en tu lengua son
la guillotina de tanta confianza en tu boca?
-
¿Por qué mi vida no vale como la tuya
cuando yo, siendo de la tuya custodia,
soy el chiste en tus reuniones de minuto?
-
¿Acaso vale menos mi perpetuo dolor
que el que te atenaza en la noche
y yo cuido, y yo velo y yo mermo?
-
¿Es menos mi llanto que el tuyo?
¿Es burla buscar a quien no está?
¿Tengo yo que guardarme los arañazos
por no hacerlos públicos en tu boca?
-
Sea así, entonces, por tu decisión.
Antes me gangreno la sangre
que volver a confiarte el corazón.
-
VVRR.
Pollas en ollas y pan pa’ la perra.
27 marzo, 2011
Pollas en ollas y pan pa’ la perra” es un dicho de Granada.
Se dice cuando algo no tiene remedio.
Es anónimo.
-
Fíjate la mira en el cañón que me observa.
Y atina.
Como tú nadie supo de mi talón de Aquiles.
-
Apunta.
Y tira.
En el centro.
-
Qué bien. Muy afinado.
Hacer de confianza el dardo era la opción.
Apunta el máximo puntaje.
-
Has levantado tanto en ese tiro
que aún no puedes saber
la ventaja que has sacado.
-
¡Ingente! Espero que te valga el embiste
a tantas horas de tranquilidad que me has robado
cuando paz tu nombre de vida era para mí.
-
Ahora de nuevo guardo mis dardos de dolor,
esos que tanto me costó compartir excepto contigo,
en el bolsillo en que me vienen haciendo sangre.
-
Tú no temas que mi amor queda intacto
pero entiende que guarde mi alma
donde no le toque el público honorable.
-
Que mi vida es cosa mía,
y acaso tuya porque eres vida mía,
pero de nadie más la historia que me acompaña.
-
Yo guardo y celo y escondo tus dolores
por hacerlos menos en tu alma
y tú escribes el diario con noticias
de mis reportajes y crónicas de vida…
-
¿Dónde la lealtad del alma que se adora,
se ama, se custodia y se eterniza?
-
Era tuya y era mía
de mi corazón
la agonía…
-
Tú cuidabas y yo protegía…
-
Y ahora, tan sagrada esta herida
no tiene más que mi lengua
como tesorera de una falsía…
-
VR.
Anita.
3 abril, 2011
Anita es periodista. La conozco desde el año 1999. Yo tenía 20 añitos y ella alguno más. Nos unió el amor al Periodismo y a la Literatura. Han pasado doce años desde el día que se coló en mi vida. Puedo decir que es mi amiga porque en este tiempo me lo ha demostrado constantemente.
En estos doce años nos han pasado muchas cosas, como a todos, supongo. Algunas las hemos compartido y otras no. Y hemos cambiado. Al menos, yo. A ella la sigo viendo como el terremoto veinteañero que sólo buscaba devorar almas humanas en su intento por dar explicación a lo inexplicable. A día de hoy continúa en su afán por aprender del ser humano lo que nadie ha conseguido descubrir nunca.
A menudo pienso que está por encima del resto. No le conozco mentira ni acto reprobable en esta década estirada. Sé que la rueda no ha sido especialmente generosa con ella y le ha arrimado verdaderos momentos de desolación. Y en pie la vemos. No se amedrenta, no se queja.
Su filosofía de vida pasa por no herir a nadie, nunca, bajo ningún concepto. He podido ver que esta prerrogativa, tan sana en apariencia, no ha servido más que para orillarle a ella tremendas decepciones. No sólo no hiere, le cuesta defenderse.
Hace un par de semanas me llamó para comentarme un hecho desagradable. Un diario (omito el nombre por razones obvias) había publicado una foto de ella bajo otra autoría. Las consideraciones que rodeaban esta usurpación de derechos constitucionales se reducían a una amiga que había consentido la publicación para ilustrar un reportaje de dos páginas sobre su negocio y un fotógrafo que, de manera poco ética, había firmado un trabajo que no era suyo.
Anita me llamó porque hace unos ocho años, creo recordar, yo misma interpuse una demanda por difusión no consentida y plagio. En mi caso ni lo dudé. Ví mis poemas firmados bajo otro nombre, contacté con “la autora” (ladrona), le dí un plazo de dos días para que desistiera en su conducta, me dijo que no y la demandé. Con nombre y apellidos. Yo tenía 23 añitos y me planté en la comisaría de Málaga muy dispuesta. Recuerdo que llevé todas mis libretas de borradores, mis asientos de Propiedad Intelectual y los justificantes de los pagos de registro de la Junta de Andalucía. No sabía muy bien qué tenía que denunciar pero me senté y empecé a narrar los hechos. El señor que me atendió me trajo agua y me dijo que no me preocupara. Redactó la denuncia y me animó. (Imagínense ustedes una niñata llorando a moco tendido, nerviosa y mostrando papeles).
El señor me dijo que de tener la otra parte un asiento de Propiedad Intelectual se procedería a hacer un “peritaje estilístico” entre las maneras de escribir y que tendría que aportar toda mi obra.
Pero no llegó a tanto. Evidentemente esta señora no tenía asiento ninguno y en cuanto le llegó la denuncia pidió un trato. Me hace gracia pensar que sus cincuenta años temblaron ante los infantiles 23 de quien suscribe.
Me defendí porque nunca antes había sentido un dolor tan grande. Después de este episodio compuse un poemario que se llamó “Ave Ladrona”. Luego les dejaré algunos poemas para que intenten sentir lo que sentí yo.
Pues bien, esta fue la conversación con Anita:
- ¿Tú que harías Vero?
- Denunciar.
- Pero yo le di las fotos.
- Pero la autoría es tuya. Denuncia.
- Es que es mi amiga.
- Que denuncies.
- Tengo que pensarlo, ahora estoy un poco mal…
- Te lo piensas esta tarde y mañana te vas y denuncias. Con un poco de suerte ni se llegue a juicio. Vas y denuncias. Te tienes que defender.
- Yo no quiero dinero.
- Ya, tú quieres que se rectifique y que se publique que es tu obra, tu creación, tu trabajo y tu esfuerzo. Aparte, ese fotógrafo… ¿sabe algo de deontología periodística? Tú te debes al Periodismo y éste a la veracidad. Esa es una información falsa y estás en la obligación de hacer llegar la verdad, ¿es o no es?
- Sí… Pero, ¿y mi amiga?
- Tu amiga no es tu amiga y es obvio…
Soy muy consciente de que esas horas de la noche se le hicieron eternas. He llegado a suponer que lloró de impotencia, que miró su foto más de mil veces y que se preguntó qué había hecho mal. No me lo dijo pero sé que algo dentro de ella se desgarró. Defender su manera de sentir o conservar una amistad que sólo ella cuidaba.
Los que escribimos o creamos dejamos parte de nosotros en cada texto, cada imagen o cada silencio. No es difícil saber que amamos lo que hacemos, en igual medida. Da igual el poema malo, el poema bueno o el soneto sin endecasílabos que no se terminó. Amamos lo que hacemos muy por encima de reconocimiento o signatura. Cada detalle tiene un por qué, un propósito, una sonrisa o una lágrima. Y es nuestra historia. Somos lo que hacemos.
Me hizo gracia un comentario que me hizo Anita:
- Yo sé que tú nunca me harás esto. Es la lealtad entre escritores.
Y no, nunca lo haría. Pero no por ser lealtad entre escritores sino porque sí eres mi amiga.
Y te respeto tanto como fotógrafa, periodista y escritora, que preferiría cortarme los dedos antes de usurpar tu historia.
Anita denunció. Y se procedió a la rectificación en el medio. Es un cuadrito que reza: “Fe de errores”. Yo habría titulado: “Fe de malas intenciones”.
Un error es saltarse un renglón, cambiar un ministerio por otro en un subtítulo o no poner comillas en una cita textual. Asumir una obra como propia, rubricarla y publicarla, no es un error. Es un hurto.
Ahora me pregunto si este fotógrafo hubiera rectificado si no se hubiera interpuesto la denuncia…
¿A qué no?
Una pena que se cruzara en su camino alguien que ama lo que hace.
VR
Recordando viejas horas…
6 abril, 2011
Creo echar bien la vista atrás cuando aseguro que hace casi un año que no padezco de insomnio.
-
Me costó mucho tiempo y esfuerzo quitarme ese hábito insaludable y tristísimo de acompañar las horas nocturnas de café y tabaco, recortes de periódico, posos de recuerdos y fotografías que me hablaban entre penumbras.
-
La última vez que ví huir a Morfeo de la lista de mis amigos comprendí que se iba porque no podía entender tanta ruina amontonada. Ni siquiera se lo reproché. Yo huía de mi cuerpo, por causas personalísimas que no vienen al caso, y él hacía lo propio conmigo por una cuestión de dignidad. Al ser un acto recíproco ni siquiera cabía espacio mínimo para el reproche más insinuado. Me limitaba a dejar el cuerpo descansado mientras componía versos de dudosa rima y peor métrica al abrigo de call-tv, cafeína y muchísima nicotina.
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Los call-tv me daban risa, la cafeína se mofaba de mi sueño y la nicotina no hacía más que anegar mis pulmones de un asma poco genética. Creo que llegué a congraciarme con ese estado de pseudo-dolor que me producía el mutilarme a mí misma. Una especie de redención por los pecados que nunca cometí. ¿Qué peor delito que no ser culpable?
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- “¿Quién puede más? ¿Mi cuerpo o mi corazón?”
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Han pasado muchos meses. Pude regocijarme a final de año festejando que el sueño me acompañaba como amigo de viaje desde hacía tiempo. Esa costumbre tan regocijante de acostarse a las doce de las noche y conciliar el sueño ininterrumpido hasta las ocho de la mañana se me hacía la mejor de las recompensas a tantos años de saqueos nocturnos a la cocina, masajes en el hocico a una perra dumiente pero preocupada y habitaciones vacías de voces que no de latido. (Ronroneo era más que adecuado pero llegué tarde a la corrección).
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Hoy puedo decir que Morfeo me rehúye desde hace días. Conozco sus triquiñuelas de niño mimado desde la adolescencia y he intentado obviarlas, alguna vez, con sobredosis de Dormidina, tertulias soporíferas, libros infumables o tisanas de hierbas variopintas, malolientes y poco digestivas.
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Conozco el caos que antecede al insomnio, el padecimiento en el discurrir y el alivio cuando se consigue la desconexión de la consciencia. Y no. Llegaba el preaviso hace una semana. Se reiteró en su partida a mediados de semana y hoy deja la confirmación:
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- “Amiga, he vuelto”.
-
He toreado, con capote muy honesto, a este señor temible que hace de mis días un cansancio prematuro y una ojera exhausta y enfermiza, muchas veces. Ésta no viene a preocuparme especialmente porque sé los motivos.
-
Alguna vez se me conminó a revelar secretos para congraciarme con Morfeo y obterner, así, su beneplácito en altas horas de la madrugada.
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El problema siempre fue que yo no sabía qué me rondaba la cabeza para exterminarme el juicio ennoblecedor de responder las diatribas de mi alma.
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Hoy sí lo sé.
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Pienso en algo. Pienso mucho. Repetidamente.
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Mejor dicho: “Me piensa a mí”.
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Me obliga, quizá, a plantearme mil cadenas conquistadas, mil heráldicas enarboladas y mil promesas proclamadas.
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Me piensa y me arde la vena, me vuelve a pensar y me hace reír, me repiensa y me hace sentir deshonesta con mi realidad, me aturde, me da alas y me las vuelve a cortar…
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Y yo ya no sé nada cuando son las cuatro de la madrugada y yo no puedo dormir porque pienso o me piensa.
-
O me intuye o me visita o me viene en mil imágenes que he inventado en un nombre que desvirtúo en poemas que no dirán nunca nada.
-
En cinco horas estaré escribiendo artículos sobre temas que no me interesan lo más mínimo.
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Lo único que habrá cambiado es mi manera de saber que no duermo porque tengo un nombre en la cabeza. Y en el pecho.
-
VVRR.
Derechos registrados.
“Artículos”.
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De lunas graciosas y estrellas bromistas.
8 abril, 2011
Buenas noches.
O buenos días, no sé. En algunos países de Sudamérica la madrugada se saluda cortésmente como el inicio del nuevo día. Muy acertado.
Empiezo, pues.
¡Buenos días!
(Confieso que tener la luna a la espalda y trescientas setenta y ocho estrellitas titilando frente a mí me han hecho sonreír y sentirme un rara avis en este momento).
¡Hola, ¿qué tal?! (Éste sí).
Me había propuesto escribir un poema pero estoy muy cansada para la métrica. En mi estado de rumiaciones previa a la concepción de un zéjel (me hubiera conformado con unas redondillas o una silva pero estoy probando formas clásicas más cerradas) me rondaron la cabeza demasiados percances acaecidos en los últimos días. No, meses. No, años. (Hoy atino poco y mal. Debe ser aquel nombre que ha hecho de mis noches días sin sol y de mis días, ocupación mental extenuante).
Como les decía, ocupo la cabeza en mil realidades distintas y concluyo que la existencia es un desastre. Ahora, sin embargo, estaba intentando proyectar la representación gráfica y mental de lo que me viene robando el sueño algo más de una semana. Y no, he llegado a la conclusión de que no es la sucesión de Zapatero como cabeza visible (por tanto, apaleable) a la Presidencia en las próximas elecciones. Poco influirá en mi insomnio la decisión de candidato del partido socialista.
Tampoco es la crisis económica a escala mundial. Mis bolsillos siempre tienen para tabaco. Y es lo que me preocupa. Si no puedo tener un Mercedes es, simplemente, porque no me gustan los coches grandes. En realidad, tampoco los pequeños. Conduzco pero no me gusta hacerlo. (Al Tigretón, el coche de mi ideal de vida eterna, lo manejo, no por lo que es, sino por lo que representa para mí y el trabajo que puedo quitar a otra persona).
Ni política ni economía… Analicemos otros parámetros. ¿Me preocupa el trabajo?
No es lo mejor que he tenido y tampoco lo peor. No está bien remunerado pero tampoco se hacen los suecos a la hora de cumplir con mi dedicación. Es de “lo mío” (qué expresión tan tonta para denostar una carrera) y me permite libertad (poca) de creación. Pero no me voy a quejar porque sé qué es estar parado y a Dios gracias doy por tener ocupación (remunerada, que ya es todo un logro).
¿Me preocupa que mi Poesía no avance? No excesivamente. Hace dos días me llegó la tripa de mi nuevo poemario. La tripa es el previo a la imprenta, por decirlo de alguna manera. Lloré algo. No mucho. Es el poemario que se edita en mi ciudad natal y habla de una lucha bastante cruenta. Pero muy verídica. (Voy a aprovechar para recomendarles la lectura del poemario, Fénix, de CVA Ediciones). Así que no, tampoco es mi sangre la que esté carente de armonía. Cumplo (he cumplido ya) todas mis expectativas en el terreno de la Literatura. Prometí un libro a alguien que no está ya y tengo tres publicados. Puedo darme con un canto en los dientes y dejarme las paletas descolgadas de tanto romper la encía. Me quedo muy satisfecha con lo hecho. El primero habló de mí, el segundo, de mi amor y el tercero de aquella sangre que nunca se rindió. No me queda nada que decir. (Creo…).
No, no es éste el típico tópico que me preocupa.
En realidad pueden preocuparme muchas cosas pero soy perfectamente consciente de que no son las que vienen a espantarme el sueño. El lenguaje eseemeese (SMS, señores, castellanizo porque soy así…) me trae de cabeza. Qué pena destrozar con símbolos y apócopes imposibles la grandeza de un idioma tan rico en semántica y matices.
El peso de mi hermano también me tiene en jaque. Demasiado quebranto para corazón tan joven. Entraría en detalles pero las cosas que se arrastran en el pasado no tienen por qué ser más que presente mío. Además, son nuestras. Disculpen que no les haga partícipes pero quebrantaría el más básico de mis principios: la lealtad.
También me preocupa no tener a quien llamar cuando necesito un beso de madre. Pero viene, y no la veo, y me lo deja sin que apenas perciba que estuvo. La magia de la madre va más allá del amor de una vida.
Me preocupa no ser en la vida de alguien lo que “ese alguien” es en mí. Me llega a quemar, creánme. No puedo entrar en detalles por el mismo principio de lealtad que me sostiene pero no desdeño la idea de dar forma en un relato (una novela incluso) a tanta quemazón que me visita a diario “tras la sonrisa aparente”… Amar no implica ser amado y me es complicado aceptar que yo veo amor eterno donde se roza, apenas, un número más.
Qué pena de celibato durante años…
Aunque, tampoco me arrepiento en exceso. Soy así y así me parieron y así quise guardarme. ¿Tonta? Puede ser. Pero muy contenta de ser fiel a mis principios y mis utopías de amor único y eterno.
Me preocupa también que pueda darme un “galimatillo” por el tabaco. Sí. Pero me preocupa lo justo, ni más ni menos. Entiendo que mi condición de asmática tendría que ser excusa suficiente para abandonar el vicio pero nunca he tenido voluntad firme nada más que para declararme en huelgas de hambre que me sirvieron para quedarme en los huesos y marearme en todas las escaleras que encontraba a mi paso.
Ja, ja, ja…
Esta luna viene graciosa y las estrellas muy bromistas…
Al final me tengo que reír de mí misma y hacer un conato muy refinado por no mandarme a la cama con un par de azotes autoinflingidos. Qué esperpento de criatura en según qué momentos. Valle-Inclán estaría sobradamente sorprendido esta noche. Y yo verdaderamente complacida de ver a semejante Maestro, ojiplático.
Todo esto lo hace nacer la luna graciosa y las estrellas bromistas. Nada me parece bueno y nada me parece malo. Algo ocupa la cabeza y no deja al cuerpo rendirse porque necesita recrear alguna imagen. Y aquí ando, esperando que el cuerpo ceda y deje la mente o el corazón (qué se yo que nada sé) libre de imágenes que le hacen libre. (O feliz, yo lo ignoro).
Con todo la luna es buena compañía. Yo le cuento y ella se parte de risa. Literalmente. Me trae a la cabeza el nombre que me quiebra y yo me dejo caer en mil historias que ya no son probables pero que me hacen creer que los milagros pueden llegar a existir.
Alguna estrella me hace caer en la cuenta de que la realidad es sólo pasajera y yo he querido verla siempre como perpetua. Una me dice que arriesgue, otra me dice que no. Una me dice que el corazón manda, otra me dice que una promesa vale más. Áquella me asegura que este camino es baldío comparado con la senda que llega, otra me asegura que cambiar el rumbo es perderse para siempre.
Enmedio… yo, una imagen que no he visto pero sé, tres obviedades (que pudieran ser mentiras) y muchísimo miedo.
Y mi puta incapacidad de buscar la felicidad.
(Y esa sabia manía o astucia de no querer darme las respuestas aun sabiendo que las espero).
.
VVRR
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No me preguntes.
8 abril, 2011
No me preguntes cómo.
Pero he vuelto a sentir la soledad de abrazar un sueño
que no rezaba por el mío esquivo en desvelo amoroso.
Ay, ausencia, cómo has ponzoñado con cicuta de recuerdo mis labios…
No me preguntes dónde.
Pero he vagado horas finitas en noche sin fin
sin encontrar las pupilas que me trazaran nuevo día.
Ay, deseo, donde a mis ojos es invisible, me escondiste con cizaña el tul del destino…
No me preguntes quién.
Pero evacúo el nombre por no hacerlo el pesar
de tantas noches que no fue convocado en la herida mía.
Ay, Noche Grave, ¿me pides pulso sabiéndome perdedora?
Para verme el latido de vena en el umbral de lo que temo,
me sobran días de dudas que me pesan con rodaje,
me satura el labio disgustado que besó lo nunca amado,
ese cuándo de ojo que, ciego, quiso ver lo que nunca tuvo delante
y esa tristeza de confesarme el último letargo de un sólo vertido.
No me preguntes cuándo.
Porque el tiempo era el mudo que dió respuesta al qué.
Y tengo pies que corren. Y sé muy bien el por qué.
VVRR
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Esta bestia caprichosa.
12 abril, 2011
http://www.youtube.com/watch?v=-p5e2F3hDTA
“Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía”.
Efraín Huerta
(México 1914-1982)
.
Esta bestia caprichosa
que me obliga a caminar
detrás de ti, a oscuras,
no quiere saber todavía
que los perros ladran
por hambre,
sueño
o miedo…
.
Y si ladro yo
es porque puedo
devorarte el alma,
robarte la pesadilla
y derrotar la duda
ahogándola en el verso
que tu nombre me orilla.
.
De ti sólo el cierto
color de lo invisible
en un vértice altísimo
de una voz que sangre suda.
.
De ti el corazón invencible
el pensamiento sonrojadísimo
y un eterno vivo dolor muerto.
.
Esta bestia caprichosa
que me obliga a caminar,
detrás de ti, a toda hora,
no quiere saber todavía
que el pecho puede amar
con necesidad,
destino
o melancolía…
.
Verónica Victoria Romero Reyes
Non plus ultra
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.
Nunca supimos.
29 abril, 2011
Nunca supimos qué pagina
debía ser arrancada del libro
ni que quinqué debía apagarse
cuando la Noche llamaba
a un cojo alféizar,
para enlutarse.
-
Tampoco supimos del río que se iba
entre riscos de olvidos,
aplausos de durmientes
y corazones de miedo,
ateridos.
-
¿Y qué?
-
¿Alguien supo del amigo,
el triste, el cansado,
descorazonado y perdido?
.
¿Se supo que un amigo
es todo el que, acompasado,
tiene arteria en caos de lo vivido?
-
¿De la música enrocada en el ruido,
el cautiverio del que se llama libre
y el regocijo de una culpa?
-
¿Y qué?
-
Sólo es real la sed.
De alma, justicia y querer.
-
VVRR
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Mío será ese altar.
14 mayo, 2011
Mío será ese altar
donde te miro con los ojos
que nunca habitaron mi cara;
yo te miro sin vista y sin tacto,
tú eras de mi materia antes de existir.
.
Tú no supiste de mi venida
por el descuido de hacerse regalo,
yo no supe del ángelus de tu mañana
por no zaherirme tu ausencia con menoscabo.
.
Y ahora, que sé de retablo donde morar,
y de manos que cuidan mis fibras calientes,
he decidido esconder el trajín de una mirada,
inquieta y curiosa, en el cajón de tu vientre.
.
No digas nada. Nada es tiempo y es el todo.
Es lo que fui sin ti, un camino sin horas,
un viaje sin recuerdos y un pie trasnochado.
Unas piernas caminantes muy solas.
.
Un verbo inciertamente conjugado.
Un epíteto cualquiera en un verso no rimado.
.
Me inclina un misterio ante tu mano
y llego a estar en ti descubriendo quien soy
cuando tus dedos buscan en mi rostro un sueño.
.
Se me muere el alma en un beso,
en el reborde loco de sentir mío un altar
cuando, súbito, tu navío es mi velero.
.
En el reborde donde todo pasa
menos tú,
hiciste de los grises
el más plácido azul.
.
VVRR
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Por esquivar la noche de fábula.
4 junio, 2011
Por esquivar la noche de fábula
me hago tonta de recuerdo y forma,
y en mil imágenes de tu primera vez
de pensamiento distraído
en mí me hago sueño,
me embravezco en mil temores
y doy término a lo inconcluso.
.
Tengo llagas que no siendo mías
horadan mi piel cuando te toco
y busco en tus labios
el regreso de lo que jamás se pudo ir,
porque jamás estuvo.
.
Cuando estás en mí,
tan inmaculada la piel que yo exploro,
me imagino la muerte en los brazos
que me aprietan
y siento la felicidad de conocer
el lado puro de amarte
con la sed de quien nunca bebió
pero conocía del frescor del agua clara.
.
Tengo tanto miedo
a que el misterio se descubra
que busco más enigmas
para embriagarte la voz
en titubeos que busquen mi nombre.
.
Un nombre que, siendo suma,
quizá sea el resto que da la partida eterna.
.
Puedo decirte que te quiero
de cien modos distintos
y en algo más que cinco idiomas
aprendidos con poca soltura
de políglota transgresora
pero me queda la duda de si entendiste
el compás de mi vida en la tuya que se me vino,
se me vino
y se me vino…
.
Se me vino y ¡crash!,
nueva en solsticio y aprendizaje,
en piel, desayuno y ventanas.
.
¿Quién me dijo que el desafío
era aprenderme en una piel que no recubría mi alma?
¿Por qué buscar la trampa donde todo
es un paraíso fértil
que crece sin dejarnos la mirada ciega en la andadura?
.
¿Dónde embauco mi ser desagradecido
para darle dádiva al clamor que te hace de mí?
¿Por qué el dolor de tenerte es mayor al de no tenerte?
¿Acaso me es muy poco que tu aire sea el suspiro de mi boca
y tu lecho el cuello desnudo que te ofrezco sin duda alguna?
.
Sálvese quien pueda, he perdido el alma
para concederme en tu sangre la bendición.
.
VVRR.
Non plus ultra.
Derechos registrados.
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Fénix
10 junio, 2011
Fénix es mi niño mimado. El parto más largo y doloroso, el que redime y aclara la esperanza.
Fénix es la unión más allá de la muerte, el silencio que se comparte y sacia hambre y sed. Es pedir sin palabras un fin que puede abrir un nuevo comienzo o iluminar un día de lluvia con nubes en el alma.
Mi poemario, Fénix, lleva el nombre propio de quienes hicieron la historia en mí. Poco puedo decir de una obra que nace de mí para vosotros. No sé si es bueno, si es malo o si puede llegar a ser soporífero. Son versos especiales para mí. Versos que llevan el sabor de los abrazos de las personas que más quiero, y de las que no.
Esta obra no habría visto la luz sin el cariño y el apoyo que me han prestado “esos seres mágicos” que me ayudan a creer que puedo seguir haciendo lo que me proponga. Mi agradecimiento a mi madre y mi padre, por delante. Están, están…
A mi hermano, sin duda. Ese trozo de mí que habita otro cuerpo y me dice cada día que los ángeles caminan entre nosotros.
A mi amor, que está siempre, sobre todo y para todo. Por ese latido conjunto de esperanza y futuro.
A mi familia y amigos. Que se ríen, lloran y me enseñan que en el juego todos partimos con las mismas fichas. Sé que el día que me quede sin ellas, ellos tendrán una para mí.
A Antonio Montero, mi maestro del verbo. Un ser excepcional que confió en mí cuando todo estaba en ruinas.
A Víctor Alija, mi editor. Cuando le mandé la obra no dudó en apoyar mi iniciativa.
A Polilla y Taka. Componiendo “Fénix” eran la mejor compañía silenciosa y traviesa.
A la Vida. Que me permite contar todo cuanto callé.
Gracias.
Romero Reyes, Verónica V. Fénix. CVA Ediciones. Granada. 2011.
(A la venta en Librerías Babel y Nueva Gala y a través de la tienda online de El Corte Inglés).
Cinco.
14 junio, 2011
Para componer ese ansiado poema de amor perfecto
tendría yo, tan entera, que verme muerta cinco veces, ¡cinco!,
en cinco charcos de olvido que muere en esa mística laguna,
corazón muy vivo en esencia y en apariencia muy poco recto,
donde ese aliento sin aire fue mi vida primera y una.
.
Componerte el poema perfecto no me obliga ni me ata,
ni me nubla ni me redime ni me sonsaca, ¡me atraca!,
y siento vapuleados todos los sentidos que no se perciben
cuando invoco tu cara de niña traviesa y decidida
e intento moldear el viento que corre mi ventana
para unir tus manos de cobalto con las mías de azufre,
sin ganas,
sin dedos,
sin nada.
.
Te he esperado tantas noches
que he dejado de contar los días
en sus soles
o en sus lluvias
o en esa gente que viene y va,
y pocas veces se queda a mi lado.
.
¿Y si se quedan? ¿Qué más me da?
¡Se irán!
Se irán, se irán…
.
Te esperé en cada victoria y en cada fracaso,
- las derrotas las reservé para mí en exclusiva
porque sé degustar cada herida como medalla que merezco- ,
y sólo vino la cal, y algún fantasma del pasado,
a decirme que debo coger un poquito de hábito, el mínimo,
a este aprendizaje de todos que es perder a quien nos hizo persona.
.
Y yo, a duras penas crezco
mientras me miente la Vida,
la gente que aprecio
y las almas que quiero…
.
Te he esperado el lustro de pleitesía que se deja a los dioses
porque deidad era poca categoría para la plata de tu cabello,
la arruga de tus manos generosas en mi mirada arrepentida
y el vendaval de una pequeña luz de brillos inconmensurables.
.
Te esperé con un caramelo relleno de recuerdos amables
para engañarte la razón y que te quedaras a mi lado
pero no valió el dulce ni el salado de las lágrimas en garra
para darle sabor a un camino que ya no era mío. Ni de nadie.
.
Tengo un saco de palmas y otro de coces, y alguna cana
testigo,
para guardarme en las pupilas cansadas de llorarte
esa esperanza de saber que sabes que soy y siento que me
sientes.
.
Aún y todavía.
Quede lo que quede, eres la fe de hallarte del alma mía.
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VVRR. Non plus ultra.
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http://www.youtube.com/watch?v=ywOD01eo3A4
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Si perdura.
30 julio, 2011
Si perdura… ¡es lanza dura
que va con viento y en el tiempo
se viene golpe cruento
y amenaza con locura
la endeblez de mi cimiento!
-
Daño en lágrima tiene el entretiempo
del descuido y la laguna de memoria
que se mece en la entraña de la duda.
-
Qué poco sueño lleva un hatillo
poco conocedor de viajes
y sabio en doctrina de bolsillo.
-
Si perdura… ¿No es aviso o profecía
que me nubla el rojo musculillo
no sabiendo si es verdad o porfía?
-
Qué polvo de amor tan ardiente
me consume la noche y me incinera el día
por no creer, en mi reproche,
que sólo yo supe tocar
el alma tuya que me pedía.
-
VVRR
Atraméntum.
Derechos registrados.
Atraméntum.
30 julio, 2011
Qué nombre tan complicado para una cosita tan simple. (Sic).
El atraméntum no es, nada más ni nada menos, que la tinta negra. Era, más bien. Ya nadie procura conocer los latinajos. ¿A quién le importa el significado de las palabras?
He decidido titular mi nuevo poemario de esa manera porque tiene visos, antes de nacer, de ser precisamente eso: pura tinta negra.
Estuve horas pensando si era mejor titularlo “sácrum encáustum” pero caí en la cuenta rápidamente de que estaba reservada para los reyes. Una tinta violeta o purpúrea que los distinguía de otro tipo de “personas”. Esto me hace gracia. Como otras muchas cosas. ¿Por qué hacemos diferencias entre unos y otros? ¿De verdad es tan relevante que algunos tengan carrera, otros dinero y los menos, un puesto de responsabilidad dentro de una jerarquía de autoridad que nadie ha escogido?
Yo creo que no.
Pero parece que a algunos todavía les importa. A mí, particularmente, me hace mucha gracia conocer las experiencias de personas elitistas, racistas u homófobas. No he visto nunca plano de ignorancia tan contradictorio. Como todo está unido y la Vida enseña, terminan aceptando que todos somos parte de algo perfecto por puros cojones, sin más. (Algunos terminan aparentándolo por convencionalismos sociales. ¡Más triste!).
Al homófobo le nace un hijo gay, al racista un yerno negro (de color, no se me sonrojen) y el adinerado termina arruinándose. Lecciones de humildad que da la Rueda, señores.
Y todo es pura tinta negra. Porque se escribe o se dice y perdura en la conciencia, a lo sumo, un par de días. Y se acabó el arrepentimiento o el cambio. Dura los tres segundos que vive en las mejillas un bochorno físico y aboca el entendimiento a un par de reflexiones de minutos decaídos. Y como todo lo que no importa, desaparece.
Qué pena, ¿no?
Pero “así es la Vida”. ¿Cuántas veces han escuchado ustedes esta magnífica frase cuando han querido desahogarse el alma con alguna persona cercana?
¿Así es la Vida?
Si te agreden en la calle, así es la Vida. Si te deja el marido, así es la Vida. Si tu hijo es drogadicto, así es la Vida. Si te quitan tu casa, así es la Vida. Todo sucede porque la Vida lo planea. ¿Sí? ¿La Vida, seguro?
Tengo casi el convencimiento pleno de que la Vida poco tendría que ver en cada decisión que toma si no estuvieran las personas que le sirven de sicarios. ¿Si tu pareja te pone lo cuernos es cosa de la Vida o de la deslealtad de él/ella?
Qué fácil es dejar a la consideración de los demás lo que fue un error propio. Las excusas son los pretextos necesarios para hacernos inocentes y perfectos frente a quienes ofendemos.
Muchas veces me pregunto por qué no todos somos iguales. Y todavía no he encontrado respuesta.
Tampoco la busco ya.
El Atraméntum bastará para dejar dicho lo que pienso.
Y lo que siento.
-
VVRR.
Agosto, calor, ausencia y perra.
7 agosto, 2011
Aún no te has ido y ya te estoy echando de menos. Pero con coraje. Con esa ira que nace cuando se sabe que la Vida me roba minutos, horas y días contigo. Ya era bastante compartir con Morfeo esas noches donde tú duermes y yo miro y batallar segundos con las obligaciones respectivas donde no cabe nadie más. Todavía no te has ido y yo ya cargo esa tremenda mala leche de saber que me voy a levantar con el olfato atrofiado y huérfano de tu aroma y que mis ojos no tendrán nada que mirar mientras voy a la cocina a preparar mi café, tristísimo sin ti, y tu zumo de naranja.
No habrá ruidos ni nadie me gritará desde el dormitorio porque me ha sentido despertar. La perra me mirará con cara de asco, porque le faltará una pieza, un algo y no sabrá ubicar qué estará pasando. Y conforme avancen las horas me iré calentando con la idea de que esos días no están siendo míos. La noche será peor, mucho peor. Pensarlo me acelera la respiración.
No dormiré en la cama. No quiero verte en imaginaciones propias y veloces apretando mi cuerpo o hablando en lenguas que no comprendo, pero siento. No pienso dormir donde tú me faltarás. No voy a dejar que mi perfume a tabaco, café y colonia de bebé termine por borrar el tuyo de las sábanas que nos ven dormir cada noche. Tampoco voy a dejar que nadie invada la ausencia de ti. Porque en tu misma ausencia, sabré amarte más.
El “eclipse de lágrima” que se produjo el año pasado, en estas mismas fechas, no es más que un juego de niños hoy a mis ojos. Si doce meses no me han demostrado que puedo levantarme por mí misma, no lo harán cuatro días en guerrilla de frío. Y cuanto más hablo, más me embravece la ira ese deseo de suplicarte que no me dejes sola, que te des cuenta de que necesito cada noche y cada nube que se esconda para sentirte cerca de mí. Pero, como no soy lo suficientemente egoísta, me voy a callar esa súplica que muere antes de nacer, voy a silenciarme el ruego y permitiré que tu cuerpo parta hacia ese nuevo destino de días.
A fin de cuentas yo me quedo con tu alma.
Y la mía parte contigo.
VR.
Por saberme.
8 agosto, 2011
Por saberme, me sé yo el trazo de curva donde derrapan a diario las manos que nacieron con sorpresa entre dedos muertos y engañados.
Por saberme, me sé bicho débil de flequillo
ensortijado, boca verduga y presa y frío de ti en una noche de verano.
Por saberme como me sé , como me siento y como me veo, amnesia y ceguera serán compañeras de mi alma en cada paseo. VVRR Atraméntum. Derechos registrados.
Verso rápido, poema confeso.
20 agosto, 2011
Capítulo no resuelto.
Yo amaba más.
Y se fue.
Hoy los recuerdos no me quitan el sueño.
-
Capítulo resuelto.
Alguien buscaba algo que no era yo.
Yo sólo quería.
Hoy come felicidad en panes integrales.
-
Capítulo por resolver.
Tengo sacos de vida gastada.
No espero milagros.
De amor sí se puede morir.
-
La pena es no olvidar el recuerdo
ni enfriar calores de fríos que fueron,
siendo hoy, si acaso son reales,
parte del todo que no puedes darme.
-
Cuando grito en silencio
se llena el hueco de lo que clamo
y te puedo mirar, si justo es llamar mirada
al pacto de mi alma serena con tu piel,
con las pupilas que me regaló
quien algún día dejó de ser carne
para divinizarse en simple y único aire.
-
Puedo ver tu viento invisible
haciendo opaco lo transparente.
Yo puedo construirte en la tierra
lo que sólo en un cielo se imagina.
-
Pero el tiempo mata, amor
y es sólo consejero de una idea
que no se piensa,
no se siente
y no se ama…
-
VVRR
Atraméntum.
Derechos registrados.
-
Para venir a vibrarme el alma.
21 agosto, 2011
Para venir a vibrarme el alma
le debes pedir permiso
a sus manos,
cansadas de izarme cuando alma es peso muerto,
a sus dedos,
exhaustos de cuidarme las llagas hervidas de dolores,
a sus ojos,
claros y proféticos cuando quedo ciega de humanidad.
-
A la higiene de mis pensamientos,
el despiste cómplice,
y la fiebre de mi sangre en su torrente.
-
Pídele permiso a ese beso de buenas noches
que me protege una vigilia muy onírica
sobre qué o quién soy y qué o a quién busco.
-
A oscuras.
Con su espalda en mi pecho.
Cuando rezo.
-
No me busques el nombre de la tierra
cuando la mía es única en milagro, muy amada
y la tuya un perjuro que te repugna en la boca.
-
Tengo yo más nobleza por ensalzar el sabor de una granada
que tú por denostar la tierra y la entraña conquistada
de quien te vió ser de piel y huesos,
en tierra noble por ti repudiada,
una nueva vida engarzada.
-
No me busques,
que te encuentras
sal de herida ya curada
y arma victoriosa en combate.
-
Ven, si probar es lo que quieres,
y sólo hallarás tablas de amor en un empate.
-
Ya no queda sitio a la artimaña,
ni a la duda ni quimera ni mentira.
-
Tengo yo fiel custodia,
en su vivo fuego,
del secreto que me guía.
-
En la fría noche.
Y en el tibio día.
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VVRR
Atraméntum.
Derechos registrados.
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Mañana
3 septiembre, 2011
Mañana, que ya será tarde para mí en la congoja,
rescataré con sorpresa
única raíz y dos tristes hojas.
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Yo me duelo en mí
porque sólo mía es la culpa
y solo mío el desdén con que me miro.
¿Acaso no es la pena
el peso que la espalda me abulta?
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Mañana, que será ya tarde para mí en la inopia,
absolveré al Verso de la carga que lleva conmigo
haciéndome facsímil y no una simple fotocopia.
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Yo me duelo de mí
porque a nadie más le importa
y justo es nadie quien sabe de mi sal.
¿Acaso no es sentir el alma quebrada
un preludio de la muerte que viene y va?
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Mañana, aun tarde para mí,
ese Sol con sus nubes
y esa Luna de infinitas estrellas
seguirán, por mi mano, en el Cielo.
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Para ti.
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VVRR.
Atraméntum.
Derechos registrados.
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Para ser sincera.
3 septiembre, 2011
Para ser sincera, esta vida es una mierda.
Hace unos años era una caca tremenda, hoy es el suero de esa mierda. Poco más que un pabilo donde puedo dejar una mecha encendida.
Más mierda es cuando tuviste azúcar en la boca…, ¿no?
Ya no hablo de pesimistas o de optimistas ni de maneras de ver el vaso, es la manera de sentir. ¿Ustedes se percatan cuando algo es “de fuera” o de “dentro”?
Debates cien. ¿Ciento dos esta mañana en el puto nicho? (¿Existe la puta coincidencia de semántica para decirme algo?)
¡Qué triste no saber que puede haber algo eterno! Por ti, que no por mí. Porque yo lo supe mucho antes de que la racionalidad entrara en el cuerpo que me habían dado. Llámalo suerte, estigma o destino. Pero yo guardo a quien porta la Llave. A nadie más. ¿Tú regalas la esencia a quien no conoció jamás que cuerpo y alma son parte del mismo engranaje?
Están los agraciados, aquellos a los que les puede importar muy poco el dolor, el daño, el corazón de nadie, la duda o la tristeza de saber que nunca fueron los primeros cuado se reservaron a algo nuevo, mágico y único . ¿Eterno? Ostias, qué mal suena en esa palabra en los que follan sin saber que los aman…
Y aquellos otros, pobres, que les duele hasta el anuncio de Tristón. Sí, aquel del peluche que pretende venderse en Navidades con una publicidad emotiva al máximo. Estos cabroncillos conservan lo que tienen, lloran a escondidas y se hacen los locos mientras tengan un alma que cuidar. Cómo pueden avasallar la aurora o cuestionar la noche es algo que viene grande a muchos. ¿Eres tú capaz de identificarte a ratos?
Los sensibles están condenados desde el día que nacen, ¡pobrecitos! (Todo me lo tomo a la manera jocosa porque las lágrimas me impiden ver que puedo resultar estúpida a quien no me ve y jamás sintió como yo).
Escribo porque creo que alguien puede sentirse reflejado, alguna vez, y dar por supuesto que mi visión es la errónea y se pueden tomar otros caminos. (Tengan ustedes cuidado de no matar un alma limpia).
Admito que cuando conocí la Literatura me acerqué a ella para encontrar modelos de actuar o para responder a las incógnitas que me suponía el hacer u omitir de algunas personas que me rodeaban. Cuando conocía personas, entendía que esa quemazón nocturna por saber de su bienestar era una locura.
Alguna vez encontré respuesta y decidí dar mis puntos de vista a quien no viera soluciones. Como todo, es mi manera de pensar, de respirar o de sentir. Lean los que necesiten, los demás nunca están obligados. Pero yo no puedo hacer más a lo que hago. Podría hacerme la loca pero para eso ya tenemos a los que nos gobiernan.
Me maravilla el que dueme sabiendo que alguien no duerme ni puede hacerlo a menos que se someta al arbitrio del alcohol o los ansiolíticos.
Me asombra el que folla sin amar, el que relata mentiras a quien le cuida el culo y el que mantiene falsías cuando un alma está al borde de un precipicio. Qué fácil es decir que uno es uno más y uno más en la lista de hazañas.
Hoy, un número en la lista de quien fue mi lista primera me siento un absurdo, una broma, una chanza, una mierda más.
Jaque mate.
Qué asco de vida. Latirme de la manera en que, por cojones, me tocó nacer.
Dono el alma a quien me deje entregarme sin querer y engañar sin remorderme.
El problema es que tiene que buscarla donde la dejaron…
Y yo no sé dónde quedó ese agujero.
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La lealtad me impide contarles por qué mis ganas de creer merman y el amor a la Poesía y la Verdad me incitan a relatar el mal que me aqueja.
Yo quiero sin más, y es asco todo cuanto me devuelven las retinas acongojadas. Sepan ustedes que soy yo la rara, la que no hizo lo que se esperaba cuando los años la dejaban, y hoy no confía más que en un muerto. Porque nunca me gustó ni la traición ni la mentira. Y aunque me doy, nunca el alma de nadie vino a decirme que era Alma Mía.
Aunque la mía ya tenía nombre.
Y como siempre muy tarde. Muy tarde.
VR.
A quien me borre la Memoria.
24 septiembre, 2011
Reviso el blog y parece que las musas me han abandonado en este último mes. Quiero creer que les di razones poderosas para ausentarse…
(¿Un estigma nuevo me excusa de tal pasotismo?).
Escribo desde los once años. Año arriba, año abajo. Me he acostumbrado a exteriorizar en metáforas lo que me es imposible relatar en lenguaje coloquial, mundano o legible. El recurso estilístico me viene de perlas para encubrir formalmente el dolor y transcribirlo de manera clara y concisa. Gran paradoja.
Quien dice que nunca hablo de mí se confunde. Mucho. Lo hago continuamente. La prosa o el verso sólo son las curas que encuentro para los moratones.
A menudo estudio el alma humana en las personas que me rodean. Los cuerpos pasan, no son perennes. Evolucionan a formas degradadas. El alma evoluciona. Cuanto más aprende, más joven. El cuerpo no.
Ahora tengo un dilema. Me apalea la conciencia y me viene en sueños la cruel diatriba.
Si escribo, desvelo. Si no lo hago, mantengo el mazazo sin cura.
¿Qué puedo hacer?
VR.
Cuando la apnea es noticia.
28 septiembre, 2011
Tiene la vida ese traje de mago de chistera que suele sorprendernos algunos días. Algunos ilusionistas nos hacen reír o nos dejan con la boca abierta. (En el sentido figurado de la expresión: yo, personalmente, jamás he dejado ver mi cavidad bucal cuando algo me ha causado sorpresa).
Me doy cuenta de que he vivido poco cuando algún acontecimiento o persona levanta en mí alguna emoción que no he podido sentir ningún día previo de existencia. Recuerdo las primeras entrevistas de trabajo como momentos en los que me llegaba a marear, se me trababa la lengua y sentía algo parecido a la parálisis verbal. Las mariposas en el estómago del enamoramiento aprendí a distinguirlas de la admiración intelectual por las sensaciones orgánicas que me provocaban a cada momento. La sensación de vacío y de inexistencia de sangre que queda cuando alguien parte, Dios sabe dónde, también pude reconocerla cuando la segunda vez comprobé que ya sí estábamos solos.
Con todo lo vivido, tan rápido quizá, creo que aposté con la Vida que no sería capaz de sorprenderme ni una vez más.
Y me he vuelto a equivocar.
Añadámosle a las dudas la confirmación de lo evidente, a la discrección el miedo a hacer daño irremediable a quienes quieres, a la complicidad del silencio esa necesidad de evitar males mayores y a un alma que se levantó por amor la idea recurrente de que yo me equivoqué naciendo.
Lo bueno del mago que hace aparecer el conejo de la chistera es que termina cocinándolo al ajillo para regocijo del resto de comensales.
Así hacemos todos. Hoy descubrimos un nuevo hechizo del alma y mañana lo devoramos para continuar andando.
Si repite… Malo.
VR.



























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